Los efectos de un milagro
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Introducción
Introducción
El texto que hoy hemos leído nos pone de frente a la condición de ceguera y, a su vez, nos presenta un milagro.
Cierre por un momento sus ojos, ahora piense que tiene que salir de este lugar con los ojos cerrados, sin poder ver. Quizás usted ya ha hecho un dibujo en su mente y ha ubicado las salidas del santuario. Sin embargo, puede que el miedo le sobrecoja a la hora de actuar.
Abra sus ojos y piense ahora en una persona que en toda su vida no ha podido ver, ha aprendido a percibir el mundo a través de los otros sentidos; el tacto, el olfato, el oído y, medianamente, el gusto. ¿Cómo puede esa persona imaginar el paisaje que le rodea? ¿Cómo puede crear gráficas en su mente?
Esa es la historia del ciego en nuestra lectura del evangelio hoy. Sin embargo, hay otra ceguera más compleja en la lectura; la incapacidad de mirar al otro con compasión y amor.
Pero el más grande problema estaba en la estigmatización; Rabí, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus padres?
La pregunta que hacen los discípulos muestra el pensamiento, y en consecuencia, la condición humana, del contexto. La enfermedad se estigmatiza como consecuencia del pecado y por tanto se debe encontrar un culpable. Era lógico que si la persona había nacido con esa condición la enfermedad no podía ser consecuencia de su pecado, de alguna forma los discípulos están dando por sentado el pecado de su entorno.
Para Jesús, la enfermedad no había llegado como consecuencia del pecado, sino “para que la gloria de Dios se manifestara”.
Mientras que los discípulos buscaban encontrar el pecado en el entorno del enfermo, Jesús percibe una ceguera más profunda: la ceguera social, afectiva y espiritual del contexto que rodea a esta persona.
El problema no estaba únicamente en la enfermedad del ciego, sino en la incapacidad del ser humano para mirar con compasión a quien sufre y vive en los márgenes. Este hombre había sido reducido al paisaje urbano: un mendigo más, alguien a quien algunos ayudaban quizás pensando que así cumplían la ley.
Sin embargo, el relato que hoy escuchamos es mucho más que la historia de una sanación. En una visión más amplia del milagro, es la historia de una persona que es restaurada en su dignidad y que, después del encuentro con Jesús, se convierte en testigo de la obra de Dios.
Ahora bien, ¿cómo reaccionan las personas ante el milagro de Jesús?
Un mundo que no percibe a Dios
Un mundo que no percibe a Dios
Encontramos distintas reacciones en el entorno del hombre que ha sido sanado. Además de la pregunta de los discípulos, aparece también la reacción del vecindario. Ellos lo conocían. Lo habían visto muchas veces sentado pidiendo limosna, y ahora lo ven caminar en otra condición.
Sin embargo, el cambio no les permite percibir de inmediato la acción de Dios. Su pregunta se queda en la superficie: “¿No es este el que se sentaba a mendigar?”
El hombre que antes estaba sentado en el camino ahora está de pie delante de ellos, pero aun así no logran comprender lo que ha ocurrido. Cuando finalmente él afirma quién es, entonces preguntan cómo sucedió, y por primera vez cuenta su historia.
Vivimos en un mundo en donde las personas no perciben a Dios. Es el mundo en el que la compasión se ha deformado y la dignidad humana se quiebra con frecuencia. Un mundo que deja de ver a Dios como alguien relevante y, por eso mismo, no logra comprender su obra.
Es un mundo que permanece en cierta ceguera, y precisamente en medio de ese mundo estamos llamados a reflejar la luz de Dios.
Una comunidad religiosa que no cree a Dios
Una comunidad religiosa que no cree a Dios
De otro lado, el hombre sanado fue llevado ante los fariseos. El asunto pasa ahora al ámbito de la comunidad religiosa. A lo largo de la historia, la religión ha tenido un papel importante en la sociedad, pues busca orientar la vida ética y espiritual de las personas en nombre de Dios.
Sin embargo, también hemos visto cómo, en ciertos momentos, la religión puede perder su vocación pastoral y humanizadora cuando se vuelve excesivamente rígida o cuando se alía con intereses de poder.
En el relato del evangelio, los fariseos preguntan, pero no creen. Su preocupación no está centrada en la restauración del hombre, sino en que la sanación ocurrió en día de reposo. La norma termina siendo más importante que la persona.
Ciegos ante la rigidez de la estructura religiosa, han perdido la capacidad de reconocer que la vida humana es precisamente el centro de la obra de Dios. La verdadera vocación de la fe no es separar a las personas de Dios, sino acercarlas a Él.
También hoy seguimos viviendo en medio de prejuicios religiosos: una moral que se formula desde el juicio más que desde la compasión; una moral que señala con rapidez, pero tarda en reconocer la dignidad del otro; una moral que a veces se acomoda al privilegio y termina excluyendo a quienes viven en los márgenes.
La persona sanada dio su testimonio y manifestó que creía que Jesús, quien lo había sanado, era un profeta. Su experiencia lo llevó a reconocer la obra de Dios en medio de su vida.
De la misma manera, nosotros, como seguidores de Cristo, estamos llamados a vivir con una voz profética: anunciando a Cristo que sana el dolor de los más vulnerables y proclamando la dignidad humana como parte del mensaje de un Dios amoroso, que no vino para condenar al mundo, sino para salvarlo.
Una familia que cree, pero no se atreve a dar testimonio
Una familia que cree, pero no se atreve a dar testimonio
En tercer lugar aparecen los padres del hombre que había sido sanado. Ellos, más que nadie, saben que su hijo nació ciego y pueden ver lo que ha sucedido. Sin embargo, aunque reconocen el hecho, no se atreven a decirlo abiertamente.
El miedo a ser rechazados y expulsados de la sinagoga hace que se distancien de la situación. Su respuesta es breve y cautelosa: “Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos. Pregúntenle a él, ya es mayor de edad”.
Los padres eran las personas más cercanas al milagro. Podrían haberse llenado de alegría por lo que había ocurrido en la vida de su hijo. Sin embargo, el temor a las consecuencias sociales y religiosas termina condicionando su respuesta.
También hoy vemos cómo las estructuras sociales pueden influir profundamente en la vida y en la fe de las personas. Muchas familias viven con miedo al juicio de los demás. Se esconden realidades dolorosas: el hijo con adicciones, el padre que lucha con el alcoholismo, las personas que enfrentan problemas de salud mental o limitaciones físicas.
Vivimos en una cultura que quiere mostrar familias perfectas, prósperas y saludables, pero que muchas veces oculta las heridas reales. Familias que hablan de Dios, pero que al mismo tiempo se ven condicionadas por estructuras sociales que proclaman inclusión en el discurso, mientras mantienen prácticas de exclusión.
Una persona que cree y testifica
Una persona que cree y testifica
Finalmente encontramos el testimonio del hombre que fue sanado. Jesús lo vio, se acercó a su realidad y lo puso en camino.
El gesto de hacer barro con la saliva y el polvo nos recuerda, especialmente en este tiempo de Cuaresma, nuestra propia condición humana. Somos polvo de la tierra —humus— y nuestra vida existe gracias al aliento de Dios. El milagro comienza recordándonos esa verdad profunda: somos criaturas de Dios, formadas del polvo, pero vivificadas por su Espíritu.
También es significativo que Jesús envíe al hombre al estanque de Siloé, cuyo nombre significa “enviado”. En ese acto de obediencia el hombre recibe la vista. Recupera no solo la capacidad de ver, sino también su dignidad. Ahora puede mirar el mundo de otra manera. Ya no está condenado a mendigar, sino que se abre ante él la posibilidad de una nueva vida.
A lo largo del relato este hombre da testimonio varias veces de lo que Jesús ha hecho en él. Su comprensión va creciendo hasta convertirse en discípulo. El mismo Jesús que le devolvió la vista física también le abre los ojos espirituales, emocionales y sociales.
Así comprende que su sanación no fue solamente un hecho físico, sino un acto de restauración y dignificación en su vida.
Y de la misma manera, si hoy estamos reunidos aquí es porque Dios continúa abriendo nuestros ojos. Nos invita a mirar el mundo desde el amor y no desde el juicio; desde la compasión y no desde la rigidez religiosa; desde la comunión y no desde el miedo al rechazo.
Conclusión
Conclusión
El evangelio nos permite descubrir quiénes eran realmente los ciegos. La ceguera que Jesús vino a sanar no es solamente la falta de vista física, sino la ceguera espiritual del corazón humano.
Por eso el apóstol Pablo nos exhorta a vivir como hijos de la luz, practicando la bondad, la justicia y la verdad (Ef 5,8–14).
Cuando Dios abre nuestros ojos, no solo nos permite ver con claridad, sino también mirar a las personas con compasión y amor. Nos enseña a reconocer la dignidad de quienes están delante de nosotros y a testificar el milagro del amor de Dios en medio del mundo.
Al comienzo de esta reflexión cerramos nuestros ojos por un momento para imaginar la experiencia de la ceguera física. Tal vez no podamos hacer un ejercicio similar para representar la ceguera espiritual, pero sí podemos hacer algo aún más importante: pedir a Dios que nos ayude a mirar dentro de nuestro propio corazón.
Que el Señor nos conceda la gracia de reconocer si en algún momento hemos cerrado los ojos frente al sufrimiento de los más vulnerables, y que su luz nos permita ver, creer y vivir como verdaderos hijos de la luz.
