Pecado de muerte
intercepcion en la oracion.
El problema básico aquí es el de las dos clases de pecado mencionadas por Juan. Obviamente podía dar por sentado que sus lectores sabían de qué se trataba, y por tanto no tenía necesidad de explicar lo que quería decir. Es probable, entonces, que no se refiera a algo particularmente recóndito. Podemos empezar notando que la terminología empleada aquí, «pecado que lleva a la muerte» (VP; VE), se encuentra en algunos escritos judíos, pero allí se refiere a pecados que llevan a la muerte física del pecador. Aunque el Nuevo Testamento conoce casos de personas que sufrieron la muerte física por sus pecados, es improbable que esto sea lo que se tiene en mente aquí.21 Es de presumir que en tales casos se reconocería el pecado de esta clase solamente por la grave enfermedad o la muerte real de la persona en cuestión. Pero no hay indicación de que Juan estuviera pensando en la muerte en este sentido. Resulta más provechoso observar que en el Antiguo Testamento y en el judaísmo había una reconocida diferencia entre dos clases de pecado: los pecados inconscientes o no deliberados, para los cuales se proveía el perdón por medio del sacrificio anual del Día de la Expiación; y los pecados deliberados o conscientes, para los cuales el ritual de los sacrificios no proveía perdón. Estos últimos sólo podían ser expiados por medio de la muerte del pecador. Esta distinción entre los pecados que podían ser perdonados y los que llevaban a la muerte del pecador bien podría ser parte de la solución del problema.
Pero, ¿qué clases de pecado pertenecen a estas dos categorías? Aquí enfocamos la atención en la evidencia de la epístola misma. Es claro que el autor está más interesado en los pecados que son incompatibles con la condición de hijo de Dios, y éstos se concentran en la negación de que Jesús es el Hijo de Dios, el rehusarse a obedecer los mandamientos de Dios, amar el mundo, y el odio a los hermanos. Tales pecados son característicos de la persona que pertenece a la esfera de la oscuridad y no a la esfera de la luz. Esto nos llevaría a la conclusión de que por el pecado que lleva a la muerte Juan quiere decir los pecados que son incompatibles con la condición de hijo de Dios. La persona que consciente y deliberadamente escoge el camino que lleva a la muerte ciertamente morirá. El pecado que lleva a la muerte es el rehusar deliberadamente creer en Jesucristo, seguir los mandamientos de Dios y amar a los hermanos. Esto conduce a la muerte porque incluye el negarse deliberadamente a creer en el único que puede dar vida, Jesucristo el Hijo de Dios. Por el contrario, los pecados que no llevan a la muerte son aquéllos cometidos impensadamente y que no implican el rechazo de Dios y su medio de salvación. El pecador es vencido por la tentación contra su voluntad: todavía quiere amar a Dios y a su semejante, todavía cree en Jesucristo, todavía anhela ser libre del pecado.
Esta explicación de las dos clases de pecado que tiene en mente Juan da un sentido satisfactorio al pasaje; pero todavía deja algunos puntos que necesitan aclaración.
Primero está la cuestión de por qué un cristiano debe interceder por otro cristiano sí su pecado no lleva a la muerte. Si su pecado no lleva a la muerte, ¿por qué necesita su hermano orar para que tenga vida? Juan no responde a esta pregunta, y cualquier respuesta sería una conjetura. La clave la da el versículo 17, donde Juan recuerda a sus lectores que toda injusticia es pecado, y sin embargo hay pecado que no lleva a la muerte. El pecado sigue siendo pecado, y el pecado es peligroso porque es la característica de la vida separada de Dios. El pecado sigue siendo una mancha en la vida de los hijos de Dios. Además no hemos podido aislar tipos particulares de pecado que entren en estas dos categorías. Los pecados de los creyentes incluyen el no creer en Jesucristo, no guardar los mandamientos de Dios, y falta de amor a los hermanos. En realidad, no hay más pecados que estos. La línea divisoria entre pecados conscientes y pecados inconscientes, por tanto, es difícil de definir. Hay que decir claramente que si no hubiera perdón para los pecados deliberados, entonces todos estaríamos bajo la condenación de Dios, porque ¿quién de nosotros no ha pecado deliberadamente desde nuestra conversión y nuevo nacimiento? De ahí que siempre existe el peligro de que una persona que peca inconscientemente o sin saberlo pueda pasar al punto de pecar en forma deliberada y luego dar la espalda completamente a Dios y su medio de perdón. Debido a este peligro, es esencial que los cristianos oren unos por otros para que ninguno de ellos cruce la línea que conduce al rechazo abierto y deliberado del camino de vida. Ningún pecado es de la clase que impida el perdón, siempre y cuando nos arrepintamos de él. Debemos orar por los hermanos para que ellos se arrepientan de todo pecado. Cuando hacemos esto, tenemos la promesa de Dios de que él oirá nuestras oraciones. Tenemos también el ejemplo de Jesús mismo que intercedió por Pedro cuando éste cayó en la negación de su Señor (
