Es hora de despertar

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Romanos 13:11-14

A partir de su declaración de que el amor piadoso y temeroso de Dios cumple la ley a perfección (13:8-10), Pablo pasa a enfocarse en la urgencia de que los creyentes sean cada vez más semejantes a su Salvador y Señor Jesucristo, quien es en sí mismo la fuente y el poder de ese amor que Dios requiere. Debemos “vestirnos" del Señor Jesucristo (v. 14a). Esa frase resume el tema de la santificación que se trata en los capítulos 12-16, aquel crecimiento espiritual continuo de quienes se han convertido en hijos de Dios mediante la fe en su Hijo, Jesucristo.
El cristiano fiel, obediente y amoroso crece en su vida espiritual cuando es cada vez más semejante a Jesucristo. A medida que nos vestimos con Cristo, su justicia, verdad, santidad y amor se hacen cada vez más evidentes en nuestra vida. Su carácter queda reflejado en nosotros.
El significado práctico de asemejarse a Cristo puede entenderse por medio de la imagen sencilla del acto de vestirse. La santificación equivale a ser vestidos con Cristo. La figura de ponerse la ropa como un símbolo para aludir a la conducta moral y espiritual fue empleada por los rabinos antiguos, quienes se referían a los adoradores verdaderos como aquellos que se colocaban el manto de la gloria Shekiná, dando a entender que se proponían reflejar la gloria de Dios y ser semejantes al Dios a quien rendían culto. Jesús usó la figura del vestuario en varias ocasiones y se encuentra en numerosas partes en todo el Nuevo Testamento.
Pablo amonestó a los efesios de este modo: "En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad" (Ef. 4:22-24). "Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo", dijo el apóstol a los colosenses, "andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe" (Col. 2:6-7).
Pablo usó la figura cuando exhortó con estas palabras a los cristianos de Colosas: "No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno" (Col. 3:9-10). El acto de "haberse despojado" hace referencia a algo que esos creyentes ya habían experimentado. Por otra parte, "se va renovando" hace referencia a lo que estaba sucediendo en sus vidas en ese tiempo.
Resulta de gran importancia distinguir entre justificación, la cual se ha alcanzado una vez para siempre, y santificación, que es un proceso continuo. La justificación se refiere a la justicia de una posición declarada que también se conoce como justicia forense. La santificación se refiere al proceso de crecer en la justicia práctica durante el tiempo restante de vida en la tierra.
En el presente pasaje (Ro. 13:11-14), Pablo emplea la figura de ponerse y quitarse un vestido para representar el proceso de la santificación, el abandono que el cristiano hace de los pecados que persisten en lo que queda de su humanidad caída o su carnalidad, al mismo tiempo que su apropiación de la justicia del nuevo hombre, la creación nueva en que ha sido convertido a imagen y semejanza deJesucristo. Sin embargo, antes que el apóstol presente esa verdad trascendental, él quiere captar toda la atención de sus lectores y urgirles a despertar de su letargo espiritual y de su pecado.
Llegó la hora de levantarnos (vv.11-12a)
Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos. 12La noche está avanzada, y se acerca el día
El tiempo es limitado y la oportunidad es breve. El tiempo para escuchar y obedecer es ahora mismo. No queda tiempo para la apatía, la complacencia o la indiferencia.
Si esa admonición fue urgente durante el tiempo de Pablo, ¡cuánto más urgente es en la actualidad! Siempre ha sido urgente y seguirá siendo urgente hasta que el Señor regrese, cuando llegarán a su lm nuestras oportunidades para ser fieles, obedientes y para evangelizar en la tierra, y descenderá el juicio divino.
Cada generación ha tenido su segmento de escépticos que preguntan: "¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación" (2 P. 3:4). Ningún creyente que afirme con sinceridad la inerrancia de la Palabra de Dios podría pensar que Pablo y Pedro estuvieron demasiado ansiosos con respecto a la inminencia de la segunda venida de Cristo. No obstante, la mayoría de los cristianos a lo largo de casi toda la historia de la iglesia han vivido con la creencia implícita de que fue así.
Pablo no se refiere aquí a el tiempo cronológico (chronos) sino a kairos, el tiempo en sentido de una era, época o edad. Este término y su equivalente hebreo se emplean con mucha frecuencia en las Escrituras. Durante el reinado de David, "los hijos de Isacar" fueron descritos como hombres "entendidos en los tiempos, y que sabían lo que Israel debía hacer" (1 Cr. 12:32).
Puesto que no son enseñados o son mal enseñados en la Palabra de Dios, o porque tienen poco interés en las cosas espirituales, muchos creyentes por voluntad propia tienen algo de la misma ceguera espiritual de los incrédulos. Es en especial lamentable su ignorancia y falta de interés con respecto al regreso de su Señor. Esa enfermedad espiritual plagó a los creyentes en la iglesia primitiva y es obvio que alcanzó a algunos de ellos en Roma. Fue por esta razón que el apóstol casi parece gritar: es ya hora de levantarnos del sueño.
La Enciclopedia Británica defme el sueño como "un estado de inactividad con pérdida de conciencia y una reducción en la capacidad de respuesta a los eventos que suceden".
Pablo nos llama a los creyentes a levantarnos del sueño espiritual, de la inconsciencia, la falta de respuesta y la inactividad con respecto a las cosas de Dios.
El apóstol también hizo el llamado urgente a ciertos creyentes de Éfeso cuando dijo: "Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo" (Ef. 5:14). No estaba hablando a personas no salvas que estuviesen “muertas" espiritualmente, sino a creyentes genuinos cuyo letargo y pereza espiritual les hacía parecer y actuar como si no tuvieran vida espiritual. Tal indolencia es intolerable ante la realidad de la urgencia intrínseca que tienen los asuntos espirituales.
Al declarar que ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos, es obvio que Pablo está hablando acerca del perfeccionamiento de la salvación. Se dirige aquí a cristianos, personas que ya hemos creído y nos hemos convertido. La salvación que está más cerca se refiere a la dimensión futura y definitiva de nuestra redención, a saber, nuestra glorificación. Como se mencionó antes, la justificación se refiere a una posición declarada de justicia que tiene lugar una sola vez y salva al creyente del castigo del pecado. La santificación se refiere al proceso que tiene lugar durante la vida del creyente en su crecimiento espiritual por medio de la justicia práctica. La glorificación se refiere a la perfección última del creyente como un hijo de Dios.
El apóstol apela aquí a ese motivo escatológico, la experiencia del regreso inminente de Cristo. En todo el Nuevo Testamento, los cristianos son llamados a vivir en santidad como anticipación al regreso de Jesucristo. Ese debería ser el incentivo supremo para vivir de acuerdo a su voluntad y para su gloria.
Casi al final de su ministerio fructífero y excepcional, Pablo exclamó con regocijo: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida" (2 Ti. 4:7-8). El Señor mismo promete a su pueblo: "el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía. He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo" (Ap. 22:11b-12a; cp. Ro. 14:10).
No conocemos ni podemos conocer la hora del regreso de Cristo, pero sabemos que está unos dos mil años más cerca que cuando Pablo escribió su carta a los romanos. No sabemos cuántos granos quedan en la parte superior del "reloj de arena" del Señor para la historia humana como la conocemos, pero existen evidencias abundantes de que no queda mucho tiempo. Sabemos que estamos más cerca de la venida de nuestro Señor "con poder y gran gloria" (Mt. 24:30) que cualquier otra generación en la historia. Cada día que vivimos, estamos un día más cerca a la venida de nuestra Señor jesucristo y a los acontecimientos finales en el plan de redención de Dios.
La declaración de Pablo: La noche está avanzada, y se acerca el día, significa que el tiempo de pecado, incredulidad y rebelión espiritual del hombre está a punto de terminar y el tiempo de juicio, gloria y justicia de Dios está a punto de comenzar.
En el Nuevo Testamento, el término día se emplea con frecuencia para representar la aurora, por así decirlo, del regreso inminente de Cristo, y aquí se utiliza como contraste con la noche de las tinieblas espirituales del hombre que ya casi llega a su fin.
El escritor de Hebreos consoló a los creyentes a quienes escribió con estas palabras: "No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará" (He. 10:35-37).
2. Llegó la hora de desechar las obras de las tinieblas (vv.12b-13)
Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz. 13Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia
Desechemos alude aquí a la idea de abandonar, de renunciar, y en este contexto es obvio que hace referencia al arrepentimiento de las obras de las tinieblas, un término genérico que incluye todos los pecados en que un creyente puede incurrir.
El Señor se entristece por todo el pecado, pero los pecados de sus propios hijos contristan en especial al "Espíritu Santo de Dios, con el cual [fuimos] sellados para el día de la redención" (Ef. 4:30).
Pecamos porque optamos por hacerlo y nos vestimos por voluntad propia con la maldad del pecado. En el poder del Señor podemos revertir esa decisión y dejar el pecado, despojarnos de él como de un guiñapo.
Pablo emplea la misma figura cuando amonesta a los creyentes de Éfeso: “despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos" (Ef. 4:22).
Por medio del escritor de Hebreos, el Señor nos dice: "despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia" (He. 12: 1). A través de Pedro nos dice que debemos seguir "desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones" (1 P. 2:1). Además nos dice por medio de Santiago que desechemos "toda inmundicia y abundancia de malicia", y que recibamos "con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar [nuestras] almas" (Stg. 1:21).
La Biblia emplea con frecuencia la imagen de tinieblas para representar el pecado, que se describe aquí como las obras de las tinieblas. Por lo general los crímenes se cometen de noche, en la hora de las tinieblas, porque de ese modo pasan más desapercibidos. Job dijo que "los que son rebeldes a la luz, nunca conocieron sus caminos, ni estuvieron en sus veredas. A la luz se levanta el matador; mata al pobre y al necesitado, y de noche es como ladrón. El ojo del adúltero está aguardando la noche, diciendo: No me verá nadie; y esconde su rostro. En las tinieblas minan las casas que de día para sí señalaron; no conocen la luz. Porque la mañana es para ellos como sombra de muerte; si son conocidos, terrores de sombra de muerte los toman" (Job 24:13-17).
Pablo pasa en seguida del aspecto negativo al positivo, de hacer énfasis en la confesión y el arrepentimiento genuino que se manifiesta en dejar y despojarse de las tinieblas destructivas del pecado a vestirse con la luz de justicia que le protege.
Pablo emplea la imagen de un soldado que se ha vestido con atuendo de juerga y pasa la noche regodeándose en francachela. Cuando rompe el día, el comandante le ordena que se levante, deseche sus prendas nocturnas y se vista con las armas que necesita para librar la batalla del día. Las armas y las armaduras están hechas para la guerra, y su propósito es proteger a quien las lleva puestas.
Mediante el Espíritu que mora en nosotros y obra a través de nuestra nueva naturaleza en Cristo, no solo contamos con todos los recursos necesarios para abandonar las obras de las tinieblas sino también con todos los recursos que necesitamos para acatar el llamado: vistámonos las armas de luz. La luz de Dios mismo suministra protección divina en nuestra batalla contra los poderes sobrenaturales de las tinieblas de Satanás, así como en contra de la oscuridad natural del pecado humano a la cual somos tan proclives, aun siendo creyentes.
Aquí las armas de luz también es una referencia a "toda la armadura de Dios", la cual debemos tomar "para que [podamos] estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes" (Ef. 6:11-12).
No podemos estar seguros espiritual ni moralmente con algo menos que "toda la armadura de Dios, para que [podamos[ resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes" (v. 13).
"Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (vv. 6-7; cp. 2:6). El pecado y la justicia son tan incompatibles y mutuamente excluyentes como las tinieblas y la luz.
La luz de las armas espirituales del cristiano son la santidad y pureza mismas de Dios, con las cuales Él desea que sus hijos estén siempre vestidos. Es la vestidura de pureza e integridad espirituales, reflejo de la santidad de nuestro Señor, lo que el mundo entero puede ver sea que lo reconozca o no.
Por lo tanto, debido a que somos hijos de luz y tenemos a disposición las armas de luz del Señor mismo, también estamos en la obligación de que andemos como de día, honestamente. Este andar sincero consiste en vivir de una manera que agrada a Dios. Es vivir con sinceridad delante de nuestro Señor y delante de los hombres, vivir una vida exterior que sea consecuente con nuestra naturaleza interna en Cristo, vivir una vida santificada que refleje nuestra vida justificada. Es vivir una vida sin "mancha ni arruga ni cosa semejante" (Ef. 5:27), a fin de que seamos "hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz" (2 P. 3:14).
El cristiano que no está viviendo una vida santa y obediente es un cristiano que no comprende la importancia y el significado del regreso del Señor. Por otra parte, el creyente que entiende el juicio venidero y espera a diario que su Señor vuelva, es un creyente cuyo propósito primordial sobre todos los demás es agradar y honrar a su Señor con una vida santa y constante. El cristiano que anhela la venida de Cristo se caracteriza por una "santa y piadosa manera de vivir", porque está "esperando y apresurándose para la venida del día de Dios, … [esperando] según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia" (2 P. 3:11-13).
Después que Pablo amonestó a los creyentes colosenses a considerarse muertos a los diversos pecados a que eran propensos y a que dejaran "todas estas cosas" (Col. 3:5-9a), el apóstol les recuerda que cuando ellos fueron salvos, se habían "despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno" (vv. 3:9b-1O). Además, "como escogidos de Dios, santos y amados", ellos debían consagrarse de todo a la justicia, vistiéndose "de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la misma manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto" (vv. 12-14).
Es necesario que andemos como de día, honestamente, porque como hijos de Dios "somos del día", y por lo tanto debemos ser "sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo. Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo" (1 Ts. 5:8-9)
Otra vez de vuelta al aspecto negativo, Pablo menciona, como lo hace con frecuencia, cierto número de pecados específicos y características de nuestrasvidas que reflejan tinieblas en lugar de luz espiritual, que pertenecen a la noche de la injusticia y no al día de la justicia.
3. Llegó la hora de vestirnos de Jesucristo (v.14)
sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne.
La expresión vestíos del Señor Jesucristo representa el crecimiento espiritual continuo de aquellos que se han convertido en hijos de Dios mediante la fe en su Hijo Jesucristo. Tras haber sido “arraigados" en Cristo, ahora somos "sobreedificados" en Él (Col. 2:7). A medida que crecemos en Cristo, la vieja vestimenta de pensamientos y hábitos pecaminosos es desechada continuamente, y su vestidura divina de justicia, verdad, santidad y amor es puesta sobre nosotros. Al avanzar el proceso de nuestra santificación, el carácter del Señor va siendo cada vez más nuestro propio carácter. En ese sentido, el propósito principal de un cristiano es que continuamente se esté vistiendo del Señor Jesucristo.
Aguardar con amorosa expectación la venida de Cristo purifica nuestra vida, porque anhelarle es querer agradarle, y querer agradarle es tener el deseo genuino de ser como Él. Pablo dijo a los creyentes gálatas que él no estaría satisfecho y que seguiría dispuesto a "sufrir dolores de parto", por así decirlo, "hasta que Cristo sea formado en vosotros" (Gá. 4:19). Cristo ya está formado en nosotros en el sentido de que Él mora en nuestro interior y nos ha dado su propia naturaleza. Pero al igual que Juan, debemos anticiparnos con santa expectación al día glorioso cuando "seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es" (1 Jn. 3:2). Nos regocijamos porque "todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor" (2 Co. 3:18).
Una vez más, Pablo emplea un contraste para aclarar el punto, y esta vez en orden inverso al que aplicó en el versículo 12. Aquí el orden es primero vestirse de Cristo y su justicia, y luego despojarse del pecado atendiendo el mandato: no proveáis para los deseos de la carne.
La palabra pronoia (provisión) tiene el significado básico de una premeditación o planeación anticipada. Con mayor frecuencia que en otros casos, los pecados que cometemos se desarrollan a partir de ideas erróneas y deseos pecaminosos a los que hemos permitido con anterioridad que se radiquen en nuestras mentes (cp. Stg. 1:14-15). Cuanto más tiempo les permitamos quedarse, más vamos a proveer para que la carne satisfaga sus deseos.
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