La corona que sanó nuestra rebelión.
CRISTO NUESTRA ESPERANZA • Sermon • Submitted • Presented
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Transcript
«Y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas». (Mateo 27:29, NBLA)
Antes de entrar en el cuartel de los soldados y contemplar con atención la sagrada cabeza de nuestro Salvador, es necesario considerar quién es la persona que fue sometida a semejante humillación.
No debemos olvidar la excelencia de Su ser:
Él es el resplandor de la gloria del Padre y la imagen misma de Su sustancia.
Él es Dios sobre todas las cosas, la Palabra eterna por la cual todo fue creado.
Aunque es el Heredero de todo y el Príncipe de los reyes de la tierra, fue despreciado y desechado,
convirtiéndose en el «varón de dolores, experimentado en quebranto» (Is 53:3).
El Rey del cielo en el cuartel de la vergüenza
Imaginen el contraste. Antes de venir al mundo, Jesús habitaba con su Padre, adorado por ángeles y obedecido por todo principado celestial.
Sin embargo, en el pretorio/palacio de Pilato, lo vemos sentado como el centro de una burla cruel.
Lo sentaron en una silla rota,
le echaron encima un viejo manto de soldado para imitar la púrpura real
y pusieron una caña en su mano como si fuera un cetro.
Su amor por nosotros lo impulsó a aceptar este abatimiento.
Si Él hubiera querido, una sola mirada de sus ojos habría fulminado a los soldados romanos; una palabra de sus labios habría hecho temblar los cimientos del palacio de Pilato.
Podría haber convocado a legiones de ángeles, pero eligió quedarse allí.
«¿O piensas que no puedo rogar a Mi Padre, y que Él no pondría a Mi disposición ahora mismo más de doce legiones de ángeles?» (Mateo 26:53, NBLA).
El Hijo de Dios permitió que una corona de espinas lastimara su frente, sufriendo el insulto en su mente y el dolor punzante en su cuerpo.
Aquel rostro, que una vez fue el más hermoso entre los hombres, quedó desfigurado por las heridas para convertirse en el rostro de Emanuel: Dios con nosotros.
Un espectáculo de dolor y mansedumbre
Al observar este cuadro, lo primero que notamos es un espectáculo doloroso.
Vemos al Cristo tierno,
lleno de gracia,
paciente,
manso,
humilde,
que escuchaba a las personas,
que las sanaba,
que pasaba horas enseñando..
aquel que fue y es generoso siendo tratado con desprecio.
Es el «Cordero de Dios» atrapado en la maldad humana...
Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero (COMO AQUELLOS QUE SERÍAN SACRIFICADOS); y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. (Isaías 53:7, RVR60)
Los soldados veían en Jesús a un hombre débil y derrotado.
Para ellos, sus afirmaciones de ser Rey eran un chiste.
Se burlaban de su humildad porque no podían percibir su verdadera gloria.
Sin embargo, el dolor de Cristo no era solo físico.
Como Él es el Rey verdadero, cada burla hería su espíritu de una forma que un impostor jamás sentiría.
La crueldad añadió dolor al insulto: no le pusieron una corona de paja para reírse, sino de ESPINAS para herirlo.
Así como el pecado llenó la tierra de espinos, Cristo cargó con ellos en su propia cabeza.
- Una advertencia para el presente
Este relato es una ADVERTENCIA para cada uno de nosotros.
Muchos hoy siguen tejiendo CORONAS de espinas para Cristo.
Los intelectuales QUE SABEN MUCHO que niegan QUE ES DIOS,
los DUDOSOS/ ESEPTICOS que buscan fallas en su carácter
y los que ridiculizan su causa están repitiendo la escena del pretorio.
Cada vez que alguien usa su ingenio para atacar el Evangelio, está hiriendo al HIJO DE AQUEL QUE AMO TANTO AL MUNDO….
Pero hay una forma más sutil de coronarlo con espinas: la profesión hipócrita.
Quienes dicen ser cristianos pero no le aman ni le obedecen, le están dando un cetro de caña.
Una fe NO SINCERA es un escarnio.
Incluso los creyentes verdaderos, cuando cedemos al pecado, al mal carácter o al amor por las cosas que no pueden satisfacer sino realmente… rodeamos su frente con las espinas de nuestra desobediencia… AL PECAR DE MANERA CONSIENTE…ESTAMOS DICIENDO: TÚ NO ME SATISFACES LO SUFICIENTE, POR ESO NECESITO ESTO…
Esta realidad debe llevarnos al arrepentimiento, reconociendo que nuestras inconsistencias han causado dolor a Aquel que nos amó primero.
- La firmeza triunfante del Salvador
A pesar de la humillación, lo que vemos en el pretorio es una firmeza triunfante.
Jesús no fue vencido por la vergüenza. Él estaba allí como nuestro SUSTITUTO, BEBIENDO la copa de la ira de Dios que nosotros merecíamos.
En el huerto de Getsemaní, su naturaleza humana se estremeció, pero su amor fue más fuerte.
Bebió la copa HASTA la última gota para que hoy no quedara condenación para los que están en Él… POR TI: (DA NOMBRES)…
Su paciencia fue milagrosa.
No hubo quejas,
ni amenazas,
ni pedidos de piedad.
Sufrió con una calma PERO CON GRAN DOLOR… que solo el Hijo de Dios podía sostener.
Es muy probable que esta misma actitud haya impactado a los soldados presentes.
La historia del pretorio tuvo que ser contada por un testigo ocular, quizás alguien como el centurión que más tarde confesaría: «Verdaderamente este era Hijo de Dios» (Mt 27:54)…
V. El Camino al Calvario: Un Sendero Carmesí
Aquella corona de espinas no fue un accesorio momentáneo para una burla pasajera; no se la quitaron al salir del pretorio.
Los espinos permanecieron incrustados en EN ÉL, hundiéndose más profundamente con cada sacudida brusca,
con cada tropiezo sobre las piedras irregulares,
mientras Sus hombros desgarrados sostenían el peso bruto del madero camino al Gólgota…AL TAL PUNTO QUE NECESITÓ AYUDA…
Es estremecedor contemplar al Rey de la gloria caminando por las calles de Jerusalén, bajo un sol que castigaba Su espalda abierta, llevando sobre Su frente el símbolo punzante de la maldición que nosotros provocamos.
Cada gota de sangre que brotaba de Su frente se mezclaba con el sudor salino y el polvo espeso del camino, marcando un rastro carmesí sobre la tierra; un sendero de reconciliación que nuestras manos jamás habrían podido trazar.
El contraste es desgarrador:
aquel hombre que con una sola palabra clara y poderosa sanaba a los ciegos, permitiéndoles ver la luz del mundo por primera vez…
ahora caminaba con Sus propios ojos nublados, ardiendo por el flujo constante de Su propia sangre que corría desde las heridas de Su frente.
Aquel que limpiaba la lepra con un toque de infinita ternura, ahora estaba cubierto por la suciedad del camino, el escupitajo de los verdugos y el escarnio de los hombres.
Él, que reía con Sus amigos en las bodas de Caná y disfrutaba de la mesa en comunión, ahora avanzaba en una soledad absoluta, aturdido por los gritos de odio de una multitud que Él mismo había venido a salvar.
Sus manos, manos que habían multiplicado el pan para saciar a miles, manos que habían levantado a los paralíticos del suelo, ahora temblaban y se cerraban con fuerza bajo el peso de la viga de madera que pronto sería Su altar.
Y lo hacía todo por amor a nosotros. Cada punzada de las espinas, cada golpe del madero contra Su espalda, era un «te amo» silencioso y sangriento dirigido a tu alma.
Jesús no solo cargó la cruz sobre Sus hombros; cargó nuestra rebelión sobre Su cabeza para que nosotros pudiéramos llevar Su paz en nuestro corazón.
por eso su cruz… es el antídoto contra el veneno de nuestra caída:
1. Cura el orgullo:
El orgullo es la raíz que nos hace querer ser nuestros propios dioses.
Al mirar a Cristo, el Soberano del universo, voluntariamente humillado y coronado con arbustos secos, nuestro deseo de grandeza propia se desvanece por completo.
¿Quién se atrevería a buscar laureles humanos cuando el Rey llevó espinas?
2. Nos da fortaleza al ser perseguidos:
Si el mundo nos desprecia, nos señala o intenta burlarse de nuestra fe, recordamos que el discípulo no es más que su Maestro.
Si Él llevó espinas sobre Su frente real para darnos entrada a Su reino, nosotros podemos soportar el rechazo temporal con la dignidad de quienes pertenecen a otro mundo.
3. Sana el descontento:
Nuestras quejas por las incomodidades diarias parecen susurros insignificantes frente al estruendoso sufrimiento del Salvador.
Mirar Su rostro herido pone nuestras pruebas en perspectiva y nos enseña que el dolor tiene un propósito eterno en Sus manos.
4. Elimina el afán:
Así como los espinos ahogan la semilla (Mt 13:7), nuestras ansiedades intentan ahogar nuestra paz.
Pero si Él cargó con la maldición de las espinas, significa que ya venció aquello que nos atormenta. «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros» (Gálatas 3:13, NBLA).
VII. Conclusión: ¡Consumado Es!
La corona de espinas es el más poderoso estímulo para amar a Dios con cada fibra de nuestro ser.
Si Él bajó tan bajo, a lo más profundo del fango de nuestra miseria, fue precisamente para levantarnos a nosotros.
Si Él aceptó la vergüenza, fue para darnos Su gloria eterna.
MI INVITACIÓN CON URGENCIA PARA TI:
Te ruego que encuentres tu seguridad en las heridas de Jesús.
Allí, el pecado no puede alcanzarte,
porque las espinas ya hirieron al Sustituto en tu lugar;
allí, el juicio ya no tiene poder,
porque Él ya pagó la deuda.
Da esperanza saber que alguien puede tomarte exactamente donde estás —en medio de tu fracaso, de tu vicio o de tu dolor más secreto— para llevarte a donde Él está.
Él padeció por nuestro pecado para que,
sin importar cuán rota esté tu situación hoy,
Él pueda rescatarte.
En el Gólgota.. LUGAR DE LA CALABERA…, bajo ese cielo que se vistió de luto, mientras la sangre de Su frente se mezclaba con la de Sus manos,
Jesús lanzó un grito de victoria que rompió el silencio de la muerte: «¡CONSUMADO ES!» (Juan 19:30, NBLA)
La deuda está pagada. La obra está terminada.
La corona de espinas ha sanado nuestra rebelión y ha transformado nuestra maldición en una corona de vida.
CRISTO MURIÓ… PERO EL DOMINGO YA VIENE….
Y SI DE VERDAD HA RESUCITADO…
TODO VA A ESTAR BIEN…
VEREMOS ESO EL DOMINGO…
