Meditación de las Siete Palabras

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Primera Palabra: 

Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lucas 23,34) 
La gracia del perdón
Contemplemos la escena de Jesús en la cruz. Ha sido torturado y humillado; los azotes han marcado su espalda. El Maestro de Galilea, ahora expuesto y despojado, cuelga ante la mirada de todos: el llamado Rey de los Judíos, clavado en el madero.
Detengámonos un momento en su agonía: el peso de la cruz, los clavos atravesando sus manos y sus pies, el clamor del pueblo que exigía su muerte, y sus discípulos dispersos, vencidos por el miedo.
Y, sin embargo, en medio de este dolor, Jesús eleva su voz al Padre: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
¡Qué profunda expresión de amor se revela en el perdón! Y, al mismo tiempo, qué difícil resulta vivirlo.
Volvamos ahora nuestra mirada hacia nosotros. ¿Cuántas veces retenemos el perdón y cargamos, en lo más hondo, con el peso de la ofensa?
En un mundo herido por la injusticia, el maltrato y la exclusión; en una realidad donde la violencia y los conflictos parecen crecer, esta palabra de Cristo nos llama a un camino distinto: aprender a amar y a perdonar, incluso allí donde parece imposible.
No como un esfuerzo aislado de nuestra voluntad, sino como respuesta a la gracia de Aquel que, aun en la cruz, nos enseñó a amar a nuestros enemigos.
En el silencio y la meditación, dispongamos nuestros corazones hacia el perdón.
Silencio (30 a 40 segundos) 
Se apaga la primera vela  
  

Segunda Palabra:  

Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso (Lucas 23,43) 
Un Dios que siempre tiene tiempo (meditación)  
Contemplemos el inmenso amor de Dios: un amor que no se retrasa ni se niega, que abre hoy un camino de gracia.
Aun en la cruz, Jesús ofrece comunión, esperanza y vida. No hay momento perdido ni historia cerrada para quien se vuelve a Él.
Hoy es el tiempo de la gracia. Entremos en el silencio, y dejémonos alcanzar por este amor que siempre nos recibe.
Silencio (30 a 40 segundos) 
Se apaga la segunda vela 
 

Tercera Palabra:  

Mujer, ahí tienes a tu hijo, hijo, ahí tienes a tu madre (Juan 19,26-27) 
Un Dios que se preocupa por los suyos (reflexión)  
A los pies de la cruz permanecen dos personas que aman a Jesús: su madre y el discípulo amado. En medio del dolor, no se alejan; permanecen.
Entonces, Jesús, aun en su agonía, se vuelve hacia ellos y establece un nuevo vínculo: confía a su madre al discípulo, y al discípulo a su madre. No los deja solos; los entrega el uno al otro.
Este gesto revela un amor que cuida, que se hace responsable, que construye comunidad incluso en la hora más oscura.
También hoy, muchas madres lloran la pérdida de sus hijos; muchas familias cargan con el dolor y la ausencia. Ante ese sufrimiento, la palabra de Cristo sigue resonando y nos es dirigida: «Ahí tienes a tu madre… ahí tienes a tu hijo».
Somos llamados a acoger, a acompañar y a sostener. El amor se hace hospitalidad: abre no solo las puertas de la casa, sino también las del corazón. Es un amor que consuela, que sana las heridas y que se inclina para servir.
Dispongamos el corazón para reconocer al otro como don y tarea, como presencia que nos es confiada por el mismo Cristo.
Silencio (30 a 40 segundos)  
Se apaga la tercera vela 
 

Cuarta Palabra:  

Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? (Mateo 27,46) 
Nunca abandonado (meditación)  
Jesús clama desde la cruz y hace suya la experiencia más profunda de la soledad humana.
También nosotros, en ciertos momentos, sentimos el peso del silencio y la aparente ausencia de Dios.
En este clamor, Cristo se une a nuestra fragilidad y la presenta al Padre.
Entremos en el silencio, y llevemos ante Dios aquellos momentos en que su presencia nos ha parecido lejana.
Silencio (30 a 40 segundos)  
Se apaga la cuarta vela 
 

Quinta Palabra:  

Tengo Sed (Juan 19,28) 
La sed de Cristo (reflexión)  
En Samaria, Jesús pidió agua a una mujer, y en ese encuentro se reveló como la fuente de agua viva, capaz de saciar la sed más profunda del ser humano.
Ahora, en la cruz, Jesús vuelve a decir: «Tengo sed». Su cuerpo se debilita, la vida se extingue, y la sed se hace evidente.
Pero en esta palabra también resuena una sed más honda: sed de justicia, de amor y de compasión.
El mundo parece reseco de bondad; la indiferencia y la injusticia agotan las fuentes de vida.
También nosotros conocemos esa sed: cuando el dolor nos alcanza, cuando la injusticia prevalece, cuando el amor escasea.
La sed de Cristo es, al mismo tiempo, expresión de su entrega: un amor que se desborda en compasión y que sigue llamando a la vida.
Contemplemos la cruz, y en el silencio, acerquémonos a Aquel que tiene sed… y que, a la vez, es la fuente que sacia.
Silencio (30 a 40 segundos)  
Se apaga la quinta vela 
 

Sexta Palabra:  

Consumado es (Juan 19,30) 
Misión cumplida (meditación)  
En la cruz, Jesús pronuncia una palabra de cumplimiento. Su misión llega a su plenitud en la obediencia y en el amor.
En Él, Dios lleva a término su obra de salvación: un amor que se entrega hasta el extremo, abriendo para nosotros el camino de la gracia.
Volvamos a la cruz y contemplemos este amor que nada se reserva, que todo lo da.
Entremos en el silencio, y dejémonos alcanzar por la obra cumplida de Cristo.
Silencio (30 a 40 segundos)  
Se apaga la sexta vela 
 

Séptima Palabra:  

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lucas 23,46) 
Las últimas palabras (meditación)  
Jesús, al final, se abandona en las manos del Padre. Su último aliento es un acto de confianza.
Quien ha amado y obedecido hasta el extremo, ahora se entrega plenamente.
En esta palabra se revela una certeza: la vida descansa en Dios, aun en el umbral de la muerte.
Entremos en el silencio, y depositemos también nuestra vida en las manos del Padre, confiando en que Él sigue obrando en nosotros.
Silencio (30 a 40 segundos)  
Strepitus (Se apaga la séptima vela, al apagarse se escuchará un golpe de percusión) 
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