Tengo sed

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Juan 19:28.
La expresión Tengo sed es la quinta palabra de la cruz y expresa angustia física. La falta de comida y agua para nutrir al cuerpo durante unas 16 horas, más la pérdida de sangre, más el calor del sol cerca del mediodía, todo sirvió para producir una sed que hacía pegarse la lengua al paladar. Algunos piensan que Jesús deseaba mojar la boca para poder pronunciar en voz fuerte y clara las últimas palabras. Esta exclamación es otra evidencia de la plena humanidad de Jesús.
Juan sigue con su énfasis en el cumplimiento de Escritura, utilizando conceptos del AT (ver Sal. 69:21), aunque allí la idea es de un trato cruel mientras aquí es todo lo contrario. El vinagre tenía el propósito evidente de amortiguar el dolor que sufría el crucificado. Incluso hay una tradición de que las mujeres de Jerusalén proveían esta bebida para los crucificados como acto de misericordia. Nótese como Mateo 27:34, 48; ver Mar. 15:23) cambia el término para ajustarse a la cita de Salmos: “…vino mezclado con ajenjo”. El vinagre, o vino agrio, del Medio Oriente era una bebida sana y refrescante. La expresión Había allí indica que probablemente había un recipiente con vinagre al alcance justamente para ofrecer a los moribundos. El término hisopo se refiere a la rama de una planta que se utilizaba para rociar la sangre en el rito de la Pascua (ver Éxo. 12:22; Lev. 14; Heb. 9:19).
El texto de Juan, Jesús recibió el vinagre (Juan. 19:30), indica claramente que Jesús probó la bebida que se le ofrecía. En cambio, dos de los Sinópticos indican que él no quiso tomarlo (ver Mat. 27:34; Mar. 15:23). Aparentemente lo que pasó es que Jesús mojó sus labios y lengua con el vinagre pero se negó a beberlo, deseando sufrir todos los dolores de la cruz, sin algo para mitigarlos.
LA PALABRA DE LA NECESIDAD
«Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed» (Juan 19:28).
De los cuatro evangelistas, Juan es el único que recuerda y da mucha importancia a esta necesidad pronunciada por Jesús, al incluirla en su relato inspirado.
Estos dos pasajes son contextuales, y hacen armonía en su narración. Sin embargo, Mateo y Marcos no parecen estar de acuerdo con la bebida que describen. Mateo declara que era «vinagre con hiel». Marcos la describe como «vino mezclado con mirra». Lo que parece ser una discrepancia textual se aclara si consideramos que al Señor le ofrecieron «vinagre» (que es vino agrio, Rut 2:14) diluido con «hiel» (que puede ser una alusión a algo amargo) y «mirra». Esta bebida mezclada se ha considerado como un estupefaciente que se administraba a los condenados a la crucifixión, la cual les anestesiaba o aliviaba de los sufrimientos.
Ambos evangelistas afirman que Jesús «no quiso beberlo» y «no lo tomó». Él sufrió con todos sus sentidos despiertos, y estuvo sensible al dolor humano. Como nos dice Pedro: «Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado» (1 Pedro 4:1). El Señor experimentó en carne propia el dolor humano.
I. La causa de esta necesidad
Conforme a Marcos 15:25, «Era la hora tercera cuando le crucificaron». El Señor fue cruficicado a las 9:00 a.m. de la mañana. Esto indica que toda la madrugada del día viernes, Jesús fue sometido a fuertes e intensos interrogatorios, juicios precipitados, y tuvo que ser movido constantemente de un lugar a otro; sin dejar a un lado la tortura física a la cual fue expuesto.
Por un momento, consideremos las tareas realizadas por el Señor el día jueves: (1) Instruyó a sus discípulos para la comida de la pascua (Mateo 26:17–19). (2) Por la noche (Mateo 26:20) celebró la pascua e instituyó la Santa Cena con sus discípulos (Mateo 26:21–29). (3) El Señor le lavó los pies a los discípulos (Juan 13:2–20). (4) Jesús declaró que Judas era un traidor (Juan 13:21–35). (5) El Señor reveló que los discípulos lo abandonarían (Mateo 26:31–35). (6) El pronunciamiento de un gran discurso (Juan 14 al 16). (7) La oración intercesora (Juan 17). (8) La agonía en el Getsemaní (Mateo 26:36–46). (9) El arresto (Mateo 26:47–56).
El día viernes, en horas de la madrugada, fue sometido a tres juicios judíos: (1) Fue llevado a Anás (Juan 18:12–14, 19–24). (2) Fue transferido a Caifás (Juan 18:24; Mateo 26:57). (3) Fue sometido al sanedrín (Mateo 26:59–68). También experimentó tres juicios romanos o gentiles: (1) Fue llevado a Pilato (Mateo 27:1, 2; Lucas 23:6–12). (2) Luego fue transferido a Herodes (Lucas 23:6–12). (3) Finalmente, fue devuelto a Pilato (Lucas 23:11–25). Las presiones psicológicas, y el ser movido de un lugar a otro produjeron en el Señor un estado extenuado, de fatiga y de cansancio.
Ahora, consideremos la tortura que el Señor experimentó: (1) El arresto (Marcos 14:46). (2) Le escupieron, le dieron bofetadas y golpes (Mateo 26:67). (3) Pilato dio orden de azotarlo (Marcos 15:15). (4) Le pusieron una corona de espinas (Marcos 15:17). (5) Le dieron golpes en la cabeza y le escupieron (Marcos 15:19). (6) Le escarnecieron y le desnudaron, y luego lo vistieron con un manto púrpura (Marcos 15:20). (7) Herodes también lo escarneció (Lucas 23:11). (8) Jesús tuvo que cargar el travesaño o madero horizontal de su cruz (Juan 19:17). (9) Fue crucificado (Juan 19:18).
En resumen, hemos visto que el día jueves fue demasiado atareado para el Señor; la noche la pasó celebrando la pascua y dando discursos; la madrugada del viernes la pasó en profunda oración, y luego experimentó maltratos y abusos físicos y mentales.
Todo esto le causó al Señor el que tuviera que exclamar desde lo más profundo de su infierno humano, «tengo sed». Cuando él exclamó esta palabra, llevaba colgado de la cruz más de tres horas. La muerte de cruz por sí sola, producía sed en el condenado.
¡Cuánto deseó Jesús en aquel momento de necesidad fisiológica, haber bebido agua hasta saciar y mitigar su sed! Su cuerpo temblaba por la fiebre, y su sistema digestivo se desesperaba ante aquella exigencia biológica que su metabolismo humano le comunicaba.
La petición del Señor expresada en su necesidad, «tengo sed», le ofrece la oportunidad a aquel auditorio que allí lo contemplaba de hacer algo por Él. Por decirlo así, de hacerle un último favor. Su petición no es particular en general. Se necesitaba que algún corazón voluntario fuera movido a cumplir el deseo de Jesús. Alguien que sintiera compasión, que no temiera a la opinión del grupo, ni al qué dirán, que pudiera identificarse con el sufrimiento del Señor Jesús.
Todo cristiano nacido de nuevo, que se ha identificado con el reino de Cristo, que es un verdadero discípulo, levanta su fe contra todo imperio. Los creyentes no doblamos nuestras rodillas ante ninguna estatua, ni ante ningún edicto promulgado por el hombre que se oponga a los intereses de la economía divina.
aunque Jesús tuvo una sed literal y física, no por eso dejó de seguir teniendo la sed espiritual que le caracterizó en su itinerario terrenal.
A la mujer samaritana, que lo encontró a las doce del mediodía sentado junto al pozo histórico de Jacob, le declaró: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva» (Juan 4:10). Después de un diálogo, finalmente, la samaritana dice: «Señor, dame ese agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla» (Juan 4:15). Hasta ese momento, la samaritana es humanista y racionalista en la interpretación de las palabras del Señor. En su búsqueda religiosa llega a la conclusión: «Señor, me parece que tú eres profeta» (Juan 4:19). De ese descubrimiento religioso da un paso que la lleva a descubrir en Jesús al Cristo: «Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas» (Juan 4:25). Es entonces, cuando en las palabras del Señor, ella comienza a beber del agua espiritual: «Yo soy, el que habla contigo» (Juan 4:26).
La sed espiritual del Señor es por los perdidos; por aquellos que lo conocen religiosamente, históricamente, tradicionalmente; pero no lo conocen espiritualmente. El mundo está embriagado de tradiciones religiosas, pero necesita estar ebrio con la revelación completa de Jesucristo. Por este mundo que es un ermitaño espiritual, Jesús tiene sed.
El creyente coexiste con el mundo, pero no puede convivir con éste. Estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Nuestra misión es ganar el mundo para Cristo, y no que el mundo nos gane a nosotros.
Por otra parte, la sed del Señor tiene una dimensión social. En Mateo 25:35–40.
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