Observamos a veces obras de arte desgastadas, arrugadas y olvidadas. Sin embargo, solo cuando alguien se detiene a restaurarlas, pueden brillar nuevamente. La crucifixión es esa restauración divina. Jesús, con su sacrificio, nos restauró a todos. A través de Su muerte, transformó nuestra condición, haciéndonos nuevas creaciones, y mostrándonos que cada vida tiene un propósito y un valor inmenso ante Dios.