LAS ULTIMAS PALABRAS DE CRISTO EN LA CRUZ
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“PADRE, PERDONALOS” (Lucas 23:34)
“PADRE, PERDONALOS” (Lucas 23:34)
En semejante situación el Señor oraba: pero no por sí mismo, sino por otros.
Hubiera sido comprensible que lo hiciera por su propia persona
Pedro así lo hizo, cuando empezó a hundirse en las turbulentas olas de Galilea: “¡Señor, sálvame!”, había dicho. Ahora, el Señor —que había respondido al clamor de Pedro— estaba Él mismo abrumado; sin embargo no ora por su propia persona, sino por otros que no eran siquiera amigos suyos, sino sus enemigos.
Al parecer el Señor no hizo una sola oración aislada, sino que estuvo orando constantemente. Cuando traspasaban su carne con los clavos, Él oraba: “Padre, perdónalos […]”. Mientras levantaban insensiblemente la cruz para luego dejarla caer de golpe en el hoyo excavado en la tierra; cuando la gente pasaba por allí diciendo con sorna: “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar”
la oración fue predominante en todas las facetas de su vida de que tenemos constancia. Su ministerio público empezó con oración
al término de su ministerio terrenal, vemos a Nuestro Señor Jesucristo dedicado a la oración. Tres veces oró estando en la Cruz: al comienzo y al final de su sufrimiento y en medio del mismo.
la fe de Jesucristo no flaqueó, sino que brilló aún con más fuerza en el momento más oscuro, y su confianza en su Padre se mantuvo más firme que nunca.
Nuestro Señor Jesucristo podía orar así porque en su corazón tenía perdón para ellos. Al comienzo de su ministerio, en lo que conocemos como el “Sermón del Monte”, Jesús se había sentado con sus discípulos en otro monte para enseñarles cómo se hacían las cosas en su Reino.
“Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente […]. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos […], y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mt. 5:38, 44). Ahora, en aquella sombría colina del Calvario, Jesús estaba poniendo en a práctica su propia enseñanza: amando a sus enemigos y orando por ellos. Y pedía a Dios que estos vieran suplida su necesidad más grande: la de ser perdonados de sus pecados.
RESPONSABLES DE LA MUERTE DE JESÚS
Al considerar esta escena, tal vez nos gustaría desvincularnos de ella. Podemos pensar que aquellas personas eran peores que nosotros; y sin embargo, si somos sinceros, hemos de reconocer que en nuestros corazones hay pecados equiparables a los que llevaron a Jesucristo a la Cruz.
Pilato sabía que el Señor era inocente y, sin embargo, lo entregó a los soldados para que lo crucificaran. En juego estaban su propia posición y su prestigio, los cuales significaban para él más que la justicia.
Los escribas y los fariseos murmuraron: “¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?” (Mr. 2:7). Y Jesús les respondió: “El Hijo del Hombre [a saber, Él mismo] tiene potestad en la tierra para perdonar pecados”. Al paralítico le dijo: “Tus pecados te son perdonados” (Mt. 9:2)
ahora le pide al Padre que perdone. ¿Resultaría extravagante decir que Nuestro Señor Jesucristo no estaba ya “en la tierra” como Hijo del Hombre? Se hallaba suspendido entre el Cielo y la Tierra, comenzando su ministerio de intercesión; el cual continuaría en el Cielo después de ascender a su Padre.
“NO SABEN LO QUE HACEN”
El pecado es una extraña combinación de ignorancia y conocimiento. Aunque Jesús, compasivamente, dijo “no saben lo que hacen”, no estaba excusándolos en modo alguno
Los principales sacerdotes no reconocieron en Jesús a su Mesías, pero debieron de estar conscientes hasta cierto punto de la envidia y el odio que había en sus corazones y que los condujeron a tomar aquella decisión cruel e injusta.
Al pecar quizá entendamos ligeramente nuestra culpa, pero somos inconscientes de la magnitud y las consecuencias de ella. El pecado supone dejar suelto un poco del Infierno: no podemos apreciar las repercusiones que tiene. Esto lo ilustran trágicamente muchas de las tendencias de la sociedad actual, como por ejemplo el aumento de la tasa de divorcios. Las rupturas matrimoniales son corrientes hoy día
¿TUVO RESPUESTA ESTA ORACIÓN?
En el día de Pentecostés, Pedro acusó en su predicación a más de 3000 personas de ser responsables de la muerte de Cristo: “Habéis tomado a Jesús y, con manos perversas, lo habéis crucificado y dado muerte. Pero Dios lo ha hecho Señor y Cristo: el crucificado se halla ahora exaltado. Él está vivo, y si no os arrepentís le daréis cuenta como juez”
Su oración no pedía una anulación general de los pecados de todos aquellos que habían tomado parte en la Crucifixión, sino que decía algo así: “Padre, no interfieras con estos asesinos ni los destruyas; posterga tu juicio sobre ellos, hasta que tengan la oportunidad de comprender lo que está sucediendo y de arrepentirse de ello”
Así, pues, en la Cruz nuestro Salvador pidió a Dios que no interrumpiera la actuación maligna de ellos, que retrasara la acción de la justicia. Él sabía que, habiendo intercedido por los transgresores, muchos de ellos acabarían comprendiendo el significado más profundo de su muerte, y serían así “rescatados, sanados, restaurados y perdonados”
CONMIGO EN EL PARAISO (Lucas 23.43)
CONMIGO EN EL PARAISO (Lucas 23.43)
aquella colina verde extramuros de Jerusalén y veremos tres cruces, las cuales se destacan contra el firmamento. Cuando Nuestro Señor Jesucristo murió, no lo hizo solo: a cada lado tenía una cruz, y en cada cruz había un ladrón.
Era como si se regodeasen diciendo: “Cuando estaba vivo se mezclaba con los traidores y los parias, comía con ellos y aun los servía. ¡Que muera con ellos!”. Cegados por el odio, no se daban cuenta de que un poder superior controlaba todo lo que estaba sucediendo, a pesar de que siglos antes el Profeta había anunciado: “Fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores” (Is. 53:12).
LA SALVACIÓN POR GRACIA
Estemos eternamente agradecidos de que nuestro Salvador sufriera tal humillación, ya que su experiencia nos brinda uno de los cuadros más claros de la salvación por gracia que podamos contemplar jamás. ¿Cuánto no hubieran dado algunos de los seguidores más cercanos de Nuestro Señor por ser los primeros en entrar con Él en el Paraíso? Sin embargo, ese privilegio le fue concedido a una de las personas más indignas e inesperadas que podamos imaginar
Nuestro Señor no llevaba mucho tiempo en la Cruz cuando entabló conversación con uno de los delincuentes. Con toda probabilidad aquellos hombres habían servido en la banda de Barrabás y eran individuos violentos y despiadados. Considerando al que apeló a Jesús, resulta obvio que no tenía ningún trasfondo moral ni nada que le hiciera merecedor del favor de Dios
A veces el que cumple condena en la cárcel aprende de su amarga experiencia y trata, si puede, de hacer reparación por sus fechorías pasadas. Tal vez recorra el duro camino de la rehabilitación en la sociedad y, al hacerlo, recupere su dignidad como hombre.
fue aceptado por Dios y recibido en la compañía de aquellos que andan y hablan con Jesucristo. Fue salvado por la sola gracia; en palabras de Pablo: “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia”.
Solo le quedaban unas pocas horas de vida, y debía pasarlas clavado en una cruz. Y sin embargo, fue salvo, porque la salvación no es en absoluto consecuencia de nuestro cumplimiento de las ordenanzas, sino de que seamos aceptados y perdonados por Dios mediante Nuestro Señor Jesucristo. Hay quienes enseñan que para poder llegar al Cielo tenemos que pasar por las llamas purificadoras del Purgatorio. Si había alguien que necesitaba pasar por el Purgatorio era aquel ladrón moribundo; y sin embargo, el Señor no le dijo: “Hoy mismo estarás conmigo en el Purgatorio”. Eso no habría consolado mucho a un hombre que experimentaba en ese momento los terribles dolores de la crucifixión. La Escritura nos enseña que somos justificados por los méritos de Jesucristo y limpiados de todos nuestros pecados por su sangre
Un escritor antiguo comenta: “Un ladrón fue salvado a fin de que nadie caiga en la desesperación; otro ladrón fue condenado para que nadie tenga la osadía de confiarse”.
sueño del cual despertamos únicamente en la segunda venida del Señor Jesucristo. Sin embargo, esta enseñanza no se apoya en las palabras del propio Jesús. Él no dijo: “Hoy dormirás y permanecerás inconsciente hasta que yo vuelva a la Tierra”; sino que su promesa fue: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. En otros lugares del Nuevo Testamento se nos habla de la actividad de nuestro Señor en el intervalo entre su muerte y su resurrección, así que la garantía dada al ladrón no puede significar otra cosa sino que estaría en comunión activa y consciente con Jesús más allá del sepulcro. Hay otros versículos que corroboran esta enseñanza: como la convicción del Salmista de que será recibido por Dios después de su muerte (Sal. 73:24) o la confianza de Pablo de que la comunión con Jesucristo será aún mejor en la condición celestial (Fil. 1:23).
Nuestra salvación depende no de nuestras buenas obras o nuestra propia justicia, sino de la palabra y la justicia de Nuestro Señor Jesucristo. Y se nos otorga por la fe en Él como nuestro Salvador y Rey.
NO TODOS SE SALVARÁN
La petición del ladrón arrepentido —“Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”— no fue la única oración que se hizo aquel día; ya que el ladrón de la otra cruz también pidió algo. Se nos dice que recriminaba a Jesús y le decía: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros” (Lc. 23:39). Al parece él también tenía alguna especie de fe en que el Señor no era una persona corriente, puesto que su pregunta implica: “¿No eres tú el Cristo…?”. Las palabras mismas que utilizó indican que sabía que Jesús era alguien único y, por tanto, le pedía que se salvara y los salvara a ellos.
El ladrón estaba más preocupado por la supervivencia física que por su alma o su destino futuro. Tampoco quería un Salvador que muriera en una cruz, sino otro que bajara de la misma y evitara el sufrimiento y la agonía de una muerte semejante. Muchas personas reconocen de una forma vaga la Cruz, pero les disgusta pensar acerca de ella y no quieren oír hablar de la sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Los hay quienes (como aquel ladrón) desean los beneficios que proporciona Cristo, pero no lo quieren a Él. Cierto escritor lo ha expresado de esta manera: “La petición de este malhechor equivalía a un esfuerzo por fugarse de la cárcel”.
No parece que se le cruzara por la mente la idea de reconciliarse con Dios, ni de arrepentirse de su pecado o cambiar su estilo de vida: lo que le preocupaba era alargar su vida terrenal; tal vez para seguir viviendo como lo había hecho hasta entonces.
¿Quién de nosotros no quisiera ver el cese de la carrera armamentista entre naciones rivales? Pero debemos cuidarnos de reflejar la actitud del segundo ladrón: desear vivir en paz, no para hacerlo para la gloria de Dios, sino a fin de seguir viviendo como queramos
Es lícito que nos preocupemos por el bienestar de nuestros hijos y de las generaciones venideras, pero existen necesidades aún más profundas que la supervivencia física las cuales debemos considerar: nuestra relación con Jesucristo, nuestra situación ante un Dios santo, la pregunta por excelencia acerca de nuestro destino final… He ahí las cuestiones más importantes de la vida y las que con más frecuencia se descuidan: como hizo el segundo ladrón.
Al primer ladrón, sin embargo, le preocupaban precisamente esas cosas, y su súplica no tenía por objeto su liberación física ni la de Nuestro Señor Jesucristo. Es muy posible que se diera cuenta vagamente de que ahora la cuestión esencial era su bienestar futuro, y que la misma estaba inextricablemente unida a la muerte de la persona que ocupaba la cruz central. Muchas veces se ha señalado que ambos ladrones injuriaron e insultaron a Jesús cuando acababan de ser enclavados en sus respectivas cruces; ya que Mateo dice: “Lo mismo le injuriaban también los ladrones que estaban crucificados con él” (Mt. 27:44).
Pero luego se produjo un cambio en uno de aquellos malhechores, el cual abandonó sus imprecaciones al darse cuenta de su desesperada condición de perdido. No hay duda de que había oído orar a Jesús: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”; y había reconocido una excelencia en el porte del Señor y una dignidad en su forma de morir que le diferenciaban por completo de él.
Sus palabras no estaban relacionadas con el miedo al dolor o a la muerte, sino con el temor de Dios. La muerte en sí no es tan importante como lo que nos sucede a continuación: “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (He. 9:27).
Además de esto, aquel ladrón moribundo empezaba a percibir la inocencia de Cristo, puesto que confiesa: “Mas éste ningún mal hizo”. Comprendía de repente que el Señor no estaba en la Cruz porque mereciera estarlo, sino como el Justo y sin mancha. Lo que le había llevado allí no había sido su propio pecado, sino el pecado del mundo con el cual cargaba: “Al que no conoció pecado, [Dios] por nosotros lo hizo pecado […]” (2 Co. 5:21). De lo que le dijo a Jesús se desprende que el ladrón estaba consciente también de la soberanía del Señor: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. Solo un rey gobierna un reino, y se precisaba bastante perspicacia para apreciar la realidad de Jesús mientras Él moría en aquella Cruz.
El ladrón supo también, en la hora de su muerte, que hay otra vida y que esta existencia física no es la única realidad; de modo que trató de asegurarse la deferencia de Aquel que controlaría los asuntos de esa vida siguiente. El Reino que él sabía que vendría no era un reino terrenal, ya que Nuestro Señor Jesucristo estaba dejando el mundo, no entrando en él. Jesús mismo había enseñado con anterioridad a sus discípulos: “Mi reino no es de este mundo” (Jn. 18:36); y ahora, este ladrón no solo se daba cuenta de su propia indignidad y de la inocencia de Cristo, sino que también reconocía la autoridad soberana de Jesús y vislumbraba su Reino venidero.
LA NATURALEZA DE LA SALVACIÓN
Está claro que fue una salvación personal. Vemos el grado de intimidad que había en la relación entre el Señor y el ladrón: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. “[Tú] conmigo […]”.
el ladrón y el Hijo de Dios. El ladrón: un ratero, bandido y asesino; Nuestro Señor Jesucristo: el Cordero inmaculado de Dios. Eran tan distintos el uno del otro como se pueda llegar a ser y, sin embargo, se encontraban unidos en la experiencia de la cruz, y el Señor prometió que estarían también juntos en el Paraíso.
¿Qué tenían ambos en común? Nada, excepto el pecado de uno que el otro cargaba: en el momento mismo que aquel pobre ladrón se arrepintió de su pecado, y clamó pidiendo misericordia, empezó a experimentar una relación personal con Nuestro Señor Jesucristo.
Aquel ladrón sabía que Jesús tenía un reino, y deseaba entrar en él; pero no estaba seguro de cuándo o dónde se haría realidad.
En otras palabras: “No sé cuándo vendrá tu reino; pero cuando venga, Señor, acuérdate de mí, por favor,”. Y la respuesta del Señor fue inmediata y tranquilizadora: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo”. Se trata de una experiencia en la que podemos entrar ahora. He ahí lo maravilloso del Evangelio: que no pospone el ser aceptados por Dios hasta que demos la talla. Si se nos tuviera a prueba hasta que fuésemos dignos, ninguno de nosotros seríamos aceptados jamás; ni podríamos experimentar la conversión si ello dependiera de nuestra capacidad de cambiarnos a nosotros mismos.
Esta salvación personal presente es también una salvación perfecta, ya que la promesa dada por el Señor es el Paraíso. ¿Qué significa para nosotros la palabra “paraíso”?
Aquel primer Paraíso se perdió a causa del pecado del hombre; pero hay otro donde la luz y la gloria resplandecen. El Cielo es mucho más maravilloso que el primer Paraíso terrenal, y está abierto para todos los que se arrepienten verdaderamente y creen en Nuestro Señor Jesucristo.
Cualquiera que clama a Él —como hizo el ladrón moribundo— puede descansar en su promesa y estar tranquilo de que heredará una vida más dilatada, plena y gloriosa con Dios y con su Hijo, en compañía de todos los santos que a través de los siglos han puesto su confianza en Nuestro Señor Jesucristo.
La petición del ladrón arrepentido —“Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”— no fue la única oración que se hizo aquel día; ya que el ladrón de la otra cruz también pidió algo. Se nos dice que recriminaba a Jesús y le decía: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros” (Lc. 23:39). Al parece él también tenía alguna especie de fe en que el Señor no era una persona corriente, puesto que su pregunta implica: “¿No eres tú el Cristo…?”. Las palabras mismas que utilizó indican que sabía que Jesús era alguien único y, por tanto, le pedía que se salvara y los salvara a ellos.
El ladrón estaba más preocupado por la supervivencia física que por su alma o su destino futuro. Tampoco quería un Salvador que muriera en una cruz, sino otro que bajara de la misma y evitara el sufrimiento y la agonía de una muerte semejante. Muchas personas reconocen de una forma vaga la Cruz, pero les disgusta pensar acerca de ella y no quieren oír hablar de la sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Los hay quienes (como aquel ladrón) desean los beneficios que proporciona Cristo, pero no lo quieren a Él. Cierto escritor lo ha expresado de esta manera: “La petición de este malhechor equivalía a un esfuerzo por fugarse de la cárcel”.
No parece que se le cruzara por la mente la idea de reconciliarse con Dios, ni de arrepentirse de su pecado o cambiar su estilo de vida: lo que le preocupaba era alargar su vida terrenal; tal vez para seguir viviendo como lo había hecho hasta entonces.
¿Quién de nosotros no quisiera ver el cese de la carrera armamentista entre naciones rivales? Pero debemos cuidarnos de reflejar la actitud del segundo ladrón: desear vivir en paz, no para hacerlo para la gloria de Dios, sino a fin de seguir viviendo como queramos
Es lícito que nos preocupemos por el bienestar de nuestros hijos y de las generaciones venideras, pero existen necesidades aún más profundas que la supervivencia física las cuales debemos considerar: nuestra relación con Jesucristo, nuestra situación ante un Dios santo, la pregunta por excelencia acerca de nuestro destino final… He ahí las cuestiones más importantes de la vida y las que con más frecuencia se descuidan: como hizo el segundo ladrón.
Al primer ladrón, sin embargo, le preocupaban precisamente esas cosas, y su súplica no tenía por objeto su liberación física ni la de Nuestro Señor Jesucristo. Es muy posible que se diera cuenta vagamente de que ahora la cuestión esencial era su bienestar futuro, y que la misma estaba inextricablemente unida a la muerte de la persona que ocupaba la cruz central. Muchas veces se ha señalado que ambos ladrones injuriaron e insultaron a Jesús cuando acababan de ser enclavados en sus respectivas cruces; ya que Mateo dice: “Lo mismo le injuriaban también los ladrones que estaban crucificados con él” (Mt. 27:44).
Pero luego se produjo un cambio en uno de aquellos malhechores, el cual abandonó sus imprecaciones al darse cuenta de su desesperada condición de perdido. No hay duda de que había oído orar a Jesús: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”; y había reconocido una excelencia en el porte del Señor y una dignidad en su forma de morir que le diferenciaban por completo de él.
Sus palabras no estaban relacionadas con el miedo al dolor o a la muerte, sino con el temor de Dios. La muerte en sí no es tan importante como lo que nos sucede a continuación: “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (He. 9:27).
Además de esto, aquel ladrón moribundo empezaba a percibir la inocencia de Cristo, puesto que confiesa: “Mas éste ningún mal hizo”. Comprendía de repente que el Señor no estaba en la Cruz porque mereciera estarlo, sino como el Justo y sin mancha. Lo que le había llevado allí no había sido su propio pecado, sino el pecado del mundo con el cual cargaba: “Al que no conoció pecado, [Dios] por nosotros lo hizo pecado […]” (2 Co. 5:21). De lo que le dijo a Jesús se desprende que el ladrón estaba consciente también de la soberanía del Señor: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. Solo un rey gobierna un reino, y se precisaba bastante perspicacia para apreciar la realidad de Jesús mientras Él moría en aquella Cruz.
El ladrón supo también, en la hora de su muerte, que hay otra vida y que esta existencia física no es la única realidad; de modo que trató de asegurarse la deferencia de Aquel que controlaría los asuntos de esa vida siguiente. El Reino que él sabía que vendría no era un reino terrenal, ya que Nuestro Señor Jesucristo estaba dejando el mundo, no entrando en él. Jesús mismo había enseñado con anterioridad a sus discípulos: “Mi reino no es de este mundo” (Jn. 18:36); y ahora, este ladrón no solo se daba cuenta de su propia indignidad y de la inocencia de Cristo, sino que también reconocía la autoridad soberana de Jesús y vislumbraba su Reino venidero.
LA NATURALEZA DE LA SALVACIÓN
Está claro que fue una salvación personal. Vemos el grado de intimidad que había en la relación entre el Señor y el ladrón: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. “[Tú] conmigo […]”.
el ladrón y el Hijo de Dios. El ladrón: un ratero, bandido y asesino; Nuestro Señor Jesucristo: el Cordero inmaculado de Dios. Eran tan distintos el uno del otro como se pueda llegar a ser y, sin embargo, se encontraban unidos en la experiencia de la cruz, y el Señor prometió que estarían también juntos en el Paraíso.
¿Qué tenían ambos en común? Nada, excepto el pecado de uno que el otro cargaba: en el momento mismo que aquel pobre ladrón se arrepintió de su pecado, y clamó pidiendo misericordia, empezó a experimentar una relación personal con Nuestro Señor Jesucristo.
Aquel ladrón sabía que Jesús tenía un reino, y deseaba entrar en él; pero no estaba seguro de cuándo o dónde se haría realidad.
En otras palabras: “No sé cuándo vendrá tu reino; pero cuando venga, Señor, acuérdate de mí, por favor,”. Y la respuesta del Señor fue inmediata y tranquilizadora: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo”. Se trata de una experiencia en la que podemos entrar ahora. He ahí lo maravilloso del Evangelio: que no pospone el ser aceptados por Dios hasta que demos la talla. Si se nos tuviera a prueba hasta que fuésemos dignos, ninguno de nosotros seríamos aceptados jamás; ni podríamos experimentar la conversión si ello dependiera de nuestra capacidad de cambiarnos a nosotros mismos.
Esta salvación personal presente es también una salvación perfecta, ya que la promesa dada por el Señor es el Paraíso. ¿Qué significa para nosotros la palabra “paraíso”?
Aquel primer Paraíso se perdió a causa del pecado del hombre; pero hay otro donde la luz y la gloria resplandecen. El Cielo es mucho más maravilloso que el primer Paraíso terrenal, y está abierto para todos los que se arrepienten verdaderamente y creen en Nuestro Señor Jesucristo.
Cualquiera que clama a Él —como hizo el ladrón moribundo— puede descansar en su promesa y estar tranquilo de que heredará una vida más dilatada, plena y gloriosa con Dios y con su Hijo, en compañía de todos los santos que a través de los siglos han puesto su confianza en Nuestro Señor Jesucristo.
TU HIJO TU MADRE (Lucas 19:26-27)
TU HIJO TU MADRE (Lucas 19:26-27)
La mayoría en dicho grupo eran mujeres, y entre ellas la propia madre de Jesús. El único discípulo presente era Juan: podían contarse hasta cuatro o cinco mujeres, pero solo había un hombre. La mayoría de las veces las mujeres demuestran una devoción mayor a Jesucristo que los hombres.
las mujeres piadosas eclipsan a los hombres por su dedicación y fidelidad en el discipulado.
mirando hacia abajo, como mejor podía, habló por última vez a su madre (que nosotros sepamos, no volvió a hacerlo después de su resurrección, como sucedió con María Magdalena y otros de los discípulos), y sus palabras fueron sencillas y excepcionales: no tanto por lo que dijo como por lo que dejó sin decir.
MARÍA AL PIE DE LA CRUZ
el que su cuerpo se convirtiera en el templo de Dios y pudiera traer al mundo al Salvador. No podía haber conocido otro honor más grande; y sin embargo, este vino acompañado de quebranto y tragedia.
José no pudo entender aquello hasta que se le tranquilizó con un sueño. Mucha gente no aceptó la historia del ángel, y los hay aún que no creen en el nacimiento virginal.
Podemos imaginar con qué ansia escucharía María el primer sermón de Jesús aquel día de reposo en la sinagoga de Nazaret, donde también estaban reunidos el resto de la familia con sus vecinos y los demás habitantes del pueblo. El sermón comenzó amablemente, Esta acusación resultó demasiado directa para que pudieran tolerarla; de manera que lo llevaron a la cima de un monte, con pensamientos asesinos, e intentaron despeñarlo (Lc. 4:21–29).
Sopesando lo que Jesús hacía y lo que la gente decía de Él, María debió de irse dando cada vez más cuenta de que la mano de Dios estaba sobre su hijo y que este era realmente el Mesías, el Siervo sufriente, cuyo camino llevaba a la Cruz.
En última instancia, el odio de los líderes religiosos se hizo manifiesto y la gente corriente se vio influida para volverse contra Él; y a Él se le condujo con escarnio y de un modo ignominioso hasta la Cruz. Allí la espada penetró más profundamente en el alma de María, al contemplar a su primogénito, tan particularmente precioso, colgado en la Cruz. Ella había sido la primera en besar aquella frente ahora coronada de espinas; también había sido la primera en guiar los piececitos de su hijo y en llevarle de la mano cuando era niño: manos y pies ahora clavados a la Cruz. El que ella estuviese allí de pie muestra cuán profundamente le afectaba la muerte de Jesús: estaba ligada a Él por las poderosas cadenas del amor. Resulta conmovedor leer que María estaba presente al pie de la Cruz. No se desmayó ni se desmoronó bajo la angustia de aquella experiencia; sino que con reverente dignidad —pero gran tristeza de corazón— se mantuvo cerca de su hijo moribundo.
JESÚS EN LA CRUZ
los otros hijos e hijas de María, no se hallaran presentes; aunque la Biblia nos dice claramente que tenía tales hermanos y por lo menos dos hermanas. Jesús era el primogénito de María, pero otros hijos habían nacido después de Él. En Marcos 6:3 leemos que la gente decía: “¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?”. Sin embargo, a pesar de que había cuatro hermanos y al menos dos hermanas más, María estaba sola junto a la Cruz. Por el silencio de las Escrituras parece probable que José hubiera muerto algunos años antes. La María que se encontraba junto a la Cruz era viuda, y también el único miembro de la familia que presenciaba la muerte de Jesús. ¿Y qué le quería decir el Señor? Lo que María más necesitaba en ese momento era alguien que la consolara y cuidara de ella: Jesús mismo no podía ya cumplir con sus responsabilidades de hijo mayor; de modo que entregó a su madre al cuidado de Juan. No le dijo a este que la llevara a alguno de sus hermanos o hermanas para que la atendiera; tal vez hubiera un distanciamiento dentro de la familia y María fuera la única que creía que Jesús era el Mesías. Juan nos dice claramente en su Evangelio que “ni aun sus hermanos creían en él”.
Un hombre puede experimentar mucha oposición dentro de su propio entorno familiar por causa de su lealtad hacia Nuestro Señor Jesucristo. Esto es susceptible de ocurrir aunque el cristiano se muestre muy considerado.
En otra ocasión, Jesús dijo: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada” (Mt. 10:34). Y no se refería a una espada física, sino a ese conflicto tan real y descorazonador que puede surgir en una familia cuando un miembro se convierte y trata de seguirle.
Cuando Jesús dijo que “los enemigos del hombre serán los de su casa” lo sabía por experiencia; ya que sus hermanos no creían en Él. Por esa razón no podía encomendar a María al cuidado de sus hermanos y se la confió a Juan: el discípulo al que Jesús amaba y que a su vez lo amaba a Él.
No debemos pensar que el empleo del término “mujer” implicara ninguna aspereza, aunque el mismo pueda parecernos extraño: en el lenguaje utilizado por Nuestro Señor tiene el mismo significado que nuestra palabra “señora”. Se trata, en efecto, de un tratamiento de deferencia, honra y respeto; pero no es el término con que esperaríamos que un hijo se dirigiera a su madre. Puesto que el Señor estaba consolando a María, y proveyendo para su cuidado futuro, ¿no le habría alegrado el corazón si la hubiera llamado “madre”? Sin embargo, no lo hizo: la llamó “señora”.
¿no está sugiriendo que había dejado de ser hijo suyo y que ahora era Juan quien iba a desempeñar esa responsabilidad hacia ella? En la Cruz se estableció una nueva relación espiritual entre Salvador y salvada que superaba y eclipsaba aquellos lazos humanos maternofiliales que había habido entre ellos. Sin embargo, con sus palabras, Nuestro Señor estaba sentando un ejemplo importante para nosotros. Uno de los Diez Mandamientos que estamos obligados a cumplir tiene que ver con la actitud hacia nuestros padres: “Honra a tu padre y a tu madre” (Éx. 20:12).
Los hijos cristianos deberían honrar siempre a sus padres; y una vez fuera de la inmediata autoridad de estos, seguir el ejemplo del Señor Jesucristo y concederles la honra, el amor y la ayuda que se merecen. Una de las tragedias de nuestros días es la falta de respeto que demuestran muchos jóvenes por sus progenitores; y aun a veces el descuido que hay de los parientes envejecidos. Tal comportamiento es la antítesis de la enseñanza y el ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, quien aun hallándose bajo un intenso sufrimiento físico en la Cruz, aún era consciente de la responsabilidad que tenía para con su madre.
Si bien es cierto que debiéramos esforzarnos por ser útiles en la casa de Dios y a los suyos, y no descuidarlos a causa de nuestra propia casa o nuestros intereses personales, también lo es que no hemos de ser negligentes con nuestro hogar ni con nuestra vida familiar. Pablo, el gran siervo de Dios, nos dice que debemos practicar la piedad primeramente en casa. Nuestra relación espiritual con el Señor no nos exime de las relaciones y responsabilidades humanas; más bien debería de hacernos más sensibles con respecto a ellas y más concienzudos en el desempeño de las mismas.
JUAN CERCA DE LA CRUZ
La manera como Juan se describe a sí mismo no implica que Jesús lo amara más que a sus otros discípulos; pero sí que Juan parece haber tenido una mayor capacidad de apreciar el amor del Señor: había sido él quien se había reclinado cerca de Jesús mientras comían juntos por última vez.
El hecho de que Juan se encontrara cerca de la Cruz demuestra que el amor de Jesús había surtido efecto en su vida. Al igual que el resto de los discípulos, la noche que el Señor fue entregado, él también lo había abandonado y huido.
nos relata de manera categórica que todos lo abandonaron, incluido Juan. Pero el amor que Jesús le había demostrado fue lo suficientemente fuerte como para hacerle vencer el miedo, y Juan se dio la vuelta y siguió a Jesús hasta el interior del patio de la casa del sumo sacerdote.
Imagina lo que es testificar en un culto al aire libre, o visitar a los enfermos en el hospital, y hacerlo en nombre de Jesucristo: como su embajador. Él ha encomendado este trabajo a los suyos aquí en la Tierra; no les ha sido confiado a los ángeles, sino a quienes le pertenecemos, como sucedió con Juan al pie de la Cruz. No es esta la última vez que oímos hablar de Juan y María; más tarde nos los encontramos en una situación muy distinta: en el Aposento Alto, donde María y los hermanos de Jesús esperaban junto con otros discípulos el descenso del Espíritu Santo, a quien Jesús había prometido enviar para que fuera su Guía y Consolador.
(Hch. 1:14). Sus otros hijos llegaron a creer en Nuestro Señor Jesucristo, y la familia quedó unida en su devoción a Él. ¡Tal vez la estancia de María en casa de Juan no fuera muy larga después de todo! El último retrato que tenemos de María no es el de una mujer que mantenía una relación especial con Cristo, la cual la exaltaba por encima de las demás mujeres. La vemos simplemente como una creyente más entre otros discípulos que oran juntos, alaban y glorifican a Dios y esperan que el Espíritu Santo les otorgue poder para salir a dar testimonio de su fe en Nuestro Señor Jesucristo.
DESAMPARADO (Lucas 27:46)
DESAMPARADO (Lucas 27:46)
¿CÓMO EXPLICAR LAS TINIEBLAS?
¿Por qué se produjeron aquellas tinieblas? No era la medianoche, sino el mediodía, y el Sol debería de haber estado brillando en su cenit de luz y calor.
Aquellas tinieblas no se pueden explicar en términos de un fenómeno natural, como un eclipse solar por ejemplo. Como era la época de la Pascua, debe de haber habido una Luna llena por la noche, y cuando hay Luna llena no puede haber eclipse de Sol durante el día.
La novena de las diez plagas que vinieron sobre Egipto antes del éxodo del pueblo de Dios fue una plaga de completa oscuridad, la cual cubrió la tierra durante tres días (cf. Éx. 10:22), mientras que las tinieblas que se produjeron cuando Jesús estaba en la Cruz duraron, según se nos dice, tres horas: tres horas de total oscuridad en torno al mediodía. Imagínate el estupor, el miedo y el estremecimiento de quienes se encontraban en el monte Calvario.
¿QUÉ REPRESENTAN ESAS TINIEBLAS?
Parecía como si la Naturaleza entera estuviera protestando contra la injusticia de que era objeto el Hijo de Dios. Para muchos se trataba simplemente de Jesús de Nazaret, el hijo de un carpintero de aldea y un predicador itinerante; pero en el misterio del Evangelio es además el Hijo eterno de Dios, Creador del mundo juntamente con el Padre, el Hacedor del hombre (Jn. 1:1–3).
Pero aquellas tinieblas suponían más que una protesta: eran el símbolo del juicio de Dios sobre el pecado. “Dios es luz —nos dice Juan—, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Jn. 1:5). En las Sagradas Escrituras muchas veces se equipara el pecado con las tinieblas, y la santidad con la luz. Resulta obvio que muchas malas acciones e iniquidades se cometen bajo la protección de la oscuridad, y Juan comenta que hay muchos que se niegan a salir a la luz porque no quieren que su perverso comportamiento sea descubierto (Jn. 3:19–20).
la oscuridad física era solo una representación de esas tinieblas más profundas y reales a las que en el Nuevo Testamento se llama “las tinieblas de afuera [donde] será el lloro y el crujir de dientes”.
Este grito es tan hondo como Dios mismo, como el Abismo, como lo espantoso del pecado, como el profundo y sincero amor de Jesús… “Dios mío… ¿por qué me has desamparado?”.
¿FUE EL SEÑOR JESUCRISTO DESAMPARADO POR DIOS?
¿Será cierto que Jesús fue realmente desamparado por su Padre? Muchos han tratado de explicar el significado de este grito. Algunos dicen que el Señor se equivocaba al creer que Dios le había abandonado, cuando en realidad estaba todo el tiempo junto a Él. Así como Juan el Bautista, en un momento de depresión y duda solo en la cárcel de Herodes, comenzó a preguntarse si Jesús sería realmente el Mesías prometido, este también (siendo humano) perdió momentáneamente su confianza en Dios, y en su terrible soledad pensó que hasta Dios se había olvidado de Él. Pero ese no puede ser el significado de estas palabras.
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Pero el dolor era tan intenso que empezó a delirar y se desmayó, no pudiendo seguir adelante. Su grito fue en voz alta: casi como un grito de afirmación, y no como un lamento de duda murmurado. Es cierto que Jesús estaba cumpliendo la profecía acerca de sí mismo contenida en el Salmo 22, pero esa es una cuestión totalmente distinta.
Mientras recorre su fría y solitaria casa, está desamparada. O en un niño cuyos padres han muerto en un accidente de automóvil: hasta que llega la ayuda y se le tiende una mano amiga, está solo… desamparado. El vernos desamparados por nuestros seres queridos es una experiencia aterradora;
Jesús sabía lo que significaba ser desamparado por los hombres. Le había sucedido con harta frecuencia: sus parientes, interpretándole mal —y aun pensando que estaba trastornado—, lo habían abandonado; sus vecinos de Nazaret lo llevaron en cierta ocasión hasta la cima del monte para despeñarlo, y lo hubieran hecho si hubiesen podido; la ciudad de Jerusalén, la “ciudad del gran rey”, lo dejó solo haciéndole llorar por su indiferencia; su propia nación, la cual había venido a redimir, lo desamparó; y finalmente, a punto ya de ser arrestado, juzgado y ejecutado, sus más próximos, sus discípulos, lo desampararon y huyeron (Mt. 26:56).
al lado del Padre, no obstante su relación seguía igual de íntima. Podía decir: “El que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada” (Jn. 8:29). Y durante su vida terrenal se mantuvo constantemente en contacto con su Padre; como dice ante el sepulcro de Lázaro: “Padre, gracias por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes […]” (Jn. 11:41–42).
¿POR QUÉ FUE JESÚS DESAMPARADO POR DIOS?
Pero en ese momento el Señor Jesucristo era nuestro representante, nuestro sustituto, nuestro Mediador y quien llevaba nuestro pecado. Solo podemos empezar a comprender el significado de sus palabras si antes tenemos en cuenta el carácter de Dios. Tan grande es la santidad de Dios que ningún hombre se atrevería a mirarle a la cara; y cuando el Señor Jesucristo tomó sobre sí el pecado del mundo, Dios no pudo mirarle o hablar con Él.
Todos y cada uno hemos quebrantado las leyes de Dios; todos y cada uno estamos bajo sentencia de muerte: “Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Gá. 3:10). El propósito de la muerte del Señor Jesucristo en la Cruz fue sufrir el castigo por nosotros.
“Al que no conoció pecado, [Dios] por nosotros lo hizo pecado” (2 Co 5:21); “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Gá.3:13). Hasta que no comprendemos en cierta medida el carácter de Dios (que Él es santo y justo en su amor), no podemos empezar a entender el pleno significado del desamparo que sufrió Cristo en la Cruz; ni tampoco apreciarlo, a menos que sepamos algo del propósito de su muerte. Jesús no murió como un mártir—con lo cual habría quizá obtenido su propia salvación, pero no hubiera podido salvar a nadie más—, ni meramente como un buen ejemplo. Los ejemplos están para seguirse e imitarse; pero jamás pueden lograr el perdón del pecado o liberar a alguien del dominio y el poder del mismo. En la Cruz, Jesús murió por nosotros: como nuestro sustituto, nuestro representante… “Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados” (Is. 53:5).
El macho cabrío en cuestión se llevaba a la puerta del Tabernáculo donde los hebreos adoraban a Dios, y luego el pueblo se reunía alrededor de Aarón, su sumo sacerdote, el cual ponía las manos sobre él al tiempo que confesaba los pecados de los israelitas. Simbólicamente, lo que hacía Aarón era transferir todos los pecados del pueblo al animal; que era luego conducido a un lugar de desolación apartado en el desierto, donde estaría hasta que muriera, y no se le veía más. El Señor Jesucristo se convirtió en nuestro “chivo expiatorio”, cuando se le transfirieron a Él nuestros pecados para que los llevara sobre sí a la soledad y el abandono.
El pecado resulta repugnante para nosotros cuando estamos en nuestro sano juicio, ¡cuánto más para el Dios tres veces santo! Cuando se cargó sobre Cristo el pecado del mundo entero, ese pecado lo separó de Dios: no tuvo luz, porque Dios es luz; no sintió ningún amor, porque Dios es amor… Fue como si se le hubiera marginado de la luz y del amor divinos, abandonado como el chivo expiatorio en un lugar desierto.
QUÉ APRENDEMOS DE ESE GRITO? Ante todo el grito de desamparo de Jesús nos enseña la grandeza del amor de Dios y del Señor Jesucristo. Aquella fue la mayor muestra de amor que el mundo haya conocido jamás. ¡Cuánto debe de amarnos Dios para entregar a su Hijo a esa ignominia, vergüenza y angustia inusitada! “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (Jn. 3:16).
En este grito vemos asimismo una advertencia: Jesús sufrió el castigo por el pecado, que es el Infierno, el tormento y la ira de Dios; palabras cuyo significado apenas alcanzamos a imaginar
Piensa otra vez en la enorme gravedad del pecado a los ojos de Dios: ¿no deberíamos más bien de buscar una vía de escape de la ira divina sobre el mismo? “Si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” (He. 2:2–3).
TENGO SED (Juan 19:28)
TENGO SED (Juan 19:28)
LA GRANDEZA DEL SUFRIMIENTO DE JESÚS
Probablemente la crucifixión sea la forma más cruel y dolorosa de morir: el dolor que causa es al mismo tiempo insoportable y prolongado. Nuestro Señor estuvo seis horas en la Cruz antes de entregar su espíritu; aunque otros vivían mucho más en aquella espantosa y atormentada suspensión. La sangre abandonaba el cuerpo del reo poco a poco causando la deshidratación y una sed cada vez mayor. En el Salmo 22
La última vez que el Señor había bebido antes de aquello fue en la Pascua: cuando en el Aposento Alto compartía la última cena con sus discípulos, la noche en que fue entregado. Desde allí había andado hasta Getsemaní, en donde pasó varias horas orando, preparándose para lo que implicaba la Cruz
Además lo azotaron: un castigo tan severo en sí mismo que algunos prisioneros habían muerto al sufrirlo. Después de todo aquello, tuvo que recorrer las calles —llenas de asistentes a la Pascua— hasta el lugar de la ejecución, cargando con su pesada cruz; trayecto en el que fue finalmente ayudado por un transeúnte.
Llegando por fin al monte Calvario, obligaron a Jesús y a los dos delincuentes a tenderse sobre sus cruces, mientras les enclavaban las manos y los pies; después de lo cual las cruces fueron levantadas —con las víctimas colgadas de ellas en angustioso dolor— y dejadas caer con violencia en los agujeros que tenían preparados en el suelo.
Durante tres horas el Sol estuvo cayendo implacablemente y una chusma de hombres, mujeres y niños, incitados por gente malintencionada, se agolpó a su alrededor burlándose, mofándose y ridiculizándole; y a lo largo de las tres horas siguientes hubo una misteriosa oscuridad, durante la cual el Señor experimentó la negrura del abandono y de la separación del Padre, agobiado como estaba bajo los pecados del mundo. Como dice Isaías: “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Is. 53:6).
Jesús sintió su propia necesidad y exclamó: “Tengo sed”. Fue casi como el grito de alguien que ya percibe su victoria. Es difícil encontrar una analogía humana para esta experiencia, pero podríamos pensar en un atleta que corre con todos sus nervios en la máxima tensión para ganar una carrera. Al tocar la cinta y poder por fin aflojar un poco su tremendo esfuerzo, empieza a sentir severamente las punzadas y los dolores en sus miembros, y su cuerpo le pide a gritos agua y descanso. Tomemos, si no, el ejemplo del informe de un accidente de carretera en el que dos vehículos chocaron violentamente: el conductor de uno de los automóviles estaba herido y la sangre empezaba a correrle por la cara; pero su esposa y su hijito, con heridas más graves, se hallaban inconscientes. El hombre, aunque maltrecho, anduvo hasta el teléfono más cercano para llamar a una ambulancia y a la policía, y luego acompañó a su esposa y a su hijo en la ambulancia durante 90 km hasta el hospital.
. Cuando llegó a ella se derrumbó en la cama aquejado de una fuerte fiebre: había sido capaz de resistir durante muchas horas, sin hacer mucho caso de su propio dolor.
La preocupación imperiosa de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz era la redención del mundo. Estaba allí para llevar los pecados del mundo, para pelear con el diablo por las almas de los hombres. Sin minimizar su padecimiento, podemos decir que la tarea le resultaba tan absorbente que no hizo caso de sus propios sufrimientos.
No lo hizo derrotado, sino como un vencedor agotado por la batalla. Juan lo expresa con estas palabras: “Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed”.
LA HUMANIDAD DEL SEÑOR JESUCRISTO
Como hombre lo vemos tan cansado que aun el mar agitado por la tempestad no le despierta de su sueño; como Dios se pone en pie y reprende al viento y al mar y los calma de inmediato. En la Cruz vemos en Jesucristo a Dios y al hombre: a Dios ofreciendo perdón y vida eterna inmediatos a un delincuente arrepentido de otra cruz; al hombre, cuando experimenta sed.
“¿Por qué permite Dios que esto suceda, si es un Dios de amor?”. Y la única respuesta a esto es que Dios también conoce el sufrimiento, y que en su Hijo Jesucristo ha experimentado el dolor humano en un grado mayor que ningún otro hombre: “En toda angustia de ellos él fue angustiado” (Is. 63:9). Cristo era capaz de “compadecerse de nuestras debilidades”.
Por muy triste que sea nuestra suerte o trágicas nuestras circunstancias, tenemos un Dios a quien podemos acudir: que es compasivo con nosotros, se preocupa por nosotros, y ha descendido en medio de nuestro sufrimiento y padecido más que nosotros para acabar con el pecado y darnos vida nueva.
EL TRASFONDO DE ESTAS PALABRAS
Si consideramos los relatos que hacen Mateo, Lucas y Juan de este suceso en particular, vemos que al Señor ya le habían ofrecido de beber: antes, durante y después de la crucifixión: “Y cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota, que significa: Lugar de la Calavera, le dieron a beber vinagre mezclado con hiel; pero después de haberlo probado, no quiso beberlo” (Mt. 27:33–34). El que le ofrecieran esa extraña bebida fue un acto humanitario, ya que la misma estaba reconocida generalmente como un narcótico, y se les daba a los reos para reducir un poco sus sufrimientos durante la crucifixión. Pero el Señor rechazó aquella bebida.
Al tomar sobre sí mismo el pecado del mundo y pagar la sanción que correspondía a este, no aceptó nada que pudiera actuar como sedante para embotar sus facultades o disminuir su dolor.
Tal es la falta de humanidad del hombre para con sus semejantes: lo atormentaban con su vino, elevándoselo casi hasta los labios y luego retirándolo para hacer peor sus aflicciones. Pero pronto aquellas extrañas tinieblas hicieron su aparición, frenando las burlas y ocultando los peores sufrimientos de Cristo de la mirada desvergonzada de los hombres.
Las tres cosas siguientes que dijo se sucedieron rápidamente. Al clamar “Tengo sed”, un soldado se le acercó —ahora sin escarnio, antes bien con actitud sincera— y le aproximó una esponja empapada en vinagre a los labios. Mateo indica que apretó dicha esponja una y otra vez contra los labios de Jesús, para que este pudiera beber y beber. Ese parece haber sido el único acto aislado de bondad que las multitudes tuvieron con el Señor Jesucristo durante aquellas largas y dolorosas horas. Sería reconfortante pensar que aquel soldado estaba mostrando signos de un cambio en su actitud hacia el Señor y que la gracia actuaba así en su corazón.
CONSUMADO ES (Juan 19:30)
CONSUMADO ES (Juan 19:30)
Estos tres escritores nos cuentan la forma en que Jesús clamó (es decir, “a gran voz”), pero no lo que dijo. Eso solo nos lo relata Juan: “Consumado es” fueron sus palabras. Juan estaba al pie de la Cruz y oyó por sí mismo el gran grito de triunfo proferido por Jesús cuando supo que su obra de redención estaba hecha.
El suyo fue un claro y vigoroso grito de victoria: lo bastante fuerte como para que los ángeles del Cielo lo escucharan y el Cielo mismo se regocijara sabiendo que la obra de redención de la Creación caída —planeada desde la eternidad— se había hecho ahora realidad en el tiempo. Fue un grito lo suficientemente potente como para que los principales sacerdotes y los escribas lo oyeran, y comprendieran —si querían— que el viejo orden había sido sustituido por el nuevo. Los sacrificios ofrecidos durante siglos habían culminado en esta ofrenda perfecta por el pecado y el camino al Lugar Santísimo
—la presencia de Dios— estaba ahora abierto para todos los hombres, gracias a nuestro Sumo Sacerdote: Jesucristo. Y es un grito lo bastante claro como para que lo oigan los hombres en todo lugar y época, y sepan que el castigo por el pecado ya se ha pagado y que, si se vuelven con fe a Jesucristo, pueden recibir en Él el don de la vida eterna.
EL SIGNIFICADO DEL GRITO
El Señor Jesucristo no clamó diciendo “Estoy acabado”; aunque se podría esperar que tal sufrimiento hubiera terminado por abrumarlo. Sin embargo, no fue así: Jesús no estaba refiriéndose a sí mismo, sino a aquello que había estado efectuando en la Cruz.
A menudo la Crucifixión se representa con la figura de Cristo, en total debilidad, pendiendo de la Cruz: una escena ideada para despertar nuestra más profunda compasión. Pero no es así como acaba la Crucifixión en el Nuevo Testamento. El Señor, aunque murió en esa Cruz, no permaneció en ella: después de entregar su vida, fue bajado de la Cruz y esta quedó vacía
Había nacido Rey, pero también había nacido para morir: nosotros nacemos para vivir, y aunque la muerte nos llegue a todos ese no es el propósito de nuestro nacimiento ni de nuestra vida. Pero sí era el propósito de la vida de Nuestro Señor: Él vino al mundo para poder morir por nuestros pecados. Desde un principio, la pena y el sufrimiento se cernieron sobre su existencia.
leemos acerca de su entrega por parte del traidor en manos de los soldados romanos; así como de la injusticia, el escarnio y el desprecio que vertieron sobre Él; y de los clavos con que traspasaron sus manos y pies; y de cómo soportó los dolores y la tortura de la muerte en la Cruz. Ahora que Jesús había realizado su destino, que el hombre se había manifestado en toda su maldad, que el juicio de Dios sobre el pecado había sido ejecutado, y que Cristo había cumplido la condena íntegramente, podía gritar victoriosamente: “Consumado es”.
LO QUE JESÚS HABÍA EFECTUADO
Esta gran afirmación implica que todas las profecías del Antiguo Testamento referentes a la vida y la muerte de Nuestro Señor Jesucristo se habían cumplido —también estaban consumadas—. El nacimiento, la vida y la muerte de Jesús habían sido anunciados de antemano con asombroso detalle en el Antiguo Testamento
Ese “Consumado es” señala asimismo el fin de los ritos del Antiguo Testamento, y de todo el sistema relacionado con el sacerdocio y las ceremonias del Templo. El sacrificio de Jesús fue completo y, puesto que supuso la culminación de todos los ritos sacrificiales de la Ley, estos también quedaron “consumados” por esa única ofrenda válida para siempre por los pecados.
Los sacrificios del Antiguo Testamento eran un anuncio de este gran sacrificio; no tenían valor en sí, puesto que el autor de Hebreos nos dice: “Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados” (He. 10:4). Aquellos sacrificios sacerdotales representaban, eran, una figura de lo que había de venir, y su valor residía únicamente en que apuntaban al acontecimiento mismo: eran postes indicadores que señalaban al futuro.
“Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (He. 10:12). En Cristo tenemos la síntesis de todo lo anterior: el altar, el sacrificio, el sacerdocio… Él es ahora el único Mediador entre Dios y los hombres; de manera que no hay necesidad de ofrendas, ceremonias o sacerdotes. Todo aquel que cree realmente que Jesucristo es su Salvador tiene acceso directo a Dios por medio de Él: nuestro gran Sumo Sacerdote.
El grito de victoria “Consumado es” pregonó la buena noticia de que todo aquel que creyera tendría asegurada la salvación; ya que esta había sido completada: consumada. En la Cruz, Cristo llevó los pecados de todos los suyos pertenecientes a todas las épocas: la culpa de ellos se colocó sobre Jesús y Él sufrió su castigo. Cristo no solo se ofrecía a su Padre como el Cordero sin mancha, sino que —de alguna forma misteriosa— era hecho pecado en la Cruz. El que la totalidad del pecado del mundo se concentrase entonces en Él, y el que las consecuencias definitivas de dicho pecado se solventaran en Él, es un hecho superior a nuestra comprensión.
fue el sacrificio lo que consumió, lo que extinguió completamente, ese fuego. La ira de Dios contra el pecado quedó plenamente sofocada por el infinito valor de la ofrenda de Jesucristo. El suyo fue un sacrificio perfecto y completo al que nada había que añadir, ni se podía añadir: todo lo que Dios requería en expiación por el pecado se cumplió. Su justicia había quedado satisfecha.
NADA QUE AÑADIR
Mucha gente se esfuerza por llevar una vida recta, respetable y legal con objeto de agradar a Dios; sin embargo, la enseñanza bíblica es meridianamente clara: si nuestras buenas obras pudieran hacernos aceptables a Dios, si bastaran para anular nuestra culpa, no se habría necesitado que Nuestro Señor Jesucristo muriera.
No hay nada que podamos hacer —ni dejar de hacer— salvo arrepentirnos y aceptar el ofrecimiento de salvación de Jesucristo. Hemos de creer su Evangelio y confiar en Él: en el Cordero de Dios que ha llevado gustosa, voluntariamente y para siempre el castigo de nuestro pecado.
Podemos confesar nuestros pecados y recibir a Cristo como Salvador, tomando nuestro perdón de aquello que Él concluyó en la Cruz del Calvario exclamando: “Consumado es”. “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” (Hch. 16:31).
“En tus manos”
Mucha gente se esfuerza por llevar una vida recta, respetable y legal con objeto de agradar a Dios; sin embargo, la enseñanza bíblica es meridianamente clara: si nuestras buenas obras pudieran hacernos aceptables a Dios, si bastaran para anular nuestra culpa, no se habría necesitado que Nuestro Señor Jesucristo muriera.
No hay nada que podamos hacer —ni dejar de hacer— salvo arrepentirnos y aceptar el ofrecimiento de salvación de Jesucristo. Hemos de creer su Evangelio y confiar en Él: en el Cordero de Dios que ha llevado gustosa, voluntariamente y para siempre el castigo de nuestro pecado.
Podemos confesar nuestros pecados y recibir a Cristo como Salvador, tomando nuestro perdón de aquello que Él concluyó en la Cruz del Calvario exclamando: “Consumado es”. “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” (Hch. 16:31).
“En tus manos”
Cruz. Habló siete veces en total: un número que para los judíos tenía especial significado. El siete se asociaba con la perfección o el cumplimiento, El siete era también el número que simbolizaba el descanso, asociado con el séptimo día de la Creación, cuando Dios descansó, y con el día de reposo.
El mundo había sido creado por la palabra de Dios: “Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió” (Sal. 33:9). Su palabra tenía poder para crear: “Sea […]; y fue […]”. Pero para redimir al mundo no bastaba con palabras: eso solo podía efectuarse con la sangre y la muerte del Hijo de Dios. La “recreación” fue más costosa y exigente que la creación primera. Cierto escritor ha dicho que habría sido más barato para Dios hacer criaturas nuevas que regenerar las viejas.
En la Creación, fue en el día sexto cuando Dios terminó su obra; y en la Cruz, el sexto grito fue el grito de triunfo (“Consumado es”), el cual hizo regocijarse al Cielo y temblar al Infierno. Ahora vienen las palabras sosegadas: una vez concluida la obra, Jesús se encomienda en los brazos de su Dios para descansar en ellos tras la dura prueba que le ha supuesto llevar a cabo aquella asombrosa proeza de redimir al mundo.
EL CARÁCTER SINGULAR DE LA MUERTE DE CRISTO
Las últimas palabras de Jesús nos traen a la mente muchos pensamientos. En primer lugar, el carácter singular de la muerte de Nuestro Señor. El uso que Él hace del verbo “encomendar” es digno de atención. Dicho verbo significa “extender” o “poner”. En todos los relatos evangélicos de la muerte del Señor queda bien claro que esta fue voluntaria: Él mismo decidió finalmente el momento preciso en que su muerte había de suceder.
En realidad oraba pidiendo que, cuando llegara el momento de morir, el Señor recibiera su espíritu. Pero Jesús estaba “entregando” su vida y despidiendo a su espíritu, el cual quedaba en las manos de su Padre.
Una fuente señala que Jesús inclino la cabeza y entregó el espíritu; mientras que el gesto final de los moribundos es más bien levantar la cabeza. El acto último del instinto de preservación consiste en hacer acopio de la mayor cantidad posible de aire en los pulmones; aunque, naturalmente, una vez que la muerte ha tenido lugar, la cabeza se desploma. Pero Nuestro Señor inclinó voluntariamente la cabeza y murió: como si se estuviera sometiendo y entregándole la vida a su Padre.
EL CAMBIO MARAVILLOSO
Resulta imposible no darse cuenta de que en la atmósfera del Calvario se había producido un cambio extraordinario. El Señor Jesucristo estuvo seis horas en la Cruz: durante las tres primeras sufrió la saña de los burladores, que le ridiculizaban a gritos. “Todos los que me ven me escarnecen —había anunciado David—; estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: Sálvele, puesto que en él se complacía” (Sal. 22:7–8).
Luego, desde el mediodía hasta las 3:00 de la tarde, el sufrimiento a manos de los hombres fue reemplazado por otro, más profundo, infligido por Dios; y durante las horas que la oscuridad estuvo sobre Él, Nuestro Señor entró en el ámbito de las tinieblas de afuera, y experimentó el abandono y la desolación que conllevaba el castigo por el pecado, siendo desamparado aun por Dios.
Al tercer día después de la Crucifixión, su Padre lo resucitó de los muertos: habiendo sido crucificado en debilidad, fue resucitado por el poder de Dios. Y cuarenta días después de la Resurrección, el Padre lo recibió arriba, en el Cielo, adonde ascendió “sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra”. Las manos poderosas del Padre condujeron a su Hijo en triunfo hasta la más alta posición de privilegio, poder y gloria, a la mano derecha de su majestad en las alturas. Dios ha dado al Señor Jesucristo, como gran Mediador, toda autoridad en el Cielo y en la Tierra.
La Biblia nos enseña que un día Jesús se levantará de su trono y volverá a esta Tierra con poder y gran gloria, para ser visto de todos, y para inaugurar su Reino eterno, el cual irá adelante de gloria en gloria. Todo esto es la consecuencia de su entrega en las manos del Padre.
COMUNIÓN CON DIOS EN TODO TIEMPO Y LUGAR
fueron lanzados al horno de fuego ardiendo, no solo las llamas no los tocaron, sino que se los vio pasear libremente con uno a quien Nabucodonosor describió como “un hijo de los dioses”. Probablemente nosotros no seamos nunca arrojados a un foso con leones o a un horno de fuego, pero si la comunión con Dios es posible para aquellos que andan cerca de Él en esos lugares, lo es en cualquier sitio. Hay muchos santos hoy día llamados a sufrir persecución y a soportar pruebas de fuego, y su comunión con Dios es a menudo más profunda en esas experiencias que en ningún otro momento.
Jesús se dirigió a Dios llamándole “Padre”; ¿podemos nosotros hacerlo también cuando estamos hablando con Él? Al Señor le resultaba posible porque era su Hijo de una manera única; pero, gracias a la Cruz —si confiamos en la redención que Cristo compró para nosotros—, podemos llegar a ser hijos de Dios por medio de Él: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre —dice Juan—, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12).
Una mejor educación, los partidos políticos, los encuentros internacionales y las conferencias de paz (aunque precisos y útiles en un mundo necesitado como el nuestro), solo pueden ofrecernos una ayuda y una esperanza limitadas. ¿Pero de qué tendremos miedo si estamos en las manos del Padre? En ellas estamos “seguros y a salvo de los sobresaltos de la vida”. Nos se trata de ninguna ilusión, ni de cuentos de hadas, sino de un hecho eterno y glorioso basado en la Palabra revelada de Dios y la persona de su Hijo Jesucristo.
Jesús dice: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6). Y también afirma Juan en su Evangelio: “Para que todo aquel que en él cree [en Jesús], no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16).
