Hechos 31
Hechos 8.9-25
8:25 «…haber testificado solemnemente» Ver nota en 2:40.
- «…anunciando el evangelio en muchas aldeas de los samaritanos» Esto demuestra el evidente cambio de actitud por parte de los apóstoles hacia los samaritanos.
Al parecer, los términos «la palabra del Señor» y «el evangelio» son sinónimos.
c. Profesiones de fe (8:9–13)
8:9–10. Existen muchas tradiciones en cuanto a Simón el mago. Se argumenta: (a) que fue el fundador de las herejías gnósticas, (b) que fue a Roma y pervirtió la doctrina cristiana en ese lugar, y (c) que se involucró en un concurso de milagros con Pedro y perdió. De cualquier forma, este Simón de Samaria ejercía la magia en aquella ciudad, y había engañado a la gente de Samaria. A causa de su “magia”, habilidad de ejercer control sobre la naturaleza o las personas por medio de un poder demoniaco, la gente lo llamó a él gran poder. Puede que hayan pensado, o tal vez no, que poseía una cierta forma de deidad. De cualquier forma, Simón se hizo pasar por algún grande, y la gente de Samaria creyó en él. Además, aceptaba sus adulaciones.
8:11–12. Las artes mágicas de Simón significan su magia y poderes demoniacos (las palabras gr. que se traducen como “ejercía la magia” y “artes mágicas” están relacionadas entre sí). Cuando Felipe llegó a Samaria, anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre (cf. 3:16) de Jesucristo. El término “el reino de Dios” se refiere al reino venidero (cf. 1:3, 6). “El nombre de Jesucristo” se refiere a su posición como Mesías (cf. 8:5, “el Cristo” lit. el Mesías). En otras palabras, el mensaje significa que algunos samaritanos llegarían a heredar el milenio por fe en Jesús, el Mesías.
Como evidencia de su fe, los samaritanos se bautizaban hombres y mujeres (cf. “a hombres y a mujeres” en v. 3). Los contrastes y similitudes entre Simón y Felipe son asombrosos. Ambos hacían milagros, Simón por medio del poder demoniaco y Felipe por el poder divino. Simón se jactaba y recibía la aclamación para sí mismo, pero Felipe proclamaba a Cristo. La gente estaba sorprendida de la magia de Simón, pero se convirtieron a Cristo por el ministerio de Felipe.
8:13. Es sorprendente que creyó Simón mismo y fue bautizado. Ahora, en vez de que la gente siguiera a Simón, ¡él seguía a Felipe! Su respuesta debe haber tenido un efecto profundo en sus propios seguidores.
¿Recibió Simón la salvación? Lucas no especifica esto claramente, así que es difícil ser dogmático en esto. Pero siete hechos sugieren que probablemente Simón no nació de nuevo: (1) El vb. “creer” (pisteuō) no siempre se refiere a la fe salvadora. La fe de Simón pudo haber sido como la de los demonios de
8:11 artes mágicas. O sea, hechicerías.
8:13 Simón mismo creyó. La creencia de Simón en Jesús no fue genuina, ya que después Pedro lo reprendió (vers. 21).
8:14 los apóstoles…en Jerusalén. En todo el libro de Hechos, los apóstoles supervisan la iglesia. Cuando oyeron acerca de los eventos en Samaria, enviaron a Pedro y a Juan.
8:16 sólo…bautizados en el nombre del Señor Jesús. Los creyentes samaritanos habían sido bautizados en agua, pero recibieron el Espíritu Santo (vers. 17) cuando Pedro y Juan llegaron y les impusieron las manos. Esto evitó que resultara una iglesia samaritana y otra judía y que se mantuvieran unidas.
8:18-24 Simón…les ofreció dinero. No es posible comprar o vender el poder del Espíritu Santo.
8:20 Que tu plata perezca contigo. Pedro le explica que no se debe comerciar con cosas espirituales. A pesar de su fuerte condenación (vers. 21), le deja la posibilidad para el arrepentimiento (vers. 22).
8:25 iniciaron el regreso a Jerusalén. Pedro y Juan estaban tan convencidos de la obra de Dios entre los samaritanos que mientras regresaban a Jerusalén, iban predicando el evangelio en la ciudad y las aldeas de Samaria.
9–13. gran virtud de Dios—una especie de encarnación de la divinidad. estaban atentos … los había embelezado mucho tiempo—Este hecho, junto con la rapidez con que desampararon a Simón y se llegaron a Felipe, demuestra lo madura que estaba Samaria para un cambio religioso. se bautizaban hombres y mujeres—La revelación de los fraudes de Simón ayudó a extender y a ahondar los efectos de la predicación de Felipe. Simón creyó también—Desamparado por sus seguidores, creyó mejor juntarse con aquel que le habia sobrepujado, no sin que hubiera en él un rasgo de verdadera convicción. bautizándose—¡Qué luz arroja esto sobre lo que se llama la regeneración bautismal! se llegó a Felipe—quien asistía a Felipe con constancia. 14–17. los apóstoles … enviaron a Pedro y a Juan—Lo que demuestra que ellos no consideraban a Pedro ser más que ellos mismos. oraron por ellos, para que recibiesen el Espíritu Santo … solamente eran bautizados en el nombre de Jesús—Como el bautismo de adultos presuponia “la renovación del Espíritu Santo” (
8:9–13. El evangelio que Felipe predicó no sólo libraba a los samaritanos de errores religiosos y del malestar corporal y espiritual, también los liberaba de la malvada influencia de un practicante del ocultismo que por bastante tiempo los había tenido cautivos. Ese hombre, llamado Simón, mantenía a la gente bajo la creencia de que él era una manifestación del Dios Altísimo.
Simón creyó y fue bautizado, pero la debilidad de su fe se hizo evidente como la historia más tarde nos relata. Sin embargo, no debemos concluir que no era un creyente cuando recibió el bautismo.
Parece que Simón estaba más impresionado por las señales y los prodigios que formaban parte del ministerio de Felipe, que por sus enseñanzas. Él, que había dejado atónitos a muchos con sus trucos, estaba sorprendido por la obra de curación que había hecho Felipe.
8:14–17. No se nos ha dicho cuál fue la razón para que los apóstoles enviaran a Pedro y a Juan para visitar a Felipe en su campo misionero. Suponemos que tenían el propósito de supervisar la obra, de ofrecer sugerencias y ayuda. Los siete diáconos no llegaron a ser compañeros de los apóstoles cuando fueron escogidos para la obra de bienestar social en la iglesia; trabajaron bajo la supervisión de los apóstoles. Ahora uno de esos siete administradores estaba trabajando como un evangelista. ¿Cómo le iba? ¿Qué enseñaba?
En el Pentecostés, y de ahí en adelante, el Espíritu Santo fue recibido en el Santo Bautismo. En Samaria hubo una situación particular en la que el Espíritu no había sido recibido. No se nos ha dicho que hubiera algo malo con la forma en que Felipe bautizaba, ni que los samaritanos no hubieran cumplido con alguna norma, o que les faltara cumplir alguna condición. Simplemente se nos dice que el Espíritu Santo aún no había descendido sobre ninguno de ellos. Lo usual y lo que se esperaba no había acontecido. Sus pecados fueron perdonados, pero no hubo evidencia de la presencia del Espíritu.
¿Por qué tardó Dios en enviar al Espíritu? Dios utilizó esta situación incomparable para demostrarles a los apóstoles, a los samaritanos y a toda la iglesia, que las antiguas barreras entre judíos y no judíos habían sido quitadas. La iglesia era una sola, no había una iglesia judía y otra samaritana por separado. El Señor les demostró esto a los apóstoles y lo realizó mediante los apóstoles como una lección de la unidad que debe existir entre todos los creyentes.
Los apóstoles aún no habían comenzado a hacer discípulos en todas las naciones. Aquí se encontraban orando por los samaritanos e imponiendo las manos sobre ellos. Estaban presentes e involucrados cuando los que habían sido repudiados antes recibieron el Espíritu Santo. Fue claro para ellos que el evangelio, la fe y el don del Espíritu Santo son para todas las naciones y razas.
8:18–19. El hombre que había sido aclamado como el Gran Poder quería comprar el poder de Dios. Había vuelto a sus viejas costumbres.
No se nos dice qué evidencia visible de la presencia del Espíritu Santo fue la que vio Simón. El hablar en lenguas se podía escuchar, no ver. Había otros dones especiales, como la profecía y la curación, pero Lucas no menciona específicamente a ninguno de esos dones aquí.
La compra y la venta los oficios de la iglesia y de los puestos codiciados en el ministerio se llegaron a conocer como simonía. La palabra viene del nombre de este hombre que trató de comprar una parte del ministerio apostólico.
8:20–24. Se nos ha dicho que Simón creyó; pero ahora su actitud hacia Dios no era recta, y Pedro maldijo su engañosa incredulidad: “Tu dinero perezca contigo”. Estas palabras fueron muy duras, pero era necesario llamarlo al arrepentimiento.
El Espíritu Santo es un don de Dios, no es para ser comprado ni para ser en alguna forma merecido. El deseo que tenía Simón de usar el Espíritu Santo para aumentar su poder y su popularidad era blasfemo. Dios no será usado jamás para el engaño.
Imaginar que un don se pueda comprar es cambiar la gracia a un negocio, a una transacción, y entonces la gracia deja de ser gracia. Simón no podía tener parte en el ministerio de los apóstoles porque ese era un ministerio de gracia, y Simón no entendió lo que es la gracia.
La amargura en la que estaba Simón, de la que Pedro habla aquí, no era furia ni odio hacia los apóstoles, era la amargura del incrédulo, una amargura que Dios no soportará y la “escupirá”.
¿Por qué dijo Pedro, “quizás te sea perdonado”? No hay duda alguna de la voluntad del Señor para perdonar; la única incertidumbre era si Simón se iba a arrepentir.
La petición que hizo Simón por la intercesión de los apóstoles nos recuerda el caso del faraón, que le pidió a Moisés que orara para que el Señor quitara la plaga de truenos y granizo (
(2) Pedro y Simón el mago, 8:9–25. Simón el mago no era un personaje raro en el mundo antiguo. Había muchos astrólogos, adivinos y magos, y en una era crédula tenían una gran influencia y vivían cómodamente. En esta ocasión se ve el primer encuentro del cristianismo con las prácticas mágicas, tan extendidas por el mundo grecorromano de aquel entonces (13:8; 16:16; 19:13–19). Simón ha dejado su nombre en el lenguaje común, pues la palabra simonía significa todavía la indigna compraventa de puestos eclesiásticos y el tráfico de cosas santas. No sabemos con seguridad la naturaleza de la enseñanza de Simón; es decir, qué provocaba la declaración: ¡Este sí que es el Poder de Dios, llamado Grande! (v. 10).
Lo que sí podemos decir con seguridad es que Simón representaba una espiritualidad falsa, y aquí se revela claramente su engaño. La verdadera religión del Espíritu se distingue de la espiritualidad fingida. Este Simón creyó y fue bautizado. El aceptó el hecho de los milagros obrados por Felipe y el hecho del poder detrás de los milagros. Sin embargo, Simón no fue convertido. Su motivación básica, antes y después de su creencia, era egoísta. Simón estaba impresionado por los efectos visibles de la imposición de manos y trató de comprar la habilidad para hacer lo que los apóstoles podían hacer. No estaba interesado realmente en darle el Espíritu a otros; sólo le interesaba el poder y el prestigio que adquiriría con él. Esta exaltación del yo es siempre un peligro para el predicador y para el maestro. Simón se olvidó de que hay ciertos dones que dependen del carácter. El dinero no puede comprarlos. Aun en la religión él buscó adelantar sus intereses egoístas; y eso es sólo un síntoma del corazón y su depravación. El no conocía nada de la cruz, con su sacrificio. No mostró ninguna disposición de ser crucificado con Cristo.
Los apóstoles todavía se quedaban en Jerusalén cuando Felipe estaba extendiendo el evangelio a los samaritanos. Aunque aparentemente simpatizaron con el movimiento, ellos mismos no lo iniciaron. Nos confunde que se diga que estos samaritanos habían creído y habían sido bautizados en el nombre de Jesucristo (vv. 12, 16b), pero no habían recibido el Espíritu Santo (vv. 15, 16). Cualquier convicción de pecado o cualquiera buena voluntad para creer en Cristo reflejaría una acción recíproca del Espíritu con el espíritu del hombre.
Posiblemente lo que Lucas quiere plantear aquí es que no había ninguna manifestación del Espíritu comparable a aquella de Pentecostés hasta que Pedro y Juan les impusieron las manos. Si es así, entonces vemos un patrón: hubo una gran efusión del Espíritu Santo en el día de Pentecostés; y había efusiones semejantes cuando los samaritanos fueron evangelizados (8:15–17), cuando unos temerosos de Dios en Cesarea fueron ganados para Cristo (10:44–46); y cuando los discípulos de Juan el Bautista en Efeso fueron iluminados con la enseñanza más amplia (19:2–6). Cada una de estas etapas importantes en el desarrollo del movimiento cristiano fue autenticada divinamente con señales mesiánicas. Que la imposición de manos por los apóstoles era algo indispensable para recibir el Espíritu no se sostiene en el libro de Los Hechos. En la historia que siguió, por ejemplo en la conversión del etíope, no estuvo presente ningún Apóstol, y no hay ninguna mención de la imposición de manos; sin embargo, de seguro, llegó el Espíritu Santo sobre él. Definitivamente, el Espíritu Santo llegó sobre Cornelio y sus compañeros sin la imposición de manos.
Es una evidencia de progreso en Pedro y en Juan que ellos anunciaban el evangelio en muchos pueblos de los samaritanos (8:25). En una ocasión anterior, Juan deseaba que fueran consumidos con fuego (
Vv. 14—25. El Espíritu Santo aún no se había derramado sobre ninguno de esos convertidos, con los poderes extraordinarios transmitidos por el derramamiento del Espíritu en el día de Pentecostés. Nosotros podemos cobrar ánimo de este ejemplo, orando a Dios que dé las gracias renovadoras del Espíritu Santo a todos aquellos por cuyo bienestar espiritual estamos interesados, porque ellas incluyen todas las bendiciones. Ningún hombre puede dar el Espíritu Santo imponiendo sus manos, pero debemos usar los mejores esfuerzos para instruir a aquellos por quienes oramos. —Simón el mago ambicionaba tener el honor de un apóstol, pero no le interesaba en absoluto tener el espíritu y la disposición del cristiano. Deseaba más tener honor para sí que hacer el bien al prójimo. Pedro le enrostra su delito. Estimaba la riqueza de este mundo como si correspondieran con las cosas que se relacionan con la otra vida, y deseaba comprar el perdón de pecado, el don del Espíritu Santo y la vida eterna. Este era un error condenatorio de tal magnitud que de ninguna manera armoniza con un estado de gracia. Nuestros corazones son lo que son ante los ojos de Dios, que no puede ser engañado, y si no pueden ser justos ante sus ojos, nuestra religión es vana y de nada nos sirve. El corazón orgulloso y codicioso no puede ser justo ante Dios. Puede que un hombre siga bajo el poder del pecado aunque se revista de una forma de santidad. Cuando seas tentado con dinero para hacer el mal, ve cuán perecedero es el dinero y desprécialo. No pienses que el cristianismo es un oficio del cual vivir en este mundo. —Hay mucha maldad en el pensamiento del corazón, nociones falsas, afectos corruptos, y malos proyectos de los cuales uno debe arrepentirse o estamos acabados. Pero al arrepentirnos serán perdonados. Aquí se duda de la sinceridad del arrepentimiento de Simón, no de su perdón, si su arrepentimiento fue sincero. Concédenos, Señor, una clase de fe diferente de la que hizo sólo asombrarse a Simón, sin santificar su corazón. Haz que aborrezcamos todo pensamiento de hacer que la religión sirva los propósitos del orgullo o la ambición. Guárdanos contra ese veneno sutil del orgullo espiritual que busca gloria para sí mismo aun por la humildad. Haz que sólo procuremos la honra que viene de Dios.
Entre el público se hallaba Simón, un mago que había engañado al pueblo por mucho tiempo con sus artes mágicas, “haciéndose pasar por algún grande” (v. 9). Al escuchar a Felipe, confió en Cristo como su Salvador y fue bautizado (8:9–13).
Lucas dirige nuestra atención a la importancia de los hechos milagrosos efectuados por el evangelista para autenticar su mensaje. Simón estaba acostumbrado a recibir la admiración del pueblo debido a su magia. Ahora, de repente, había llegado otro que hacía señales mucho más asombrosas. Se vio forzado a reconocer la superioridad del poder que obraba a través de Felipe al darse cuenta que perdía a sus seguidores. Todos aquellos que buscaban lo extraordinario, le abandonaron por seguir al predicador. El hizo lo mismo, pero concentrándose únicamente en observar los milagros.
A pesar de la motivación equivocada que lo llevó a acercarse al predicador, el autor nos indica que aceptó a Jesu cristo sinceramente y que fue bautizado. La interpretación normal de esta declaración da a entender que Simón llegó a ser un creyente auténtico, o cuando menos, que hizo una profesión pública de fe y se identificó como cristiano.
Ministerio de los apóstoles a los samaritanos 8:14–25
Cuando los apóstoles oyeron lo que pasaba, mandaron a Pedro y a Juan para investigar. No podían entender que los samaritanos hubieran recibido a Jesucristo como su Mesías y Salvador sin la confirmación de alguno de los líderes más respetados (8:14).
Al llegar allí, se dieron cuenta de la sinceridad con que habían hecho su decisión. Sin embargo, los nuevos creyentes aun no habían recibido al Espíritu Santo. ¿Por qué fue necesario que esperaran a que llegaran los apóstoles para que hicieran la imposición de manos y obtuvieran el Espíritu? ¿Algo que ni aun los gentiles paganos esperaban? (10:44; 11:15) ¿Por qué ellos sí?
El judaísmo samaritano se caracterizaba por haberse desarrollado independientemente del templo de Jerusalén y su ritual. Tenían su propio centro de adoración y versión del Pentateuco. No reconocían ninguna autoridad proveniente de Israel, y se jactaban de ello. Para evitar que este fenómeno se repitiera en la iglesia, para demostrar la unidad del nuevo pueblo de Dios y la dependencia que estos nuevos miembros tenían de la iglesia en Jerusalén, era requisito indispensable que se identificaran con los apóstoles, aun antes de que viniera el Espíritu Santo (8:15–17).
Al otorgarles la bendición de recibir Su Espíritu, tal como los judíos lo habían hecho en el día de Pentecostés, quedó confirmado que Dios los aceptaba como miembros del nuevo pueblo. Tanto los apóstoles como los samaritanos, se dieron cuenta de la aprobación divina y de la unidad que El quería para la naciente iglesia.
El acto por medio del cual se efectuó esto, fue por la imposición de manos. ¿Qué significado tiene este hecho? En la Biblia se presenta a las manos como la fuente de poder (
El caso de Simón nos sirve de advertencia. Desde el principio de la historia, se ha visto que existen dos peligros potenciales cuando la iglesia está creciendo rápidamente y la mano de Dios está sobre ella: Primero, que algunas personas hagan decisiones falsas aunque externamente convincentes. En segundo lugar, que algunos busquen solamente lo espectacular. La reacción de Simón a la exhortación que le hizo Pedro demuestra la condición de su corazón. Le dijo que debía arrepentirse y pedir perdón por su pecado; que rogara porque le fuera perdonado ese pensamiento equivocado en cuanto a Dios. Aunque este hermano reconocía la autoridad de Pedro, en lugar de obedecerlo le pidió que ellos oraran por él: “Rogad vosotros por mí”; indicando que quería que las cosas se hicieran a su manera; sin acatar lo que se le había dicho.
Cuando su ministerio en la ciudad de Samaria terminó, Pedro y Juan predicaron en los pueblos cercanos de regreso a Jerusalén. Aprendieron que Dios había empezado Su obra entre los no judíos también. Ahora los samaritanos formaban parte del nuevo pueblo de Dios; y tenían que anunciarles el evangelio.
Los samaritanos tenían, además, necesidad de ver el poder en actividad. El paganismo al que estaban acostumbrados y la religión judía que veían practicar, no tenían ya atractivo. Eran ceremonias sin contenido. La puerta se abrió de par en par, para que tiempo antes que Felipe llegara “un hombre llamado Simón” (v. 9) que practicaba hechicería, y tuvo gran aceptación. Este mago había “engañado a la gente … haciéndose pasar por algún grande”. Sus discursos y sus artes mágicas hacían que todos le oyeran y creyeran que era “Dios” (comp.
Versículos 14–25
Las buenas noticias del éxito que la predicación de Felipe había obtenido en Samaria llegaron a Jerusalén (v. 14), por lo que los apóstoles … enviaron allá a Pedro y a Juan, los más eminentes (v.
8:9. Por lo común, los magos atraían grandes multitudes en la antigüedad. Dada la importancia de los magos judíos en la antigüedad grecorromana, un mago samaritano no debería sorprendernos. Al igual que en el AT, los funcionarios líderes de la corriente principal del judaísmo se oponían a la magia, sin embargo, incluso algunos *rabinos subsecuentes permitieron la hechicería, argumentando simplemente que querían sacar provecho y entender los secretos de las leyes de Dios acerca de la creación.
8:10, 11. Cerca de Sebaste muchos griegos estaban sintetizando los diferentes dioses griegos en una deidad masculina universal y a las diosas en otra deidad femenina. Esta síntesis siguió una tendencia que ha sido desarrollada entre algunos griegos educados durante siglos. Un escritor cristiano del segundo siglo sugirió que Simón había afirmado ser el avatar, o encarnación, de la forma masculina de la deidad, mientras que su consorte Helena era la forma femenina de esa deidad.
8:12. Familiarizados con la oposición *samaritana al judaísmo, los judíos han de haber encontrado extraordinario este escenario. Ya circuncidados, los samaritanos se habrían convertido al judaísmo únicamente por medio del *bautismo; pero dicha conversión sucedía rara vez, si es que ocurría, debido a que era el equivalente a negar a su propio pueblo. Para Felipe, un judío, presentar el *evangelio en términos tales que el samaritano pudiera seguir a un *Mesías proclamado por los judíos, sería visto por muchos judíos como una traición al judaísmo. Felipe sigue el mismo programa teológico de testigos descentralizados argumentado por Esteban en el capítulo 7 y esbozado por Jesús en el 1:8.
8:13. El judaísmo reconocía que los hechiceros paganos podían hacer milagros, que la mayor parte de los segmentos del judaísmo atribuiría a Belial (*Satanás). El AT enseñaba que los hechiceros paganos podían duplicar, a pequeña escala, algunas de las señales de Dios (
Éstos, al llegar, oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo (8:15). Lucas añade una nota explicativa porque es este un suceso extraordinario, y no un patrón para el siglo primero ni para nuestros días. Oraron y les impusieron las manos “porque el Espíritu aún no había descendido sobre ninguno de ellos” (8:16–17). ¿Por qué aquí, y solamente aquí, se relaciona la oración y la imposición de manos con la venida del Espíritu Santo sobre los creyentes en Jesús?
Tenemos que recordar que entre los judíos y samaritanos había existido durante generaciones una profunda hostilidad y gran competencia religiosa. Al darles el Espíritu a través de Pedro y de Juan el Señor dejó en claro (1) que la iglesia era una sola, y (2) que los apóstoles eran sus líderes, con autoridad. Sin esta evidencia de unidad y autoridad los samaritanos bien podrían haber iniciado un movimiento desprendido de la iglesia, y los judíos cristianos podrían haberse opuesto a aceptar a los samaritanos como miembros del cuerpo de Cristo junto con ellos.
Hoy no necesitamos esas señales para recordarnos que la fe en Cristo nos une a todos los demás creyentes del mundo. Porque esto nos lo enseñan con claridad las epístolas del Nuevo Testamento (
Como predicador de las Buenas Nuevas y sanador de los enfermos, Felipe recibe una calurosa bienvenida por parte de los samaritanos. El poder del evangelio de Cristo y la divina autoridad de Felipe para realizar milagros son grandes y más poderosos que las artes engañosas de Simón el mago.
9. Ahora había un hombre llamado Simón, que antes ejercía la magia en aquella ciudad, y había engañado a la gente de Samaria. Se decía ser algún grande.
En Jerusalén, la oposición de Satanás a la iglesia vino en la forma del engaño de Ananías y Safira (5:1–11), el encarcelamiento de los apóstoles (4:3; 5:18), la muerte de Esteban (7:60), y la gran persecución (8:1b). En Samaria, Satanás emplea diferentes métodos para frustrar el crecimiento de la iglesia. Usa a un hombre llamado Simón, conocido en Samaria como el mago. Lucas lo presenta como un hombre que practica las artes mágicas en esa ciudad samaritana.
Las “artes” de Simón no eran, simplemente, algún escamoteo (que es una forma de engañar la mente debido a que los ojos fallan en observar correctamente lo que está ocurriendo delante de ellos), sino que más bien eran un atentado serio contra la fe cristiana, porque representaban la brujería y hechicería. Entre los vicios que menciona Pablo como actos de naturaleza pecaminosa está la hechicería (
La profesión de fe de Simón (8:9–13)
Este párrafo pasa del impacto de Felipe en las multitudes y la ciudad a la conversión de un poderoso y admirado mago local llamado Simón que, junto con el pueblo samaritano, es sorprendido y bautizado por Felipe (8:10–13).
8:9 Este versículo presenta a Simón como el mago local y admirado que ha estado practicando magia poderosa en Samaria cuando llega Felipe.
8:10 La palabra “grande”, atribuida a Simón en 8:9, se convierte en un nombre divino apropiado para él.
8:11 Este versículo explica por qué la gente está tan atenta a Simón y el efecto de su magia en ellos.
8:12 Este versículo contrarresta 8:11. Aunque anteriormente sorprendido por Simón, los samaritanos se convierten en respuesta a la proclamación de Felipe.
8:13 Este versículo ilustra la transformación de Simón de alguien a quien los samaritanos idolatran como un gran poder (8:9–11) al discípulo convertido y asombrado de Felipe.
El pecado de Simón (8:14–25)
Este párrafo delinea la razón de la visita de Pedro y Juan a Samaria después de que la gente y Simón fueron bautizados en respuesta al ministerio de Felipe (8:12–13), la unción de Pedro y Juan de los nuevos conversos (8:13–17), el posterior encuentro negativo entre Pedro y Simón. Cuando Simón le ofrece comprar el poder de la imposición de manos, Pedro le ordena que se arrepienta de su maldad (8:18–25).
8:14 Este versículo revela la respuesta de la iglesia de Jerusalén cuando Felipe, uno de los siete (6:1–6), predica el evangelio en la diáspora (1:8), y los conversos reciben solo el bautismo en agua (8:12–13).
8:15 Lucas describe lo primero que hacen Pedro y Juan cuando llegan a Samaria (8:14) para facilitar el bautismo del Espíritu de los conversos samaritanos.
8:16 Este versículo es la explicación entre paréntesis del narrador para la oración de los apóstoles en 8:15; los samaritanos solo habían recibido el bautismo en agua (8:12–14).
8:17 Este versículo muestra que el bautismo del Espíritu en Samaria tiene dos etapas: la oración (8:15–16) y la imposición de manos.
8:18 Lucas describe el impacto en Simón de presenciar la imposición de manos de los apóstoles (8:17). Simón cree que el poder se puede comprar.
8:19 Este versículo revela la razón de la solicitud de Simón de comprar el poder de imponer las manos (8:18); Simón mismo tuvo una vez un gran poder (8:9–10).
8:20 Pedro responde a la solicitud de Simón (8:18–19); a través de un acto de habla (“tu dinero perezca contigo”), Pedro maldice a Simón. La razón de la maldición es que el poder de impartir el Espíritu no es una mercancía sino el regalo de Dios.
8:21 Lucas describe el impacto práctico de la maldición de Pedro sobre Simón (8:20); implica que la oferta de Simón equivale a una solicitud para participar en el ministerio de los apóstoles (6:1–6). El lenguaje es similar al utilizado para describir la posición anterior de Judas y la parte que Matías tendrá en el ministerio como su reemplazo (1:17–25). Pedro afirma saber la intención del corazón de Simón.
8:22 Como en 8:21b, Pedro atribuye la oferta de Simón (8:18–19) a la intención perversa de su corazón, de la cual debe arrepentirse y recibir perdón.
8:23 Este versículo profundiza en la evaluación de Pedro sobre Simón (8:21–22); él “ve” a Simón envuelto y atado a la “maldad”, pero el perdón es posible.
8:24 Este versículo identifica la humilde respuesta de Simón de que Pedro ore por él para que no ocurra lo que Pedro ha pronunciado (8:20–21).
8:25 Este versículo cambia abruptamente de la petición de oración de Simón (8:24) y resume el ministerio de la palabra de Pedro y Juan entre los samaritanos y a otros samaritanos a su regreso a Jerusalén (6:2, 4).
3. Felipe y Simón (8:9–13)
Pero (9) hubo un triste contraste con este gozo casi universal. Un hombre llamado Simón, que antes ejercía la magia en aquella ciudad, pretendía ser algún grande. Los habitantes de esta ciudad desde el más pequeño hasta el más grande (10) habían sido cautivados por ese charlatán, de modo que decían: Este (hombre) es el gran poder de Dios. En griego dice: “Este es el gran poder de Dios que es llamado el Grande” (cf. ASV). Los rabíes algunas veces se referían a Dios como “el Poder”. Ha habido mucha discusión sobre si esas palabras reflejan el punto de vista pagano, o de uno de origen hebreo. Como los samaritanos eran una raza mezclada, es posible que haya sido un concepto teológico mixto y que la respuesta al debate sea: “ambos.”
A este falso mago sus oyentes le estaban atentos (11). El griego dice “le prestaban atención”—exactamente la misma forma del 6 y del 10. Por mucho tiempo, Simón con sus artes mágicas les había engañado—literalmente, “los había maravillado con sus artes mágicas”.
Pero ahora cuando creyeron a Felipe (12), él les anunciaba (evangelizaba) el reino de Dios—como lo hicieran Juan el Bautista y Jesús. Felipe estaba también predicando en el nombre de Jesucristo. La salvación era, y es, mediante el nombre de Jesús, “el Salvador” (cf. 4:12). Los que creían se bautizaban. Esto mostraba que ellos ya no dependían de su fiel adherencia a la ley como medio de salvación, sino que sólo en Cristo ponían su confianza. Los creyentes eran hombres y mujeres.
Sorprendentemente, aun creyó Simón mismo (13). Inevitablemente surge la pregunta si su fe era o no era genuina en Cristo Jesús o meramente un asentimiento intelectual a las verdades del cristianismo. En favor de la fe genuina está el hecho de que la misma palabra es empleada en el verso 12. Ciertamente Simón tuvo toda la evidencia exterior de ser un verdadero creyente, porque él se bautizó. Evidentemente Felipe aceptó que su conversión era sincera. Además, estaba siempre con Felipe. El verbo es enérgico, significando, “atender constantemente, continuar con firmeza”. Y viendo las señales y grandes milagros—literalmente “señales y poderes”—que se hacían, estaba atónito o “maravillado”.
Meyer tiene lo siguiente que decir en cuanto a la naturaleza de la conversión de Simón: “Mediante la predicación y los milagros de Felipe, Simón fue impelido a la fe en Jesús como Mesías. Sin embargo, esta fe era sólo histórica o intelectual sin haber tenido como resultado el cambio de vida interior.”
4. El Pentecostés samaritano (8:14–17)
Cuando los apóstoles… en Jerusalén (14) oyeron lo que había sucedido en Samaria… enviaron allá a Pedro y a Juan para conocer la situación. Estos dos hombres habían estado estrechamente asociados en algunas actividades anteriores expuestas en Hechos (cc. 3–4). Pero Juan es mencionado otra vez en el libro.
Cuando los apóstoles llegaron, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo (15). Es claro que estos nuevos convertidos, aunque definitivamente salvos mediante la fe en Cristo Jesús y ya bautizados (12), no habían sido llenos del Espíritu Santo. Todavía necesitaban la misma experiencia que habían tenido los 120 en el aposento alto el día de Pentecostés.
Este hecho de que, aunque convertidos y bautizados con agua los samaritanos no habían sido bautizados con el Espíritu Santo (cf.
9. Simón (Simön). Uno de los comunes nombres de entonces (Josefo, Ant. XX. 7, 2), y un número de pretendientes a Mesías tuvieron este nombre. Un gran número de tradiciones de los siglos segundo y tercero se refieren a este hombre, y Baur llegó incluso a proponer que el Simón de las Homilías Clementinas es en realidad el apóstol Pablo, aunque Pablo triunfó repetidas veces sobre los poderes mágicos (
Simón no era un tipo tan raro en el mundo antiguo. Había muchos astrólogos, adivinos y magos, y en una época tan crédula ejercían una gran influencia y se ganaban la vida cómodamente. No hay nada de sorprendente en esta historia, cuando aun en nuestros tiempos no se han acabado los adivinos y los astrólogos, como se puede ver en muchas revistas populares. No hay que pensar que Simón y sus congéneres eran timadores profesionales. Muchos de ellos se habían engañado a sí mismos y creían en sus poderes antes de engañar a otros.
Para entender lo que pretendía Simón tenemos que comprender algo del ambiente y de la práctica de la Iglesia Primitiva. La venida del Espíritu Santo sobre una persona se relacionaba con ciertos fenómenos visibles y audibles, sobre todo con el don de lenguas (véase
Felipe y Simón (8:9–13)
Felipe había comenzado una estupenda inserción misionera en Samaria. Las personas que habían escuchado la proclamación pública de la buena noticia acerca de Jesús y habían visto las señales visibles del poder de Dios estaban sumamente alegres por lo que estaba ocurriendo. Un poco después se presentó la oposición de uno de los agentes del “anti-reino”: Simón el hechicero. Lucas no utiliza esta expresión, pero los datos que proporciona acerca de la identidad y la actividad pública de este personaje dan a entender que se trataba de un instrumento del diablo en la ciudad de Samaria. Menciona que Simón había engañado a mucha gente de Samaria, se hacía pasar por una persona importante, y practicaba la magia o hechicería.
En este pasaje no se menciona la reacción de Simón cuando la gente de Samaria dejó de admirarlo y de seguirlo, para creer en el evangelio del reino de Dios. Pero sí llama la atención que Lucas señale que Simón mismo creyó y, después de bautizarse, seguía a Felipe por todas partes (8:13). No se afirma explícitamente que la conversión no fue sincera o que el mensaje del evangelio lo impactó hasta el punto de cambiar radicalmente su vida. Sin embargo, de los datos que tenemos se puede inferir que no fue tanto el contenido el evangelio como las señales milagrosas lo que le llamó poderosamente la atención a este mago. Estaba acostumbrado a disfrutar del reconocimiento público y de los beneficios económicos que esto le producía. Consecuentemente, llegó a la conclusión que Felipe era un “mago” más poderoso que él (pues realizaba actos de magia más poderosos que los suyos), y que si él recibía el poder para realizar actos como los de Felipe, se incrementarían sus beneficios. Eso lo conduciría más adelante a ofrecer dinero a los apóstoles Pedro y Juan para que le impusieran las manos para recibir el Espíritu Santo.
Pedro y Juan en Samaria (8:14–25)
Pedro y Juan fueron enviados a Samaria para ver lo que estaba ocurriendo. Una de las primeras acciones que realizaron fue orar para que los discípulos recibieran el Espíritu Santo mediante la imposición de manos. La razón para esta acción, según Lucas, fue que el Espíritu aun no había descendido sobre ninguno de ellos, ya que solamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. No se indica aquí que los que se habían bautizado no eran creyentes o que necesitaban ser confirmados en su fe. Más bien, lo que se deduce del relato es que estos nuevos discípulos no habían recibido la dádiva del Espíritu. Lucas no da mayores detalles. Sin embargo, si se compara este pasaje con el relato del descenso del Espíritu el día de Pentecostés (2:1–4), el relato del descenso del Espíritu en casa de Cornelio (10:44–48; 11:15–17), y el relato del descenso del Espíritu sobre los discípulos en Éfeso (19:2–6), queda claro que se trató de diferentes circunstancias. En cada caso el Espíritu, que es libre de actuar como le place, descendió antes o después del bautismo en agua sin estar sujeto a la voluntad humana.
Luego de la experiencia de la recepción del Espíritu Santo por parte de los creyentes samaritanos, cuando Simón el hechicero vio que por la imposición de las manos se daba el Espíritu Santo, pensó que se podía comprar esa “habilidad” y les ofreció dinero a Pedro y a Juan. Pedro rechazó de manera tajante la propuesta de Simón desnudando la condición espiritual y moral de este personaje: lo confrontó y le dijo que no era una persona íntegra y que iba camino a la amargura y a la esclavitud del pecado (8:21, 23).
De esta respuesta de Pedro se deduce que la conversión de Simón no había sido una conversión genuina, y que todavía necesitaba cambiar de mentalidad y dejar su viejo hábito de lucrar con sus habilidades. No sabemos si logró cambiar de conducta. Lo que sí está claro es que los discípulos de nuestro tiempo tienen que aprender a diferenciar, como lo hizo Pedro en esa ocasión, entre el poder de Dios y el poder de los seres humanos, como también entre la sinceridad de una persona y las motivaciones subalternas o escondidas que pueden estar detrás de sus palabras lisonjeras o de sus peticiones aparentemente inocentes.
Lucas termina esta sección, relatando que Pedro y Juan, luego de su experiencia misionera en Samaria, hicieron lo que cualquier discípulo haría en todo lugar: se pusieron en camino de vuelta a Jerusalén, y de paso predicaron el evangelio en muchas poblaciones de los samaritanos. Lucas no entra en esos detalles sobre en cuáles ciudades o en cuántas poblaciones samaritanas anunciaron Pedro y Juan el evangelio. Simplemente señala que muchas poblaciones samaritanas escucharon la buena noticia del reino de Dios. A Lucas tampoco le interesa brindar información sobre cuántos samaritanos se convirtieron a la fe cristiana como consecuencia del anuncio del evangelio. Para el autor lo que importa es que Pedro y Juan, cuando iban de regreso a Jerusalén, aprovecharon ese viaje de retorno para anunciar la buena noticia del reino de Dios.
Un astuto engañador: Simón el mago (
21. CONFIRMAR A LOS NUEVOS CREYENTES
