Perdón y salvación

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“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”
(Lucas 23:34).
Isaiah 53:12 RVR60
Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.
Nuestro Señor Jesucristo hizo esta oración en la Cruz, sufriendo una agonía indescriptible y mientras moría de una muerte deshonrosa - vergonsoza.
Los artistas que pintan esta escena representan en ocasiones a Jesús vestido con un taparrabos; pero todos aquellos que colgaban de una cruz romana lo hacían completamente desnudos, y nuestro Salvador no fue ninguna excepción.
En semejante situación el Señor oraba: pero no por sí mismo, sino por otros.
Hubiera sido comprensible que lo hiciera por su propia persona, ya que no hay nada malo en pedir por nosotros mismos cuando estamos en dificultades o peligros. Pedro así lo hizo, cuando empezó a hundirse en las turbulentas olas de Galilea: “¡Señor, sálvame!”, había dicho. Ahora, el Señor —que había respondido al clamor de Pedro— estaba Él mismo abrumado;
sin embargo no ora por su propia persona, sino por otros que no eran siquiera amigos suyos, sino sus enemigos.
Jesús rogó por los responsables mismos de su muerte, pidiendo: “Padre, perdónalos […]”.
Los entendidos (eruditos) nos dicen que esa expresión griega puede traducirse como: “Jesús continuaba orando”.
Al parecer el Señor no hizo una sola oración aislada, sino que estuvo orando constantemente.
Cuando traspasaban su carne con los clavos, Él oraba: “Padre, perdónalos […]”.
Mientras levantaban insensiblemente la cruz para luego dejarla caer de golpe en el hoyo excavado en la tierra;
cuando la gente pasaba por allí diciendo con sorna: “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar”;
cuando los soldados se jugaban despreocupadamente sus ropas… podemos oírle pronunciar esa oración.
No es posible saber con certeza cuán a menudo el Señor Jesucristo asedió el trono de la gracia a favor de sus perseguidores; pero de una cosa podemos estar seguros: que necesitamos un Salvador e intercesor que ore de esta manera por otros.

JESÚS ERA UN HOMBRE DE ORACIÓN

Aquel no constituía un ejemplo aislado de la forma de orar de Nuestro Señor: la oración fue predominante en todas las facetas de su vida de que tenemos constancia. Su ministerio público empezó con oración —Lucas nos dice que mientras era bautizado en el Jordán, estaba orando—, y durante los tres años siguientes, los Evangelistas nos relatan repetidamente que Jesús oraba.
Y ahora, al término de su ministerio terrenal, vemos a Nuestro Señor Jesucristo dedicado a la oración.
Tres veces oró estando en la Cruz: al comienzo y al final de su sufrimiento y en medio del mismo. De modo que, de principio a fin, la pasión de Nuestro Señor estuvo impregnada de conversación y comunión santas con Dios.
Su ministerio terrenal había concluido:
ya no podía utilizar sus manos para multiplicar panes y peces, ni para tocar y sanar a los leprosos, porque estaban clavadas en la Cruz.
Tampoco le era posible andar para llevar amor y ayuda a los necesitados, puesto que tenía los pies enclavados en el madero.
O llamar a su lado a los niños, ya que estos no podían alcanzarlo y pronto el costado suyo se vería traspasado por una lanza.
Así que no podía moverse, ni tocar, ni ayudar…
¿qué podía hacer entonces? Algo maravilloso: orar.
Nuestro Señor Jesucristo tiene siervos que están en el ocaso de su vida activa, y que no pueden servirle como antes:
algunos están recluidos en su propio aposento o inmóviles en una cama de hospital. Estos no pueden ir ya hablando por ahí en nombre de su Maestro, ni adorarle juntamente con su pueblo en la casa de Dios; pero, al igual que su Señor, pueden orar. ¡Y quién sabe si sus oraciones no serán más eficaces en el Reino de Dios que buena parte de la actividad de otros!
si recordamos cuán injustamente Nuestro Señor había sido tratado: acusado falsamente, escarnecido, desamparado…
pero la fe de Jesucristo no flaqueó, sino que brilló aún con más fuerza en el momento más oscuro, y su confianza en su Padre se mantuvo más firme que nunca.
Ante la peor conducta del hombre vemos el amor de Jesús en su más alto grado: “Cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí […]. Y Jesús decía: Padre, perdónalos […]”.
En aquella situación particular Cristo rogaba que fueran perdonados los asesinos, los fanáticos líderes religiosos que lo odiaban, la chusma vociferante y sedienta de su sangre, los soldados que cumplían con su terrible trabajo… A todos los envolvió con aquella oración: “Perdónalos […]”.
Nuestro Señor Jesucristo podía orar así porque en su corazón tenía perdón para ellos.
En el “Sermón del Monte”, Jesús se había sentado con sus discípulos en otro monte para enseñarles cómo se hacían las cosas en su Reino. Y entre lo que les enseñó estaba aquello de: “Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente […]. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos […], y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mt. 5:38, 44).
Ahora, en aquella sombría colina del Calvario, Jesús estaba poniendo en a práctica su propia enseñanza: amando a sus enemigos y orando por ellos.
Y pedía a Dios que estos vieran suplida su necesidad más grande: la de ser perdonados de sus pecados.
Ciertamente esa es la mayor necesidad de toda persona en todo momento.

RESPONSABLES DE LA MUERTE DE JESÚS

Al considerar esta escena, tal vez nos gustaría desvincularnos de ella.
Podemos pensar que aquellas personas eran peores que nosotros; y sin embargo, si somos sinceros, hemos de reconocer que en nuestros corazones hay pecados equiparables a los que llevaron a Jesucristo a la Cruz.
Judas Iscariote traicionó al Señor e hizo posible su arresto. ¿Por qué? Porque codiciaba el dinero: era el tesorero de los discípulos, guardaba la bolsa y no le importaba meter la mano en ella (Jn. 12:6). Judas entregó al Hijo de Dios por treinta piezas de plata;
¿pero no hay un pequeño Judas en cada uno de nosotros? ¿No hemos nunca codiciado un poco más de dinero?
Los principales sacerdotes estuvieron dispuestos a pagar aquellas treinta monedas por la información acerca de nuestro Señor que les permitiera librarse de Él. Tenían celos, puesto que Pilato sabía que lo habían entregado por envidia (Mt. 27:18).
¿No nos sentimos nosotros envidiosos alguna vez?
Pilato sabía que el Señor era inocente y, sin embargo, lo entregó a los soldados para que lo crucificaran. En juego estaban su propia posición y su prestigio, los cuales significaban para él más que la justicia.
¿Está libre hoy el mundo de hombres que ponen su prestigio y su popularidad por encima de toda otra consideración? ¿Deseamos ese poquito más de estas cosas?
Esos son todos rasgos y emociones comunes al género humano que tuvieron como conclusión lógica la muerte de Jesús en la Cruz.
También son pecados nuestros, y la necesidad más grande que tenemos es la de ser perdonados.
Los escribas y los fariseos murmuraron: “¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?” (Mr. 2:7). Y Jesús les respondió: “El Hijo del Hombre [a saber, Él mismo] tiene potestad en la tierra para perdonar pecados”. Al paralítico le dijo: “Tus pecados te son perdonados” (Mt. 9:2), y a la mujer pecadora le declaró: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Jn. 8:11).
Y sin embargo, ahora le pide al Padre que perdone.

“NO SABEN LO QUE HACEN”

El pecado es una extraña combinación de ignorancia y conocimiento. Aunque Jesús, compasivamente, dijo “no saben lo que hacen”, no estaba excusándolos en modo alguno: el fundamento de su perdón no era la ignorancia de su pecaminosidad.
Es bastante probable que Pilato no supiera que Jesús era el Hijo eterno de Dios, pero sí sabía que el hombre que tenía delante no era un hombre corriente, y también que no había cometido el crimen de que se le acusaba.
Los principales sacerdotes no reconocieron en Jesús a su Mesías, pero debieron de estar conscientes hasta cierto punto de la envidia y el odio que había en sus corazones y que los condujeron a tomar aquella decisión cruel e injusta.
Cuando Jesús oró diciendo “no saben lo que hacen” no estaba excusando el comportamiento de ellos ni exagerando su ignorancia, sino reconociendo las limitaciones de su conocimiento.
Al crucificar al Hijo de Dios, al Señor de gloria, y mofarse del Hijo eterno del Padre —Aquel a quien rinden homenaje y adoran los ángeles y arcángeles y toda la compañía celestial— y escupir sobre Él, no tenían conciencia de la enormidad de su crimen. Este es un aspecto muy solemne del pecado.
Al pecar quizá entendamos ligeramente nuestra culpa, pero somos inconscientes de la magnitud y las consecuencias de ella.
El pecado supone dejar suelto un poco del Infierno: no podemos apreciar las repercusiones que tiene.

¿TUVO RESPUESTA ESTA ORACIÓN?

Según Hechos de los Apóstoles, la oración de Jesús fue respondida de un modo extraordinario. Nuestro Señor había reunido en torno suyo a una compañía de apóstoles encargados de predicar y enseñar su Evangelio una vez que Él hubiera ascendido al Cielo. Tenían que predicar en el poder del Espíritu Santo y, cuando lo hicieran, hombres y mujeres reconocerían su pecado y comprenderían lo terrible que era que dicho pecado hubiera tenido también parte en la muerte de Jesucristo.
En el día de Pentecostés, Pedro acusó en su predicación a más de 3000 personas de ser responsables de la muerte de Cristo: “Habéis tomado a Jesús y, con manos perversas, lo habéis crucificado y dado muerte. Pero Dios lo ha hecho Señor y Cristo: el crucificado se halla ahora exaltado. Él está vivo, y si no os arrepentís le daréis cuenta como juez” (cf. Hch. 2). Al oír esto, exclamaron: “Varones hermanos, ¿qué haremos?”. La verdad hizo tal impresión en sus corazones que se arrepintieron de su pecado y fueron bautizados, identificándose públicamente con el Señor a quien habían ayudado a crucificar.
No mucho después un hombre cojo fue sanado a la puerta del Templo, y una gran multitud se juntó alrededor de Pedro en el pórtico de Salomón y le escuchó explicar el secreto de aquel milagro. Dios —dijo él— había resucitado a Aquel a quien ellos crucificaron, y por medio de su poder ese hombre había sido sanado. Y nuevamente los acusó: “Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diese un homicida, y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos” (Hch. 3:14–15). Para añadir luego unas palabras de consuelo: “Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho […]” (Hch. 3:17); haciéndose eco de las palabras de Jesús: “No saben lo que hacen”. A consecuencia del mensaje de Pedro se unieron al Señor 5000 hombres. La oración de la Cruz había sido ciertamente respondida.
No supongamos, sin embargo, que Nuestro Señor Jesucristo estaba pidiéndole a Dios que anulara los pecados de todo el mundo, en todo lugar, cualquiera que fuese su actitud: según la enseñanza de las Escrituras, el perdón implica —yaun presupone— el arrepentimiento. Su oración no pedía una anulación general de los pecados de todos aquellos que habían tomado parte en la Crucifixión, sino que decía algo así: “Padre, no interfieras con estos asesinos ni los destruyas; posterga tu juicio sobre ellos, hasta que tengan la oportunidad de comprender lo que está sucediendo y de arrepentirse de ello”.
“Perdónalos” es una palabra que en el incidente en el cual nuestro Señor reprende a sus discípulos por impedir que las madres trajeran a Él a sus pequeños, se traduce por “dejad”: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis”. Dicho de otro modo: “No interfiráis con ellos; permitidles que vengan a mí”. Así, pues, en la Cruz nuestro Salvador pidió a Dios que no interrumpiera la actuación maligna de ellos, que retrasara la acción de la justicia. Él sabía que, habiendo intercedido por los transgresores, muchos de ellos acabarían comprendiendo el significado más profundo de su muerte, y serían así “rescatados, sanados, restaurados y perdonados”.

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