Lucas 10:1-16 - El Señor de la Cosecha

Un mejor EXODO  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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Porque el Señor de la cosecha envía con autoridad soberana, la misión no depende del obrero — y porque ese reino proclamado tiene peso eterno, el mayor peligro no es la hostilidad afuera sino la familiaridad que endurece a los que recibieron más luz. I.  El envío es de Él — y por eso depende de Él  (vv.1-7)  ·  14-15 min II.  El reino que se acerca no pide permiso  (vv.8-12)  ·  12-13 min III.  El mayor peligro no es el lobo — es la familiaridad  (vv.13-16)  ·  12-13 min

Notes
Transcript

Introducción:

Bien, mis amados hermanos, buenos días para todos. Vamos a abrir nuestras Biblias en el evangelio de Lucas 10:1-16.
Pero antes de leer el texto, quiero que pensemos juntos en algo.
Hay un hombre en la Escritura que conozco muy bien — porque lo encuentro cada vez que me miro al espejo.  Era el siervo del profeta Eliseo: un hombre capaz, cercano al poder de Dios, testigo de obras que la mayoría en Israel nunca vio.
Pero había un problema que ninguna de esas obras había resuelto: confiaba más en sus propias manos que en el Dios que obraba por medio de Eliseo.
Cuando Naamán el sirio fue sanado de la lepra y le ofreció regalos que Eliseo rechazó, Giezi corrió detrás estos regalos, pensando que no podía dejar ir esa oportunidad de oro, él no consultó con el Señor, no oro, Actuó y fue detrás del pago que pensó que merecía.
Y por su falta de dependencia en Dios, la lepra que Naamán tenía vino sobre su cuerpo.
No era un hombre malvado. Era un hombre que hacía el trabajo de Dios con sus propias fuerzas. Y ese es exactamente el tipo de obrero que el Señor de la cosecha no puede usar — no porque le falte talento, sino porque le sobra autosuficiencia.
Hay otro retrato que también conozco bien. Es el retrato de Capernaum. Esta no era una ciudad impía en el sentido escandaloso. Era la base del ministerio de Jesús en Galilea. El Hijo de Dios caminó por sus calles, entró en su sinagoga, sanó a los enfermos en sus hogares. Ninguna ciudad en la historia del mundo tuvo más acceso al poder del reino. Y sin embargo, Jesús va a pronunciar sobre ella las palabras más solemnes de todo el pasaje.
Capernaum no expulsó a Jesús como Nazaret. Simplemente siguió con su vida. Los milagros se volvieron parte del paisaje. La palabra se volvió rutina. El asombro se fue apagando hasta que solo quedó la costumbre de estar cerca de alguien extraordinario sin que eso cambiara nada adentro.
Dos retratos. Dos condiciones. Y el texto de esta mañana habla directamente a las dos.
Habla al Giezi que está entre nosotros — el que sirve, evangeliza, enseña, da — pero lo hace cargando el peso de los resultados, como si la cosecha dependiera de la calidad de su servicio. El que sale a proclamar el evangelio con la sensación de que si no convence a alguien, ha fallado.
Y habla al Capernaum que también está entre nosotros — el que ha recibido tanto que ya nada lo asombra. Años bajo la Palabra fielmente predicada. Años recibiendo los sacramentos. Y sin embargo, el corazón que alguna vez tuvo hambre ahora simplemente consume — sin asombro, sin arrepentimiento.
La semana pasada vimos los tres hombres al final del capítulo 9 — el entusiasta sin raíces, el postergador piadoso, el de corazón dividido — todos con el arado en la mano y los ojos mirando hacia atrás. Y quedó en el aire la pregunta: si este es el material humano con el que cuenta el reino, ¿cómo avanza la misión?
El capítulo 10 es la respuesta de Lucas.
La misión avanza porque el Señor de la cosecha envía — a pesar del material, a través del material, soberanamente. Y en ese envío está todo lo que el Giezi y el Capernaum que hay en cada uno de nosotros necesita.
Hoy vamos a ver en nuestro texto que el Señor de la cosecha envía a los suyos con su propia autoridad — y que por eso la misión no nos pertenece, los resultados no nos pertenecen, y la carga que muchos de nosotros cargamos esta mañana no es nuestra. Pero también vamos a ver que ese reino proclamado tiene peso eterno y que el mayor peligro no está en los lobos afuera, sino en la familiaridad que endurece el corazón de los que recibieron más luz que nadie
Escuchemos la Palabra de Dios. Lucas 10:1-16
Lucas 10:1–16 NBLA
Después de esto, el Señor designó a otros setenta, y los envió de dos en dos delante de Él, a toda ciudad y lugar adonde Él había de ir. Y les decía: «La cosecha es mucha, pero los obreros pocos; rueguen, por tanto, al Señor de la cosecha que envíe obreros a Su cosecha. »Vayan; miren que los envío como corderos en medio de lobos. »No lleven bolsa, ni alforja, ni sandalias; y a nadie saluden por el camino. »En cualquier casa que entren, primero digan: “Paz a esta casa”. »Y si hay allí un hijo de paz, la paz de ustedes reposará sobre él; pero si no, se volverá a ustedes. »Permanezcan entonces en esa casa, comiendo y bebiendo lo que les den; porque el obrero es digno de su salario. No se pasen de casa en casa. »En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les sirvan; sanen a los enfermos que haya en ella, y díganles: “Se ha acercado a ustedes el reino de Dios”. »Pero en cualquier ciudad donde entren, y no los reciban, salgan a sus calles, y digan: “Hasta el polvo de su ciudad que se pega a nuestros pies, nos lo sacudimos en protesta contra ustedes; pero sepan esto: que el reino de Dios se ha acercado”. »Les digo que en aquel día será más tolerable el castigo para Sodoma que para aquella ciudad. »¡Ay de ti Corazín! ¡Ay de ti Betsaida! Porque si los milagros que se hicieron entre ustedes hubieran sido hechos en Tiro y Sidón, hace tiempo que se hubieran arrepentido sentados en cilicio y ceniza. »Por eso, en el juicio será más tolerable el castigo para Tiro y Sidón que para ustedes. »Y tú, Capernaúm, ¿acaso serás elevada hasta los cielos? ¡Hasta el Hades serás hundida! »El que a ustedes escucha, me escucha a Mí, y el que a ustedes rechaza, me rechaza a Mí; y el que me rechaza a Mí, rechaza al que me envió».

I — El envío es de Él, y por eso depende de Él  ·  vv.1-7

El versículo comienza con una palabra que nuestras traducciones suelen aplanar. Donde leemos «designó», el texto griego usa un verbo de investidura pública y solemne — el mismo que se utilizaba para establecer magistrados o sacerdotes.
El Señor no esta reclutando voluntarios. No esta convocando a los entusiastas. Está comisionando soberana y públicamente — y revistiendo a estos hombres con su propia autoridad.
Y note quién es el sujeto de la acción: el Señor.
Los setenta aparecen como objeto — son los que reciben la comisión, no los que la originan.
Esto no es un detalle gramatical menor. Nunca es la iglesia, en última instancia, la que envía. Es el Señor quien envía.
Lucas usa intencionalmente el título κύριος — el mismo que la Septuaginta utiliza para el nombre de YHWH.
Es decir: el que envía aquí es el Señor mismo. YHWH esta enviando mensajeros delante de sí, a los lugares que Él mismo va a visitar.
Esto no es nuevo. Es el patrón del Antiguo Testamento:
Éxodo 23:20 NBLA
»Yo enviaré un ángel delante de ti, para que te guarde en el camino y te traiga al lugar que Yo he preparado.
Malaquías 3:1 NBLA
«Yo envío a Mi mensajero, y él preparará el camino delante de Mí. Y vendrá de repente a Su templo el Señor a quien ustedes buscan; el mensajero del pacto en quien ustedes se complacen, ya viene», dice el Señor de los ejércitos.
Jesús no solo encaja en ese patrón — lo cumple.
Él es el Señor que viene, el Hijo eterno hecho carne, que envía mensajeros delante de sí mismo porque va en camino a Jerusalén, donde consumará el éxodo definitivo en la cruz.
Y el número no es arbitrario.70. La tabla de naciones del Génesis 10 enumera setenta pueblos — los descendientes de Noé dispersados por toda la tierra después de Babel. Lucas lo sabe. El YHWH encarnado que avanza hacia Jerusalén ya está pensando en todas las naciones, no solo en Israel. El éxodo que consumará en la cruz no es para un pueblo — es para gente de toda tribu, lengua y nación. Los setenta enviados son la primera señal visible de esta redención universal. No es todavía Pentecostés, pero ya apunta hacia allá.
Pero antes de dar instrucciones sobre la misión, Jesús dice algo que debemos notar:
Lucas 10:2 NBLA
Y les decía: «La cosecha es mucha, pero los obreros pocos; rueguen, por tanto, al Señor de la cosecha que envíe obreros a Su cosecha.
Ven la paradoja?
Él los está enviando — y les dice que oren para que el Señor envíe.
Porque hay una diferencia entre ser enviado por Jesús — y depender del Señor de la cosecha.
El mismo verbo que se usa para echar fuera demonios es el que aparece aquí para enviar obreros. Él los está enviando con autoridad soberana Y, sin embargo, el medio que Él ordena es la oración.
Y noten a quién le corresponde qué en esta misión:
el Padre tiene la mies madura — es su campo.
El Hijo arroja los obreros — es su comisión.
Y el Espíritu es quien abre los corazones donde esa Palabra da fruto — es su obra soberana.
Que lugar ocupan los obreros?
Son solo instrumentos en manos de la trinidad.
Y el título «Señor de la cosecha» no es simplemente agrícola — es escatológico. En el Antiguo Testamento, la cosecha es imagen del juicio de Dios:
Joel 3:13 NBLA
Metan la hoz, porque la cosecha está madura; Vengan, pisen, que el lagar está lleno; Las tinajas rebosan, porque grande es su maldad.
Isaías 27:12 NBLA
En aquel día el Señor trillará desde la corriente del Éufrates hasta el torrente de Egipto, y ustedes serán recogidos uno a uno, oh israelitas
Oseas 6:11 NBLA
Para ti también, oh Judá, hay preparada una cosecha, Cuando Yo restaure el bienestar de Mi pueblo.
Jesús está diciendo: el tiempo ha llegado. El campo está listo. Y el Señor está actuando ahora.
▶  Un pastor que carga sobre sus hombros los resultados de la misión confunde su rol. Un misionero solo es un heraldo, no es un gerente. Esta confusión es la que genera mas agotamiento pastoral, llevar una carga que no nos pertenece.
Luego viene la imagen más desconcertante:
Lucas 10:3 NBLA
»Vayan; miren que los envío como corderos en medio de lobos.
Lucas usa el diminutivo — corderos pequeños, crías — no simplemente ovejas. La desproporción es deliberada.
El mundo al que van los mensajeros no es un mundo neutral que espera ser persuadido. Es un mundo hostil. Y el imperativo no cambia: id.
El trasfondo está en textos judíos: un rabino respondió cómo Israel podía persistir entre los setenta lobos de las naciones: «Grande es el Pastor que los libra y destruye a los lobos delante de ellos.»
La vulnerabilidad del cordero es el espacio donde la gloria del Pastor se manifiesta.
2 Corintios 4:7 NBLA
Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros.
Las instrucciones del versículo 4 — sin bolsa, sin alforja, sin sandalias de repuesto — son la forma concreta en que el enviado expresa que el Señor provee.
La urgencia de no saludar a nadie tiene paralelo en 2 Reyes 4:29 — Eliseo a Giezi: «No te detengas a saludar a nadie.» El mensaje es tan urgente que el protocolo queda subordinado.
Al entrar a una casa, el enviado declara: «Paz a esta casa.» No es un deseo cordial — es una declaración teológica. El shalom que YHWH da a su pueblo en comunión con Él. El mensajero declara la paz universalmente; el Espíritu la aplica soberanamente sobre los hijos de paz que Él mismo ha preparado. La declaración es responsabilidad del mensajero. La aplicación eficaz es obra del Espíritu. Esa distinción libera al obrero de cargar lo que no le pertenece.
El «hijo de paz» del versículo 6 designa a alguien cuya constitución interna lo hace receptivo al shalom mesiánico. No es una virtud adquirida, no es una decisión tomada, sino una condición producida por el llamamiento eficaz del Espíritu. . El contraste está en 1 Samuel 25:25 — Nabal, cuyo nombre significa insensato, fue llamado «hijo de insensatez» rechazó al mensajero de David y recibió un veredicto sobre lo que ya era.

II — El reino que se acerca no pide permiso  ·  vv.8-12

El reino no pide permiso — pero llega por el camino que el Señor de la cosecha ha ordenado: la proclamación fiel de sus obreros. La soberanía del reino no elimina los medios — los establece.
Noten como la misma declaración aparece dos veces — en el versículo 9 cuando hay recepción, y en el versículo 11 cuando hay rechazo:
«El reino de Dios se ha acercado.»
El tiempo verbal es perfecto griego: acción completada con efectos permanentes en el presente. No «se acercará».
«Ya se ha acercado y su llegada permanece.» El reino irrumpe en la historia. Su llegada no depende de que las ciudades lo acepten.
Lo que cambia no es la realidad del reino. Lo que cambia es lo que ese reino significa para quien lo recibe o rechaza:
2 Corintios 2:15–16 NBLA
Porque fragante aroma de Cristo somos para Dios entre los que se salvan y entre los que se pierden. Para unos, olor de muerte para muerte, y para otros, olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién está capacitado?
No hay dos mensajes — hay una sola proclamación con dos efectos, determinados por la obra soberana del Espíritu en el corazón del oyente.
Cuando una ciudad recibe al enviado, dos cosas ocurren en paralelo: los enfermos son sanados y el reino es proclamado. Lucas no separa señal y palabra. La sanidad no es un truco para ganar audiencia — es la irrupción visible de que el Señor de la creación ha venido a reclamar lo que el pecado dañó.
Es el eco del éxodo antiguo — las plagas no eran simplemente prodigios, eran declaraciones: «Yo soy YHWH.» En el mejor éxodo, el Hijo sana y proclama — y ambos actos dicen lo mismo: el Rey ha llegado.
Cuando una ciudad rechaza al enviado, la instrucción es sacudir el polvo. Los judíos sacudían el polvo de tierra pagana al regresar a Israel para no contaminarse. Aquí el gesto se invierte — es el polvo de una ciudad de Israel el que se sacude, tratándola como territorio gentil.
El mensajero ha cumplido su encargo. El juicio es ahora asunto entre esa ciudad y el Señor de la cosecha.
▶  El que ha declarado fielmente la paz y ha sido rechazado no carga ese rechazo como fracaso propio. Sacude el polvo y sigue adelante — no con cinismo, sino con la confianza de que el resultado pertenece al Kyrios.
Lucas 10:12 NBLA
»Les digo que en aquel día será más tolerable el castigo para Sodoma que para aquella ciudad.
Sodoma se convirtió en paradigma del juicio divino en toda la Escritura — — lo vemos desde Génesis 19 hasta la epístola de Judas. Pero hay ciudades cuyo rechazo del evangelio las hace merecedoras de un castigo mayor. 
El comparativo «más tolerable» no implica que Sodoma escape — todos son juzgados absolutamente, pero con severidad proporcional al conocimiento recibido.
Es el principio de Romanos 2:12-16: quienes pecaron sin ley serán juzgados sin ley; quienes pecaron bajo la ley, por la ley. El privilegio pactual no es protección — es aumento de responsabilidad.
▶  Hermanos, ninguno de nosotros está en posición neutral delante de Dios. Cada vez que escucha la Palabra y sale igual, sin responder, algo pasa en su corazón: se va endureciendo. Usted ya es culpable por su pecado. Pero cuando escucha el evangelio y lo deja pasar, esa culpa se hace más seria. Hoy Dios se le está acercando en su Palabra. No la ignore.

Conclusion:

Hermanos, hemos visto esto con claridad.
El envío es de Él — y por eso depende de Él. El Señor de la cosecha es quien envía. Nosotros no sostenemos la obra. No producimos los resultados. Esa carga no es nuestra. Y muchos de nosotros necesitamos soltarla hoy.
El reino que se acerca no pide permiso. La misma Palabra que hoy se predica aquí, es vida para el que cree y es testimonio contra el que la deja pasar. Ninguno de nosotros está en una posición neutral delante de Dios.
Y el mayor peligro no está afuera. No son los lobos. Es la familiaridad. Escuchar tanto… que el corazón deja de responder. Recibir tanto… que ya nada asombra. Ese es el peligro real.
Y todo esto — el envío, la proclamación, el polvo sacudido, la paz declarada — tiene peso eterno porque hay un «aquel día» que se acerca. No es amenaza lejana. Es el lente que transforma el presente. El obrero que vive hacia ese día no puede orar con indiferencia ni proclamar sin urgencia ni esperar hasta que las condiciones sean mejores. La escatología reformada no paraliza — nos moviliza. Le da peso a cada domingo fiel, a cada conversación honesta sobre el evangelio, a cada oración al Señor de la cosecha. No porque el obrero sea importante, sino porque el mensaje lo es — y el tiempo se acorta.
Ese es el peso del texto. Pero el texto no termina en juicio — termina en el versículo 16. Y en ese versículo hay una dirección que el juicio no puede borrar.
El que ha recibido esa paz — no perfectamente, no sin luchas, no sin momentos en que el corazón también se ha enfriado — pero realmente, genuinamente, como obra del Espíritu — ese no vive bajo la amenaza de este texto. Vive bajo su confirmación.
La paz que el Señor deposita sobre el hijo de paz, Él mismo la sostiene.
No la sostiene la constancia del creyente — la sostiene la fidelidad del que envió la paz.
Esa es la perseverancia de los santos: no que el creyente nunca falle, sino que el Señor de la cosecha no abandona lo que comenzó.
El mismo Señor que pronuncia estos ayes sobre Corazín está en este momento caminando con el rostro afirmado hacia Jerusalén. Va a la cruz.
Y en esa cruz va a derramar la sangre que limpiaría a hijos de paz que todavía no saben que lo son — pecadores de Capernaum, de Betsaida, de Bogotá.
De modo que la respuesta correcta a este texto no es:
«voy a esforzarme más para no ser como Capernaum».
La respuesta es: «Señor, soy exactamente como Capernaum — dame oídos para oírte hoy.»
Sé fiel en los medios — la Palabra, la oración, la comunión de los santos, la Mesa del Señor. Y confía en que el dueño del campo es quien produce la cosecha, en su tiempo, por su gracia.
La mies es suya porque la tierra es suya. Los obreros son suyos porque la iglesia es suya. El resultado es suyo porque la gloria es suya.
Un día el Señor de la cosecha vendrá a recoger lo que sembró. Y esa cosecha final no es incierta. Fue comprada en Jerusalén. El éxodo que Cristo consumó en la cruz garantiza que todo lo que el Padre le dio, nada de ello se perderá. Los que tienen sus nombres escritos en los cielos estarán seguros en esa cosecha — no por la firmeza de su corazón, sino por la determinación del único que afirmó su rostro hacia la cruz y no retrocedió.
El que tiene oídos para oír, oiga.

III — El mayor peligro no es el lobo — es la familiaridad  ·  vv.13-16

Lucas 10:13 NBLA
»¡Ay de ti Corazín! ¡Ay de ti Betsaida!
Este es un oráculo profético — el mismo que Isaías pronunció contra las naciones (Is 5:8-22), el mismo que Amós proclamó sobre Israel misma cuando vivía en lujo mientras los pobres morían (Am 5:18; 6:1).
En el mundo del Antiguo Testamento, el ay no era una exclamación de lástima sentimental. Era la voz del profeta que hablaba en nombre de YHWH sobre un juicio inminente y cierto.
Cuando Jesús pronuncia ay, no está siendo retórico. Está hablando como el Profeta escatológico — más que Moisés, más que Elías — que anuncia el juicio de Dios con autoridad divina directa.
Corazín y Betsaida no eran ciudades alejadas de Jesús. Eran ciudades del norte del lago de Galilea donde Él había hecho sus obras más poderosas —curaciones, exorcismos, señales del reino. Y las habían visto. Y habían seguido con su vida.
La comparación con Tiro y Sidón es de una severidad extraordinaria. Ciudades fenicias paganas — prototipos gentiles de impiedad a lo largo del Antiguo Testamento — habrían respondido con saco y ceniza a lo que estas ciudades judías despreciaron con indiferencia.
El de afuera habría respondido. El de adentro no respondió.
Lucas estableció este patrón desde el capítulo 4: los de Nazaret rechazaron a Jesús mientras una viuda de Sarepta y un general sirio recibieron la gracia de los profetas (4:25-27). El pueblo del pacto que abusa del privilegio pierde la posición que las naciones nunca tuvieron.
Lucas 10:15 NBLA
»Y tú, Capernaúm, ¿acaso serás elevada hasta los cielos? ¡Hasta el Hades serás hundida!
Esta es una cita de Isaías 14:13-15 — un oráculo contra el rey de Babilonia, el monarca más poderoso de su época, que había dicho en su corazón: «Subiré hasta los cielos... seré semejante al Altísimo.» Y la respuesta de YHWH: «Mas tú derribado eres hasta el Seol.»
Ese lenguaje — reservado para el orgullo de imperios Jesús lo aplica a una aldea de pescadores pobres en el mar de Galilea.
¿Por qué? Porque el orgullo de Capernaum no era el de los ejércitos. Era el orgullo del privilegiado que da por sentado la gracia.
Bogotá tiene más congregaciones evangélicas por kilómetro cuadrado que la mayoría de ciudades de América Latina.
Esta congregación va a completar 20 años bajo una predicación expositiva fiel — más de cuarenta sermones en esta serie solamente. Años recibiendo los sacramentos administrados con integridad. Años de comunidad del pacto. Todo eso — cada domingo, cada sermón, cada acto de disciplina amorosa — es una cantidad de luz que Corazín no tuvo.
Ahora bien — seamos precisos.
Nosotros no hemos visto a Jesús caminar físicamente por las calles de Bogotá como Capernaum lo vio caminar por las suyas. La encarnación es irrepetible.
Pero la Confesión de Westminster nos recuerda que Cristo habla hoy por su Palabra, y que esa Palabra es su voz real — tan real como cuando hablaba a orillas del lago. La diferencia de modo no elimina la analogía; la sostiene.
Hemos recibido su Palabra fielmente predicada semana tras semana. Y por eso la advertencia de Capernaum nos alcanza.
Somos más parecidos a Capernaum que a Sodoma. No tenemos el problema de los que nunca oyeron. Tenemos el problema de los que oyeron tanto que comenzaron a escuchar sin oír.
La familiaridad que engendra indiferencia no es dramática — es muy silenciosa:
Inicia con la falta de asombro por Dios y su obra.
Luego con falta de arrepentimeinto constante.
Sigues viniendo los domingos, sigues saludándo a los hermanos en el pasillo — sin que nada toque el corazón de verdad.
Hermano:
▶  ¿Cuándo fue la última vez que la Palabra te asombró?
▶  ¿Cuándo fue la última vez que saliste de la Mesa del Señor quebrantado de gratitud?
▶  ¿Cuándo fue la última vez que la proclamación del reino le quitó el sueño — de gozo, o de arrepentimiento?
Hermanos, nuestro privilegio pactual no debe ser motivo de orgullo. Debe ser mas bien un motivo de sentir una mayor responsabilidad.
La cercanía al reino de Dios, sin una recepción genuina del evangelio no produce mayor seguridad. Produce mayor juicio.
Lucas 10:16 NBLA
»El que a ustedes escucha, me escucha a Mí, y el que a ustedes rechaza, me rechaza a Mí; y el que me rechaza a Mí, rechaza al que me envió».
El verbo — «desecha» — no es un rechazo pasivo.
Es desechar con autoridad, anular deliberadamente, repudiar con intención. No es «no me gustó el sermón». Es rechazo cósmico al Dios trino que habla a través de sus mensajeros.
La cadena es perfecta: el Padre envía al Hijo; el Hijo envía a los setenta; los setenta llevan la Palabra del Hijo. Rechazar al enviado es rechazar al Hijo. Rechazar al Hijo es rechazar al Padre. El predicador que sube al púlpito no lleva su propia voz — lleva la voz del que lo envió.
Pero aquí está la gloria del texto: si rechazar al mensajero es rechazar al Padre — entonces recibir al mensajero es recibir al Padre. La casa que abre su puerta a la paz del evangelio no recibe simplemente a un predicador itinerante. Recibe al mismo Señor cuya paz se proclama.
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