Unidos para la gloria de Dios

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Romanos 15:1-6

Dios siempre ha tenido un interés profundo en la unidad de su pueblo. Mediante la salvación, Él ha efectuado su unidad espiritual en un sentido real. También ha creado un sentido de comunidad basado en la participación de una misma vida eterna. Esta realidad de la conversión debería tener efecto sobre la vida de la iglesia como el ímpetu primordial que conduce a la unidad práctica.
Las Escrituras hacen énfasis en ambos aspectos. Por medio de David, el Señor proclamó: "iMirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!" (Sal. 133: 1).
La unidad de los creyentes también es algo que concierne a Dios el Hijo. Jesús dijo en una ocasión delante de una gran concurrencia de judíos: "También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor" (Jn. 10:16). En otras palabras, el plan eterno de Dios es que todos los que creen en Él se conviertan por fuera en lo que ya son por dentro, un cuerpo unificado en Él mediante la fe en su Hijo. "Pero luego que todas las cosas le estén sujetas [a Cristo]", dice Pablo, "entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos" (1 Co. 15:28).
En defInitiva, todos los que pertenezcan al Señor serán unidos por Él para conformar una comunidad grande y gloriosa con Él y unos con otros.
La unidad de su pueblo fue uno de los deseos que nuestro Salvador expresó en su oración sacerdotal: "Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros" (Jn 17:11).
Por supuesto que la unidad de la iglesia también concierne a Dios el Espíritu Santo. En el Pentecostés, el Espíritu vino con poder sobre los apóstoles e hizo su morada en ellos (Hch. 2:4), capacitándoles de manera milagrosa para hablar "las maravillas de Dios" en los idiomas nativos de la multitud de judíos de diversas partes del mundo que habían venido a Jerusalén para las festividades del Pentecostés (vv. 7-12). Después que Pedro predicó ante la gran multitud, los oyentes "se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre deJesucristo para perdón de los pecados; y recibiréismel don del Espíritu Santo" (vv. 37-38).
Con el Espíritu morando en el interior de los creyentes vino la unidad espiritual entre ellos y se expresó de inmediato en el servicio mutuo y abnegado. Las cerca de "tres mil almas" que creyeron el evangelio y fueron salvas ese día “perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones ... Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos" (vv. 41-42, 44-47).
En los días que siguieron, mientras los apóstoles y en especial Pedro y Juan continuaron predicando, "la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común ... Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad" (Hch. 4:32, 34-35).
No existe evidencia de que esta práctica de la iglesia naciente de Jerusalén se convirtiera en la norma a seguir para otras iglesias en aquel tiempo o que haya continuado de manera indefinida aun en Jerusalén, pero la unidad espiritual y la ausencia total de egoísmo que fue una realidad en esos primeros creyent debería distinguir a todos los cristianos y a todas las congregaciones de todas las épocas.
En su carta a los efesios Pablo declaró que nosotros "con toda humildad y mansedumbre" debemos "soportarnos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz" (4:2-3).
A la iglesia facciosa y disidente que estaba en Corinto, Pablo escribió: "Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer" (1 Co. 1:10).
Pedro amonesta a los cristianos a que sean "todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables" (1 P. 3:8). En su primera carta Juan hace énfasis en la relación que existe entre la unidad espiritual y la luz divina de la Palabra de Dios: "Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros" (1 Jn. 1 :7). También subraya la relación que existe entre la unidad y el amor, el amor de Dios por nosotros y nuestro amor a Dios y de unos a otros. "En esto hemos conocido el amor", dice el apóstol, "en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad" ( 1 Jn. 3:16-18; cp. 4:11, 20-21).
Aparte del pecado abierto, nada destruye tanto la comunión, el crecimiento espiritual y el testimonio de una congregación como la discordia entre sus miembros. Romanos 15 continúa con la enseñanza de Pablo acerca de la importancia fundamental de la unidad en la iglesia
Para que haya unidad debemos soportar a los demás (v.1a)
Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles
Opheilio (debemos) transmite el significado básico de tener una deuda o una obligación apremiante. Se empleó en Hebreos 5:3 como referencia a la responsabilidad única que tenía el sumo sacerdote en Israel.
Bastazo (soportar) se refiere a levantar y llevar una carga. En su sentido literal se usó en "un hombre que lleva un cántaro de agua" (Mr. 14-13), y para referirse a llevar un hombre (Hch. 21 :35), y también en sentido figurado en cuanto a llevar un yugo de obligación (Hch. 15: 10).
Por lo tanto, soportar las flaquezas de hermanos en la fe no es algo que se limite a tolerar esas flaquezas sino que implica ayudarles a sobrellevar esas debilidades, absteniéndose de criticar o condescender, y mostrando respeto frente a opiniones o prácticas sinceras con las que podamos no estar de acuerdo.
La idea es mostrar una consideración genuina, amorosa y práctica hacia otros creyentes. No debemos discutir por asuntos sin importancia o criticar a quienes aun puedan ser sensibles con relación a una antigua práctica religiosa o tabú. La interdicción se dirige a creyentes maduros para que por voluntad propia y con actitud de amor se abstengan de ejercer su libertad de maneras que puedan ocasionar ofensas innecesarias contra las conciencias de hermanos y hermanas en Cristo que son menos maduros.
2. Para que haya unidad no debemos agradarnos a nosotros mismos (vv.1b-2)
y no agradarnos a nosotros mismos. 2Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación
El uso correcto de la libertad cristiana, que es entendido y apreciado por el creyente fuerte, involucra con mucha frecuencia el sacrificio de uno mismo. Cuando nuestra motivación verdadera es agradar a Cristo ayudando a "soportar las flaquezas de los débiles" (v. la), podemos esperar que en algún momento tendremos que renunciar al ejercicio de libertades legítimas cuando al ejercerlas podamos hacer daño a un hermano o hermana débil.
El Señor ha designado que nuestra relación con Él sea de todo corazón, por lo cual en su gracia nos otorga libertad de las cadenas de las supersticiones religiosas, y aun de ciertas restricciones y cuestiones ceremoniales externas que Él había instituido como símbolos, pero que ahora b<!:io el nuevo pacto ha declarado cumplidas en Cristo e inválidas en sí mismas. Aparte de todo lo que en sí mismo sea pecaminoso, hemos recibido de Dios la libertad para hacer lo que pueda agradarnos.
No obstante, el Señor no concede esas libertades individuales para que nos dediquemos a agradarnos a nosotros mismos de una manera egoísta. Él las otorga para beneficio de su iglesia entera. Cada creyente tiene la misma libertad en Cristo que tiene cualquier otro creyente, pero debido a que los creyentes son muy diferentes entre sí en cuanto a conocimiento y madurez espiritual, el ejercicio desatento de una libertad por parte de un miembro puede ocasionar un gran daño a la conciencia y el bienestar espiritual de otro miembro, y aun al bienestar de una congregación entera.
Pablo estuvo afligido por la iglesia de los fIlipenses cuando escuchó que algunos de sus miembros, qué al parecer ocupaban posiciones de liderazgo e influencia, se caracterizaban porque buscaban "lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús" (Fil. 2:21). No era que estuviesen enseñando mala doctrina o llevando vidas inmorales, sino que se preocupaban mucho por sus propios intereses y muy poco por los intereses de sus hermanos en la fe. Por esa razón Pablo declaró que estaban muy poco interesados en procurar "lo que es de Cristo Jesús" mismo y su iglesia.
3. Para que haya unidad debemos imitar a Cristo (vv.3-4)
Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo; antes bien, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperaban, cayeron sobre mí. 4Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza.
El "sentir ... en Cristo Jesús" a que se refiere el apóstol tiene que ver con el hecho de que ni aun Él siendo Dios se agradó a sí mismo. Es la actitud que Pablo procede a explicar en su carta a los fIlipenses. Durante su encarnación, a pesar de seguir "siendo en forma de Dios, [Cristo] no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Fil. 2:6-8). A pesar de su vida perfecta y sin pecado, Jesús podía decir junto a David, pero con un alcance infinito en comparación: Los vituperios de los que te vituperaban, cayeron sobre mí. (cp. Sal. 69:9).
Si Jesús hubiera querido agradarse a sí mismo en lugar de a su Padre, no se habría despojado de su gloria para convertirse en un hombre y mucho menos en un siervo. Sin embargo, con algo que podríamos entender como una gran añoranza Él pidió en oración: "Ahora, pues, Padre, glorificame tú alIado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese" (Jn. 17:5). Momentos antes de ser arrestado en el huerto de Getsemaní, Él imploró a su Padre: "Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa", haciendo referencia a llevar sobre sí los pecados del mundo en su crucifixión; sin embargo, Él no había venido a la tierra para agradarse a sí mismo, y por esa razón añadió: “pero no sea como yo quiero, sino como tú" (Mt. 26:39; cp. He. 5:7).
En los cuatro evangelios es evidente que el propósito supremo de Jesús fue agradar a su Padre y cumplir la voluntad de su Padre, pero su resolución abnegada puede observarse de la manera más explícita en el registro de Juan. Jesús dijo a los doce: "Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra" (Jn. 4:34).
A diferencia de nuestro Señor, nosotros no tenemos el poder para poner y tomar otra vez nuestras vidas, pero como ya se indicó, sí somos capaces, con el poder del Espíritu, de ser conformados a Cristo y tener en nosotros “este sentir que hubo también en Cristo Jesús" (Fil. 2:5). Por ese mismo poder del Espíritu, estamos en capacidad de ser conformados a Cristo en su disposición resuelta de agradar a Dios a cualquier costo. Por lo tanto, esa disposición voluntaria de agradar al Señor a pesar de los malos entendidos, el ridículo, la calumnia, la estrechez, la persecución y hasta la muerte, es lo que debería distinguir a cada creyente.
4. Para que haya unidad debemos dar gloria a Dios (vv.5-6)
Pero el Dios de la paciencia y de la consolación os dé entre vosotros un mismo sentir según Cristo Jesús, 6para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
En esta bendición, Pablo pide al Señor que dé a sus hermanos creyentes en Roma un mismo sentir según Cristo Jesús entre todos ellos. Al igual que la paciencia y la consolación, la armonía que Dios requiere es algo que Él también está dispuesto a suministrar.
En su llamado a los creyentes para tener entre vosotros un mismo sentir en Cristo Jesús, el apóstol está hablando de unidad en relación con cuestiones sobre las que la Biblia guarda silencio o situaciones cuya validez haya caducado. Son desacuerdos innecesarios sobre asuntos no esenciales lo que genera conflictos entre creyentes fuertes y débiles. Por esa razón Pablo continúa instando a que los creyentes, a pesar de sus opiniones divergentes, sean amorosos, espirituales y armoniosos como hermanos entre todos, que se propongan tener un mismo sentir según su Salvador y Señor en común, Cristo Jesús. El cumplimiento de este mandato es posible gracias al poder de Dios.
El propósito supremo de la unidad cristiana, por otra parte, no es agradar a otros creyentes, por esencial que esto sea, sino agradar sobre todo lo demás al Señor, tanto en el interior como en el exterior, tanto a escala individual como corporativa. Es solo cuando todos los que pertenecemos a su pueblo estamos unánimes y le adoramos a una voz, que glorificamos de manera plena y verdadera al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
Por medio de una gracia más allá de nuestra comprensión, nuestro Señor Jesucristo hizo esta oración a su Padre en nuestro favor:
... para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mi y yo en ti que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste, la gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mi para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. (Jn. 17:21-23)
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