El candelabro

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Introduccion

En la enseñanza anterior La mesa de los panes abordamos brevemente lo que Jesús mismo declaró:
Juan 14:27 NTV
27 »Les dejo un regalo: paz en la mente y en el corazón. Y la paz que yo doy es un regalo que el mundo no puede dar. Así que no se angustien ni tengan miedo.
Esta paz no es simplemente la ausencia de conflicto, sino una realidad espiritual profunda que surge de la reconciliación con Dios a través de su sacrificio.
Es una paz que trasciende las circunstancias externas, permitiendo que los creyentes experimenten tranquilidad incluso en medio de pruebas y dificultades.
Esta paz tiene múltiples dimensiones.
Primero, la paz vertical: la reconciliación entre Dios y la humanidad mediante la cruz de Cristo, eliminando la enemistad causada por el pecado.
Segundo, la paz interna: la quietud del espíritu que viene de saber que estamos justificados y aceptados en Cristo.
Tercero, la paz horizontal: la capacidad de vivir en armonía con otros, reflejando la reconciliación que hemos experimentado.
Pablo escribió que “Experimentaremos la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, o que supera Todo lo que podemos entender”
Filipenses 4:7 NTV
7 Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y su mente mientras vivan en Cristo Jesús.
Esta paz actúa como una fortaleza espiritual que protege nuestras emociones y pensamientos.
Es especialmente relevante recordar este regalo cuando reflexionamos sobre el tabernáculo y sus Tipologia que nos lleva a mostrarnos a Cristo: toda la estructura apunta hacia Cristo, cuya obra consumada nos proporciona esta paz completa y eterna que ningún otro poder puede arrebatarnos.
El maná del desierto, que descendió del cielo para alimentar a Israel durante cuarenta años, es explícitamente identificado por Jesús como un tipo de sí mismo. Él declaró: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre” (Juan 6:35).
Este pan celestial no era meramente sustento físico, sino una manifestación de la provisión divina y el cuidado de Dios por su pueblo.
Nuestros pastores y maestros, al igual que los sacerdotes del tabernáculo que mantenían el candelabro encendido y disponían el pan de la proposición en la mesa sagrada, tienen la responsabilidad delante de Dios de presentar a Cristo—el verdadero Pan de Vida—a la congregación semana tras semana y dia a dia en nuestra vida diaria, pero déjeme agregar lo siguente, eata tarea nos concierne a todos.
La mesa que se prepara es espiritual: mediante la predicación fiel de la Palabra, la administración de sus dones, y el pastoreo amoroso, ofrecen a los creyentes el alimento que sustenta sus almas.
Esta continuidad desde el tabernáculo hasta la iglesia contemporánea subraya que Dios siempre ha buscado alimentar a su pueblo espiritualmente.
Así como Israel estaba representado en los panes de la mesa de la proposición y dependía del maná para su supervivencia en el desierto, la iglesia depende de Cristo—comunicado fielmente por sus ministros—para su crecimiento y fortaleza espiritual a travez de su palabra lo cual nos exhorta constantemente y una de ellas la bibla lo expresa en:
1 Pedro 1:16 NTV
16 Pues las Escrituras dicen: «Sean santos, porque yo soy santo».
Pablo esta replicando lo citando en:
Levítico 11:44–45 NTV
44 Pues yo soy el Señor tu Dios. Debes consagrarte y ser santo, porque yo soy santo. Así que no te contamines al tocar cualquiera de estos animales pequeños que corren por el suelo. 45 Pues yo, el Señor, soy quien te sacó de la tierra de Egipto para ser tu Dios; por lo tanto, sé santo porque yo soy santo.
Este pasaje establece un fundamento para todos nosotros debido a que la santidad no es una opción en nuestras vidas sino una consecuencia natural de pertenecer a Dios.
No se trata de perfección legalista, sino de una separación progresiva del pecado y una dedicación creciente a la voluntad divina. Esta santidad nos hace radicalmente diferentes porque nos lleva a reflejar el carácter del Dios santo.
Jesús complementa esta verdad con palabras directas: “Vosotros sois la luz del mundo... Que brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:14-16).
Aquí conectamos nuevamente con el simbolismo del candelabro: así como el candelabro del tabernáculo iluminaba el lugar santo, los creyentes somos portadores de la luz de Cristo destinados a iluminar las tinieblas del mundo.
Esta diferencia visible es intencional. No se trata de aislamiento, sino de contraste luminoso. Nuestras acciones santas, nuestro carácter transformado, nuestro amor sacrificial—todo esto brilla precisamente porque el mundo vive en oscuridad espiritual.
El propósito no es la autopromoción sino la glorificación de Cristo a travez de nuestras vidas.
Cuando otros ven en nosotros la evidencia de una vida radicalmente diferente, transformada por Cristo e irradia su luz, son atraídos hacia la fuente de esa luz: nuestro Padre celestial y estos nos conecta direcamnete con el candelabro de oro puro dado que simboliza la naturaleza divina de Cristo.
En el corazón simbólico del Antiguo Testamento el uso de la luz y la oscuridad es la conexión que el texto hace entre la luz y la presencia personal de Dios y la oscuridad representa todo lo que se opone a Dios.
Este enlace comienza tempranamente en
Génesis 1:2–3 NTV
2 La tierra no tenía forma y estaba vacía, y la oscuridad cubría las aguas profundas; y el Espíritu de Dios se movía en el aire sobre la superficie de las aguas. 3 Entonces Dios dijo: «Que haya luz»; y hubo luz.
Dios crea luz para servir como límite a la oscuridad. Aquí la luz no solo se vincula instantáneamente con la presencia de Dios, el vínculo de la luz con el Creador también actúa como un vínculo simbólico entre la luz y la vida. Si la luz simboliza la presencia de Dios, y Dios es el autor de la vida, entonces seguramente donde Dios está, hay luz y la vida abunda.
y esto me lleva a meditar en la siguiente pregunta
¿Porque la oscuridad, no se puede medir y la luz si?
La razón fundamental por la que la luz se puede medir pero la oscuridad no es porque, científicamente, la luz es una forma de energía tangible (fotones), mientras que la oscuridad es simplemente la ausencia de esa energía
Aunque el pasaje de Éxodo describe instrucciones técnicas para su construcción, la biblia nos muestra cómo esta pieza del tabernáculo prefigura a Jesús de varias maneras significativas.
La naturaleza divina sin medida. No se proporcionan dimensiones para el candelabro, porque la luz divina no tiene medida terrenal.
El oro puro representa la naturaleza eterna de Cristo como Dios—ilimitado, todopoderoso, omnisciente y omnipresente, más allá de toda medida humana.
Cristo como luz del mundo. La naturaleza divina de Cristo se expresa tanto en el oro como en la luz, siendo esta última la expresión de la naturaleza y presencia de Dios.
Jesús mismo declaró: “Yo soy la luz del mundo”. Cristo es el verdadero candelabro que vino al mundo para dar luz e iluminación, siendo el único capaz de sacar a las personas de la oscuridad del pecado y la muerte, otorgándoles la luz de la salvación y la vida2.
Luz necesaria para el servicio de Dios. El tabernáculo no tenía ventanas; la única luz provenía del candelabro de oro, lo que significa que toda la luz en el santuario era la luz de Dios mismo1. Los sacerdotes realizaban su trabajo bajo esta luz, ilustrando que el servicio a Dios solo puede realizarse por su propia luz1.
La belleza del sufrimiento redentor. El candelabro fue martillado desde una sola pieza de oro, técnica que se relaciona con Cristo, conectando con cómo Jesús fue “aplastado” en nuestro favor
En la teología cristiana, la luz del candelabro (menorá) representa múltiples dimensiones de la presencia y naturaleza divina. Los israelitas concibieron siempre la luz como un signo del Dios que está presente, patente y oculto, haciendo surgir de la tiniebla todas las cosas que existen.1
El simbolismo del candelabro se despliega en varias direcciones. Simboliza el árbol de la vida2, conectando el mobiliario del templo con la creación original. Como árbol de vida de Dios, el candelabro se presenta con sus siete ramas (una central, tres a cada lado), cada una de las cuales termina en una copa-flor, con el fruto de su cáliz y corola abiertos hacia el cielo, que es como la luz de Dios para los hombres.3 Las siete ramas lo relacionan con el número siete, tan importante en la creación.2
Fundamentalmente, la menorá es un símbolo concreto de Dios mismo, la fuente de luz.4 Dios es luz, y su luz simboliza su presencia y su santidad.5 Los sacerdotes debían mantener esta lámpara encendida continuamente, lo que significaba la presencia continua de Dios.5
Para los cristianos, esta simbología se
proyecta hacia Cristo y la comunidad de fe. Esta luz vino después a habitar entre nosotros como luz de los hombres en Jesús.5 Más ampliamente, su rico simbolismo representa la luz de Dios irradiando hacia el mundo del hombre, el poder de la visión y la comprensión que viene a los creyentes en Dios, tanto judíos como gentiles, a través de la Palabra de Dios.4 Israel fue llamado a reflejar su luz a las naciones, y nosotros también debemos mostrar la gloria de Dios en palabras y hechos.
“Que brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”
Para mantener las lámparas del candelabro encendidas, se utilizaba aceite puro de oliva1. Este aceite era prensado y filtrado a través de telas para producir un aceite claro que ardería brillantemente en las siete lámparas de oro del candelabro.
El pueblo de Israel tenía la responsabilidad de proveer el aceite3, mientras que Aarón y sus hijos debían mantener las lámparas encendidas toda la noche en la presencia del Señor4. Los sacerdotes tenían un deber solemne de asegurarse de que había suficiente aceite en las lámparas cada noche y mechas adecuadas para que permanecieran encendidas brillantemente durante la noche hasta el amanecer2.
Teológicamente, el aceite puro representa los dones y virtudes del Espíritu, que se comunican a todos los creyentes desde Cristo, el buen olivo, de cuya plenitud todos hemos recibido3. Sin el Espíritu, nuestra luz no puede alumbrar delante de los hombres3. El hecho de que esta fuera una ley perpetua para el pueblo de Israel, que debía cumplirse de generación en generación4, subraya la importancia de mantener constantemente la presencia luminosa de Dios en el santuario, simbolizando que la divinidad nunca descansa ni se aparta de su pueblo.
Los textos bíblicos no especifican explícitamente de dónde obtenían el fuego inicial para encender las lámparas del candelabro. Sin embargo, hay un contexto importante que sugiere la fuente.
En Levítico 6, Dios ordenó tres veces que el fuego del altar debía “mantenerse encendido” continuamente sin apagarse.1 Esta instrucción repetida apunta a que el fuego del altar del holocausto era la fuente primaria de fuego sagrado en el tabernáculo. Es razonable inferir que los sacerdotes tomaban fuego de este altar para encender las lámparas del candelabro, manteniendo así una conexión simbólica entre ambos elementos del santuario.
Una luz encendida en el lugar santísimo por la noche señalaba la presencia de Dios, al igual que el fuego y los relámpagos en el Sinaí, la columna de fuego por la noche y la llama de fuego en la zarza ardiente representaban su presencia.2 Este simbolismo del fuego como manifestación divina refuerza la importancia de que el fuego utilizado fuera sagrado y procediera del altar consagrado.
En el tabernáculo del desierto la presencia de Dios estaba representada por el fuego de la menorá, el candelabro que estaba en el lado sur del lugar santo, y los sacerdotes se aseguraban de que esas lámparas nunca se apagaran.1 El cuidado meticuloso de mantener el fuego encendido permanentemente sugiere que el fuego provenía de una fuente controlada y sagrada dentro del santuario, probablemente del altar de holocausto que ardía continuamente.
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