Jonás 4
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Introducción
Introducción
En 1949 se publicó el libro El héroe de de las mil caras, del escritor estadounidense Joseph Campbell. En dicho libro se describe un patrón o estructura narrativa que está presente en muchísimas historias y mitos de todas las épocas y que Campbell llamó “el viaje del héroe”. Describe el recorrido de transformación que vive un protagonista al enfrentar una gran aventura. Comienza cuando el héroe abandona su mundo cotidiano tras recibir un “llamado”, atraviesa pruebas, enemigos y aprendizajes —generalmente con la ayuda de mentores y aliados—, enfrenta una crisis decisiva que lo cambia profundamente y finalmente regresa transformado, trayendo consigo un conocimiento, poder o experiencia que beneficia a otros. Este esquema sigue apareciendo en novelas y películas modernas como Star Wars o El Señor de los Anillos, porque conecta con experiencias humanas universales como el crecimiento, el sacrificio y la madurez.
Si analizamos los primeros tres capítulos del libro de Jonás podríamos pensar que nos muestra este mismo patrón. El profeta recibe un llamado para ir a predicar a Nínive pero desobedece y se va en dirección opuesta; luego enfrenta una gran crisis (es tragado por un gran pez) que lo transforma profundamente (como podemos ver en su oración del cap. 2) y finalmente va a Nínive a cumplir con su misión, lo que produce como resultado la salvación de toda la ciudad. Si el libro terminara aquí, tendríamos el “viaje del héroe” perfecto.
Pero la Biblia no es un mito ni una novela. Dios quiso que el libro de Jonás tuviera un capítulo 4 que nos muestra la realidad del corazón de Jonás.
El enojo de Jonás (vv. 1-4)
El enojo de Jonás (vv. 1-4)
El cap. 3 concluye con uno de los mayores avivamientos de la historia. Una ciudad de miles de personas, una de las más grandes de la antigüedad, se arrepintió de su pecado y se volvió a Dios. Uno pensaría que el profeta estaría lleno de felicidad al ver el resultado de su predicación… pero la realidad es otra.
Pero Jonás se apesadumbró en extremo, y se enojó. Y oró a Jehová y dijo: Ahora, oh Jehová, ¿no es esto lo que yo decía estando aún en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis; porque sabía yo que tú eres Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal. Ahora pues, oh Jehová, te ruego que me quites la vida; porque mejor me es la muerte que la vida. Y Jehová le dijo: ¿Haces tú bien en enojarte tanto? Y salió Jonás de la ciudad, y acampó hacia el oriente de la ciudad, y se hizo allí una enramada, y se sentó debajo de ella a la sombra, hasta ver qué acontecería en la ciudad.
¡Jonás está furioso! Dios se había “arrepentido” de su juicio a los ninivitas y los había perdonado. Los enemigos del pueblo de Israel no habían recibido el castigo que se merecían.
NOTA: El “arrepentimiento” de Dios no es lo mismo que el arrepentimiento humano, sino una respuesta ante el cambio de actitud de las personas al escuchar el mensaje que se les había entregado. No era una profecía sino una advertencia.
Jonas está tan enojado que comienza a sacarle en cara a Dios lo que había hecho. Le dice: “¿no es esto lo que yo decía estando aún en mi tierra?” (v. 2a); en otras palabras, “¡yo sabía que esto iba a pasdar!”. Peor aún: le reclama a Dios por su ser “clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal” (v. 2b). Y para ese reclamo utiliza ni más ni menos que las palabras con las que Dios se describió a sí mismo a Moisés cuando le entregó las tablas de la ley por segunda vez:
Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad;
Moisés utilizó estas mismas palabras para pedirle a Dios que no destruyera al pueblo de Israel que había sido rebelde:
Ahora, pues, yo te ruego que sea magnificado el poder del Señor, como lo hablaste, diciendo: Jehová, tardo para la ira y grande en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebelión, aunque de ningún modo tendrá por inocente al culpable; que visita la maldad de los padres sobre los hijos hasta los terceros y hasta los cuartos. Perdona ahora la iniquidad de este pueblo según la grandeza de tu misericordia, y como has perdonado a este pueblo desde Egipto hasta aquí.
Esta misma misericordia de Dios enojó a Jonás, aunque poco antes le había librado de su situación desesperada en el vientre del pez, como él mismo había declarado en su oración del cap. 2:
Los que siguen vanidades ilusorias,
Su misericordia abandonan.
Mas yo con voz de alabanza te ofreceré sacrificios;
Pagaré lo que prometí.
La salvación es de Jehová.
Después de haber hecho una de las declaraciones teológicas más grandes, “la salvación es de Jehová”, ahora Jonás le reclama a Dios por haber salvado a Nínive.
¿Por qué el enojo de Jonás era tan grande? Humanamente hablando, tenía motivos para desear el castigo de Nínive. Pero lo que él olvidó es que sus pecados (la desobediencia al mandato de Dios y todos los demás que no conocemos) lo hacían a él mismo tan merecedor del juicio de Dios como los ninivitas. Jonás veía el pecado de los demás pero no era consciente de la gravedad de su propio pecado. Estaba teniendo la misma actitud del fariseo de la parábola de Jesús:
El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.
Aplicación: Es fácil que quienes hemos sido salvados por la gracia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, olvidemos de dónde fuimos rescatados y nos convirtamos en jueces de los demás. Somos muy conscientes de la “paja que está en el ojo de tu hermano”, pero nos cuesta mucho ver la “viga que está en tu propio ojo” (Mt 7:3). Necesitamos recordar la misericordia que Dios tuvo (y sigue teniendo) con nosotros para poder ser misericordiosos con los demás.
Hasta tal punto llegó el enojo de Jonás que tuvo lo que solo puede describirse como una pataleta digna de un niño inmaduro: le pide a Dios que le quite la vida (v 3).
Cuando era chico viví en Uruguay tres años, ya que mi padre estuvo pastoreando una iglesia UCB en Paysandú y en Colonia del Sacramento. En el primer año allá, una hermana de la iglesia llegó a la casa con regalos para los hijos del pastor; es decir, mi hermana pequeña y yo. No recuerdo qué fue lo que me trajo a mí, pero sí recuerdo que a mi hermana le llevó una especie de pinturas en un envase que tenía forma de lápiz gigante. Yo me enojé tanto por el regalo que le habían dado a mi hermana que no quise ni siquiera mirar el regalo que me habían traído a mí y me puse a llorar y a hacer un berrinche. Obviamente, el resultado fue que mi hermana se quedó con su regalo, la hermana de la iglesia quedó triste por mi actitud y a mí me castigaron
La respuesta de Dios ante esta actitud de Jonás es una pregunta: “¿Haces tú bien en enojarte tanto?” (v 4). El profeta había estado contento cuando Dios fue misericordioso con él, pero no cuando esa misma misericordia se mostró hacia sus enemigos.
Aplicación: Muchas veces nuestro enojo responde sólo a nuestro egoísmo y orgullo. Nos enojamos porque las cosas no se hacen como nosotros queríamos, porque sentimos que no nos están respetando, etc. El pecado no está en la ira en sí misma (Jesús se enojó), sino en la motivación del corazón y en la forma en que actuamos cuando estamos enojados.
Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo.
Finalmente Jonás se hizo una enramada afuera de la ciudad y se sentó allí a la sombra, esperando a ver si en una de esas Dios cambiaba otra vez de opinión y destruía a Nínive (v. 5).
Todo esto nos muestra que el corazón de Jonás realmente no había sido transformado por su experiencia reciente. Era necesario que Dios siguiera trabajando con su profeta rebelde.
La lección de Dios (vv. 6-11)
La lección de Dios (vv. 6-11)
Y preparó Jehová Dios una calabacera, la cual creció sobre Jonás para que hiciese sombra sobre su cabeza, y le librase de su malestar; y Jonás se alegró grandemente por la calabacera. Pero al venir el alba del día siguiente, Dios preparó un gusano, el cual hirió la calabacera, y se secó. Y aconteció que al salir el sol, preparó Dios un recio viento solano, y el sol hirió a Jonás en la cabeza, y se desmayaba, y deseaba la muerte, diciendo: Mejor sería para mí la muerte que la vida. Entonces dijo Dios a Jonás: ¿Tanto te enojas por la calabacera? Y él respondió: Mucho me enojo, hasta la muerte. Y dijo Jehová: Tuviste tú lástima de la calabacera, en la cual no trabajaste, ni tú la hiciste crecer; que en espacio de una noche nació, y en espacio de otra noche pereció. ¿Y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?
Dios preparó una “lección objetiva” para Jonás. Para eso utilizó una calabacera (una planta de rápido crecimiento y hojas grandes que da mucha sombra) y un gusano.
NOTA: Es interesante observar que en el libro de Jonás todos hacen la voluntad de Dios... excepto el profeta de Dios.
Los marineros echaron suertes y fueron dirigidos por Dios para que la suerte cayera sobre Jonás.
El gran pez estuvo en el momento y lugar preciso que Dios le mandó para tragarse a Jonás, y luego lo llevó al punto exacto en que tenía que vomitarlo.
Los ninivitas, desde el rey hasta el último ciudadano, escucharon la advertencia de Dios y se arrepintieron de su pecado.
La calabacera creció en el momento y lugar que Dios determinó.
El gusano hirió a la calabacera precisa en el momento preciso que Dios le ordenó.
La lección de Dios para Jonás tenía varios propósitos:
Mostrarle su propio egoísmo. Jonás no se preocupaba por la calabacera porque fuera un amante de la naturaleza, sino porque le daba sombra. Él se alegraba por las bendiciones que recibía para sí mismo (ser librado del gran pez, recibir sombra en un día soleado), pero no estaba interesado en el bien de los miles de habitantes de Nínive.
Mostrarle su propio inconformismo. El profeta no estaba dispuesto a aceptar las circunstancias que Dios había determinado para él. Si las cosas no se daban como él quería, prefería morir. Su actitud contrasta fuertemente con la del apóstol Pablo: “he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación (Flp 4:11).
Mostrarle su falta de misericordia. En Nínive había “más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda” (probablemente referencia a niños o a la ignorancia de ellos) “y muchos animales” (v. 11). Pero Jonás sólo quería que Dios ejecutara un juicio devastador sobre ellos.
Aplicación: ¿Qué tanto nos vemos reflejados en Jonás? ¿Somos también nosotros egoístas, inconformistas y faltos de misericordia? Por ejemplo: ¿somos fieles testigos de Cristo
El libro de Jonás termina con un “final abierto”. No sabemos qué ocurrió después con el profeta. Podemos especular que, ya que el libro contiene detalles que sólo pudieron ser conocidos por su protagonista, es probable que luego se haya arrepentido y haya escrito él mismo el libro, o se lo haya transmitido a un tercero que finalmente lo escribió (inspirado por el E.S.).
Pero esto también tiene una aplicación para nosotros. Si te has visto reflejado en Jonás, si sientes que este libro podría haberse llamado “Christian” (o Jorge o Pablo o...), ahora tienes la oportunidad de escribir el siguiente capítulo (como Frodo le dice a Sam al final de El Señor de los Anillos).
Conclusión
Conclusión
La semana pasada hablamos del sentido de la vida y cómo éste se encuentra en Cristo y en la obediencia a sus mandamientos. Fuimos desafiados a ser hacedores y no solamente oidores.
Gracias a Dios por el capítulo 4 de Jonás, porque nuestro corazón se parece al de él. Que el Señor nos mueva a examinarnos a nosotros mismos y a dejarnos transformar por el E.S.
