Cuando tus pies resbalan
Cuando el cielo calla • Sermon • Submitted • Presented
0 ratings
· 8 viewsNotes
Transcript
Salmos 73
Salmos 73
Los salmos del 73 al 83 constituyen una pequeña colección de himnos asociados con el nombre de Asaf. Sabemos poco acerca de él, aparte del hecho de que fue uno de los principales cantores, que llegó a ser uno de los directores del “Coro Nacional de Jerusalén” (1 Cr. 15:17, 19; 16:4, 5); y también ejerció un don profético (2 Cr. 29:30).
Lo que sí sabemos acerca de Asaf estimula un deseo de conocerle mejor, y eso, en gran parte, porque él probablemente no sería la elección más obvia para el director de un coro hoy en día.
Tendemos a pensar en cristianos con mucha confianza en sí mismos, extravertidos, optimistas y llenos de energía, como los candidatos con más posibilidades para dirigir los coros de nuestras iglesias: ¡y no es difícil entender por qué es así! Asaf, sin embargo, parece haber sido todo lo contrario: con poca confianza en sí mismo, introspectivo, melancólico, y con muchas luchas. ¡No precisamente un material muy prometedor para un director de música en una congregación metropolitana!
Desde la oscuridad de las profundidades llegó a ver la gloria brillante de las alturas de la gracia. Aquí, en el Salmo 73, tenemos uno de los más profundos de todos los salmos.
Asaf empieza con lo que a primera vista parece ser un tópico: “Ciertamente es bueno Dios para con Israel” (v. 1). No hay ninguna declaración que sea más fundamental para nuestra fe o, dicho sea de paso, más evidente que ésta.
Sin embargo, como ocurre con muchos de los salmos, las primeras palabras no son meramente la introducción al tema; ponen de manifiesto la conclusión a la que por fin ha llegado la fe. Ha llegado, podríamos añadir en el caso de Asaf, como resultado de una enorme lucha.
La declaración de Asaf acerca de la bondad de Dios es, efectivamente, su tema; pero sus convicciones respecto a ello sólo se confirmaron, lenta y dolorosamente, a través de una crisis de fe. Es más: hay momentos cuando esa fe casi parece derrumbarse. A Asaf le sobrecoge la dificultad de creer en la bondad de Dios en un mundo como éste. Se queja de que la vida de fe sea “en vano” (v. 13); de que se llenara “de amargura su alma” (v. 21); y de que su corazón desfallezca (v. 26).
Así que, cuando este mismo Asaf es quien nos dice que Dios es bueno, sabemos que realmente lo cree. No está hablando, a la manera del avestruz, con su cabeza enterrada en la arena, desestimando totalmente el mundo real. Él ha estado “ahí fuera”, y lo ha experimentado. Sabe cómo es. Ha pasado por el laberinto de las experiencias amargas de la vida, y ahora vuelve para decirnos: “Sí, pero aún puedo decir: ‘Es bueno Dios para con Israel.’ ”
El salmista pasó por la desilusión
La mayoría de nosotros sabemos lo que es subir una cuesta, o un árbol, o aun una escalera, y de repente poner mal el pie. Sólo es el pie el que se desliza, pero en ese momento está en peligro el equilibrio de todo nuestro cuerpo. Luego, al recuperar el equilibrio, nos damos cuenta de lo cerca que estuvimos de perderlo todo.
Pues Asaf llegó a sentirse así espiritualmente: “Casi se deslizaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos” (v. 2). En un momento, se sentía seguro; al momento siguiente, parecía que no había tierra firme debajo de él.
Al final se daría cuenta del porqué. Había plantado sus pies sobre un terreno teológicamente poco fiable.
“Me he equivocado al poner los pies.” Había dado por sentado que si Dios es bueno para con su pueblo, entonces –claro está– el pueblo de Dios será bendecido y prosperará. La obediencia a Dios llevará a la abundancia material, al igual que la desobediencia llevará a la pobreza: así, al menos, había pensado él.
Hay algo en todo esto que suena muy al día. El mensaje del “evangelio de la prosperidad” es que Dios nos quiere prosperar y hacernos felices; si le damos a Él, Él nos dará a nosotros el deseo de nuestro corazón: salud, riquezas y felicidad. De hecho, todo el propósito del Evangelio es capacitarnos para poder cantar: “…y ahora soy feliz todo el día.” El sufrimiento no forma parte de ello. Eso dicen.
“¿Por qué prosperan los impíos?” Dos cosas conmocionaron a Asaf: en primer lugar se dio cuenta de que, al contrario de todo lo que le habían llevado a creer, realmente había personas impías que prosperaban; y en segundo lugar, tuvo la experiencia de ser bruscamente despertado al hecho de que ¡él les tenía envidia!
¿Qué fue lo que vio Asaf? Vio a aquellos que desprecian a Dios, su Palabra, y a su pueblo, prosperando más que aquellos que le aman y le sirven. Aquéllos parecen haber tenido la mayor parte de la buena suerte; hasta parecen sufrir menos apuros; entre ellos se encuentra la mayoría de “la gente guapa”:
4 Porque no tienen congojas por su muerte,
Pues su vigor está entero.
5 No pasan trabajos como los otros mortales,
Ni son azotados como los demás hombres.
Ellos van fortaleciéndose cada vez más. Rezuman orgullo y, sin embargo, parecen prosperar cada vez más en el sentido material; aplastan a los que se les oponen; parecen ser capaces de tragarse el Cielo y la Tierra; “Sin ser turbados del mundo, alcanzaron riquezas” (v. 12).
Mientras tanto, los piadosos están entre la espada y la pared:
He sido azotado todo el día,
Y castigado todas las mañanas (v. 14).
Me pregunto qué edad tendría Asaf. Da la impresión que hasta entonces no se había percatado de la prosperidad de los impíos; pero ahora empezaba a fijarse en ello. Estaba empezando a preguntar si la vida de fe realmente merecía la pena, y aun si tenía sentido.
En las vidas de muchos hombres y mujeres comprometidos con Cristo hay momentos cuando surgen preguntas parecidas a éstas. Puede ser que tú seas uno de ellos. Has estado viviendo para Cristo, sirviéndole, obedeciendo su Palabra. Éstas han sido las cosas más importantes en la vida para ti. Desde tus años de adolescente, o tal vez de estudiante, el hacer su voluntad ha sido el impulso dominante en tu vida, por mucho sacrificio que implicase.
Tuve envidia de los arrogantes,
Viendo la prosperidad de los impíos…
Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón, Y lavado mis manos en inocencia;
Pues he sido azotado todo el día… (vv. 3, 13, 14).
¿Dónde está la bondad de Dios para con su pueblo en todo esto?
En su momento de duda, Asaf estaba en una situación de peligro. Sentía que estaba perdiendo la seguridad del sitio donde tenía puestos los pies. Pero por fin estaba siendo auténtico. Más tarde descubriría que lo que veía no era toda la verdad y, por tanto, no la auténtica verdad. Pero en ese momento a él le parecía bastante auténtico y, al expresar eso sinceramente, estaba dando el primer paso para solucionar el problema.
2. El salmista pasó por un malentendido
Asaf intentó desesperadamente encontrarle sentido a su mundo, pero reconoce: “Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí” (v. 16). Ahora, mientras busca descubrir la mano de Dios, se da cuenta de que ha sido culpable de un serio malentendido: no tanto de la naturaleza humana como de la sabiduría y los caminos de Dios.
Se había olvidado de que no era más que una criatura. Había intentado interpretar sus experiencias con su propia sabiduría, y el esfuerzo sólo le produjo un dolor de cabeza.
Más tarde nos dice que acabó con un corazón dolido y un espíritu amargado (v. 21). Ahora vio lo que había hecho tal como era: se había comportado “como una bestia” (v. 22), torpe e ignorante. Había pensado que podría solucionar su problema contestando su pregunta: “¿Por qué están pasando estas cosas?” Pero llegó a aprender que su problema sólo podría solucionarse si se acordaba de quién era él mismo: una simple criatura, con un entendimiento limitado y, sin embargo, una criatura que pertenecía a un Dios de entendimiento infinito, en quien se podía confiar que cumpliría sus propios propósitos perfectos.
Job descubrió lo mismo de un modo algo más dramático. Él también se había puesto a intentar comprender por qué sufren los justos, sólo para sentir que estaba dando con la cabeza contra una pared.
Entonces respondió Jehová a Job desde un torbellino, y dijo:
¿Quién es ése que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría?
Ahora ciñe como varón tus lomos; yo te preguntaré, y tú me contestarás
(Job 38:1–3).
Job, al igual que Asaf, ha estado cuestionando a Dios; ¡sí, cuestionando a Dios! Como si un niño estuviera en una posición donde pudiera comprender todo lo que había planeado su padre.
El Señor pone luego delante de Job una magnífica visión de las maravillas de su creación. Es un teatro en el cual manifiesta la brillantez de su sabiduría. Esto humilla el orgullo de Job.
1Respondió Job a Jehová, y dijo:
2 Yo conozco que todo lo puedes,
Y que no hay pensamiento que se esconda de ti.
3 ¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento?
Por tanto, yo hablaba lo que no entendía;
Cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía.
4 Oye, te ruego, y hablaré;
Te preguntaré, y tú me enseñarás.
5 De oídas te había oído;
Mas ahora mis ojos te ven.
6 Por tanto me aborrezco,
Y me arrepiento en polvo y ceniza. (Job 42:1–6)
Al igual que Job, Asaf se había olvidado de su identidad. Había perdido de vista el hecho de que era hijo de Dios. Los caminos de Dios para con sus hijos no son los que sus hijos elegirían en su sola sabiduría propia. Pero eso no es de extrañar: los propósitos y las metas de Dios también son diferentes de los que el mundo persigue. A Él le importa más el carácter de sus hijos que sus riquezas; su compromiso es hacer que se semejen a Cristo, y no que se sientan satisfechos; lo que desea es su progreso en la obediencia, más que su prosperidad material.
Por fin, Asaf cayó en la cuenta de que su primer razonamiento era una negación de todo lo que significaba pertenecer a la familia de Dios:
Si dijera yo: Hablaré como ellos,
He aquí, a la generación de tus hijos engañaría
(v. 15).
3. El salmista descubrió algo maravilloso para su vida
16Cuando pensé para saber esto, Fue duro trabajo para mí…17Hasta que entrando en el santuario de Dios, Comprendí el fin de ellos. (vv.16-17)
¿Qué fue esta experiencia en el santuario? Todo el que estudia en serio este salmo hace esa pregunta; no es de extrañar que se hayan sugerido una gran variedad de respuestas.
Puede ser que ocurriera algo dramático mientras estaba en el recinto del Templo. ¿Acaso vio, literalmente, “el fin” de los impíos? ¿Murió alguno de ellos repentinamente, de un infarto, mientras participaba hipócritamente en un culto de adoración? ¡Vaya sitio para morir los impíos!: ¡en la presencia del Dios vivo en cuyas manos es “horrenda cosa” caer!
¿O es que Asaf tuvo una experiencia parecida a la de Isaías? ¿Sintió de nuevo al Señor como exaltado y entronizado en medio de las alabanzas de su pueblo (cf. Sal. 22:3 BJ)? No lo sabemos.
Sin embargo, lo que sí parece seguro es esto: en la presencia de Dios, en medio de su pueblo adorador, llegó a ver la vida desde una perspectiva totalmente distinta. Para ser más exacto, ahora llegó a ver las cosas tal como parecen a la luz de la eternidad: incluida la verdad acerca de aquellos cuyo estilo de vida había envidiado antes. En un instante de iluminación divina, llegó a comprender su destino final.
18 Ciertamente los has puesto en deslizaderos;
En asolamientos los harás caer.
19 ¡Cómo han sido asolados de repente!
Perecieron, se consumieron de terrores.
4. El salmista encontró satisfacción
El destino de los impíos le ha quedado claro a Asaf en la presencia de Dios; así también el futuro del creyente, tanto ahora como después. Dios corregirá todas las injusticias. El salmo de Asaf termina con una hermosa expresión de fe acompañada de contentamiento. Ya no más está mirándose fijamente a sí mismo y apoyándose en sus propios recursos para interpretar sus experiencias; está más bien mirando fijamente el carácter y los caminos de Dios en la hermosura de su santidad.
El corazón de Asaf puede desfallecer; pero el Señor es todo para él. Siempre está a su lado, y le toma de la mano cuando está en peligro de caer (v. 23). Le guía con los consejos de su Palabra ahora; más tarde le llevará a su gloria
23 Con todo, yo siempre estuve contigo;
Me tomaste de la mano derecha.
24 Me has guiado según tu consejo,
Y después me recibirás en gloria.
25 ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?
Y fuera de ti nada deseo en la tierra.
26 Mi carne y mi corazón desfallecen;
Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.
Con los ojos abiertos, Asaf vio “tribulación… angustia… persecución… hambre… desnudez… peligro… espada” (Ro. 8:35). “Sí”, responde, “pero Dios es bueno para con Israel.” Si este Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?
