De la comodidad a la promesa
Tiempo después de Pentecostés • Sermon • Submitted • Presented
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1 Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré.2 Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. 3 Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra. 4 Y se fue Abram, como Jehová le dijo; y Lot fue con él. Y era Abram de edad de setenta y cinco años cuando salió de Harán. 5 Tomó, pues, Abram a Sarai su mujer, y a Lot hijo de su hermano, y todos sus bienes que habían ganado y las personas que habían adquirido en Harán, y salieron para ir a tierra de Canaán; y a tierra de Canaán llegaron. 6 Y pasó Abram por aquella tierra hasta el lugar de Siquem, hasta el encino de More; y el cananeo estaba entonces en la tierra. 7 Y apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Y edificó allí un altar a Jehová, quien le había aparecido. 8 Luego se pasó de allí a un monte al oriente de Bet-el, y plantó su tienda, teniendo a Bet-el al occidente y Hai al oriente; y edificó allí altar a Jehová, e invocó el nombre de Jehová. 9 Y Abram partió de allí, caminando y yendo hacia el Neguev.
Introducción
Introducción
Muchas personas que salieron sus países lo hicieron con la esperanza de encontrar un mejor futuro. En nuestros países se escucha acerca de un país lleno de oportunidades, donde hay trabajo, la posibilidad de un mejor salario y una vida de paz y seguridad.
Se emigra del país, dejando la tierra, la familia, en ocasiones el hogar buscando la realización social o económica en lo que se ha conocido como el “sueño americano”. Una mirada rápida al texto que hoy leímos podría hacernos identificar con la historia de Abraham. Un hombre de Ur de los Caldeos a quien Dios le pide dejar su tierra y su parentela e iniciar un camino a un lugar desconocido.
La diferencia entre una y otra situación radica en quien llama. Hemos salido de nuestro país por nuestra propia voluntad o por las circunstancias sociales y políticas mientras que en el caso de Abraham, ha tenido que salir de su tierra por un llamado de Dios.
Este contraste es muy similar al que nos presenta el capítulo 11 de Génesis, la construcción de la Torre de Babel, con la lectura de hoy, en donde Dios llama a un hombre por la gracia para ser el padre de todas las familias de la tierra.
Babel, simboliza el uso de las capacidades humanas desligadas de Dios, los habitantes de la tierra aprendieron a hacer asfalto para mezclar y ladrillos horneados al fuego. Su propósito era construir una torre que llegará hasta el cielo. Un estilo piramidal de vida en el que el mandato de “administrar la tierra” no se cumpliría. De alguna forma, podríamos simbolizar la migración con ese mismo deseo de comodidad con la que se estaba construyendo la torre de Babel. No porque emigrar sea malo en sí mismo, ni porque buscar el pan para nuestros hijos sea un pecado. El problema surge cuando, sin darnos cuenta, trasladamos nuestra fe de Dios hacia el 'sistema'. Cambiamos los ídolos de nuestros países de origen por el ídolo del consumo, creyendo que la dignidad humana depende del color de un billete o del estatus social, y no de Aquel que nos diseñó. Al igual que en Babel, corremos el riesgo de desgastar la vida construyendo torres de comodidad material, olvidando que fuimos llamados a ser administradores de la gracia del Reino
Hoy, Dios nos confronta a todos —tanto a los que cruzamos fronteras geográficas como a los que cruzan fronteras espirituales— para recordarnos que la verdadera promesa no se encuentra en la economía de ninguna nación, sino en la fidelidad de Su Nombre. Por eso, a la luz del viaje de Abraham, examinemos hoy tres marcas de nuestro propio llamado: una renuncia necesaria, una obediencia en camino y una vida sostenida en el altar.
1. Un llamado que exige renuncia (v. 1-3)
1. Un llamado que exige renuncia (v. 1-3)
Como ya se ha dicho, Abraham fue llamado por Dios para ser una gran nación. A cualquiera de nosotros nos llamaría la atención el hecho de ser reconocidos y de dejar un gran legado. Sin embargo, Dios no comienza con la promesa. Exige la renuncia cultural, de la seguridad económica y de la familiaridad. Dejar la tierra, los parientes y la casa, implicaba dejar cualquier tipo de seguridad y economía.
Esto implica romper con costumbres y desligarse de acciones que no son coherentes con el llamado de Dios. El llamado para Abraham implicaba vaciarse a si mismo para poder ser lleno de Dios.
Esta no es una lucha sencilla. Nosotros, que somos inmigrantes sabemos lo difícil que es estar lejos de nuestra tierra. La sensación de tomar café mirando las montañas cafeteras en Colombia con el olor de la mañana no se puede comparar ni reemplazar por ninguna experiencia en los Estados Unidos. El hecho de poder abrazar a los seres queridos, despedirlos y llorarlos cuando fallecen, no se puede compensar con una vídeollamada. Esto nos permite encarnar el texto y comprender por lo que Abraham pasaría a lo largo de su viaje.
En ese sentido, Abraham dejará lo visible por lo invisible cambiando sus sensaciones creyendo en la promesa de Dios. Dicha promesa es la que sustentará el camino que Abraham comenzará. Ahora si, la promesa toma fuerza. Sin embargo, lo que Dios promete es formar a Abraham: haré de ti una persona con buen nombre, buena reputación que prosperará y será de bendición.
Esta parte de la promesa no solo implica renunciar a los arraigos sino que, además, implica la disposición para dejar que Dios trabaje con nosotros. Es de está forma que Dios respalda, cuida, protege y da seguridad.
2. Una obediencia que camina con nosotros (v. 4-6)
2. Una obediencia que camina con nosotros (v. 4-6)
La respuesta de Abraham al llamado de Dios es clara, comenzó su viaje, porque la fe se vive caminando. Abraham no podía esperar un GPS o un mapa, debía comenzar su viaje, la forma de aceptar el llamado de Dios es comenzando a caminar. Quizás Abraham tendría muchas dudas, seguramente, su alma se desgarraba al dejar su tierra y su familia, pero la fe, que le fue contada por justicia, animó el corazón de Abraham para moverse.
Un aspecto importante en el llamado, es que Dios no desecha lo que somos. Abraham salió con lo que había trabajado, con sus pertenencias y con su esposa. Dios. incluso, respetó el deseo de llevarse a Lot, su sobrino, de quien luego tendría que separarse.
Este viaje no era fácil para Abraham, el tenía setenta y cinco años, no entendía como se iba a cumplir la promesa de descendencia pero se preparó para viajar. De la misma forma, el Señor nos llama con lo que somos y con lo que tenemos. Para él nuestra historia de vida es importante, nuestros logros y nuestros esfuerzos son valiosos y servirán durante ese camino del llamado de Dios.
Ahora bien el camino no era fácil. el versículo 6 nos dice que Abraham llegó a Siquén y que allí vivían los cananeos. Canaán representaba la idolatría y el choque cultural para Abraham. De esta forma, Abraham encuentra oposición en el camino.
Ser obedientes a Dios requiere tener la firmeza y la convicción de reconocer a quien servimos porque en el entorno encontramos oposición, sin embargo comenzar el viaje en obediencia abre el camino del respaldo de Dios.
3. Un viaje que se sostiene en la adoración (v. 7-9)
3. Un viaje que se sostiene en la adoración (v. 7-9)
La obediencia a Dios es posible, en la carta a los romanos Pablo manifiesta que Abraham creyó contra toda esperanza. En este caso, la edad si importa, salir de la comodidad del hogar a una forma de incertidumbre teniendo 75 años no es lo mismo que hacerlo cuando se tiene 25 o, incluso, 35.
¿Cómo podía sostenerse Abraham? Lo hace a través de la adoración. el Texto nos muestra dos momentos en donde refiere a Abraham adorando. La adoración es la base y el alimento para la fe. En este punto de la lectura podemos comprender que la acción obediente de Abraham estaba fundamentada en su relación con Dios más que en la promesa de Dios.
El encuentro con Dios en Siquén, es importante para Abraham porque allí Dios confirma su promesa: “yo daré esta tierra a tu descendencia”. Allí en dónde estaban los cananeos, en medio de las dificultades del entorno. Abraham decide edificar un altar para Dios.
El segundo momento en el que vemos a Abraham adorando es entre Betel y Hai, allí Abraham levanta un altar. Dos cosas importantes debemos destacar en este episodio: en primer lugar, edificar un altar significa construir un lugar fijo para la adoración, en medio de la incertidumbre de la vida, Abraham pone cimientos al altar para recordar la comunión con Dios es permanente. Esto hace contraste con la acción de instalar la tienda, el lugar donde dormiría no era un lugar fijo, porque Abraham, al igual que nosotros era peregrino y sabía que debía continuar su camino.
En segundo lugar, Abraham se instala en las montañas entre Betel (casa de Dios) y Hai (Ruinas), es el contraste de la vida de la fe, la tensión entre estar en la casa de Dios y las ruinas de un mundo que se desmorona a nuestra vida y del cual somos participes. En medio de esa tensión estamos permanentemente y solo a través de la adoración podemos encontrar esperanza y fe.
Conclusión
Conclusión
La carta a los Romanos nos dice que Abraham camino creyendo y que su fe le fue contada por justicia. No hay duda de que Dios cumplió a Abraham, no en vano es el padre de la fe.
Nosotros, también hemos sido llamados por Dios para anunciar las buenas noticias, la paz y la reconciliación. A nosotros también se nos ha pedido que renunciemos a nuestros arraigos, no a que nos desconectemos, pero si a la renuncia de las acciones que no son coherentes con el amor de Dios en el mensaje del evangelio. Nosotros también debemos caminar en obediencia y en adoración.
Y no caminamos solos. Aquel que le hizo la promesa a Abraham se hizo carne, habitó entre nosotros como un peregrino sin tener dónde recostar su cabeza, y murió en una cruz para que hoy, sin importar nuestro estatus migratorio, seamos ciudadanos eternos del Reino de Dios. En Cristo, la promesa está garantizada
Es tiempo de levantar un altar a Dios en nuestro diario caminar, en la familia, en nuestro trabajo, en la iglesia. Es tiempo de mirar como están nuestros altares y a quien estamos adorando, quizás sea pertinente preguntarnos:
¿Estamos invirtiendo más energía en asegurar nuestra "tienda" en este país que en levantar nuestro "altar" para Dios?
¿Hemos reemplazado, en el afán del trabajo, el tiempo de adoración en nuestros hogares?
Es un tiempo precioso para mirar a Dios, volver a él y escucharlo a él.
