Sermón sin título (52)

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Capítulo 3 — El hombre: imagen y caída

"He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones." — Eclesiastés 7:29
No sé si a usted le ha pasado que, en un momento de honestidad, se mira por dentro y no le gusta del todo lo que ve. No hablo de la imagen en el espejo. Hablo de eso otro: la palabra cortante que no debió salir, el pensamiento que usted no le confesaría a nadie, la envidia que sintió cuando a otro le fue bien, la facilidad con que se justifica a sí mismo y juzga a los demás. Usted se sorprende a sí mismo y piensa: ¿de dónde salió eso? Yo no quiero ser así. Y al mismo tiempo, en otro momento, usted hace algo noble, ama de verdad, se conmueve ante la belleza, se indigna ante la injusticia, y siente que fue hecho para algo más alto que lo que vive. Esas dos cosas conviven en usted. Una grandeza y un desajuste. Una altura y una caída.
El mundo le ofrece dos explicaciones, y las dos le quedan cortas. La primera le dice que usted, en el fondo, está bien. Que no hay nada de verdad torcido en su corazón, que solo necesita quererse más, ser auténtico, soltar las culpas que le metieron, descubrir su mejor versión. Es la explicación que halaga, y por eso vende. Pero no le explica por qué, por más que usted lo intenta, sigue haciendo lo que no quiere. La segunda explicación le dice lo contrario: que usted no es más que un animal afortunado, un montón de química con ínfulas, y que eso que usted llama bien y mal es un invento útil, una ilusión del cerebro. Esa explicación tampoco le sirve, porque no le explica de dónde salen su sed de sentido, su asombro, su indignación ante la maldad. Si usted es solo química, no hay grandeza que celebrar ni maldad que llorar. Y usted sabe, por dentro, que las dos cosas son reales.
La Biblia le cuenta una historia más extraña y más verdadera que esas dos. Le dice que usted es, a la vez, gloriosamente hecho y trágicamente caído. Las dos cosas, juntas. Hecho a imagen de Dios, y rebelde contra Él. Solo esa historia explica lo que usted siente: la grandeza, porque lleva la huella de Dios; y el desajuste, porque esa huella está rota. Ya vimos que Dios ha hablado, y vimos quién es ese Dios. Ahora viene la pregunta que sigue, y que es sobre usted: ¿quién es usted delante de ese Dios? La Escritura responde con dos verdades, y usted necesita oír las dos, en su orden. La primera lo levanta. La segunda lo derriba. Y solo cuando las haya oído las dos, entenderá por qué necesita un Salvador, y por qué esa es la mejor noticia del mundo.

Hechos a imagen de Dios

Empecemos por lo alto, porque ahí empieza la Biblia. Cuando Dios creó todo lo demás, dijo "sea", y fue. Pero cuando llegó a usted, se detuvo, y dijo algo distinto: "Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza" (Génesis 1:26). De todo lo que Dios hizo, el sol, los océanos, los animales, las galaxias, solo de una criatura dijo que la haría a su imagen. Y esa criatura es usted. Deténgase en el peso de eso. Usted no es un accidente de la química. No es un animal un poco más listo que los otros. No es una máquina de carne. Usted lleva, estampada en lo más hondo de su ser, la huella del Dios vivo. Por eso vale lo que vale. No porque sea útil, no porque produzca, no porque alguien lo apruebe. Vale porque es imagen de Dios.
Y esa dignidad no se gana ni se pierde por el rendimiento. La lleva el niño que aún no ha nacido y el anciano que ya no recuerda su propio nombre. La lleva el más brillante y la lleva el que el mundo descarta. La lleva el rey y la lleva el mendigo de la esquina. Por eso quitar una vida humana es algo tan grave: "porque a imagen de Dios es hecho el hombre" (Génesis 9:6). Tocar a un hombre es tocar la imagen de Dios. Esa es la raíz más honda de toda dignidad humana, y el mundo, que la ha cortado de su raíz, ya no sabe muy bien por qué el hombre vale. Nosotros sí lo sabemos.
¿Y qué significa ser imagen de Dios? Significa, entre otras cosas, que usted fue hecho para conocerlo, para parecerse a Él, para vivir en comunión con Él y para representarlo en el mundo. Dios puso al hombre como una especie de virrey de la creación, para gobernarla bajo Él, para cultivarla y cuidarla. Pero antes que para gobernar, usted fue hecho para Dios mismo. El Catecismo lo dice en su primera línea, y conviene que la lleve grabada: el fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre. Usted no fue hecho para vivir centrado en usted. Fue hecho para vivir vuelto hacia Dios, reflejándolo como la luna refleja al sol, encontrando en Él su gozo. Y al principio fue exactamente así. "Dios hizo al hombre recto" (Eclesiastés 7:29). Salió de las manos de Dios derecho, limpio, en paz con su Creador, sin nada torcido por dentro. Conocía a Dios. Hablaba con Dios. No tenía miedo de Dios. Caminaban juntos en el huerto, al aire del día.
Y conviene detenerse un poco más en lo que usted es, porque el mundo lo ha achicado. Dios le dio un alma racional e inmortal, capaz de conocer la verdad, de amar, de elegir, de adorar. Le dio una conciencia, esa voz interior que aprueba y acusa, porque grabó en su corazón el conocimiento de su ley, de modo que aun los que nunca tuvieron una Biblia "muestran la obra de la ley escrita en sus corazones" (Romanos 2:15). Por eso usted sabe, sin que nadie se lo enseñe, que la crueldad está mal y que la lealtad está bien; lo sabe porque lleva adentro la firma del Legislador. Y lo hizo para amar y ser amado, para vivir en relación, primero con Dios y después con los otros, porque el Dios que es comunión de tres Personas hizo a su imagen a un ser que no está completo en soledad.
Y hay algo más, que prepara todo lo que viene. Dios no puso al hombre en el huerto y se desentendió; lo puso en una relación, en un pacto. Le dio todo, le señaló una sola prohibición, y dejó implícita una promesa: confía en mí, obedéceme, y vivirás. Aquel árbol del que no debía comer no era una trampa caprichosa. Era la manera diaria de decir "tú eres la criatura y yo soy el Creador", la prueba sencilla de un corazón que confía y ama. Mientras el hombre se mantuviera en esa confianza, todo estaba en su lugar: comunión, vida, gozo. Y, en cierto sentido, toda la Biblia gira sobre esa relación de pacto: Dios se compromete con su criatura y le pide una sola cosa que lo resume todo, confiar y obedecer. Recuérdelo, porque la caída será, antes que nada, la ruptura de esa confianza.
Y aquí hay algo que explica esa inquietud que usted carga y que nunca termina de calmar con nada. Si usted fue hecho para Dios, entonces ningún sustituto le va a llenar el hueco que tiene la forma de Dios. Lo ha intentado, todos lo intentamos. Llenamos ese vacío con trabajo, con dinero, con placer, con relaciones, con likes, con logros, y por un rato parece que sirve, y luego el vacío vuelve, intacto, pidiendo más. Un sabio antiguo, después de buscar a Dios mucho tiempo, lo dijo así: nos hiciste para ti, y nuestro corazón anda inquieto hasta que descanse en ti. Esa inquietud suya no es un defecto que haya que medicar. Es la forma del Dios para quien usted fue hecho. Le pregunto entonces, antes de seguir: usted, que fue hecho para Dios, ¿ha vivido para Él, o ha vivido para mil cosas pequeñas que nunca le alcanzaron?

La caída

Pero la cosa no se quedó así. Y usted lo sabe, porque lo siente todos los días. Algo pasó.
El tercer capítulo de la Biblia cuenta lo que pasó, y no como un cuento ni como una metáfora bonita del "viaje de cada quien". Cuenta un hecho, real, que ocurrió: un hombre real, en un huerto real, ante un mandato real de Dios, escogió rebelarse. Dios le había dado todo, un mundo entero, y le había puesto un solo límite, una sola manera de decir cada día "tú eres Dios y yo no": un árbol del que no debía comer. Y entonces entró la serpiente, y con ella, la mentira más vieja del mundo, la misma que a usted le susurran todavía hoy.
Escuche bien cómo trabaja esa mentira, porque es la misma que usted oye por dentro. Primero pone en duda la palabra de Dios: "¿Conque Dios os ha dicho...?" (Génesis 3:1). ¿Será que de verdad Dios dijo eso? ¿No estarás exagerando? Después pone en duda la bondad de Dios: Dios te está escondiendo algo bueno, Dios te limita por egoísmo, Dios no quiere lo mejor para ti. Y por último, la oferta: "seréis como Dios" (Génesis 3:5). Serás más libre sin Él. Serás más tú mismo si tú mandas. Tú sabes mejor que Dios lo que te conviene. Esa es la mentira. Que usted estará mejor, más pleno, más libre, sin Dios, siendo el dios de su propia vida. Es la mentira que se tragó Adán. Y es, si somos honestos, la mentira que usted y yo nos creemos cada vez que pecamos: en el fondo de todo pecado está la sospecha de que Dios nos está privando de algo bueno, y la decisión de tomarlo por nuestra cuenta.
Y note bien qué clase de cosa es el pecado, porque solemos pensarlo demasiado en pequeño. El pecado, en su raíz, no es primero un acto; es una vuelta del corazón. Antes de que la mano tomara el fruto, el corazón ya se había dado la vuelta: dejó de mirar a Dios como su centro, su confianza y su gozo, y se puso a sí mismo en el trono. El acto no fue más que el fruto visible de esa vuelta invisible. Y eso es lo que sigue siendo el pecado en usted hoy: no apenas portarse mal, sino vivir vuelto hacia sí mismo en lugar de hacia Dios, ser uno mismo el centro de su propio universo. Por eso se puede pecar siendo muy correcto por fuera: basta con que el corazón esté vuelto hacia sí mismo.
Y quizá usted piense que comer de un fruto fue un asunto menor, casi una travesura, y que Dios reaccionó con demasiada dureza. Pero eso es porque medimos el pecado por el tamaño del acto, cuando hay que medirlo por el tamaño de Aquel contra quien se comete. Ofender a un desconocido en la calle es una cosa; ofender a su propia madre es otra; la gravedad sube según quién es el ofendido. ¿Y contra quién se cometió aquel pecado, y contra quién se cometen los suyos? Contra el Dios infinito, eterno y santo que vimos en el capítulo anterior, su Creador, el dueño de cada respiro que usted da. Por eso el pecado no es una falta pequeña. Es alta traición contra el Rey del universo. Es decirle, a Aquel que lo sostiene a usted en el ser, "no quiero que reines sobre mí". Hasta que usted no vea contra quién peca, no entenderá por qué su pecado es tan grave, ni por qué hizo falta una cruz para perdonarlo.
Ahora bien, aquí viene una verdad difícil, pero usted necesita entenderla, porque sin ella no se entiende ni el evangelio. Adán no cayó como un individuo más, como uno cualquiera entre muchos. Cayó como cabeza, como el representante de toda la raza humana delante de Dios. Lo que él hizo, lo hizo por todos nosotros, como un presidente firma un tratado en nombre de todo un pueblo. Por eso dice Pablo: "Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres" (Romanos 5:12). Quizá usted proteste, y es natural: ¿por qué tengo yo que cargar con lo que hizo Adán? Es una objeción honesta. Pero piense en esto antes de rechazarla. Así fue como Dios dispuso a la humanidad, en solidaridad con una cabeza que nos representa. Y resulta que ese mismo principio, el que nos condena, es nuestra única esperanza. Porque si caímos en un solo hombre, también podemos ser salvados en un solo Hombre. Si quedé arruinado por la desobediencia de Adán sin haber estado yo allí, entonces puedo ser justificado por la obediencia de Cristo sin haberla hecho yo. El principio que lo hunde es el mismo que lo rescata. Guárdelo, porque a él volveremos.
¿Y qué se perdió en esa caída? Casi todo. La imagen de Dios en el hombre no se borró del todo, fíjese bien, porque todavía hoy es un crimen matar a un hombre y todavía hoy nos repugna la injusticia; la huella sigue ahí. Pero quedó rota, desfigurada, como una moneda de oro que pasó por el fuego y quedó retorcida: se reconoce el rostro del rey, pero está deformado. Se rompió la comunión con Dios: lo primero que hicieron Adán y Eva fue esconderse de Él entre los árboles, y fueron echados del huerto. Y entró la muerte. La muerte del cuerpo, sí, que un día nos alcanza a todos. Pero antes, y peor, la muerte del alma: quedar separados del Dios que es la vida. Eso es lo que pasó. Y eso es lo que usted heredó.

El pecado y la miseria

Y ahora tengo que decirle lo más incómodo de este capítulo, porque sin esto el resto no sirve de nada. Lo que pasó en aquel huerto no es solo historia antigua. Es el diagnóstico de su propio corazón, hoy.
Usted no nació neutral, una página en blanco que el ambiente luego ensució. Usted nació ya torcido, con la naturaleza heredada de Adán. David, el rey, lo confesó de sí mismo sin maquillaje: "He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre" (Salmo 51:5). Escúchelo bien, porque va contra todo lo que el mundo le repite. Usted no se volvió pecador la primera vez que pecó. Usted pecó porque ya era pecador, desde el vientre. El pecado no es solo algo que usted hace; es algo que usted es, antes de hacer nada. El pecado no aparece primero como conducta aprendida desde afuera; brota de una inclinación que ya traemos en el corazón. La corrupción no se aprende. Se hereda.
Aquí los reformados usamos una expresión que conviene entender bien, porque casi siempre se entiende mal: la depravación total. No quiere decir que usted sea tan malo como podría llegar a ser, ni que no quede en usted nada noble, nada bello, ningún afecto bueno. Eso sería falso, y ya dijimos que la imagen de Dios no se borró. Lo que quiere decir es otra cosa, y es más seria: que el pecado tocó todo lo que usted es. Su mente, su voluntad, sus afectos, su cuerpo, todo quedó afectado, nada quedó intacto, ningún rincón se salvó. Y la consecuencia es demoledora: usted, por sí mismo, con sus solas fuerzas, no puede agradar a Dios ni salvarse a sí mismo. Pablo no dice que estábamos enfermos, ni débiles, ni un poco caídos. Dice que estábamos "muertos en delitos y pecados" (Efesios 2:1). Muertos. Y un muerto no se reanima a sí mismo. Una fuente envenenada no se purifica sola.
Y aquí tengo que detener en seco la respuesta que usted, que yo, que todos llevamos lista. La respuesta del mundo, y muchas veces la de la religión, ante este desajuste, es: esfuérzate más. Échale ganas. Voltea la página. Sé más disciplinado, ponte metas, mejora tus hábitos. Pero esa respuesta no toca el problema, porque el problema no está en la conducta, está en la naturaleza. Un muerto no puede esforzarse más por vivir. Una fuente amarga no produce agua dulce por más que apriete. Si lo que está mal en usted fuera solo lo que hace, bastaría con cambiar lo que hace. Pero lo que está mal es lo que es, y eso usted no se lo puede cambiar a sí mismo. Esta es la diferencia entre el evangelio y todas las religiones de autoayuda del mundo. Las demás le dicen: arréglate. El evangelio le dice: estás muerto, y necesitas que Alguien te resucite.
Y no piense, por favor, que esto es sobre los otros, sobre los malos de verdad, los de la cárcel, los del noticiero. Eso está en usted y está en mí. El hombre más respetable y el peor criminal pertenecen a la misma raza caída. Muchas veces los separan la oportunidad, los frenos externos y la providencia de Dios; no una naturaleza limpia en uno y sucia en el otro. Mírese de verdad, sin el maquillaje con que solemos mirarnos, y ahí están: el orgullo que quiere ser el centro, la envidia que se amarga con el bien ajeno, la lujuria, la mentira pequeña y cómoda, el usar a los demás para lo que me sirven, la indiferencia hacia Dios mientras me ocupo de mil cosas. Y fíjese en algo que asusta: los hombres más religiosos que se cruzaron con Jesús, los que ayunaban y diezmaban y se sabían las Escrituras, fueron muchas veces los más ciegos y los más lejos del reino. Porque el corazón sabe disfrazar de virtud su propia rebelión. El pecado más peligroso no es el del que sabe que está sucio; es el del que se cree limpio.
Y aquí hay que decir algo que nos quita la última excusa. Usted podría pensar: bueno, si nací así, si heredé esta naturaleza, entonces en realidad soy una víctima, un pobre arrastrado por algo que no escogí. Pero no es así, y su propia conciencia lo sabe. Usted no peca a la fuerza, contra su voluntad, como quien es empujado por la espalda. Usted peca porque quiere. Ama su pecado. Lo disfruta, lo defiende, lo acaricia, vuelve a él una y otra vez. Esa es la parte más oscura del diagnóstico, y también la más justa: no somos prisioneros inocentes que querrían ser libres y no pueden. Jesús lo dijo sin anestesia: "los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas" (Juan 3:19). Ahí está a la vez la condenación y la justicia de Dios al condenarnos. No es solo que no podamos acercarnos a la luz por nosotros mismos; es que, además, la luz nos estorba, y la rechazamos. Nuestra esclavitud es una esclavitud que amamos.
Y no se consuele pensando que usted es la excepción, que en el fondo no es tan grave, que comparado con otros no le va tan mal. La Escritura cierra esa puerta de golpe: "No hay justo, ni aun uno... no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno" (Romanos 3:10-12). Ni uno. No es que la mayoría falle y unos pocos buenos se salven. Fallamos todos, sin excepción, en toda cultura y en toda época. Y nadie podrá decir el día final "yo no sabía", porque esa conciencia que Dios grabó en cada hombre lo ha estado acusando toda la vida, "acusándole o defendiéndole sus razonamientos" (Romanos 2:15). El problema nunca fue de información. Fue del corazón. Por eso nadie tiene excusa, por eso nadie se salva mejorando, y por eso todos, absolutamente todos, necesitamos exactamente lo mismo: que Alguien venga de afuera a hacer por nosotros lo que no podemos hacer por nosotros mismos.
Ese es el cuadro, y es sombrío: culpables, de verdad, delante de un Dios santo como el que vimos en el capítulo anterior. Esclavos, porque "todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado" (Juan 8:34). Y bajo muerte, porque "la paga del pecado es muerte" (Romanos 6:23). La Escritura llega a decir que éramos "por naturaleza hijos de ira" (Efesios 2:3). No le voy a suavizar esto, porque suavizarlo sería mentirle, y porque hasta que usted no sienta el peso de la mala noticia, la buena noticia le va a parecer un detalle simpático y no lo que es: un rescate de los muertos.
Pero, y aquí respire, este diagnóstico tan duro es justamente la puerta de la esperanza. Porque una enfermedad que se nombra es una enfermedad que se puede curar, y porque ha venido un Médico. Todo el sentido de decirle a usted cuán grave está, es para que deje de confiar en usted mismo y mire a Otro. El enfermo que se cree sano no busca médico. El que se sabe muerto es el único que clama por resurrección. Por eso la peor noticia de este capítulo abre la puerta a la mejor noticia de todas. La respuesta a su caída no es mejorarse. Es un Salvador.
Y aquí está, para terminar, esa respuesta, porque Dios no nos dejó tirados en la ruina de Adán. Frente al primer hombre, que nos hundió a todos, Dios levantó a un segundo Hombre, un postrer Adán (1 Corintios 15:45). Donde el primer Adán dudó de la palabra de Dios, el segundo vivió de toda palabra que sale de su boca. Donde el primero estiró la mano para ser como Dios, el segundo, "siendo en forma de Dios", no lo tuvo por usurpación, sino que se humilló a sí mismo, obediente hasta la muerte de cruz (Filipenses 2:6-8). Donde el primero falló en un huerto lleno de delicias, el segundo venció en un huerto de agonía, Getsemaní, y en un madero. "Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados" (1 Corintios 15:22). Y esa imagen suya, desfigurada en la caída, no se queda rota para siempre: en Cristo está siendo restaurada, porque a los suyos Dios los va transformando "de gloria en gloria en la misma imagen" (2 Corintios 3:18), hasta el día en que seremos perfectamente semejantes a Él, porque lo veremos tal como es (1 Juan 3:2). Así que mírese de verdad, con las dos verdades juntas: gloriosamente hecho, trágicamente caído, y, si está en Cristo, gloriosamente siendo rehecho. Deje de confiar en el yo que cayó. Mire al segundo Adán. Y camine a casa sabiendo que la huella de Dios, rota en usted por el pecado, volverá a brillar entera, para siempre, en el rostro de los que miraron a Cristo.

Para confesar

Quien entra como miembro a la iglesia confiesa, antes que ninguna otra cosa sobre sí mismo, lo que es delante de Dios. La confesión puede formularse así:
"¿Reconoce usted que es pecador delante de Dios, culpable y corrompido por naturaleza, justamente merecedor de su desagrado, y sin esperanza de salvación fuera de su misericordia en Cristo?"
Decir que sí a esto no es odiarse a sí mismo, ni hundirse en la vergüenza, ni vivir mirándose el ombligo con morbo. Es todo lo contrario. Es dejar de fingir que está sano, para poder por fin ser sanado. Nadie que se crea justo clama por un Salvador; este voto es el primer respiro del que dejó de salvarse a sí mismo. No mire este reconocimiento como una humillación, sino como el umbral de la gracia: solo el que se sabe perdido se deja encontrar.

Para memorizar

Texto: "Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó" (Génesis 1:27).
Texto secundario: "Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios" (Romanos 3:23).
Catecismo Menor de Westminster, Pregunta 10: ¿Cómo creó Dios al hombre? Dios creó al hombre, varón y mujer, conforme a su propia imagen, en conocimiento, justicia y santidad, con dominio sobre las criaturas.
Catecismo Menor de Westminster, Pregunta 14: ¿Qué es el pecado? El pecado es cualquier falta de conformidad con la ley de Dios, o cualquier transgresión de ella.

Para conversar

El capítulo dice que el mundo ofrece dos explicaciones falsas: "estás bien, solo quiérete más" y "eres solo química, no hay bien ni mal". ¿Cuál de las dos lo ha tentado más a usted, y por qué ninguna explica lo que usted siente por dentro?
Usted fue hecho a imagen de Dios y para Dios. ¿Qué cosas ha puesto usted en el hueco que tiene la forma de Dios? ¿Por qué ninguna terminó de llenarlo?
La mentira de la serpiente fue que estaríamos mejor sin Dios, siendo cada quien su propio dios. ¿En qué área de su vida se cree usted todavía esa mentira?
La depravación total no significa ser lo peor posible, sino que el pecado tocó cada parte de usted, de modo que no puede salvarse a sí mismo. ¿Por qué cambia todo entender que el problema es de naturaleza y no solo de conducta? ¿Qué le hace eso a la respuesta "esfuérzate más"?
"Eso está en usted y está en mí." ¿Le cuesta verse a usted mismo en el diagnóstico, o tiende a pensar que el pecado serio está siempre en los demás? ¿Por qué es tan peligroso el pecado del que se cree limpio?
El capítulo termina en el segundo Adán. ¿Por qué la peor noticia (estoy muerto en pecado) es justamente la puerta de la mejor (ha venido un Salvador a resucitar muertos)?

Notas

Confesión de Fe de Westminster IV.2: Dios creó al hombre, varón y mujer, "con almas racionales e inmortales", dotados "de conocimiento, justicia y santidad verdaderas, conforme a su propia imagen", con la ley de Dios escrita en sus corazones y el poder de cumplirla; sin embargo, bajo la posibilidad de transgredirla, dejados a la libertad de su propia voluntad, que era mudable.
La imagen de Dios en el hombre, aunque gravemente desfigurada por la caída, no fue del todo destruida: por eso la Escritura sigue fundando en ella la dignidad de toda vida humana (Génesis 9:6; Santiago 3:9). La redención no crea una imagen nueva de la nada, sino que restaura y consuma la que fue dañada, conformándonos a Cristo, "la imagen del Dios invisible" (Colosenses 1:15; Romanos 8:29).
La representación federal de Adán: Adán actuó como cabeza de pacto de toda la humanidad, de modo que su primer pecado se imputa a todos los que descienden de él por generación ordinaria (Romanos 5:12-19). Confesión de Fe de Westminster VI.3: "Siendo ellos la raíz de todo el género humano, la culpa de este pecado fue imputada, y la misma muerte en el pecado y naturaleza corrompida fueron transmitidas a toda su posteridad". Este mismo principio de representación es el fundamento de la salvación en Cristo, el segundo Adán y cabeza del nuevo pacto. El pacto bajo el cual Adán fue constituido cabeza es el que la tradición reformada llama pacto de obras: Confesión de Fe de Westminster VII.2 ("El primer pacto hecho con el hombre fue un pacto de obras, en el cual se prometía la vida a Adán, y en él a su posteridad, bajo condición de obediencia perfecta y personal"); Catecismo Menor de Westminster, Pregunta 12. Esto prepara el pacto de gracia, que se tratará más adelante.
El "pecado original" abarca dos cosas, según la Confesión de Fe de Westminster VI.2-4: la culpa del primer pecado de Adán, imputada a todos; y la corrupción de toda la naturaleza, por la cual "estamos del todo indispuestos, inhabilitados y opuestos a todo bien, y enteramente inclinados a todo mal". De ahí brotan todas las transgresiones actuales. A esta corrupción la tradición reformada la llama depravación total: no que el hombre sea tan malo como podría serlo, sino que ninguna facultad suya quedó libre del pecado, de modo que no puede, por sí mismo, disponerse a su propia salvación (Juan 6:44; Romanos 8:7-8; 1 Corintios 2:14).
La miseria del estado caído incluye la pérdida de la comunión con Dios, el estar bajo su ira y maldición, y la sujeción a la muerte (espiritual, temporal y eterna), conforme a Efesios 2:1-3 y Romanos 6:23. Catecismo Menor de Westminster, Pregunta 19. Este diagnóstico no es el fin del mensaje, sino su antesala necesaria: prepara y hace dulce la obra del Mediador, tema del capítulo siguiente.
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