¿Cómo permanecer limpio?

Cuando el cielo calla  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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Salmos 119:9-16

Quizá hayas vuelto a fracasar. Quizá hayas vuelto a caer en el pecado. Cada vez es más deprimente. La mayoría de las veces sientes que has fallado a tu Señor. ¿Pero no te preguntas a veces si es simplemente que Él te ha dado la espalda y te ha abandonado a tus propios fracasos? ¿Hay alguien que tenga algunas palabras de consejo para ayudarte? Pues el Salmo 119 es para ti. Jamás se nos ocurriría dar un libro muy grande a alguien que necesitara ayuda inmediata: le daríamos algún opúsculo, o tal vez un libro pequeño, pero nada que pudiera requerir un esfuerzo demasiado grande. Pues el Salmo 119 parece ir en contra de ese principio en más de un sentido. Es una poesía escrita específicamente para dar instrucción y, sin embargo, tiene 176 versículos. Hasta parece que fue escrito con los jóvenes especialmente en mente (v. 9), ¡y sin embargo, sigue y sigue!
No obstante, un examen más cuidadoso revela la sabiduría oculta de este salmo: está dividido en secciones de ocho versículos cada una. ¡Capítulos breves! Es un opúsculo. Observa también los encabezamientos de cada sección. Hay veintidós de ellos, uno por cada letra del alfabeto hebreo. Hay otra característica de este salmo mucho más difícil de reproducir en nuestras Biblias. Pero no la perderían aquellos que primero leyeron el salmo en hebreo: tiene la forma de un acróstico: todos los versículos de cada sección del salmo empiezan con la letra del alfabeto que aparece a la cabeza de la sección. Los versículos del 1 al 8 empiezan todos con la letra alef (a); luego los versículos del 9 al 16 empiezan con la letra bet (b); y así sucesivamente. ¡Qué ingenioso!
Aparte del aspecto estético, ¿cuál sería el propósito que el poeta tendría en mente en esto? No es difícil de suponer: su intención sería que este salmo suyo se pudiera aprender de memoria.
Esta gran pregunta: “¿Con qué limpiará el joven su camino?”, es un asunto que concierne toda la vida. La mayoría de nosotros memorizamos el Salmo 119:9 de la siguiente manera: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra.” Así la Palabra de Dios se entiende como la respuesta a la pregunta. Sin embargo, es posible que debamos entender la Palabra de Dios como la causa de la pregunta: “¿Con qué limpiará el joven su camino, para poder guardarlo según tu palabra?”
La Escritura misma, que nos enseña cómo vencer el pecado, también nos muestra el carácter profundamente arraigado del pecado, y nos revela su enorme influencia sobre nuestras vidas. Ciertamente nos enseñará cómo librarnos de la terrible carga del pecado; pero antes, y para ello, tiene que conseguir primero que ese pecado nos parezca una carga de verdad. El salmista conoce esa carga. Lucha con el pecado. Sabe muy bien con qué facilidad su corazón se va desviando hacia pensamientos y actos pecaminosos: “No me dejes desviarme de tus mandamientos” (v. 10).
Conoce su tendencia a dejarse apartar del Señor y de ser seducido por el mundo y la carne: “Aparta mis ojos, que no vean la vanidad” (v. 37). Sabe cuán fácilmente se deja arrastrar hacia abajo, espiritualmente: “Sosténme, y seré salvo” (v. 117). Sabe que su corazón es engañoso y que aún no es libre de la necedad del pecado. Las últimas palabras del salmo reconocen esto y expresan un continuo sentimiento de necesidad: “Yo anduve errante como oveja extraviada; busca a tu siervo, porque no me he olvidado de tus mandamientos” (v. 176).
Y el salmista también sabe con qué oposición tendrá que enfrentarse cualquier persona que se haya comprometido a una vida de pureza. Ésta es una de las notas que con más frecuencia se repiten en este salmo:
Los soberbios se burlaron mucho de mí, Mas no me he apartado de tu ley… Compañías de impíos me han rodeado, Mas no me he olvidado de tu ley… Contra mí forjaron mentira los soberbios, Mas yo guardaré de todo corazón tus mandamientos… Los soberbios me han cavado hoyos; Mas no proceden según tu ley… Me pusieron lazos los impíos, Pero yo no me desvié de tus mandamientos… (vv. 51, 61, 69, 85, 110)
Cuando nos proponemos en el corazón vivir para Cristo, es inevitable que también nos tengamos que enfrentar a una oposición parecida.
¿Cómo, pues, podemos ser puros? Ése es el quid de la cuestión. El salmista nos da una serie de principios basados en su propia experiencia, que nosotros hemos de poner por obra y aplicar con la ayuda del resto de las Escrituras.
Busca a Dios con todo tu corazón
Con todo mi corazón te he buscado; No me dejes desviarme de tus mandamientos (v.10)
Ésta no es la pregunta del filósofo (“¿Hay un Dios?”), sino la del creyente (“Señor, te conozco, ¿pero puedo llegar a conocerte mejor?”). Lo que desea no es más información, sino comunión con Dios.
La persona de Dios ha empezado a llenar sus pensamientos. Esto era obediencia sencilla a lo que Jesús llamó el mayor mandamiento: amar a Dios con el corazón, con la mente, con el alma y con las fuerzas.
El primer principio de la pureza es amar a Dios con el corazón y con la mente. Grandes pensamientos de Dios ensanchan el corazón para que pueda contener las emociones que esos pensamientos producen. En las Escrituras es esto lo que marca la diferencia entre la santidad y la maldad: “El malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios; no hay Dios en ninguno de sus pensamientos” (Sal. 10:4).
Dios es grande, glorioso, bueno, santo, justo, clemente. Pero las mentes naturales y pecaminosas se cierran a los pensamientos acerca de Él. Y como imanes de la misma polaridad, o como agua sobre el cuerpo de un pato, o como semilla que cae en tierra dura, la mente natural es incapaz de darles lugar a esos pensamientos para que puedan tomar las riendas de la vida entera. ¡Las mismas personas que son capaces de concentrarse intensamente en cualquier cosa, desde un crucigrama hasta un partido de fútbol en la televisión, no son capaces de concentrarse por un minuto siquiera en pensar deliberadamente acerca de Dios! “No hay Dios en ninguno de sus pensamientos.”
En cambio los pensamientos pecaminosos –aquellos que Juan llama “los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida” (1 Jn. 2:16)– nos salen muy fácilmente y de manera natural. Y les damos vueltas en nuestras mentes durante largos períodos; somos capaces de enfocar nuestra atención sobre ellos deliberadamente. Sin embargo, nos cuesta mucho dirigir nuestros pensamientos hacia de Dios.
Esto explica por qué el salmista sabía que necesitaba buscar a Dios con todo su corazón. Está claro que habla como alguien que conoce la gracia de Dios y que la ha experimentado; no se trata de una firme decisión suya de mejorar con el fin de ser justificado y aceptado por Dios. Al contrario, él sabe perfectamente que ya ha sido justificado y aceptado por Dios. No, lo que quiere decir más bien es: “Esto es lo que la gracia de Dios produjo en mi vida para capacitarme para vencer el pecado y para crecer en pureza personal.
El resultado de esta búsqueda de Dios es alabanza para Él: “Bendito tú, oh Jehová”, exclama el salmista (v. 12); “me he gozado en el camino de tus testimonios más que de toda riqueza” (v. 14). “Me regocijaré en tus estatutos” (v. 16). Y de esta manera, la tristeza da lugar a la alabanza, el dolor del fracaso da lugar al gozo, y la aversión al pecado da lugar al deleite en la pureza.
Cuando Dios nos parece grande y cuando nos encanta pensar acerca de su carácter y de cómo Él se ha dado a conocer, entonces no pensamos –no podemos pensar– al mismo tiempo en el pecado. El pecado no puede habitar en su presencia. Cuando ponemos la mira en la revelación del glorioso carácter de Dios, inhalamos tanto oxígeno espiritual que cualquier pensamiento pecaminoso se asfixia; no tiene sitio para desarrollarse en nuestras mentes.
Cuando meditamos en los atributos de Dios –en el amor del Padre, en la gracia manifestada en Cristo, el Hijo, o en las bendiciones de la comunión con el Espíritu Santo– somos “[transformados] por medio de la renovación de [nuestro] entendimiento” (Ro. 12:1, 2).
El resultado de cualquier relación entre personas en la que haya un “matrimonio de mentes” es que las personas en cuestión empiezan a pensar las unas como las otras. A veces, ¡hasta da la impresión de que empiezan a parecerse las unas a las otras! Ésa es la consecuencia inevitable de pasar tanto tiempo con otra persona: que aun cuando no estamos con esa persona, siempre estamos pensando en ella. Nuestra vida refleja la influencia de su persona.
Entonces no nos debe extrañar que la comunión con Dios tenga un efecto parecido sobre nosotros, ya que se trata de la relación más grande y más íntima de todas: “Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Co. 3:18).
Cuando meditamos en el carácter de Dios, como cristianos que han visto la luz de “la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Co. 4:6), vemos nuestro pecado en su verdadera luz. Adquirimos un “gusto” por la presencia de la gloria de Dios, y perdemos nuestro “gusto” por el pecado.
El pecado es contrario a la voluntad de Dios por cuanto es la antítesis de su carácter. Cuando pecamos, distorsionamos vidas que fueron creadas para reflejar su imagen. En cambio, cuando buscamos a Dios con todo nuestro corazón, y cuando meditamos en su carácter, se nos hace patente la verdadera naturaleza del pecado. ¡Por fin se nos abren los ojos!
Al contemplar la hermosura de la santidad de Dios, empezamos a ver nuestro pecado en toda su fealdad; a la luz de la fidelidad de Dios, vemos lo vil que es nuestra infidelidad; cautivados por su gracia, reconocemos la vergüenza de nuestro pecado. Al recordar que Él es constante en todos sus atributos, nos damos cuenta de que nuestro pecado nos ha hecho inconstantes en todos los nuestros. El conocer a Dios así es la única recompensa que interesa a los que le buscan con todo su corazón, tal como el salmista dice aquí.
2. Estima como tesoro la Palabra de Dios
“En mi corazón he guardado tus dichos”, escribe el salmista, “para no pecar contra ti” (v. 11). El término hebreo ‘imrâ se puede traducir correctamente o bien como “palabra” o como “promesa”. Pero en este contexto es posible que signifique “dicho”. El salmista ha aprendido cuidadosamente los “dichos” de Dios, y ha meditado sobre ellos; son las verdades en concreto que se enseñan en la Escritura. Los ha “guardado”, no en el sentido de esconderlos, sino de conocerlos y de saber dónde encontrarlos. La enseñanza de la Escritura, lo que podríamos llamar sus “doctrinas”, le son familiares; las conoce y tiene acceso a ellas.
Esto nos dice algo muy importante sobre su estudio personal de la Biblia. Muchos cristianos tienen tendencia a leer la Escritura cada día casi como si se tratara de una especie de horóscopo divino. Su único interés es descubrir lo que el pasaje que están leyendo les “dice” a ellos “para hoy”. Por supuesto, ese tipo de lectura de la Biblia tendrá sus beneficios, pero son muy pasajeros
Si no guardamos la Palabra de Dios en nuestras mentes y corazones de esta manera, y si no llegamos a conocer las enseñanzas concretas de la Escritura, nos van a faltar recursos que necesitamos en nuestras vidas como cristianos. Nos faltarán los “dichos” específicos o las enseñanzas que Dios nos da en la Escritura para capacitarnos para resistir y vencer al pecado. Si fallamos en esto, es inevitable que nos desanimemos.
Si queremos mantener puro nuestro camino, adoptaremos como principio para nuestras vidas el no andar donde nuestros zapatos puedan ensuciarse. No podemos evitar vivir en el mundo; cada día tenemos que vivir en el contexto de sus impurezas, pero no es necesario que participemos en ellas. Dijo Lutero: “No puedes impedir que los pájaros vuelen alrededor de tu cabeza, ¡pero sí puedes impedir que hagan su nido en tu pelo!”
Dios es perfectamente capaz de santificarnos por medio de su verdad y de guardarnos en este mundo, tal como oró Jesús (Jn. 17:15, 17). Pero esa oración suya es contestada por nuestro progreso activo en la santidad. Es nuestra responsabilidad “sacar”, “cortar” y “hacer morir”. Y eso significará el guardar nuestras mentes y las cosas en las que permitimos que se fijen, y nuestros ojos y aquello que miramos, y nuestros pies y adónde vamos, y nuestras manos y qué tocamos. La pureza cristiana tiene que ver tanto con nuestros cuerpos como con nuestras mentes.
Eso duele. Duele el tener que decir: “No” a nosotros mismos. Y puede ser que el hacerlo nos duela también en nuestra relación con otras personas. Pero lo que tenemos que aprender es lo leves que son esas heridas en comparación con el daño que causa el pecado a nuestra comunión con Dios.
Esto es lo que significa decir: “Señor, he estado tan deprimido por mi pecado y por mis fracasos en la vida cristiana. Pero ahora quiero dejar que la palabra de Cristo more en abundancia en mí. ‘En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti.’
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