¿HASTA CUÁNDO, OH SEÑOR?

Serie de verano: Habacuc  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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INTRODUCCIÓN

Lectura: Habacuc 1:1-11.
Oración
Adorno:
Si Dios quiere eliminar la maldad pero no es capaz, entonces no es omnipotente.
Si es capaz, pero no desea hacerlo, entonces no es un Dios lleno de amor.
Si es capaz y desea hacerlo ¿Por qué vemos maldad en este mundo?
Si ni es capaz ni desea hacerlo ¿Entonces por qué llamarlo Dios?
Éste argumento en contra de la existencia de Dios apareció formalmente en el Siglo III después de Cristo. Atribuido a un filósofo griego epicúreo, refleja el dilema que supone reconciliar la existencia de un Dios Todopoderoso y lleno de amor, al mismo tiempo que vivimos en un mundo lleno de maldad.
A lo largo de la historia de la humanidad, muchos han intentado reconciliar estas dos verdades, la existencia de un Dios Soberano, Todopoderoso y Amoroso con la existencia de un mundo donde la maldad, la violencia y la injusticia parecen gobernarlo todo.
Pero ésta no es solo una pregunta filosófica acerca de la existencia de Dios, sino que es la lucha de muchas víctimas de la violencia. Es la pregunta de aquellos que ven corrupción e injusticia en el gobierno, aquellos que ven abusos incluso dentro del pueblo de Dios, es la pregunta de muchos que creen en un Dios bueno y todopoderoso pero ven un mundo que no refleja esta realidad.
Ésta es la pregunta de Habacuc. Un profeta del que no sabemos mucho, porque la Biblia no nos da demasiada información acerca de él. Pero un profeta del Señor que lejos de dudar de la existencia de Dios luchaba, pues conocía a un Dios bueno y Todopoderoso, y aún así su experiencia de vida en Judá estaba llena de testimonios de violencia, injusticia y corrupción.
CONTEXTO HISTÓRICO
Habacuc vivió durante el reinado de Joacim, el último gran período del reino de Judá, alrededor del año 609 a.C.
Creo que es importante ubicarnos bien en la historia del pueblo de Israel en este momento, porque eso nos permitirá comprender mejor el mensaje de Habacuc, no solo para su tiempo, sino también para nuestros días.
Después de la muerte del rey Salomón, el pueblo de Dios se dividió en dos reinos. El reino del norte fue conocido como Israel, cuya primera capital fue Siquem y posteriormente Samaria. El reino del sur fue conocido como Judá, cuya capital fue Jerusalén.
El reino del norte, Israel, se caracterizó por una profunda idolatría y por la adoración a los dioses de Baal. Las diez tribus del norte nunca se arrepintieron ni volvieron a Jehová, sino que todos sus gobernantes hicieron lo malo delante de Dios. Por esta razón, fue el primer reino en ser conquistado por los asirios y llevado cautivo, pues Dios los juzgó por medio de otras naciones.
Sin embargo, en el reino del sur la historia fue ligeramente diferente. La mayoría de sus reyes también fueron malvados e hicieron lo malo delante de Dios. No obstante, hubo algunas excepciones. Por ejemplo, Ezequías, quien ante la amenaza de los asirios clamó al Señor en busca de ayuda. O Josías, el mejor rey de este período, quien al encontrar el libro de la Ley, que había sido olvidado por la nación de Judá, llevó a cabo una de las reformas religiosas más importantes de la época. Josías acabó con la idolatría y expulsó a los adivinos y hechiceros.
Pero cuando Josías murió, su hijo Joacim llegó al poder y volvió a los mismos pecados de sus antepasados.
Joacim fue el rey durante la última década del reino de Judá antes de la conquista babilónica.
Ese fue el tiempo en que Habacuc ejerció su ministerio.
Un tiempo marcado por el pecado, la injusticia y la violencia, circunstancias que llevaron al profeta a luchar con este gran dilema: «¿Hasta cuándo, oh Señor?».
Y ésta es la pregunta que el texto nos responde en esta mañana, ¿Dónde está Dios en medio de todo este caos que vemos en nuestro mundo? Así que quiero invitarte a leer conmigo Habacuc 1:1-4.

ME HARÁS VER LA MALDAD (Habacuc 1:1-4)

La profecía de Habacuc es diferente a la de todos los demás profetas, porque mientras ellos comienzan con una visión en la que Dios entrega al profeta un mensaje para el pueblo, en este caso particular es el profeta quien comienza dirigiendo un mensaje a Dios. De hecho, en los capítulos 1 y 2 nunca encontramos un mensaje de Dios para el ser humano, sino que todo lo que Dios dice es una respuesta a las preguntas de Habacuc.
Y no es una mensaje cualquiera, lo que Habacuc comienza haciendo es quejándose contra Dios delante de Dios mismo. La pregunta inicial del profeta demuestra un gran lamento por el dolor que siente en su propia alma.
Habacuc 1:2 "¿Hasta cuándo, oh Señor, pediré ayuda, Y no escucharás? Clamo a Ti: «¡Violencia!». Sin embargo, Tú no salvas."
Es una fuerte queja delante del Señor, pero no con una actitud irreverente. Habacuc no está cuestionando a Dios ni demandando que Dios haga lo que Él quiere. No, Habacuc está confundido en medio del dolor porque no logra reconciliar lo que sabe con su mente y lo que experimenta en su propia vida.
Es más una actitud de lamento como la del salmista en Salmo 13:1–2 "¿Hasta cuándo, oh Señor? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás de mí Tu rostro? ¿Hasta cuándo he de tomar consejo en mi alma, Teniendo pesar en mi corazón todo el día? ¿Hasta cuándo mi enemigo se enaltecerá sobre mí?"
O el Salmo 10:1 "¿Por qué, oh Señor, te mantienes alejado, Y te escondes en tiempos de tribulación?"
O la del profeta Jeremías, quien fue contemporáneo con Habacuc y se lamentó amargamente en Lamentaciones 5:20 "¿Por qué Te olvidas para siempre de nosotros, Y nos abandonas a perpetuidad?"
La pregunta es, ¿qué llevaba a este profeta a quejarse delante del Señor de esta forma tan vívida y amarga? La respuesta está en la segunda parte del versículo 2 en adelante:
Habacuc 1:2–4 "Clamo a Ti: «¡Violencia!». Sin embargo, Tú no salvas. ¿Por qué me haces ver la iniquidad, Y me haces mirar la opresión? La destrucción y la violencia están delante de mí, Hay rencilla y surge la discordia. Por eso no se cumple la ley Y nunca prevalece la justicia. Porque el impío asedia al justo; Por eso sale pervertida la justicia."
Habacuc se queja ante el Señor por la violencia, la injusticia y la corrupción que ve en sus días.
En los tiempos de Habacuc, el reino del sur estaba completamente entregado a la idolatría, y esto era un grave pecado delante del Señor por dos razones: 1) la primera es que adoraban a demonios, porque no existe ningún otro dios fuera del Señor; pero, 2) en segundo lugar, la idolatría siempre conducía a la injusticia y la violencia, porque llevaba a Israel a quebrantar el pacto con Dios.
Las leyes que Dios había dado a su pueblo tenían como propósito que su comportamiento y su forma de vida fueran claramente diferentes a los de las naciones que los rodeaban. Por eso, constantemente, Dios les dice: “No serás como las naciones que el Señor tu Dios echa de delante de ti, sino que harás esto o aquello”. Las leyes del Señor eran leyes justas, basadas en el principio de justicia retributiva; es decir, las personas eran recompensadas o castigadas de manera justa y no excesiva, conforme a su conducta.
De allí surge la famosa frase: “ojo por ojo”, que la gente tanto critica, pero lo que no entienden es que el propósito de esta expresión no es promover la violencia, sino garantizar un castigo justo. Si sacas un ojo, pierdes un ojo; no es un castigo excesivo, sino conforme a tu actuar. No da lugar a la venganza desmedida, a la que el ser humano está tan inclinado. Eran leyes que protegían la vida y garantizaban un trato justo hacia los demás, especialmente hacia los más desfavorecidos. Eran leyes que impedían que los ricos y poderosos se aprovecharan de los pobres. A tal punto que los israelitas estaban obligados a liberar a sus esclavos en el séptimo año.
De forma que el pacto entre Dios e Israel demandaba de su pueblo dos cosas: 1) adoración y lealtad exclusivas a Dios; 2) y una justicia social que regulaba todas las relaciones entre los miembros de la sociedad.
Adoración exclusiva al Señor.
Un trato justo a todos los miembros de la comunidad.
Habacuc sabe que el pueblo se ha alejado de este pacto, y por tanto, lo que regula las relaciones entre el pueblo no es la justicia de Dios, sino la violencia y la opresión. Escucha cómo lo describe el mismo profeta:
Habacuc 1:2–4 "¿Hasta cuándo, oh Señor, pediré ayuda, Y no escucharás? Clamo a Ti: «¡Violencia!». Sin embargo, Tú no salvas. ¿Por qué me haces ver la iniquidad, Y me haces mirar la opresión? La destrucción y la violencia están delante de mí, Hay rencilla y surge la discordia. Por eso no se cumple la ley Y nunca prevalece la justicia. Porque el impío asedia al justo; Por eso sale pervertida la justicia."
¿Alguna vez has estado en una iglesia que, lejos de reflejar la gracia, la misericordia y el amor de Dios, termina pareciéndose más al mundo que a Cristo, mostrando envidias, conflictos, críticas, chismes, dureza en el trato a los demás, legalismo, etc.? Una iglesia donde, en vez de abrir tu corazón porque es un lugar seguro, tienes que andar de puntillas para evitar que alguien diga algo de ti.
Obviamente, la violencia física es mucho peor que las palabras, aunque estas también hacen daño. Pero lo que Habacuc está viviendo es la realidad de un pueblo que debería vivir en pacto con Dios y, por tanto, adorar al Dios verdadero y tratar a los demás con respeto, misericordia y amor. Sin embargo, lo que encuentra es una sociedad entregada a los ídolos, llena de excesos y violencia.
Ahora quiero que tengamos una idea clara de cuán grave era la maldad de Judá durante los tiempos de Habacuc. Y quiero que tengamos un poco de paciencia, porque iremos a dos capítulos de 2 Reyes, aunque no los leeremos completos.
Vamos rápidamente a 2º Reyes 21:1–6 "Manasés tenía doce años cuando comenzó a reinar, y reinó cincuenta y cinco años en Jerusalén. El nombre de su madre era Hepsiba. Hizo lo malo ante los ojos del Señor, conforme a las abominaciones de las naciones que el Señor había desposeído delante de los israelitas. Porque reedificó los lugares altos que su padre Ezequías había destruido; levantó también altares a Baal e hizo una Asera, como había hecho Acab, rey de Israel, y adoró a todo el ejército de los cielos y los sirvió. Edificó además altares en la casa del Señor, de la cual el Señor había dicho: «En Jerusalén pondré Mi nombre». Edificó altares a todo el ejército de los cielos en los dos atrios de la casa del Señor. Hizo pasar por fuego a su hijo, practicó la hechicería, usó la adivinación y trató con adivinos y espiritistas. Hizo mucho mal ante los ojos del Señor, provocándolo a ira."
En este texto vemos con claridad lo que hemos venido comentando: la edificación de altares a los ídolos y los sacrificios humanos que la adoración a esos ídolos demandaba. En el versículo 6 se nos dice que hizo pasar por fuego a su propio hijo. La adoración a los dioses paganos requería sacrificios humanos, nada más y nada menos que de niños. Tomaban a niños inocentes y los echaban al fuego como parte de la adoración a sus dioses.
2º Reyes 21:16 "Además, Manasés derramó muchísima sangre inocente hasta llenar a Jerusalén de un extremo a otro, aparte de su pecado con el que hizo pecar a Judá para que hiciera lo malo ante los ojos del Señor."
Pero Habacuc no vivió en tiempos de Manasés, sino en los tiempos de Joacim. Sin embargo, el testimonio de 2 Reyes es que Joacim siguió los mismos pasos que Manasés. Veremos esto más adelante. De hecho, el paralelismo entre Manasés y Joacim es sorprendente. Ambos fueron precedidos por reyes que se arrepintieron y llevaron al pueblo a volver al pacto con Dios, y ambos reedificaron los altares a los ídolos que sus padres habían destruido.
Ante toda esta injusticia, Habacuc clama y se queja a Dios diciendo: ¿Hasta cuándo, oh Señor?
Pero quiero que notes la segunda pregunta en el versículo 3: ¿Por qué me haces ver la iniquidad, y me haces mirar la opresión? En otras palabras, Habacuc continúa su queja diciendo: “Tú eres el único que puede detener esto y no lo haces, ¿por qué? ¿Por qué no haces nada al respecto y dejas que mis ojos vean tanta maldad?” Nosotros los padres debemos cuidar lo que nuestros hijos ven y evitar que sean expuestos a escenas de violencia para no corromperlos sino protegerlos. Habacuc está diciendo ¿por qué no estás guardando mis ojos de ver la maldad?
De nuevo, la actitud del profeta no es irreverente sino un lamento lleno de confusión.
Y toda esta sección podríamos resumirla en esta frase: Habacuc expresa su fe en medio de la confusión.
Porque lo que más confunde a Habacuc es la aparente inactividad de Dios. Si Dios es todopoderoso y lleno de amor, ¿por qué no hace algo ante la creciente maldad del mundo? ¿Alguna vez te has sentido así?
Al igual que en los tiempos de Habacuc, la gran mayoría de las personas siente que los líderes de las naciones están conduciendo al mundo al borde del colapso, y que la injusticia y la violencia se están desbordando cada día más. Si sales a la calle y preguntas a personas tanto de izquierdas como de derechas, te dirán básicamente lo mismo: ¡Basta ya de tanta violencia e injusticia! Es posible que difieran en quién tiene la culpa y en cuál es la solución, pero ambos lados coinciden en que lo que estamos viendo no hace más que producir desesperanza y frustración.
Y en medio de todo esto, nos preguntamos, ¿por qué Dios no hace nada? ¿Hasta cuándo Dios guardará silencio?
¿Cuántos de nosotros no queremos que los malvados reciban su merecido? ¿Cuántos de nosotros no deseamos que el sufrimiento acabe de una vez por todas? ¿Cuántos de nosotros no deseamos que las injusticias sean castigadas?
Como ustedes saben mi familia y yo somos de Venezuela, y el 03 de enero de este año fue un día que quedará marcado en la memoria de todos los venezolanos. La felicidad que produjo en nuestros corazones ver que un gobernante malvado finalmente fue capturado trajo una sensación de justicia y felicidad indescriptibles. Pero, todos los venezolanos en todo el mundo están esperando lo mismo: ¿Cuándo caerán el resto?
Aquellos que han sido testigos de las injusticias o quienes las han vivido en carne propia claman por justicia. Claman por retribución justa por la maldad.
Lo vemos también aquí en nuestro país, España. Cuando leemos las noticias vemos corrupción de un lado y del otro. Y el pueblo clama por justicia.
APLICACIONES
Si algo aprendemos de Habacuc es a lamentarnos delante del Señor y a traer nuestra queja delante de Él. Amados hermanos, vivimos en esta época en la que todos queremos soluciones rápidas, y alivio rápido, pero la experiencia de Habacuc y de tantos otros en la Biblia es que ellos aprendieron a esperar en el Señor. Aprendieron a traer su queja y su lamento delante de Dios. No de forma irreverente pero sí de forma vívida y honesta.
¿Has aprendido tú a hacer lo mismo? ¿Traes delante del Señor tu queja y tu lamento? O prefieres intentar resolverlo por tu cuenta, o peor aún, adormecerte con distracciones o buscar alivio en medicamentos. En medio de toda la ansiedad en tu vida, en medio de todo el dolor y el sufrimiento, ¿has aprendido a llevar tus angustias y quejas al Señor? El Señor no es un Dios inseguro que no puede lidiar con tu queja ni tu dolor, por el contrario, es TODOPODEROSO y lleno de AMOR y COMPASIÓN, Él quiere que traigas a Él tu queja y tu dolor, tus dudas y confusión, pero hazlo en oración.
La pregunta de Habacuc expresa un lamento lleno de confusión ¿Hasta cuándo Dios me permitirá ver tanta violencia?

MIRA LO QUE TE MOSTRARÉ AHORA (Habacuc 1:5-11)

Esta pregunta no queda sin respuesta, Dios contesta en los siguientes versículos
Lee conmigo Habacuc 1:5-11.
No es casualidad que la última pregunta del profeta fue: “¿Por qué me haces ver esto?” Y, precisamente, Dios le conteste diciendo: “Mira y observa tú y las naciones, lo que voy a hacer ahora”.
Ante la aparente inactividad divina que percibe el profeta, Dios responde contundencia y claridad: “mira ahora lo que voy a hacer”
Y esto es interesante, Dios no consume en fuego a Habacuc, ni le dice: “¿Quién eres tú para cuestionarme?” No, el Señor reconoce una fe sincera, un clamor genuino, una queja piadosa delante de Él. Puede reconocer la confusión y perplejidad que hay en el corazón del profeta. Y a eso responde explicando su obrar.
Habacuc 1:5 "«¡Miren entre las naciones! ¡Observen! ¡Asómbrense, quédense atónitos! Porque haré una obra en sus días que ustedes no la creerían si alguien se la contara."
¿Por qué? ¿Por qué sería increíble lo que Dios iba a hacer?
Habacuc 1:6 "»Porque voy a levantar a los caldeos, Pueblo feroz e impetuoso, Que marcha por la anchura de la tierra Para apoderarse de moradas ajenas."
Las maravillas de Dios son increíbles. Verdaderamente increíbles. Dios traería juicio por medio de una nación que Él mismo levantaría: una nación pagana conocida como los caldeos, también llamados los babilonios. En los tiempos de Habacuc, Babilonia apenas comenzaba a surgir como una potencia emergente. Todavía no era una potencia mundial y, por tanto, resultaba impensable que pudiera llegar a dominar al reino de Judá, especialmente porque Judá contaba con el respaldo de una de las grandes potencias militares de aquel momento: Egipto. De hecho, fue el faraón de Egipto quien puso a Joacim en el poder.
Pensar que Babilonia tendría que derrotar primero a Asiria, luego a Egipto y después llevar cautiva a la nación de Judá era algo impensable. Es como si yo les dijera ahora mismo que Andorra va a convertirse en la próxima potencia mundial. Es impensable.
Creo que ni yo mismo sería capaz de creerlo. Y, sin embargo, este es el anuncio de Dios.
Dios describe a Babilonia como una nación temible y voraz. Una nación cuyo poder militar no tiene comparación y cuya actitud es verdaderamente sanguinaria. En otras palabras, no existe nación alguna que pueda hacerles frente. Se burlan de los demás reyes porque no hay monarca alguno capaz de resistirles.
En otras palabras, Dios está anunciando su juicio. Un juicio contra la violencia de Judá. Un juicio que traerá derramamiento de sangre sobre quienes derramaron sangre inocente. Esto es justicia. Y Dios la ejecutará por medio de una obra tan sorprendente que pocos podrían creerla.
Habacuc, quien veía tanta maldad a su alrededor, ahora vería el juicio de Dios. Habacuc, quien pensaba que Dios permanecía inactivo y parecía indiferente ante la injusticia, pronto descubriría que Dios estaba obrando, aunque él no pudiera verlo. El juicio divino ya estaba en marcha. Era una realidad segura, aunque ni Habacuc ni Judá fueran capaces de percibirlo.
Dios no había ignorado la violencia. Dios no había pasado por alto la sangre inocente. Dios no había olvidado su pacto. Mientras Habacuc clamaba, Dios ya estaba preparando la respuesta.
De hecho, este juicio se cumplió, Babilonia conquistó Judá. 2º Reyes 24:1–4 "En los días de Joacim subió Nabucodonosor, rey de Babilonia, y Joacim fue su siervo por tres años; después se levantó y se rebeló contra él. Entonces el Señor envió contra Joacim bandas de caldeos, bandas de arameos, bandas de moabitas y bandas de amonitas. Y las envió contra Judá para destruirla, conforme a la palabra que el Señor había hablado por medio de sus siervos los profetas. Ciertamente por mandato del Señor sucedió esto contra Judá para quitarlos de Su presencia, por los pecados de Manasés, por todo lo que había hecho. También por la sangre inocente que derramó, pues llenó a Jerusalén de sangre inocente, y el Señor no quiso perdonar."
En solo 10 años se cumplió el anuncio del Señor. Su juicio se hizo realidad. Era un hecho, aunque muchos no lo veían, incluyendo a Habacuc.
CONEXIÓN CON EL EVANGELIO: Amado amigo, esta sigue siendo una realidad en nuestros días. Vivimos en un mundo lleno de pecado, y nuestras propias vidas también están marcadas por el pecado. Nuestros corazones están llenos de violencia. Quizás no de la violencia de Manasés, que derramó sangre inocente por Jerusalén, pero sí de la violencia del orgullo, del resentimiento, de la lengua y de la falta de amor. Quizás no se manifiesta de forma física, pero se expresa en el deseo de venganza, en hablar mal de los demás, en la falta de perdón, en el orgullo, en las palabras hirientes, en el sarcasmo, en ridiculizar al otro, en alegrarnos del mal ajeno, en juzgar y sentirnos bien con nosotros mismos cuando juzgamos y hablamos mal de otros, porque eso nos hace sentir superiores a ellos; en entregarnos a nuestros ídolos. Se manifiesta en no tratar a los demás con justicia, dignidad y respeto. Hay una hostilidad en nuestros corazones que nos lleva a vivir para nosotros mismos.
Y de la misma manera que Dios, en los tiempos de Habacuc, hizo una obra impensable y difícil de creer, también hace dos mil años llevó a cabo una obra igualmente impensable que sigue vigente hasta nuestros días. En aquella ocasión no levantó a una nación para traer juicio, sino que levantó a su Hijo de entre los muertos para traer perdón. Perdón para todos aquellos que, por medio de su violencia y de su pecado, han quebrantado la ley de Dios. Esto es precisamente lo que Pablo proclama en el libro de Hechos:
Hechos 13:37–41 "»Pero Aquel a quien Dios resucitó no vio corrupción. »Por tanto, hermanos, sepan que por medio de Él les es anunciado el perdón de los pecados; y que de todas las cosas de que no pudieron ser justificados por la ley de Moisés, por medio de Él, todo aquel que cree es justificado. Y luego añade una advertencia, la misma advertencia que Dios hizo a Habacuc en el versículo 5 »Tengan, pues, cuidado de que no venga sobre ustedes aquello de que se habla en los profetas: “Miren, burladores, maravíllense y perezcan; Porque Yo hago una obra en sus días, una obra que ustedes nunca creerían aunque alguien se la describiera”»."
Dios promete su perdón y misericordia a quienes se arrepienten de sus pecados, pero a aquellos que no crean en este anuncio, Habacuc y Pablo nos advierten, tengan cuidado no sea que yo haga una obra que no creerán donde experimentarán el juicio por su rechazo al perdón que Dios ofrece en Jesús.
Y ésta es la misma advertencia que el Señor nos hace hoy. Él nos ofrece perdón y misericordia, pero rechazar esta oferta resultará en un juicio mucho peor que el que vino sobre Judá.
Amado amigo, esta es la oferta del evangelio. Si deseas conocer más acerca de cómo tener perdón y ser reconciliado con Dios, nos encantaría hablar contigo al final de este culto.

APLICACIONES:

1. No confundas el silencio de Dios con la inactividad de Dios
2. Dios no pierde el control cuando el mal parece ganar
3. La justicia de Dios puede tardar, pero nunca falla
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