El pan nuestro de cada día

El Nuevo Éxodo   •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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l Hijo, que se dio a sí mismo como pan por nosotros, enseña a los hijos a pedir y a recibir, día tras día, el pan de cada día de la mano del Padre.

Notes
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Introducción

Esta mañana, antes de salir de casa, casi todos ustedes comieron algo, espero.
Tal vez un pan, unas arepas, un cafecito. Y si yo preguntara quién puso ese desayuno sobre la mesa, la respuesta saldría sola: lo puse yo. Lo puso mi sueldo, mi trabajo, lo que con esfuerzo me gané.
Y eso es verdad… hasta cierto punto. Porque el texto que vamos a considerar esta mañana le da la vuelta completa a esta respuesta tan natural. Cristo nos enseña a mirar el pan hasta su fuente última. Antes de llegar a la mesa, antes de pasar por nuestras manos, viene de la mano del Padre.
Hay dos tipos de personas que pueden estar sentadas hoy entre nosotros.
Por un lado esta la persona que hace el mercado con su calculadora en la mano, devolviendo cosas al estante de la tienda porque su plata no le alcanza y cada mes se le hace muyyy largo; para esta persona, el pan de mañana es una pregunta que algunas noches no la deja dormir.
La otra persona tiene un contrato de trabajo estable o es dueño de un negocio acreditado que funciona, tiene sus ahorros y todo el mes resuelto; hace tanto que no le pide un almuerzo alguien, que ya casi olvidó que alguna vez fue dependiente.
Estas dos personas parecen no tener nada en común. Y sin embargo, esta mañana el Señor se dirige a las dos con la misma palabra.
Estamos en Lucas 11, y vale recordar que Jesús va de camino: ha puesto su rostro hacia Jerusalén, a cumplir allí su propio éxodo.
Y por ese camino, los discípulos lo ven orar y le piden: «Señor, enséñanos a orar».
Y Él les entrega, en pocas frases, toda una oración.
Empieza, como ya vimos, con la palabra que lo sostiene todo: Padre. De esa paternidad brotaron dos peticiones que miran hacia lo alto que su Nombre sea santificado, que venga su Reino—, y que hemos venido predicando estos domingos.
Y aquí la oración da un giro.
Los que leen la Reina-Valera recordarán que sigue «hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra».
Esa petición es Palabra de Dios —está en Mateo, y allí la estudiaremos algún día—, pero los manuscritos más antiguos de Lucas no la traen; Lucas, guiado por el Espíritu, nos dejó la oración más breve.
Y esa brevedad nos deja sentir algo hermoso: en Lucas pasamos, sin escalas, de «venga tu Reino» a la mesa de la cocina. Del trono al pan.
Es como si el Dios cuyo Nombre llena los cielos quisiera que sus hijos, en la misma respiración, le hablaran también del almuerzo.
Porque ese es el orden de esta oración, y conviene no perderlo de vista hermanos.
Primero el Padre.
Luego su Nombre
despues su Reino.
Y entonces, el pan.
El Hijo de Dios pone el pan en su lugar correcto dentro de la oración. Primero nos lleva a desear el Nombre del Padre y a buscar su Reino; después nos enseña a pedir el pan como hijos que saben que el Padre añade estas cosas a quienes buscan primero su Reino.
Por eso, un poco más adelante, el mismo Jesús dirá: “Buscad el reino de Dios, y todas estas cosas os serán añadidas”. El pan pertenece a esas cosas añadidas. Llega después del Reino. Llega de la mano del Padre.
Y esto es lo que quiero que se lleven grabado esta mañana, porque es el corazón de toda la petición: el Hijo, que se dio a sí mismo como pan por nosotros, enseña a los hijos a pedir y a recibir, día tras día, el pan de cada día de la mano del Padre.
El texto mismo nos lo va a ir mostrando en tres palabras sencillas. Este pan es:
primero, un pan dado.
segundo, es un pan nuestro.
Y tercero, es un pan de cada día.
Empecemos por lo primero: es un

I. Pan dado

«Dános». Jesús no nos enseñó a decir:
«véndenos el pan», como si Dios fuera un tendero.
No nos enseñó a orar «págannos el pan», como si Dios fuera nuestro patrón y el pan, nuestro sueldo por servicios religiosos prestados.
Nos enseñó la palabra del mendigo: danos. En esta petición venimos a Dios como mendigos a pedir su caridad, porque Él es un Dios que da; «toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces» (Santiago 1:17).
Aquí alguien podría objetar de manera razonable: ¿por qué tengo que pedir lo que mi trabajo produce? Yo madrugo, yo cumplo, yo cobro. El pan sale de la panadería y la plata sale de mi esfuerzo. ¿Qué tiene que ver Dios con mi mercado?
Para responder a esta objeción, tenemos que ir al principio.
Cuando Dios creó al hombre, le dijo: «He aquí que os he dado toda planta que da semilla… os serán para comer» (Génesis 1:29). Oyeron el verbo?: os he dado. Desde el huerto, antes del pecado, Adán no era autosuficiente: comía de la mano de su creador.
El hombre nunca fue diseñado para proveerse a sí mismo; fue diseñado para recibir de su Padre.
Pero Adán quiso comer sin pedir. Estiró la mano y tomó. Porque el diablo le persuadió de que desobedeciendo, serían como dioses; y el resultado fue terrible, pues desde ese día, el pan quedó bajo maldición: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan» (Génesis 3:19); espinos y cardos entre la semilla y la cosecha.
El Catecismo Mayor de Westminster, en la pregunta 193, resume lo que esta petición presupone:
“en Adán, y por nuestro propio pecado, hemos perdido el derecho a todas las bendiciones externas de esta vida, y merecemos ser privados de ellas por Dios, y que nos sean maldecidas al usarlas”
¿Lo oyeron? Perdimos el derecho al pan. Nadie en este salón —ni el más trabajador, ni el más honrado— tiene delante de Dios derecho a su desayuno. Por eso la petición no dice «debes darnos» no es una exigencia; dice «danos» es un ruego. La oración del pan es la oración de un desheredado.
Hermanos, todos en Adan vivimos de la limosna; no podemos tener un solo bocado, sin que venga de la mano generosa de Dios, que a proposito ofrece aun despues de la caida sus dadivas a todos los hombres:
Noten como Él no da a regañadientes ni se cansa de dar: dice el Salmo 52:1 "¿Por qué te glorías del mal, oh poderoso? La misericordia de Dios es constante." .
Mateo 5:45 "para que ustedes sean hijos de su Padre que está en los cielos; porque Él hace salir Su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos." Nuestra tendencia es menospreciar a nuestros enemigos con indiferencia - Dios no hace esto/ ,
Aun lo hace con los infieles dentro del pueblo como dice (Jeremías 5:7 "«¿Por qué he de perdonarte por esto? Tus hijos me han abandonado Y han jurado por lo que no es Dios. Cuando los sacié, cometieron adulterio Y fueron en tropel a casa de las rameras." .
Por eso, cuando un hijo de Dios, dice «danos», no le arranca el pan a un puño cerrado: lo recibe de una mano que se deleita en abrirse para todos. Y eso, antes que cualquier petición, debería llenarnos de gratitud y adoración.
Pero desde Adan, el hombre natural no da gracias, en Lucas 12, Jesús nos cuenta la historia de un hombre cuya tierra produjo mucho, para retratar la naturaleza de todos los hombres en Adan: «Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe».
Ese hombre es el anti-Padrenuestro: no le pide a nadie, no le agradece a nadie; su granero es su padre y su cosecha es su pacto. Y Dios le dice: «Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?».
Hermano profesional de Bogotá: esta palabra es para usted. Usted no tiene graneros, tiene cesantías, contratos, propiedades, un CDT.
Y sin darse cuenta puede estar recitando todos los días el credo de Deuteronomio 8:17: «Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza».
Pero piense un momento:
Entre su contrato firmado y el pago efectivo hay mil cosas que usted no controla.
Entre la siembra y la cosecha, entre la factura y la consignación, entre el empleo de hoy y el de enero, hay una distancia que solo la mano de Dios cruza.
El Catecismo de Heidelberg, pregunta 125, dice: pedimos el pan para reconocer que Dios es la única fuente de todo bien, y que ni nuestro cuidado y trabajo, ni aun sus dones, pueden aprovecharnos sin su bendición.
Y aquí nos conviene desenmascarar a un ídolo respetable, uno que ha entrado a las iglesias reformadas citando Proverbios:
Está de moda entre cristianos un sistema que promete que, si usted sigue los pasos con suficiente disciplina, asegurará su futuro y será prosperado; su lema lo dice sin rodeos: usted es el rey de su futuro. Y mucho de lo que enseña es sabiduría que compartimos: huir de la deuda, trabajar con diligencia, no vivir del esfuerzo ajeno. En eso no hay lío. El lío es de fondo, y es teológico: Jesus pone en nuestra boca la palabra del mendigo danos—, pero este sistema pone en nuestra boca la palabra del rey —yo proveo, todo depende de mí—.
Hermanos, recordemos que en l A.T. el maná no se podía guardar, y justamente era para que Israel cada mañana buscara el mana de la mao de su Padre; Pero la meta de estos pasos es lo contrario: llegar a no tener ya que pedir.
Y esa fue exactamente la oración del necio en Lucas 12«muchos bienes para muchos años, repósate»—, y se le acabó el alma antes que la despensa.
Hermano: presupueste, ahorre, no se endeude neciamente; pero no se corone rey de su futuro, porque el Rey ya tiene Nombre, y la semana pasada le pedimos que viniera su Reino. No es vergonzoso vivir de la caridad de Dios; lo grave es no haberse dado cuenta de que todos vivimos de ella.
Recordemos como Salmo 106 nos relata que Israel exigió carne en el desierto, y Dios «les dio lo que pidieron, mas envió mortandad sobre ellos».
Como dice el puritano Thomas Watson: El pan puede estar en tu mano, pero la bendición está en la mano de Dios; y hay que ir a sacarla con la oración, porque el árbol de la misericordia no suelta su fruto si no lo sacude la mano que ora.
Y si usted está aquí esta mañana sin Cristo, permítame decirle algo con todo respeto y con toda franqueza: usted ha comido toda su vida de la mesa de un Dios al que nunca le ha hablado. Cada cosecha de su vida, cada almuerzo, cada lluvia, fue testimonio de su bondad «dándoos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría vuestros corazones» (Hechos 14:17)—. Pero su pan le llega, con el permiso de Dios, no con su amor; por providencia, no por promesa. Y al rico del granero el pan se le acabó la misma noche que el alma. La pregunta urgente de su vida no es si tendrá pan mañana. Es esta: ¿hay para usted pan con amor?
Lo hay. Y eso nos lleva a la segunda palabra del texto.

II. Pan nuestro

«El pan nuestro».
Deténgase en ese pronombre, porque parece una contradicción. Acabamos de confesar que el pan no es nuestro: que en Adán perdimos el derecho, que vivimos de limosna.
¿Y ahora Jesús nos enseña a llamarlo «pan nuestro»? ¿Con qué título un desheredado llama suya la herencia?
Para responder, Lucas nos hace recorrer una cadena, y le pido que la siga conmigo, porque al final de la cadena está el evangelio entero.
El primer eslabón es Adán. Adán tenía el pan dado y quiso el pan tomado. Comió sin pedir, y perdió la mesa.
El segundo eslabón es Israel, el hijo primogénito de Dios, sacado de Egipto en el primer éxodo. Dios lo llevó al desierto y le hizo llover pan del cielo cada mañana. ¿Y qué hizo el hijo con la mesa puesta? Murmuró. El Salmo 78 recuerda su insolencia: «¿Podrá Dios poner mesa en el desierto?». Teniéndolo todo a su favor, Israel fracasó exactamente donde Adán fracasó: no creyó que la mano del Padre bastaba.
Y entonces viene el tercer eslabón. Lucas 4. El Hijo eterno, el segundo Adán, el verdadero Israel, es llevado por el Espíritu al desierto. Cuarenta días sin comer. Hambre real, hambre de cuerpo humano verdadero. Y el tentador le dice: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». Es decir: provéete a ti mismo; tienes el poder, ¿para qué pedir? Es la misma voz del huerto y la misma voz del hombre del granero. Y el Hijo responde con la palabra que Moisés predicó sobre el maná: «No solo de pan vivirá el hombre» (Deuteronomio 8:3).
Donde Adán estiró la mano, el Hijo la mantuvo quieta. Donde Israel murmuró por pan, el Hijo esperó el pan de la boca de su Padre. En el punto exacto del fracaso de ellos —y del suyo, hermano, y del mío—, Él obedeció.
Y el evangelio sigue. En Lucas 9, este mismo Jesús toma cinco panes en un lugar desierto, mira al cielo, los bendice y alimenta a las multitudes del nuevo éxodo; y sobran doce cestas, una por cada tribu del nuevo Israel. El que rehusó hacerse pan para sí, parte pan para su pueblo.
Pero todavía falta el eslabón final. En nuestra petición, Jesús nos enseña a decir «dános» Y en Lucas 22, la noche de la Pascua, este mismo Jesús toma pan, da gracias, lo parte y dice: «Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado» , este es el mismo verbo—.
¿Lo ve? Pedimos «danos» porque alguien nos fue «dado». El Padre da el pan de cada día porque dio a su Hijo, y el Hijo se dio como pan partido por nosotros.
Pablo encadena estas dos cosas en una sola lógica:
Romanos 8:32 NBLA
El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas?
Si el Padre ya puso sobre la mesa el Pan más costoso del universo, ¿le va a negar a usted el almuerzo? Por eso —y solo por eso— el desheredado puede decir «danos el pan nuestro».
Watson refiriéndose a esto dijo: el impío tiene sus bienes por providencia, no por promesa; con el permiso de Dios, no con su amor. Pero el creyente tiene un título pactual: «Todo es vuestro… y vosotros de Cristo» (1 Corintios 3:23). Solo el que puede decir «Padre nuestro» puede decir «pan nuestro».
Y entonces luego el suelta esta frase que quiero que usted se lleve a su mesa esta semana: «¡Oh, cuán dulce es cada bocado de pan mojado en la sangre de Cristo!». Y otra más: la harina en el barril es arras —es anticipo, es prenda— del alimento de los ángeles en el paraíso.
Hermano, hermana: si usted está en Cristo, su comida de esta noche, por sencilla que sea, es predicación del evangelio. Ese plato no le llegó con permiso: le llegó con amor, comprado con sangre, firmado en un pacto.
Y si usted está esta mañana a medio camino —convencido de su pecado, pero sin atreverse a venir y pedir—, mire bien la gramática de esta petición: fue diseñada para mendigos.
Aquí no se exige solvencia; se exige hambre. El Hijo que venció el desierto no despide con las manos vacías a nadie que le pida. Venga así, con toda su nada. Esa es exactamente la condición que la petición presupone.
El título pactual, eso sí, no anula los medios; los santifica.
Hay por lo menos dos clases de pan que un creyente no puede llamar «pan nuestro» aunque lo tenga en la mesa:
El primero es el pan de la ociosidad: el de quien rehúsa trabajar pudiendo hacerlo y vive del esfuerzo ajeno; Pablo es tajante con ese caso: que trabajen «y coman su propio pan» (2 Tesalonicenses 3:12). Pedir el pan no es cruzarse de brazos; el hijo que ora «danos» madruga, porque el trabajo honesto es el cauce ordinario por donde el Padre hace correr el don.
Y el segundo es el pan de la violencia: el que llega por fraude, por trampa, por lo que en nuestra tierra conocemos demasiado bien —la coima, el atajo, la plata fácil—. Ese pan, dice Watson, pertenece a otro, y nadie puede pedirle a Dios que bendiga lo que le robó al prójimo.
Hermano: el título de sangre que Cristo le dio a su mesa le exige manos limpias sobre ella. El pan del Reino se trabaja sin ansiedad y se gana sin trampa, porque ya está garantizado en un pacto.
Ahora, antes de pasar a la tercera palabra, no se me escape el plural.
Jesús no nos enseñó a orar «el pan mío, dámelo».
Nos enseñó «el pan nuestro, dánoslo».
La oración del pueblo del Reino jamás pide para uno solo. La oracion que Jesus puso en nuestros labios nos compromete con el hermano que no tiene pan. Aveces la respuesta de Dios a la petición de su hermano está guardada en su nevera.
La diaconía de la iglesia no es beneficencia humana; es la mano del Padre repartiendo el pan que sus hijos le pidieron juntos. Usted no puede orar «danos» el domingo y cerrar la mano el lunes.

III. Pan de cada día

«El pan nuestro de cada día, dánoslo cada día».
La tercera palabra del texto es la medida del pan, y Lucas la subraya dos veces. Aquí hay un detalle precioso del texto griego:
La palabra que traducimos «de cada día» —epiousion es tan singular que no aparece en ninguna otra literatura griega de la antigüedad: solo existe en esta oración. Es como si el Espíritu hubiera acuñado una moneda nueva para esta petición: el pan de la ración, el pan necesario para la jornada. Y Lucas añade lo que Mateo no tiene: donde Mateo dice «dánoslo hoy», Lucas dice «dánoslo cada día», y usa una forma del verbo que significa literalmente «sigue dándonoslo», día tras día. Mateo retrata la petición del día; Lucas, el evangelista del camino, retrata la petición del peregrinaje: un pueblo en marcha que vuelve cada mañana a la misma mano.
¿Y dónde aprendió el pueblo de Dios esa economía?
En el desierto del primer éxodo. Éxodo 16: Dios hace llover pan del cielo, y ordena que cada uno recoja «la porción de un día en su día»; el que guardó para mañana encontró gusanos; y el texto dice por qué: «para probarlos, si andan en mi ley o no».
El maná era pan y era pedagogía. Cada amanecer, Israel tenía que decidir de nuevo si el Padre era confiable. Imagina la escena: si alguien les hubiera preguntado a los israelitas dónde estaba el desayuno de mañana, habrían respondido: nuestra preocupación es solo por hoy; Dios hará llover el maná que necesitemos.
Hermanos, la gramática de Lucas 11:3 es la gramática del maná. El pueblo del mejor éxodo ora exactamente la economía del desierto: ración de camino, ni más ni menos.
Y esa medida cura las dos enfermedades con que abrimos el sermón.
Cura el afán. Jesús mismo hace la exposición en Lucas 12: «No os afanéis por vuestra vida, qué comeréis… Considerad los cuervos… Considerad los lirios… Vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de estas cosas». Fíjese en el argumento del Señor: al ansioso no le dice «cálmese», le predica la paternidad de Dios. La ansiedad por el pan es, en el fondo, vivir como huérfano teniendo Padre. Si Dios alimentó en el desierto a un pueblo entero, de su mano a su boca, durante cuarenta años, ¿no pondrá su almuerzo de mañana?
Y cura el enfriamiento del corazón. Porque note lo que la petición no pide: no pide abundancia, no pide graneros, no pide el mercado del año. Pide pan — un sinecdoque que señala una parte por el todo - al pedir pan estamos pidiendo todas las cosas necesarias de esta vida: comida, abrigo, techo—, y lo pide por jornadas.
Es la oración de Agur en Proverbios 30: «No me des pobreza ni riquezas; manténme del pan necesario; no sea que me sacie y te niegue… o que siendo pobre, hurte».
Agur no pide abundancia para olvidarse de Dios, ni miseria que lo empuje a pecar. Pide el pan necesario. Pide lo suficiente para caminar delante de Dios sin que su corazón sea seducido por la autosuficiencia ni quebrado por la desesperación.
Esta es la petición de un peregrino que quiere viajara lijero de equipaje mientras llega a casa.
De manera que contentarse con el pan diario no es resignación, son varias semillas de la gracias de Dios germinando al mismo tiempo:
la fe, que cree que Dios hace todo para bien
el amor, que toma en buena parte lo que Dios hace
la paciencia, que se somete con alegría—.
Hermanos, no será muy raro que en el cielo todos estemos contentos cuando tengamos delante de nosotros la fuente de todo nuestro deleite (que es Cristo). Pero estar contento aquí, a ración cortas, eso sí es una maravilla, y es una manera sileciosa y muy poderosa de predicar sobre nuestra esperanza, en medio de un mundo ansioso.
Ahora quiero detenerme, con el permiso de todos, en un hermano específico. Está aquí el creyente que lleva meses orando esta petición y la respuesta tarda.
El que perdió el empleo y ha entregado hojas de vida hasta el cansancio.
La hermana cuya provisión llega, sí, pero siempre apretada, siempre justa, siempre con susto.
Usted ora «danos cada día el pan» y a veces siente que el cielo guarda silencio.
Amado, no quiero aplastarte. Escuche estas cuatro cosas con atención:
Primero: la petición promete pan, no promete fecha ni forma. El Catecismo Mayor dice que pedimos «una porción competente», esperando en la providencia de Dios «día tras día», y «según parezca mejor a su sabiduría paterna». El maná llegaba cada mañana, pero nunca llegó una semana por adelantado. Que la respuesta llegue medida no significa que el Padre esté ausente; significa que te está pastoreando.
Segundo: no mida el amor de su Padre por el tamaño de su alacena. Mídalo por la cruz. El Dios que no escatimó a su propio Hijo no le está negando el pan por desamor. Si la despensa fuera el termómetro del amor de Dios, el rico insensato habría sido el más amado de Israel, y murió esa noche sin Dios. Su termómetro es el Calvario.
Tercero: recuerde que usted oró en plural. «Danos» significa que Dios tiene muchas manos para responderle, y algunas de esas manos están sentadas a su lado en esta banca. Recibir de la diaconía, recibir del hermano, no es el fracaso de su fe: es el Padre respondiendo su petición por medio de su familia. No le robe a Dios esa vía de respuesta por orgullo.
Y cuarto: siga pidiendo. El verbo esta en presente activo, y eso autoriza el «sigue pidiendo». hermano recuerde que aquello que usted no tiene hoy en la nevera, lo tiene en la promesa.
Y ustedes, niños de la iglesia: esta petición también es de ustedes, y ustedes la entienden mejor que los grandes. Cuando ustedes tienen hambre, le piden pan a papá o a mamá. Así no más.
No firman papeles, no hacen méritos, no dudan de la respuesta.
Pues oigan lo que Jesús dice unos versículos después: si los papás de la tierra, que son pecadores, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo? Pídanle así, como hijos.

Conclusión:

Hermano, no quiero que salgas de aquí pensando que esta petición termina tu cocina. Termina en un banquete.
Esa misma noche de Lucas 22, después de partir el pan, el Señor dijo: «No comeré más de ella hasta que se cumpla en el reino de Dios». Y en Lucas 14 alguien exclamó en la mesa: «Bienaventurado el que coma pan en el reino de Dios».
El pan de cada día son los viáticos para nuestro peregrinaje, no es lo que nos espera al final del caminio. Cada vez que usted ora esta petición está confesando que todavía va de camino, que este desierto no es su casa, y que al final del éxodo no hay una alacena llena sino un Anfitrión sentado a la mesa, el mismo que se hizo pan por usted.
Y aquí, como reformados, tenemos que ser otra vez honestos —como lo fuimos al pedir que viniera el Reino—. Podemos manejar con precisión la doctrina de la providencia, explicar la diferencia entre providencia común y provisión pactual, citar a Watson y al Catecismo de Heidelberg sobre el pan diario, y aun así sentarnos cada noche a una mesa sin levantar los ojos a la mano que la puso.
La ortodoxia sabe pronunciar «danos hoy nuestro pan»; lo que el Espíritu obra es un corazón que lo dice como hijo.
Mientras ese día llega, el Señor le deja medios sencillos, ordinarios, al alcance de todos.
Vuelva a orar antes de comer —pero ya no como protocolo: como confesión; ese plato fue pedido y fue dado—.
Trabaje con diligencia y con las manos tranquilas, porque su trabajo es el cauce del don, no su fuente. Abra la mano al hermano, porque usted oró en plural.
Y venga a la mesa del Señor cuando la iglesia la sirva, porque allí el Padre le sella, con pan que se ve y se toca, que el Dador no ha cambiado.
Y descanse. No porque el mes que viene esté asegurado según sus cálculos, sino porque el que no escatimó a su propio Hijo no ha aprendido a escatimar nada para los suyos.
Hermano: Un día se se acabarán las quincenas, las calculadoras y los graneros, y como pueblo de un mejor éxodo nos sentaremos a la mesa del nuestro Padre en Sion, y nuestro redentor y Rey se señira para servirnos.
Hasta entonces, cada mañana, vuelva a la misma puerta y diga, como hijo: Padre, el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
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