Aprende el contentamiento

Cuando el cielo calla  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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Salmo 131

Se ha dicho, de manera ingeniosa pero a la vez sabia, que los salmos más cortos son a veces los que más se tarda en aprender. Sin duda, esto es verdad con respecto al Salmo 131. Si quisiéramos ponerle un título, podríamos encontrar bastantes títulos peores que el que utilizó el puritano Jeremiah Burroughs para su libro sobre este tema: The Rare Jewel of Christian Contentment (La joya poco corriente del contentamiento cristiano).
Burroughs acertó al calificar el contentamiento como “joya”, porque es hermoso ver esta cualidad espiritual en la vida de alguien; endulza el espíritu de los que son jóvenes; viste de dignidad a los que son mayores; y nos ayuda a entender lo que quiso decir el salmista cuando dijo que el Señor “[hermosea] a los humildes con la salvación” (Sal. 149:4).
No obstante, Burroughs también dio en el blanco, tristemente, al describir el contentamiento como una joya “poco corriente”. Ciertamente, es demasiado poco corriente en nuestros tiempos con su afán de adquirir cada vez más cosas, cuando los creyentes también pueden dejarse llevar tan fácilmente por el espíritu de descontento que les rodea.
Con demasiada frecuencia permitimos que situaciones y circunstancias que son menos que ideales, o que ni siquiera son correctas, destruyan nuestro contentamiento. No nos damos cuenta suficientemente de qué triste y qué feo es cuando un hijo de Dios manifiesta ese descontento que en realidad está arraigado en un profundo descontento con Dios mismo. Y eso cuando lo que más debería caracterizar a sus hijos es precisamente un dulce espíritu de contentamiento. Sólo ellos poseen “gozo sustancioso y tesoros duraderos” (John Newton)
¿Pero qué es el contentamiento? Es más fácil aplaudirlo que definirlo. Es, según dice el proverbio, la piedra filosofal: todo lo que toca lo convierte en oro. ¿Pero qué es?
También el salmista encontró más fácil el describir e ilustrar el contentamiento que definirlo:
En verdad que me he comportado y he acallado mi alma Como un niño destetado de su madre; Como un niño destetado está mi alma (v. 2).
¡Qué imagen más vívida! Se compara a sí mismo con un niño destetado de su dieta acostumbrada de la leche de su madre. Ahora está contento de tener una dieta normal de alimentos sólidos. Y así es entre el alma del salmista y Dios. Descansa en la voluntad de Dios. Confía en su sabiduría; se contenta con aquello que Dios provea y planee para él, sea lo que sea.
Sin embargo, esta imagen también sugiere, sin duda intencionadamente, la calma después de la tormenta. Para algunas madres el esfuerzo, tanto mental como emocional, necesario para destetar a sus hijos resulta ser uno de los grandes dramas de los primeros años de la maternidad. Es una situación de conflicto. Y el recuerdo que evoca es de preocupación, de lágrimas, ¡y hasta de desesperación! El proceso de destete puede ser una importante batalla de voluntades entre madre e hijo. El contentamiento con los alimentos sólidos no siempre se consigue fácilmente.
Y esto es tan cierto espiritualmente como lo es físicamente, porque el contentamiento de que se está hablando aquí no es natural, sino espiritual.
Este salmo no está hablando de ese tipo de contentamiento, o descontento, natural que depende de nuestro trasfondo, de cómo nos criaron, y de nuestra personalidad natural. No nacemos teniendo ya el contentamiento de que nos habla la Biblia; ni tampoco viene de cómo nos crían nuestros padres. Tenemos que aprenderlo: “He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación”, dice Pablo (Fil. 4:11). Pablo da a entender que su contentamiento era el resultado de las muchas experiencias educativas de su vida cristiana. En todo caso, Pablo no tenía contentamiento por naturaleza.
El contentamiento significa vivir en paz con la provisión de Dios para nuestras vidas. Y es eso lo que no nos sale de manera tan natural. Posiblemente sólo se consiga tras una larga batalla entre nuestra propia voluntad para nuestras vidas y la voluntad de nuestro Padre Celestial.
El contentamiento está arraigado y basado en una relación interna con Dios y no en las circunstancias externas.
Considera las palabras de Pablo a sus amigos en Filipos sobre este asunto de la necesidad de aprender el contentamiento. Las palabras en cuestión fueron escritas desde una prisión, probablemente en Roma. El contentamiento del apóstol difícilmente podía ser el resultado de sus circunstancias externas: se encontraba privado de su libertad física. ¿Entonces, cómo se estaba nutriendo su contentamiento? Estaba arraigado en factores que trascendían las circunstancias meramente físicas y materiales: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13), era la explicación del propio Pablo.
¡Qué fácil hubiera sido para el apóstol el haber orado: “Señor, reconozco que he estado descontento con tus caminos para conmigo en el pasado. Pero si tan sólo me sacas de esta prisión me contentaré”! Así, al menos, es como pensamos nosotros: “Señor, si tan sólo tuviera eso, o si viviera en ese otro sitio, o si tuviera ese don, o si tuviera un poco más de dinero, o si… entonces me contentaría.” Pero eso no es “contentamiento-menos-unos-pocos-detalles”; es descontento. Hasta puede que sea codicia.
2. El contentamiento no es lo mismo que conseguir cualquier cosa que queramos, es someternos a la voluntad de Dios y aprender a desear lo que Él desea
El niño que aún no ha sido destetado prefiere la leche de su madre y el consuelo de lo ya conocido. Pero la madre sabe lo que el niño necesita, y es su firme propósito dárselo, por muy conflictivo que pueda resultar el proceso de destete. La madre sabe qué es lo mejor. Cuando como niños se nos desteta, perdemos la leche que deseamos para que podamos recibir los alimentos sólidos que necesitamos. La leche satisface al niño; pero no puede satisfacer a la madre.
Y así es también en el mundo espiritual: el proceso de “destete” que nos lleva al contentamiento en el Señor es un proceso que pasa por la pérdida. Todas esas experiencias en la vida en las que se nos priva de aquello que de manera natural queremos llegan a ser los medios por los cuales nuestro Padre nos da aquello que Él sabe que realmente necesitamos.
Al pensar en el progreso espiritual, se cometen a menudo dos errores. El primero consiste en pensar que lo tenemos que conseguir nosotros; el segundo, al contrario, consiste en pensar que es algo que ocurre sin que nosotros tengamos que utilizar nuestra propia mente, voluntad y sentimientos. Pablo aprendió a contentarse; pero para él, en ese proceso de aprendizaje, el ministerio del Espíritu Santo obró en, y a través de, su propia actividad. Ya había explicado antes a los filipenses el doble carácter de este proceso:
Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad (Fil. 2:12, 13).
El contentamiento es parte de esta santificación. Su autor es Dios; y sin embargo, el contentamiento es nuestro y se manifiesta en la manera como nosotros pensamos y sentimos. Dios nos da un espíritu de contentamiento; sin embargo, ese espíritu descansa activamente en su voluntad, se somete a sus propósitos y se contenta con Él mismo. Y podemos suponer que ésta fue también la experiencia de David. De hecho, él mismo lo dice: “Me he comportado y he acallado mi alma” (v. 2). Había peleado y ganado la batalla por el contentamiento. ¿Pero cómo? David hizo dos cosas: Vigiló las ambiciones de su corazón
Jehová, no se ha envanecido mi corazón, ni mis ojos se enaltecieron (v. 1).
Ya no da por sentado que él mismo sepa qué es lo mejor para sí. Esto no quiere decir necesariamente que sus ambiciones no fueran correctas. De hecho, muchas de ellas eran excelentes en sí mismas. No hay nada malo en proponerse metas altas. Pero la preocupación de David ahora es que su corazón sólo esté puesto en aquello que agrade a Dios, y en los propósitos que Dios tenga para él. Había empezado a entender cierta lógica divina, la que siglos después subrayaría Pablo: ya que todo lo que tenemos, todo lo que somos y todo lo que conseguimos hacer se debe a la gracia de Dios, y no nos queda nada de que jactarnos, ¿por qué seguimos jactándonos como si todos estos logros los hubiéramos conseguido nosotros mismos sin la ayuda de nadie (1 Co. 4:7)? El hacerlo no sólo es ilógico, sino también repulsivo.
En la vida de David sabemos de dos ocasiones cuando su ambición de ser rey –ambición que le fue dada por Dios– fue probada por la oportunidad de cumplir esa ambición antes del tiempo de Dios. Saúl estaba persiguiendo a David en el desierto de Engadi y le estaba buscando en la zona que se conocía como “los peñascos de las cabras monteses”. El rey hizo una “parada de necesidad”, y ¡llegó a entrar en la cueva misma donde David y sus hombres estaban escondidos (1 S. 24)! “Está claro que esto es la mano de Dios”, dijeron los hombres a David. ¡Qué manera de cumplirse, aparentemente, la profecía! Los hombres de David estarían locos de emoción. Saúl ya podía ser eliminado. Sin embargo, David vio que había algo más importante que el cumplimiento de sus ambiciones: la obediencia a la Palabra de Dios. Saúl, a pesar de su pecado, seguía siendo el ungido del Señor. Y David tuvo que reprender a sus hombres por haberle propuesto tal cosa. Tranquilizó y acalló su alma, y rechazó el orgullo sometiéndose con humildad a la voluntad moral de Dios que tan claramente se había revelado.
Otra oportunidad parecida surgió más tarde cuando David y Abisai entraron silenciosamente en la tienda de Saúl al amparo de la oscuridad y encontraron a Saúl dormido. Abisai se dirigió a su líder y le dijo: “Hoy ha entregado Dios a tu enemigo en tu mano; ahora, pues, déjame que le hiera con la lanza, y lo enclavaré en la tierra de un golpe, y no le daré segundo golpe” (1 S. 26:8). Pero otra vez David dijo que no:
David respondió a Abisai: No le mates; porque ¿quién extenderá su mano contra el ungido de Jehová, y será inocente? Dijo además David: Vive Jehová, que si Jehová no lo hiriere, o su día llegue para que muera, o descendiendo en batalla perezca, guárdeme Jehová de extender mi mano contra el ungido de Jehová (1 S. 26:9–11).
La ambición de David de llegar al trono estaba sujeta a otra ambición más importante: la de rendir su vida entera al Señor, y de conformarse a sus mandamientos, cualquiera que fuese el precio personal. Alguien así puede permitirse esperar hasta que los propósitos de Dios se cumplan a su debido tiempo. Se niega a abrigar ninguna ambición que esté fuera de la voluntad de su Señor.
Esta pauta –“La voluntad de Dios, pero siempre a la manera de Dios y en el momento de Dios”– implicaba que a David se le llamaba a morir para sí mismo, y a confiar en la perfecta sabiduría de Dios y no en la suya propia. Otros le animaron a tomar aquello que sin duda le correspondía como derecho, y a tomarlo ya. Pero David se daba cuenta de que no hay nada que nos corresponda como derecho. Somos lo que somos sólo por la gracia de Dios. Sabía que no podía ser el hombre de Dios de ninguna otra manera. Tristemente, más tarde abandonó este principio y fue entonces cuando se hundió espiritualmente.
Ésa es la única manera segura de vivir. Controló las preocupaciones de su mente Ni anduve en grandezas, Ni en cosas demasiado sublimes para mí (v. 1).
Éste es el camino que lleva al contentamiento. David conscientemente se negaba a permitir que su mente se preocupara con cosas que estaban fuera de su alcance. Si bien tenía un deseo legítimo de servir a Dios en el trono de Israel, mientras ese trono estuviera puesto por Dios en manos de otra persona, David se negaba a dejarse preocupar por ello. El trono estaba lo bastante seguro en las manos del Señor.
Es muy fácil ver este principio ilustrado en las vidas de aquellos que, teniendo mucho ya, están sedientos por tener aún más. Pero existe la misma tentación para los que tienen poco. Jesús nos advierte que no sólo “el engaño de las riquezas” sino también “los afanes de este siglo” y “las codicias de otras cosas” –o sea, las preocupaciones y a veces hasta obsesiones, que tanto los pobres como los ricos experimentan– pueden ahogar la buena semilla de la Palabra de Dios en nuestros corazones (Mr. 4:18, 19).
La lección es muy clara: si quieres aprender el arte del contentamiento, ten cuidado con las preocupaciones de tu mente. David también se negaba a dejarse preocupar por “cosas demasiado sublimes” para él, por cosas que estaban más allá de su comprensión.
Y a no ser que nosotros tengamos esa misma disciplina mental, nunca experimentaremos el contentamiento espiritual en un mundo como éste. Nosotros no somos Dios, y hay muchas cosas que tenemos que aprender a dejar en sus manos. Eso parecería ser lo más lógico para los que no son más que criaturas con una capacidad de entender frágil y caída.
David sabía que el Dios de gracia puede hacerse cargo de cualquier tensión que echemos sobre Él. Así que, al concluir su breve poesía, se dirigió a otros y les exhortó: Espera, oh Israel, en Jehová, Desde ahora y para siempre (v. 3).
Y hubo otros también, en tiempos del Antiguo Testamento, que le oyeron y compartieron con él la misma confianza:
Aunque la higuera no florezca, Ni en las vides haya frutos, Aunque falte el producto del olivo, Y los labrados no den mantenimiento, Y las ovejas sean quitadas de la majada, Y no haya vacas en los corrales; 18 Con todo, yo me alegraré en Jehová, Y me gozaré en el Dios de mi salvación. 19 Jehová el Señor es mi fortaleza, El cual hace mis pies como de ciervas, Y en mis alturas me hace andar. (Habacuc 3:17-19)
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