Día del Padre 2026
Días de Silencio • Sermon • Submitted • Presented
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· 3 viewsLlevar a la congregación a entregar todo a Dios, caminar con ÉL y ser ejemplo a los hijos.
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Días de Silencio
Días de Silencio
Quiero empezar con una pregunta que casi no se hace en el día del padre, porque nos lleva a momentos tristes o difíciles ¿Cuál es la peor noticia que un padre puede recibir? Pienso que no es la economía ¿qué es lo peor? lo que te quita el sueño, te pone de rodillas, quizá la mayoría diría: que algo le pase a un hijo.
Ahora imagina que esa noticia no viene de un médico, de la policía, no se trata de un accidente, imagina que esa noticia, de que algo malo le pasará a tu hijo ¡viene de Dios! Pues eso es lo que vivió Abraham.
“Tiempo después, Dios probó la fe de Abraham. —¡Abraham! —lo llamó Dios. —Sí —respondió él—, aquí estoy. —Toma a tu hijo, tu único hijo —sí, a Isaac, a quien tanto amas— y vete a la tierra de Moriah. Allí lo sacrificarás como ofrenda quemada sobre uno de los montes, uno que yo te mostraré.” (Génesis 22:1–2, NTV)
¿Te das cuenta cómo es Dios quién lo pone en términos emocionales y gráficos? Tu hijo, tu único hijo, a quien tanto amas y lo sacrificarás. Como si Dios quiere asegurarse de que Abraham no puede mal interpretar la orden, no hay margen para el error o equivocación.
El texto no registra ninguna respuesta de Abraham, no hay llanto ni negociación, no vemos lo que esperaríamos ver. El verso 3 simplemente dice:
“A la mañana siguiente, Abraham se levantó temprano. Ensilló su burro y llevó con él a dos de sus siervos, junto con su hijo Isaac. Después cortó leña para el fuego de la ofrenda y salió hacia el lugar que Dios le había indicado.” (Génesis 22:3, NTV)
Se levanta temprano, él mismo corta la leña y sale.
Pero es obvio de que antes de salir tuvo que ver a Sara, mirar a la mujer con quien había esperado a Isaac por décadas, la que había llorado por no tenerlo, la que finalmente a los 90 años lo tuvo. Sara lo miró a los ojos esa mañana ¿qué le dijo? ¿qué le ocultó? La Biblia guarda silencio total de esa conversación.
Ese silencio es el primer peso que Abraham tuvo que cargar.
Para entender el peso de ese momento hay que entender ¿quién era Abraham y en qué mundo vivía?
Abraham no era israelita ¡esa nación aún no existía! era de Ur de los caldeos, una ciudad sofisticada de la antigüedad, en lo que hoy es el sur de Irak. Una ciudad con gran arquitectura, sistema de escritura, comercio internacional. Abraham no era un nómada ignorante, era un hombre de cultura avanzada que eligió dejar todo eso cuando Dios lo llamó.
Canaán rodeado de pueblos que practicaban algo que hoy vemos horroroso, pero que en su tiempo era completamente normal: el sacrificio de niños a sus dioses. Los cananeos, fenicios, amonitas todos tenían deidades que exigían lo más preciado del adorador. Por ejemplo, el dios Moloc era adorado con fuego y los padres ofrecían a sus primogénitos en las llamas como acto supremo de devoción. Arqueólogos han encontrado cementerios infantiles junto a los templos cananeos que evidencian esta práctica.
¿Por qué importa el contexto? Porque cuando Dios le pide a Abraham sacrificar a su hijo, eso no era algo imposible en su mundo, era lo que los dioses de naciones vecinas pedían regularmente. Lo que era único en este momento, no fue la petición, fue lo que pasó después.
¿Cuántos años tenía Isaac? Esto es algo que pocos dicen. La tradición judía basada en el cálculo en Génesis 23, sabe que Sara muere a los 127 años. Tenía 90 años cuando nace Isaac, y la tradición concluye que Isaac tenía aprox. 37 años. Otros estudiosos más conservadores lo ubican entre 25 y 33 años. De cualquier manera ¡no era un niño pequeño? Era un hombre joven, fuerte y capaz.
Esto cambia muchas cosas, porque Abraham no ató un niño pequeño que no podía resistirse, amarró a un adulto que eligió no resistirse. Y nos preguntamos ¿por qué Isaac no huyó? ¿por qué no peleó? La única respuesta que tiene sentido es ¡confianza! Décadas de vivir juntos, su padre había demostrado ser fiel, conocía lo suficiente a su padre como para someterse, incluso ¡cuando no entendía!
El texto dice que fueron a la tierra de Moriah. Sabemos que tiempo después el rey Salomón construyó el templo de Dios ¡precisamente en ese monte! En Jerusalén:
“Salomón comenzó a construir el templo del SEÑOR en Jerusalén en el monte Moriah, donde el SEÑOR se le había aparecido a David, su padre…” (2º Crónicas 3:1, NTV)
En el mismo monte dónde Abraham estuvo con Isaac, después estaría el altar del templo.
Dos mil años después, muy cerca de ese lugar ocurriría otro sacrificio y ese sí se culminó.
Dios no eligió ese monte al azar, lo eligió desde el principio.
Abraham vivía en Beerseba y el monte estaba aprox. a 80 km. Van a pie, con un burro, cargando leña y provisiones, más o menos 3 días de camino. Aquí vamos a detenernos, en ese viaje.
Primer día. Abraham camina con Isaac, 2 siervos, la leña en el burro. El sol de Canaán les baña el rostro. ¿De qué hablan? ¿Se cuentan historias? ¿señalan los montes y valles? ¿hay momentos de silencio que ninguno sabe cómo llenar? Llega la noche. Acampan. Se prende la fogata, contemplan el baile de las llamas ¿se ríe de ellos? ¿los desafía? Observa dormir a su hijo y siente la carga de algo que no puede decir en voz alta.
Segundo día. Se levantan con los primeros rayos del sol. El burro, la leña, los siervos. Isaac a su lado. Abraham hace lo que los padres llevan siglos haciendo: ponen cara de que todo está bien. Responde preguntas con normalidad. Sonríe cuando hay que sonreír y por dentro, algo en él se mueve de maneras que ninguna palabra puede describir. Llega la noche una vez más. Mismo fuego, su hijo durmiendo. Abraham contempla las estrellas, las mismas estrellas que Dios le había mostrado años atrás y le había dicho: “Así de numerosa será tu descendencia”. Y ahora, Dios le pide la semilla de toda esa descendencia.
Tercer día. Puede ver el monte a lo lejos.
¿Por qué Abraham no buscó un monte más cercano para apresurar lo terrible? Primero, porque Dios le había dicho ese monte. Otros dicen que era necesario obedecer y hacer esos 3 días de viaje, porque hay un simbolismo en esos 3 días: 3 días de Jonás en el vientre del pez, 3 días en el sepulcro para Jesús, 3 días de esa “muerte” lenta para Abraham, porque en su corazón esos 3 días Isaac ¡ya había muerto y ya había resucitado! Me explico:
“Abraham llegó a la conclusión de que si Isaac moría, Dios tenía el poder para volverlo a la vida; y en cierto sentido, Abraham recibió de vuelta a su hijo de entre los muertos.” (Hebreos 11:19, NTV)
¿En qué momento llegó a esa conclusíón? Durante ese viaje. Aquí vemos que Abraham no llegó al monte con dudas, ya había procesado en 3 días de silencio y fe, algo que nosotros tardaríamos toda una vida en procesar. Podemos aprender de su experiencia y ahorrarnos partes de ese viaje.
Padres, ustedes conocen esa caminata, no de 3 días a un monte, sino de semanas, meses, años enteros cargando algo que no pueden poner en palabras frente a sus hijos. ¡Todos cargamos algo!
Una preocupación y no saben si tienen fe o miedo. Una crisis económica que se ve imposible, un hijo que toma decisiones que desvelan a los padres. Una enfermedad, una pérdida, una separación, distancia necesaria pero no voluntaria.
Muchos de ustedes lo cargan ¡en silencio! Porque así somos los padres, no hablan. Se tragan las noches, ponen cara de alegría, de fortaleza ante los hijos, la esposa, pero por dentro caminan hacia un monte que sólo ellos pueden ver.
Le preguntaron a un niño qué recordaba de los viajes largos con su padre, y dijo: “A veces no hablábamos nada, pero yo sabía que él estaba ahí, y eso era suficiente”.
La presencia silenciosa de un padre vale más de lo que creemos. Pero algo separa la presencia silenciosa de Abraham del silencio de muchos padres. Abraham caminaba en silencio ¡pero no camina solo! Cada paso era una conversación con Dios, aun sin palabras. Cada paso era un acto de obediencia, aunque no hubiera claridad.
La pregunta es ¿con quién caminas en tu silencio? Lo peor que puedes hacer es habar tanto contigo mismo que no escuches la voz de Dios.
Al tercer día Abraham puede ver el monte y les dice a los siervos:
“«Quédense aquí con el burro —dijo Abraham a los siervos—. El muchacho y yo seguiremos un poco más adelante. Allí adoraremos y volveremos enseguida».” (Génesis 22:5, NTV)
No dice ¡volveré! habló en plural. Abraham no está mintiendo, está declarando FE, no sabe cómo van a regresar los 2, no tiene plan B, pero declara “regresaremos” porque ha decidido confiar en que Dios tiene una salida que él todavía no puede ver.
Isaac carga la leña sobre sus hombros y hay un detalle que no se puede leer sin ser conmovido. El hijo carga la madera del sacrificio sobre sus hombros. Igual que 2 mil años después, otro Hijo cargaría su propia cruz de madera, hacia otro monte en esa misma región.
Abraham cargó el fuego, el cuchillo y suben juntos. En esa subida Isaac rompe el silencio con una sola palabra ¡Padre!
“Isaac se dio vuelta y le dijo a Abraham:
—¿Padre? —
Sí, hijo mío
—contestó Abraham. —
Tenemos el fuego y la leña —dijo el muchacho—, ¿pero dónde está el cordero para la ofrenda quemada?” (Génesis 22:7, NTV)
Nos preguntamos ¿Isaac no sospecha nada? Han viajado 3 días, cargado la leña, confía plenamente y hace la pregunta más natural desde su perspectiva: “Papá, tenemos todo, pero falta el cordero. ¿Dónde está?”
¿Qué siente el padre en ese instante? su hijo lo miró con ojos libre de sospecha y le hace una pregunta para la que no tiene respuesta. Son los momentos que el padre quisiera decirle todo, pero ¡no puede! ¡no lo sabe!
Un padre en el hospital que le dice a su hijo pequeño: “todo va a estar bien” ¡y no sabe si es verdad! Un padre sin trabajo y dice a su familia “no se preocupen, algo va a surgir” -sin saber ¡cuándo! Un padre cuya empresa está al borde de la quiebra y dice a la esposa “Vamos a sacarlo adelante”. Un padre que por conflictos no convive con sus hijos y cuando lo hace, no sabe cuándo será la próxima vez y les dice: ¡nos vemos pronto! Caminando en fe más que en certeza.
Abraham responde:
“—Dios proveerá un cordero para la ofrenda quemada, hijo mío —contestó Abraham. Así que ambos siguieron caminando juntos.” (Génesis 22:8, NTV)
Los 2 siguen su camino. Esa frase final me parece una de las más tiernas del AT. Después de esa respuesta, incompleta, imposible, siguen caminando juntos. El hijo al lado del padre, el padre al lado del hijo. Sin saber qué pasará.
Paternidad no es tener todas las respuestas, paternidad es seguir caminando al lado de tu hijo, de tu hija, aunque no sepas cómo va a terminar, porque ¡no lo sabes!
Llegan al lugar, Abraham construye el altar con sus propias manos, coloca la leña. Entonces hace lo que ningún padre debería tener que hacer: Ata a su hijo.
Pero veamos el otro lado: ¡Isaac lo permitió! Recuerda, tiene entre 23 y 37 años ¡es joven! Abraham un anciano de más de 100 años, físicamente Isaac pudo levantarse y huir ¡No lo hizo!
¿Por qué? Porque la confianza que Isaac tenía en su padre no se construyó en el camino al Monte, sino en décadas de vivir juntos, en cada promesa que Abraham cumplió, en cada noche presente, en hablar con honestidad, cada vez que Isaac observó a su padre hablar con Dios y ver a Dios responder.
La obediencia que no nace de la confianza es miedo disfrazado. La obediencia de Isaac ¡no es miedo! Es fe heredada, Isaac confía en su padre porque su padre había demostrado ser digno de confianza.
Más importante, Isaac también confía en el Dios de su padre. No sólo en su papá. Si Abraham dijo que Dios proveería el cordero ¡Isaac sabía que ese hombre no inventaba cosas sobre Dios! Dios va a proveer.
Pregunta a los padres ¿qué imagen de Dios estamos heredando a nuestros hijos a través de nuestros actos? ¡no de nuestras palabras! Porque tus hijos NO conocerán a Dios en lo abstracto, sino a través de lo que ven en ti.
Abraham se para frente al altar. Su hijo amarrado. Toma el cuchillo, cierra los ojos, toma un gran respiro, levanta la mano lentamente y…:
“En ese momento, el ángel del SEÑOR lo llamó desde el cielo: —¡Abraham! ¡Abraham! —Sí —respondió Abraham—, ¡aquí estoy! —¡No pongas tu mano sobre el muchacho! —dijo el ángel—. No le hagas ningún daño, porque ahora sé que de verdad temes a Dios. No me has negado ni siquiera a tu hijo, tú único hijo.” (Génesis 22:11–12, NTV)
Pregunta ¿acaso no lo sabía Dios desde antes? Claro que sí, entonces ¿para quién era la prueba? ¡Para Abraham!
Dios no necesita descubrir algo, es Abraham quién necesitaba descubrir algo de él mismo y es esto: Que sí podía soltar lo que más amaba. Que su identidad no dependía de Isaac, podía seguir siendo “Padre de multitudes” aun sin hijos, el amigo de Dios, aun sin hijos, el padre de la fe ¡aunque Isaac ya no estuviera!
Uno de los peligros de la paternidad es poner toda la identidad en los hijos, cuando el éxito de un padre está atado al éxito de los hijos, sin querer los convierte en pequeños dioses y esos dioses tarde o temprano ¡decepcionan!
Si la identidad del padre está en el hijo, cuando éste falla, el fracaso se convierte en fracaso del padre, y eso crea una dinámica tóxica: el padre presiona al hijo para que tenga éxito porque el hijo “tiene” que cargar con la identidad del padre.
La pregunta desde el monte Moriah para ti padre es ¿puedes soltar? ¿puedes confiarle a Dios lo que más amas?
Abraham levanta los ojos y ve algo que no había visto, un carnero atrapado en un matorral. Lo toma, lo ofrece en lugar de su hijo y entonces hace algo que no es común en el AT: Le pone nombre a ese lugar:
“Abraham llamó a aquel lugar Yahveh-jireh (que significa «el SEÑOR proveerá»). Hasta el día de hoy, la gente todavía usa ese nombre como proverbio: «En el monte del SEÑOR será provisto».” (Génesis 22:14, NTV)
No lo dice en tiempo pasado, dice ¡Proveerá! En futuro. Abraham no está documentando lo que había pasado, está declarando sobre lo que vendría. Como diciendo: esto que pasó hoy es la evidencia de algo que va a seguir siendo verdad para siempre. En el monte del Señor ¡ÉL proveerá! habrá provisión.
Pero ¿dónde estaba el carnero antes de que Abraham lo viera? ¡estaba ahí! No llegó en ese momento, Dios lo puso antes de que Abraham llegara al monte, estuvo ahí quizá mientras Abraham caminaba los 3 días, o la noche anterior mientras Abraham dormía. Lo que Abraham no podía ver en el fondo del valle ¡ya estaba en la cima del monte!
Hay padres que están en el valle, no ven la salida, llevan días, meses, años cargando algo sin ver resolución. Lo que quiero decirles no es poético, emocional, sino una verdad bíblica: Lo que no puedes ver desde abajo ¡Dios ya lo puso arriba! El Monte siempre ha simbolizado la presencia de Dios, la oración.
Jehová Jireh no es un título que Dios se ganó una sola vez, es una declaración de SU carácter que sigue siendo verdad hoy. El mismo Dios que puso el cordero en el matorral antes que Abraham llegara, ya fue delante de ti en lo que tienes por delante.
Cuando el padre enseña al hijo a andar en bicicleta, hay un momento que el niño cree que el padre todavía lo sostiene, el niño pedalea con seguridad, con confianza mirando al frente porque “siente” que papá está atrás. Y en algún momento el padre ¡lo soltó! El niño aun no lo sabe y sigue pedaleando y el padre corre a su lado, sin decir nada, con el corazón a punto de reventar de orgullo y de amor viendo a su hijo andar solo por primera vez. Ese padre corre al lado, aunque el hijo no lo vea. Eso es Jehová Jireh.
Cuando Isaac preguntó ¿dónde está el Cordero? Abraham dijo: Dios proveerá un cordero. Abraham lo dijo con fe, lo dijo sin saber lo que decía, esa frase era más profética de lo que Abraham podía imaginar.
El cordero que apareció ese día fue la provisión para ¡ese día! La pregunta de Isaac “¿dónde está el Cordero?” tenía una respuesta más grande que llegaría 2 mil años después.
En ese lugar hoy llamado Jerusalén, había otro monte a la orilla de la ciudad, ahí otro Padre entregó a SU Hijo, pero esa vez no hubo ángel que detuviera su mano. No hubo cordero en el matorral, porque esa vez, el Hijo ¡era el Cordero!
“»Pues Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.” (Juan 3:16, NTV)
Lo que Abraham vivió como ensayo, Dios lo vivió en carne propia. Dios fue Abraham, el padre que entrega. Jesús fue Isaac, el hijo que confía, se somete. Pero en el Calvario no hubo sustituto de último momento, el Hijo fue sacrificado. Dios no se ahorró lo que sí le ahorró a Abraham. Y a ti y a mí.
¿Por qué? Porque el Cordero de Abraham solo podía salvar a Isaac ese día, pero el Cordero del Calvario podría salvar a toda la humanidad para siempre.
Cuando Abraham caminó 3 días hacia el monte ¡no lo sabía! Cuando respondió: “Dios proveerá el Cordero”, no sabía lo literal que sería. Cuando Isaac bajó del monte vivo, no sabía que su historia era el boceto de otra historia más grande.
Todo apuntaba al Calvario y todo el Calvario apunta a nosotros. Dios quien no escatimó a SU propio Hijo, es el Dios en quien confían los padres de Casa de Fe. Ese Dios puede con lo que tú estás cargando ¡Suéltalo!
Abraham bajó diferente a cómo subió, porque aprendió algo que no se aprende en los valles. En el valle uno aprende a sobrevivir, pero en los montes, en las pruebas imposibles, uno aprende quién es Dios y quién es uno mismo.
Abraham bajó sabiendo 3 cosas que quizá sabía en la mente, pero ahora las sabe en el alma: ¡Dios provee! No quizá, no a veces, en el Monte del Señor ¡ÉL provee!
Aprendió que soltar no es perder. Creyó que al soltar a Isaac lo perdería, pero en realidad ¡lo recuperó! Porque lo que se suelta en las manos de Dios ¡no se pierde, se multiplica!
Aprendió que la Fe no es ausencia de dolor, es la decisión de seguir caminando hacia Dios, aunque todo dentro de ti quiera detenerse.
Preguntas para que lleves delante de Dios
Padre ¿qué estás cargando en silencio que no has dicho a nadie? ni a tu esposa, hijos, ni siquiera a Dios. Abraham caminó 3 días en silencio, pero su silencio era una conversación continúa con Dios ¿con quién caminas en tu silencio?
¿Qué has convertido en tu Isaac sin darte cuenta? ¿qué es lo que si Dios te lo pidiera hoy no podrías soltar? ¿El éxito de tus hijos? ¿tu imagen como padre? ¿el control? porque lo que no puedes soltar, eso te tiene atada a ti, y no tú a eso.
¿Crees que en el monte al que te diriges, en esa situación “sin salida” Dios ya puso algo en el matorral antes de que llegues?
No tienes que saberlo. Abraham ¡no lo sabía! Pero eligió creerlo. Esa elección, creer sin ver, confiar sin entender, seguir caminando hacia el monte (Su presencia, la oración), aunque no veas el Cordero, esa elección es la que hace un padre, un padre de FE, un padre de Casa de FE.
Hoy no celebramos al padre perfecto, celebramos al padre que ¡sigue caminando! al que carga la leña, aunque no entienda. Al que dice: “Dios proveerá”, aunque no sepa cómo. Al que llega al monte y descubre que Dios ya estuvo ahí antes.
Que seamos ese padre. Que el resto de la vida sepamos que Jehová Jireh, el Señor que ya fue delante de ustedes, es más que suficiente para todo lo que viene.
Palabra de Dios
Orar por los padres.
Oremos
