La gracia que enriquece
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Pablo no comienza diciendo «hermanos corintios, mírense, ¿cuánto están dando?, ¿cómo están con sus recursos?».
Pablo comienza con una noticia. 2 Corintios 8:1 - 9
Ahora, hermanos, les damos a conocer la gracia de Dios que ha sido dada en las iglesias de Macedonia. Pues en medio de una gran prueba de aflicción, abundó su gozo, y su profunda pobreza sobreabundó en la riqueza de su liberalidad. Porque yo testifico que según sus posibilidades, y aun más allá de sus posibilidades, dieron de su propia voluntad, suplicándonos con muchos ruegos el privilegio de participar en el sostenimiento de los santos. Y esto no como lo habíamos esperado, sino que primeramente se dieron a sí mismos al Señor, y luego a nosotros por la voluntad de Dios. En consecuencia, rogamos a Tito que como él ya había comenzado antes, así también llevara a cabo en ustedes esta obra de gracia. Pero así como ustedes abundan en todo: en fe, en palabra, en conocimiento, en toda solicitud, y en el amor que hemos inspirado en ustedes, vean que también abunden en esta obra de gracia. No digo esto como un mandamiento, sino para probar, por la solicitud de otros, también la sinceridad del amor de ustedes. Porque conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, sin embargo por amor a ustedes se hizo pobre, para que por medio de Su pobreza ustedes llegaran a ser ricos.
«Os hacemos saber la gracia de Dios que se ha dado a las iglesias de Macedonia.»
La gracia se ha dado. Voz pasiva. El sujeto no son los macedonios; el sujeto es Dios. Lo primero que Pablo reporta de las iglesias de Macedonia no es lo que ellos hicieron; es lo que Dios hizo en ellos. Y solo después, sobre esa base, Pablo describirá la generosidad asombrosa que brotó.
La palabra que Pablo usa aquí en griego es χάρις (járis) —gracia, dádiva, favor inmerecido de Efesios 2:8 cuando Pablo dice «por gracia sois salvos».
La gracia bajó desde el trono de Dios hasta los macedonios; los macedonios la administraron hacia la iglesia de Jerusalén; y debajo de todo eso, sosteniendo la corriente entera, está la gracia de Cristo que se hizo pobre por nosotros. Una sola gracia. Que se recibe. Que se administra. Que se sostiene en él.
5, «Y no como lo esperábamos, sino que a sí mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros, por la voluntad de Dios.»
Hay un orden. Y el orden no es accidental. Primero el Señor. Después la comunión con la iglesia. Después, y solo después, los recursos. Adoración. Cuerpo. Administración. En ese orden.
¿cuántas veces hemos invertido ese orden? ¿Cuántas veces hemos creído que somos generosos porque dimos dinero, o tiempo, o servicio, sin habernos dado primero a nosotros mismos al Señor?
Cuando este orden se invierte —cuando el creyente decide administrar sin haberse entregado primero— lo que se produce no es generosidad cristiana sino filantropía religiosa.
Y la filantropía religiosa, por más espléndida que parezca delante de los hombres, no es lo que Pablo está describiendo. Los macedonios dieron mucho porque primero se dieron a sí mismos. El que se ha dado a sí mismo al Señor, no calcula. El que no se ha dado a sí mismo al Señor, calcula siempre, aunque el cálculo se llame ofrenda.
Los macedonios no dieron a pesar de su pobreza. Pablo dice algo más fuerte: dieron desde su pobreza.
2: «su profunda pobreza abundó en riquezas de su generosidad».
Esto descalifica de un solo golpe la lógica que todos nosotros llevamos por dentro y que dice «cuando tenga más, daré más; cuando me estabilice, seré generoso; cuando salga de las cuentas, podré pensar en el reino».
Los macedonios no esperaron a estar mejor. ¿Sabe por qué? Porque ellos ya sabían lo que tenían. No me refiero a lo que tenían en pesos o en denarios. Me refiero a lo que tenían en Cristo. El cristiano que sabe lo que ha recibido en Cristo no espera tener para dar; sabe que ya tiene.
Hay gente con poco que da mucho porque sabe lo rica que es. Y hay gente con mucho que da poco porque, en el fondo, todavía se siente pobre.
Versículo 9. «Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.»
Siendo rico. El Hijo eterno, antes de la encarnación, en plena posesión de la gloria divina. Recuerde Juan 17, donde Jesús ora al Padre y dice «la gloria que tenía contigo antes que el mundo fuese». Recuerde Filipenses 2, donde Pablo dice que él «siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse». Cuando Pablo dice aquí «siendo rico», no se refiere a riqueza material. Se refiere a la suma total de lo que el Hijo era en su preexistencia. Toda la plenitud de la divinidad. Toda la gloria que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo comparten desde la eternidad. Esa es la riqueza desde la cual él parte.
Se hizo pobre. La raíz griega no es la del que tiene poco; es la del mendigo. La del que pide. La del despojado total. Cristo no descendió un escalón, hermanos. Descendió desde la plenitud divina hasta la condición del que no tiene nada. Y esa pobreza tiene rostros concretos en la historia: el pesebre de Belén, donde no había lugar para él; los años de carpintero en Nazaret; el ministerio sin dónde recostar la cabeza; el huerto donde sudó gotas de sangre; la cruz donde fue despojado incluso de su ropa, y donde el Padre, en el momento culminante, lo dejó solo bajo el peso de la ira contra el pecado. \
Para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos. No dice «para que vosotros tuvierais un poco más». Dice que en el intercambio él se hizo nada para que nosotros fuésemos hechos coherederos del Hijo. Romanos 8:17. La adopción como hijos del Padre, Efesios 1:5. El sello del Espíritu como garantía de la herencia, Efesios 1:13 y 14. El acceso permanente al trono de la gracia, Hebreos 4:16. La bendición con toda bendición espiritual en lugares celestiales en Cristo, Efesios 1:3. Esa es la riqueza concreta. Es lo que usted, si está en Cristo, ya posee.
La lectura común dice así: «Cristo se hizo pobre por ti; ahora tú también hazte pobre por otros».
Suena devoto. Suena sacrificial. Y es, sin embargo, moralismo encubierto. Pablo no está proponiendo a Cristo como modelo a imitar. Pablo está describiendo una transacción real, en la cual el creyente ya está incluido por la unión con Cristo. Cristo no se hizo pobre como ejemplo. Cristo se hizo pobre como sustituto. Y la riqueza que él nos consiguió no es un horizonte al cual aspiro si me esfuerzo bien; es lo que ya soy en él.
¿Ve usted la diferencia?
Si la generosidad cristiana es imitación de Cristo, entonces yo doy para parecerme a Jesús, y la generosidad se convierte en mi proyecto personal de santificación visible.
Y de ahí, tarde o temprano, brotan tres frutos amargos: el cansancio, porque la imitación es trabajo sin fin; la comparación, porque siempre habrá quien imite mejor que yo; y el orgullo, porque si imito bien, me lo voy a creer.
Pero si la generosidad cristiana es administración de la riqueza que ya tengo en Cristo, entonces todo cambia. No doy para llegar a ser algo; doy porque ya soy alguien.
No administro mi tiempo para ganarme algo; administro porque ya he sido enriquecido. El primero da por carga; el segundo da por desbordamiento. El primero se cansa; el segundo no se cansa, porque el manantial del cual da no está en él.
Si esto es así, si el cristiano ya posee esta riqueza desde el día en que creyó, ¿por qué seguimos acaparando? ¿Por qué seguimos calculando? ¿Por qué seguimos postergando, retirando, evadiendo?
Y la respuesta es esta. La unión con Cristo es real, y completa, desde el momento de la fe. Pero la santificación es progresiva.
Mi conciencia operativa de la riqueza que poseo en él aún no alcanza la magnitud real de esa riqueza. Yo todavía vivo, en muchos momentos, como si fuera pobre, aunque he sido hecho rico. Y precisamente por eso el Señor usa el llamado a administrar para mostrarme dónde aún no he creído lo que ya confieso.
El desorden con el dinero y con el tiempo no es solo un problema económico o de planeación. Es diagnóstico espiritual. Tripp lo dice bien: si quiere saber qué tesora, mire su agenda y su billetera. No porque eso defina lo que usted es, sino porque eso revela lo que usted aún no cree operativamente sobre lo que ya es en Cristo.
La colecta que Pablo está describiendo no es una iniciativa privada de cristianos individuales que decidieron dar por su cuenta. Es una ofrenda congregacional, administrada por hermanos elegidos por las iglesias.
Lea conmigo el versículo 19. Hablando de un hermano que viaja con Pablo, dice: «y no sólo esto, sino también fue designado por las iglesias como compañero de nuestra peregrinación para llevar este donativo, que es administrado por nosotros para gloria del Señor mismo».
Y un poco más adelante, en el versículo 23: «en cuanto a Tito, es mi compañero y colaborador para con vosotros; y en cuanto a nuestros hermanos, son mensajeros de las iglesias, y gloria de Cristo».
Pablo nombra a hermanos enviados expresamente para acompañar la colecta. Hombres probados. Hombres designados por las iglesias. Hombres que viajan rindiendo cuentas. Esto, hermanos, es la raíz neotestamentaria del oficio diaconal como administración pactual de la misericordia.
Aquí está, en el texto mismo del Nuevo Testamento, lo que después la Confesión y los Catecismos de Westminster sistematizan. La iglesia recoge. La iglesia elige administradores idóneos. La iglesia envía. La iglesia rinde cuentas.
El cristiano del Nuevo Testamento no administra su generosidad como agente solitario que canaliza por su cuenta sus recursos hacia las causas que le parecen buenas. Administra como miembro del cuerpo, en y con su iglesia local, bajo la supervisión de los oficios que el Señor instituyó.
Esto tiene implicaciones muy concretas para nosotros en Raah. La ofrenda dominical no es una donación privada que pasa por la iglesia como por un cajero automático.
Es acto de adoración congregacional. La sesión y los diáconos no son intermediarios opcionales; son los oficios que Cristo, cabeza de la iglesia, instituyó para que la misericordia del cuerpo se ejerza con orden, transparencia y dirección pastoral.
Cuando un miembro de Raah administra su generosidad fuera del cuerpo de Raah —dando aquí y allá según le parece, sin integrar su administración a la vida de la iglesia local—, no necesariamente está pecando. Pero está perdiendo la dimensión pactual de la generosidad neotestamentaria. Y al perderla, queda más expuesto a desórdenes que el mismo Pablo intenta corregir en otros lugares de sus cartas: la generosidad por impulso, la generosidad por imagen, la generosidad como inversión relacional, la generosidad que termina creando obligaciones.
Y por lo demás, esto no se limita al dinero. La administración cristiana del tiempo, de los talentos, de la atención, también es congregacional.
Cuando usted se ofrece para servir en la iglesia, cuando acompaña a un hermano en una temporada difícil bajo la dirección de la sesión, cuando los diáconos identifican una necesidad concreta y la congregación responde como un cuerpo, estamos haciendo lo que los macedonios hicieron. Nos damos primero al Señor. Luego al cuerpo. Y luego administramos la χάρις recibida como una sola gracia que fluye desde Cristo, a través del cuerpo, hacia el mundo necesitado.
«¿está usted dando lo suficiente?», o «¿es usted lo bastante generoso?». Esa pregunta no es la de Pablo. Esa pregunta nos pone en el centro y nos mide. La pregunta de Pablo es otra.
La pregunta de Pablo es esta. ¿Sabe usted lo rico que es en Cristo? Porque si lo sabe, todo lo demás se ordena en su lugar. Y si no lo sabe, ninguna estrategia de administración va a producir generosidad verdadera; va a producir, en el mejor de los casos, disciplina financiera. Y la disciplina financiera no es lo que Pablo está predicando aquí.
¿Hay alguna riqueza concreta que usted tiene en Cristo —el perdón de un pecado específico que cargaba; la adopción cuando se sintió huérfano de afecto; la presencia del Espíritu en una situación que no podía atravesar solo; la herencia segura frente a un temor que lo perseguía; la comunión real con el pueblo del pacto— que usted aún no ha traducido en una administración concreta de su tiempo, su dinero, o su atención? Identifique una sola. Y desde ahí, no desde el deber abstracto, no desde la culpa, no desde la comparación con otros, identifique una sola forma concreta de administrar esa riqueza esta semana, preferentemente en y con la vida de Raah.
Cierre
Cierre
Versículo 9. «Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.»
Hay un día que viene. Un día en que la riqueza que ahora poseemos por la fe se hará visible por la vista. Un día en que el Hijo, que se hizo pobre por nosotros, nos hará entrar en la herencia que él compró con su sangre. Un día en que toda lágrima será enjugada, toda escasez quedará atrás, toda inseguridad económica desaparecerá, porque estaremos en la ciudad cuyos cimientos son las piedras preciosas y cuyas calles son de oro puro como vidrio transparente. Esa es la riqueza que ya es nuestra en Cristo, y que aún esperamos en su plenitud.
Mientras tanto, vivimos en el tiempo intermedio. Vivimos administrando, en pobreza relativa, una riqueza que aún no se manifiesta del todo.
Y cada vez que abrimos la mano —con nuestro dinero, con nuestro tiempo, con nuestra atención, con nuestra presencia— estamos anticipando aquel día. Estamos diciéndole al mundo, y diciéndonos a nosotros mismos, que ya somos ricos en él. Estamos demostrando, en el orden del cuerpo pactual, que la gracia que recibimos no se agota en nosotros, sino que fluye, porque su naturaleza es fluir.
