Un encuentro impactante y un cambio radical
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Introducción:
¿Alguna vez has sentido que nadie te comprende?
Sí, puede ocurrir, aunque no sea enteramente cierto. Pero hay ocasiones en las que uno se siente mal, está triste, preocupado, ansioso, mira alrededor y parece que nadie percibe el malestar. Es así que aprendemos acerca de nuestra necesidad de relaciones cercanas y profundas, de esas que muchas veces sin llegar a solucionar todos nuestros problemas son capaces de sanar nuestro corazón simplemente por estar con nosotros, llorar con nosotros, rodearnos con un abrazo o un gesto de comprensión cuando más lo necesitamos.
I. Dios quiso identificarse contigo
I. Dios quiso identificarse contigo
Dios, que nos conoce profunda y perfectamente, sabe de esta necesidad, y es por eso que envió a su Hijo a salvarnos.
Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
El Hijo de Dios vino a limitarse a la condición humana, despojándose de su riqueza espiritual, para identificarse contigo. Vino a sentarse a tu lado en los momentos críticos, no para dedicarte un sermón sino para sanar tu alma con su abrazo, su comprensión, identificándose con tu dolor.
Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.
Él no se quedó distante, mirándonos de lejos. Vino, se puso literalmente en nuestros zapatos, compartió nuestras limitaciones y dificultades, para poder así salvarnos.
Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza más discípulos que Juan (aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), salió de Judea, y se fue otra vez a Galilea. Y le era necesario pasar por Samaria. Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José. Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta.
Este pasaje nos presenta a Jesús en el momento en que percibió la señal para el siguiente paso de su ministerio. Su popularidad había aumentado y ya eran muchos los que venían a Él para escucharle y creían en Él. Así como habían aprendido de Juan el Bautista, sus discípulos bautizaban a los que manifestaban su fe y su búsqueda de Dios. El detalle es que Jesús esperó que estas noticias llegaran a los fariseos para dar su paso. El momento de la oposición y la cruz todavía no había llegado, así que se dispuso a dejar la región de Judea por un tiempo.
La característica de testimonio personal de estos relatos es maravillosa. Juan conocía estos caminos y nos ilustra en cuanto a los caminos que necesitaban atravesar para volver a Galilea. En este caso, se les hacía necesario pasar por Samaria (y Juan lo relata en tercera persona, refiriéndose a que Jesús tenía que pasar por allí, ya que Él es el protagonista de la historia). La referencia a la ciudad de Sicar es bien clara, mencionándola como la cuna histórica del que llamaban “el pozo de Jacob”, la propiedad de José, hijo del patriarca.
Pero aquí es donde hacemos bien en detenernos para considerar el detalle:
Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta.
Este es mi Señor. Podía haberme mirado desde la distancia, ver mi cansancio, considerar mis angustias, observar mis lágrimas y percibir mi dolor, pero nada más. Pero no lo hizo así. Vino para identificarse conmigo, para poder decirme con toda autoridad “Yo sé lo que sientes” cuando estoy agotado por el desgaste de la vida.
Sí, si Jesús es tu Señor, puedes contar con el hecho de que sabe perfectamente por lo que estás pasando, se identifica con ello y está allí para sostenerte y alentarte.
Jesús se cansó, necesitó sentarse, le hizo falta una pausa, se agitó. Era mediodía, el sol brillaba en todo su esplendor y el camino había sido largo. Le dolían las piernas, y necesitaba una pausa, buscaba un poco de sombra y tenía seca la garganta.
Aquel cuyos pensamientos superan abismalmente los nuestros, vino a experimentar nuestra condición, con el propósito de obtener nuestro perdón y darnos la vida eterna.
¡Gracias, Jesús, que nos comprendes!
II. Si tú supieras…
II. Si tú supieras…
La vida de una persona puede cambiar con una conversación.
A veces podemos llegar a pensar que, para empezar, los cambios en una persona suceden muy ocasionalmente (siendo que generalmente simplemente seguimos la tendencia de nuestra educación y los valores con los que fuimos formados), y que en caso de que ocurran requerirán un largo proceso.
Lo de los procesos es cierto, ya que toda una vida de comportamientos y relaciones de una misma manera no se pueden cambiar de la noche a la mañana. Pero, ¿cuál es la chispa que da inicio a la transformación?
Todos podemos reconocer que muchas de nuestras conversaciones son intrascendentes, mientras que hay otras que uno recuerda por toda la vida. Hay quienes todavía llevan en el corazón y la memoria una conversación que compartieron con su papá, su mamá, su abuelo o abuela, un hermano, un amigo…
¿Tienes alguna de esas conversaciones en tu memoria? ¿Por qué fue significativa?
También nosotros podemos quedar en el recuerdo de alguien a quien podríamos ayudar con una conversación en el momento apropiado y con el contenido exacto.
Eso fue lo que sucedió en aquel encuentro que la mujer de Sicar tuvo con el Salvador, que cambió su vida definitivamente.
Vayamos por partes.
Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer. La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí. Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.
Aquí está Jesús, acalorado, cansado, con la garganta seca, sediento. Quien lo viera sin conocerlo, vería un hombre más, como tantos que podrían haberse detenido antes junto a aquel mismo pozo. Por su vestimenta o por su acento al hablar, quedaba claro que era judío.
“Justo en ese momento” (permíteme que lo coloque entre comillas, dado el hecho de que para Dios no existen las coincidencias) salió de la ciudad aquella mujer, dirigiéndose al pozo por agua. No había nadie más, solo ellos dos. Los estudiosos han señalado que por lo general las personas no iban al pozo por agua al mediodía, justamente para evitar el calor agobiante de ese momento. Pero es posible que por su historia y sus relaciones quebrantadas con otras personas de la ciudad, aquella señora evitara los encuentros con otros, y aprovechara el momento de quietud para ir a buscar su agua. Cada persona tiene sus razones para hacer las cosas como las hace.
Fue entonces que se produjo aquel diálogo.
¿Cómo empieza una conversación? A veces tal vez con algo muy simple, algo que tiene que ver con el momento, el clima, algo que ocurre en aquel instante. Nosotros casi todos los días podemos iniciar conversaciones aparentemente intrascendentes con conocidos o desconocidos. Pueden iniciar con algo bien superficial, pero podrían llegar a transformarla vida de alguien para siempre, como sucedió en aquella ocasión.
Jesús tenía sed, estaba cansado, y dijo:
1. Dame de beber.
1. Dame de beber.
Simple. Pidió agua. No hay ningún mensaje escondido en esa frase. El Hijo de Dios tuvo sed, como podemos tener tú y yo, y le pidió a la persona más cercana, que tenía la posibilidad de proveérsela.
2. Las razones para el rechazo
2. Las razones para el rechazo
La mujer se había venido acercando al pozo, y a la distancia ya había distinguido la presencia de aquel hombre. Seguramente lo había evaluado, preguntándose si sería algún conocido de la ciudad y comprobando que no, no lo era. Observó su vestimenta, y llegó a la conclusión de que aquel era un judío que estaba de viaje, atravesando la región. Otro judío, uno más de esos. De ahí su respuesta:
¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?
Algunos le llamarían a eso una “frenada en seco”. Suena como “¿Cómo se le ocurre dirigirme la palabra? ¡Irrespetuoso!”. La mujer transformó, inmediatamente, una interacción en una discusión o un debate. Podría haber sido considerada, observar el cansancio probablemente evidente del hombre, inclinarse y ofrecerle un poco de agua, y todo habría terminado así.
Pero no, ella tuvo que mencionar el asunto de lo que los diferenciaba. Sí, había una rivalidad, en especial un desprecio de parte de los judíos, porque los samaritanos tenían raíces judías, pero de los que no habían conservado la pureza racial casándose siempre con otros judíos, “corrompiendo” así su descendencia. Eran meztizos, y los “judíos puros” se lo hacían saber siempre que tenían oportunidad. Así que, ¿por qué no aprovecharía ella aquella oportunidad que se le presentaba de ser ella la que establecía la distancia? El relato nos aclara que judíos y samaritanos no se trataban entre sí, no compartían.
3. Si supieras…
3. Si supieras…
La charla podía haber culminado allí, sin agregar más palabras. La señora había establecido su distancia y levantado una pared divisoria entre ellos. ¡Si aquella mujer hubiera notado en aquel momento que estaba hablando con el propio Dios! Hoy en día también hay personas a las que el propio Dios les habla, y reaccionan cerrándole la puerta en la cara. Sí, sucede, y cuando uno de nosotros se ve involucrado de alguna manera en la situación (tal vez siendo el mensajero de parte de Dios), es muy probable que nos desanimemos, demos el caso por perdido y no insistamos.
Pero Jesús representa la perseverancia del Padre en la búsqueda de aquel que se ha perdido.
Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor; y fui para ellos como los que alzan el yugo de sobre su cerviz, y puse delante de ellos la comida.
Debemos reconocer la paciencia que Dios nos tiene, la manera insistente en que nos busca a pesar de nuestro rechazo e ignorancia.
Jesús podría haber dejado a aquella mujer librada a las consecuencias de su rebeldía, pero no lo hizo.
Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.
“Si tú supieras…”. Esa es la expresión: “Mujer, no entiendes quién te está hablando; te estás perdiendo algo muy importante aquí”.
Puede sucedernos a todos, que descartemos con demasiada rapidez ciertas oportunidades que se nos presentan, por considerarlas intrascendentes o indeseables. Aquella mujer estuvo a punto de perder su única oportunidad de alcanzar la vida eterna, pero el Señor insistió, y seguiría insistiendo.
Jesús le dijo directamente que ella no conocía el don de Dios. ¿Sabes tú cuál es el don de Dios? El don de Dios es Jesús mismo, es la salvación que obtienen los que creen en Él. Lo que el Maestro le dijo a la mujer era absolutamente cierto. Si ella hubiera sido capaz de notar que aquel no era simplemente “un hombre más” (otro judío de viaje) y hubiera notado que era el Hijo de Dios, sería ella la que estaría a sus pies rogándole vida.
Aquí está la clave que transforma efectivamente la vida de las personas: distinguir en Jesús la persona del Hijo de Dios. Eso es lo que hace toda la diferencia, lo que distingue entre los que viven y los que mueren eternamente.
¿Reconoces a Jesús como el Hijo de Dios?
III. Cómo permanecer en la ceguera
III. Cómo permanecer en la ceguera
El relato continúa confirmándonos que la mujer simplemente continuó con la ironía.
La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.
Aquella mujer ignoró deliberadamente el comentario de “tú no sabes con quién estás hablando”. No, ella no se inclinaría fácilmente. Haría falta algo más para que ella se doblegara. Probablemente ya había enfrentado varias veces la oposición y el desprecio de otros, y su corazón se había endurecido lo suficiente como para no rendirse al primer impacto.
1. “Tú no puedes darme nada”
1. “Tú no puedes darme nada”
¿Agua? ¿De dónde iba a sacar agua aquel desconocido que no tenía ninguna herramienta para hacerlo? Había entendido que Jesús hablaba de agua viva, pero no consideraba que hubiera una diferencia con el agua de beber.
2. “¿Tan importante eres?”
2. “¿Tan importante eres?”
Además, con todo aquello de que “no sabes con quién estás hablando”, ¿se creería muy importante el forastero? ¿Se consideraría más importante que Jacob, quien había perforado el pozo? ¡Nadie es más importante que Jacob! ¿O sí?
Me he visto involucrado en conversaciones y discusiones acerca de la fe en diferentes ocasiones, y he notado que estos son algunos de los cuestionamientos que se pueden presentar. Nos ponemos a hablar de asuntos espirituales, de aquello que no puede ser pesado en una balanza o expuesto a una máquina de rayos X, y alguien nos va a hacer saber que estamos hablando de lo que no hemos visto ni podemos medir.
La mujer estaba exponiendo algunas de las raíces de la discusión entre judíos y samaritanos. Ellos vivían junto al pozo de Jacob, bebían de su agua todos los días y se sentían agradecidos por ello.
Todas las personas valoramos algo. ¿Le vamos a decir a ciertas personas que conocemos algo más importante que su familia? Va a resultarnos difícil demostrárselo.
3. Una promesa realmente impactante
3. Una promesa realmente impactante
¿Cómo atraviesa Dios esa barrera de incredulidad? Con amor y paciencia. Puedo imaginarme la mirada de Dios sobre aquella mujer herida y rechazada, una mirada de amor que lo cubrió de paciencia y que lo llevó a argumentar con ella con tal de conducirla al Camino de la vida.
Lo que el Maestro le responde sacude las fibras íntimas de nuestras almas hasta el día de hoy:
Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.
El Señor quiere que las personas comprendan que Él no viene a hablar de cosas materiales. A aquella señora le había hablado del agua viva y ella le había seguido hablando del agua del pozo. Aquí es donde Jesús establece la diferencia. Es distinto hablar de esta agua que referirse al agua que yo le daré.
Esta verdad es válida para todos nosotros. Lo que Jesús tiene para ofrecernos jamás puede ser alcanzado por nuestros limitados medios humanos y materiales. Un vaso de agua común y corriente no se compara con aquello que en aquel momento Él llamó agua viva.
A ver, notemos la diferencia. ¿Qué sucede con la persona que bebe un vaso de agua ahora? Pues, dentro de un rato, pasado cierto tiempo, volverá a tener sed.
En cambio, ¿qué es lo que Jesús ofrece?
…el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.
¿Has bebido de esa agua?
Jesús tiene algo para ofrecer que nada ni nadie en este mundo nos puede dar, solamente Él.
La sed puede ser la representación de todos nuestros anhelos, nuestros profundos deseos, la búsqueda de nuestros corazones. Los seres humanos somos difíciles de saciar. A veces llegamos a convencernos que si nos cubriéramos de bienes materiales (muchos millones) finalmente nos sentiríamos tan bien que no necesitaríamos nada más. ¿Por qué hay millonarios que se quitan la vida, entonces? No, ni el dinero, ni la fama, ni todo el placer que podamos encontrar, ni los viajes, ni los millones de seguidores podrán saciar esa sed interior.
Dijo Blaise Pascal:
"En el corazón de todo hombre existe un vacío que tiene la forma de Dios. Este vacío no puede ser llenado por ninguna cosa creada. Él puede ser llenado únicamente por Dios, hecho conocido mediante Cristo Jesús."
Muchas veces seguimos en el intento. Si “esto” no satisfizo mi alma, buscaré “aquello”. Si analizamos con cuidado nuestras vidas, podremos reconocer que todos los días recibimos ofertas y promesas de cosas, bienes y experiencias que aseguran que aplacarán nuestra sed interior. Pero no lo hacen. Nos esforzamos por tenerlo, luchamos hasta alcanzarlo, invertimos nuestro dinero, nuestra salud, nuestras relaciones y nuestros años de vida, y todo para terminar otra vez con la garganta seca, anhelando aquello que cubra nuestra necesidad.
Eso que atiende satisfactoriamente nuestra necesidad es directamente Jesús, quien pagando el precio por nuestras vidas con su propia sangre nos reconcilia con Dios. No fuimos creados para vivir alejados de Dios, y si vamos a ser saciados será por volver a relacionarnos con Él.
El que recibe el agua que Jesús da queda saciado, pierde su sed, resulta satisfecho para toda la eternidad. …el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. No te pierdas el detalle: se trata del agua que Jesús da, no otra. Solamente Jesús puede darnos lo que nuestro espíritu necesita.
III. Agua de vida eterna para quien la pide
III. Agua de vida eterna para quien la pide
Aquí es donde la conversación entre Jesús y la samaritana llega a un momento culminante, aunque la propia mujer que pronuncia las palabras no lo distingue en ese momento.
La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.
Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá.
1. Pide lo que Jesús ofrece
1. Pide lo que Jesús ofrece
Ignorando deliberadamente la parte que ella no entendía, aquellas referencias a la vida eterna que había hecho aquel desconocido, la mujer pide del agua que tiene para ofrecer. Observa que aun está en su ignorancia e incredulidad, pide agua para ya no tener que hacer el paseo diario hasta el pozo para buscarla. Todavía no percibió que Jesús le está hablando de un auténtico cambio que afecta su eternidad.
Que Dios nos dé la capacidad de transmitir las verdades espirituales como lo hace Jesús mismo. Muchas veces las personas nos escuchan hablar de la Biblia y lo asocian nada más que con reuniones de la iglesia y con ministerios que han acaparado el dinero de muchos para el enriquecimiento personal. Queremos hablarles de lo espiritual pero siguen considerando nada más que lo material, tal como lo hizo aquella mujer.
Pero observa que Jesús le tomó en serio la solicitud a la señora. Ella, irónicamente o no, había dicho Señor, dame esa agua. El Salvador jamás desprecia a nadie que le pida la saciedad de su alma, aunque lo haga desde lo más profundo de su ignorancia e incredulidad.
2. La manera divina de responder a nuestra necesidad
2. La manera divina de responder a nuestra necesidad
Jesús le dio, efectiva y poderosamente, el agua de vida que ella pidió.
Ahora, la manera en que le dio de beber del agua viva es totalmente inesperada. La mujer sí que no se esperaba aquel giro de la conversación.
Ve, llama a tu marido, y ven acá.
¿Qué tenía que ver el marido? El marido venía al caso porque Jesús estaba por demostrarle a la mujer su identidad, quién era Él.
Observa como una conversación que comienza aparentemente en lo más superficial, hablando del agua del pozo, ahora se vuelve completamente personal, con referencias a las relaciones personales. Allí es donde tenemos que prestar atención en nuestros diálogos con nuestros semejantes, aprovechando nuestras conversaciones intrascendentes para transformarlas en lo que realmente toca el corazón.
3. Él conoce hasta lo más escondido
3. Él conoce hasta lo más escondido
La mujer respondió livianamente a la pregunta personal que le había sido hecha:
Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.
No deja de sorprender la manera en que Jesús provee el agua de vida. Lo que hizo en la vida de aquella mujer es lo que también hace en la de todos los que nos acercamos a Él.
La mujer había respondido rápida y superficialmente a la solicitud de traer a su marido.
No tengo marido.
Cuando uno está conversando con un desconocido, sabe que no hace falta exponer demasiados detalles personales. Su respuesta fue corta y sin demasiada información. No, no había marido, así que no lo iba a traer.
Cuando te acercas a Dios por medio de Jesús, serás confrontado con tu realidad personal e íntima. Tendrás que llegar ante Él exponiendo tu realidad de una manera que no haces con nadie más en este mundo. Muchas de nuestras relaciones son completamente superficiales, con personas que no llegan a saber ni entender nada de nosotros. Claro que hay personas que nos conocen mejor, que saben más de nuestros antecedentes y experiencias, pero aún el conocimiento que ellos tienen es limitado.
Jesús nos va a hacer saber, como lo hizo con aquella samaritana, que lo conoce todo de nosotros, y que ante Él no existe manera de ocultar nada.
Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.
Esto es lo que le da un giro completamente diferente a aquella charla. Hasta ahora, la mujer consideraba estar hablando con “un desconocido”, pero acaba de descubrir que aquel hombre sabía mucho más de ella que la mayoría de las personas. ¿Cuántos de sus conocidos llevarían la cuenta de cuántos hombres había tenido en su vida?
Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.
Debemos asumir esto profundamente: Jesús puede hablar con toda autoridad de todo lo que hemos hecho, lo que hemos vivido, lo que somos y lo que decimos, porque Él lo conoce todo. Así como aquella mujer se sintió desnuda y descubierta ante el Maestro aquel mediodía, así debemos sentirnos nosotros ante Aquel a quien tenemos que dar cuenta. Nada queda oculto ante su poderosa mirada.
¿Te puedes imaginar a aquella mujer conteniendo la respiración, abriendo desmedidamente los ojos para luego bajar la mirada en aquel momento, quedándose por un instante muda, sin palabras? ¡Que Dios nos conceda ese mismo asombro, esa misma sorpresa, al encontrarnos frente a Él, ante su atenta y poderosa mirada.
¿Sientes la mirada de Dios sobre ti? ¿Te das cuenta de que Él lo conoce todo, sin excepciones, de ti?
IV. Dios te está buscando, justamente a ti
IV. Dios te está buscando, justamente a ti
Cuando le mujer pudo reagrupar sus pensamientos, expresó una las preguntas espirituales que dividían a judíos y samaritanos.
Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar. Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.
En primer lugar, ella reconoce el peso espiritual del momento y acusa el impacto del conocimiento que Jesús tiene de ella. Aquel no era un hombre común. Era, por lo menos, un profeta.
Todos necesitamos este encuentro, este sinceramiento, este enfrentamiento con nuestra realidad, sin áreas ocultas. Tú y yo necesitamos ponernos ante los Rayos X de la mirada de Dios y saber que ante Él estamos completamente expuestos.
Aquella mujer, entonces, quiso hablar de adoración. Sabía que estaba ante la presencia divina, aunque sus propios pensamientos no pudieran terminar de formular ese concepto. Yo creo que hay momentos en la vida de cada persona en los que nos enfrentamos con la realidad de Dios. Puede suceder en el auto, en el momento en que perdemos el control y estamos a punto de estrellarnos, en la oficina del médico cuando nos va a anunciar que los análisis enseñan una severa enfermedad, una conversación con alguien en la familia u otra situación, pero creo que todos, en algún momento, nos enfrentamos con la realidad de que Dios nos ve, y sabemos que tenemos que entender el asunto espiritual y cómo relacionarnos con Él.
Así que, dado que estaba frente al profeta que evidentemente sabía de Dios, tal vez Él podría resolver de una vez aquel famoso enigma: ¿Cuál era el lugar adecuado para encontrarse con Dios? ¿En Jerusalén, como decían los judíos, o en aquel monte que había junto a su cudad?
Lo que Jesús le enseña tiene repercusiones eternas, y nos afecta a todos.
Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.
“¡Qué bueno que lo preguntes!”, le respondería el Maetro, “Justo ahora está ocurriendo el cambio”. Ya no sería una cuestión de lugares geográficos donde adorar a Dios. La discusión del lugar acababa de terminar. Lo que ahora importaba era el espíritu.
Desde Jesús, lo importante es que las personas nos encontremos con Dios dondequiera que estemos, sí, justo allí donde estás, en espíritu y en verdad. Lo que ahora importa es la autenticidad y la honestidad de la adoración a Dios, no el lugar. Hay quienes adoran a Dios en la cárcel, en el trabajo, en la escuela, por la calle, y Dios recibe su adoración si es hecha con toda sinceridad y verdadera intención. En Jesús se terminó la limitación física y geográfica de la presencia de Dios.
Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y el sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad. Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró.
El evento del sacrificio de Jesús rompió la limitación espiritual. ¿Quieres adorar realmente a Dios? ¡Hazlo! Sí, puedes hacerlo ahora y ya, justo donde estás. Sí, está bien que los hijos de Dios nos reunamos y adoremos en comunión unos con los otros, pero también tenemos que hacerlo personalmente.
Dios busca adoradores.
Así que, para ti, para mí y para aquella mujer, hemos sido invitados a encontrarnos con Dios abriendo nuestro corazón ante Él.
V. La clave de la existencia: Jesús no es “un maestro más”
V. La clave de la existencia: Jesús no es “un maestro más”
Aquella mujer supo que efectivamente estaba hablando con alguien que sabía lo que decía. Entonces, decidió ir hasta lo más profundo de su cuestionamiento espiritual, al tema más gravitante.
Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas. Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.
De acuerdo, así que el asunto de la adoración y el encuentro con Dios quedaba sellado en que ya no era importante el lugar. Entonces, ¿y qué del Salvador prometido?
Aquello era lo que todos esperaban, y la pregunta de la que todos quisieran conocer la respuesta. Ella sabía que cuando el Salvador viniera, llegaría con todas las respuestas.
Creo que la samaritana esperaba una respuesta que le sugiriera cuándo o cómo iba a llegar el Salvador, pero recibió la respuesta inesperada.
En el trato personal con aquella mujer (y al inspirar a Juan a escribir el relato) nuestro Señor dejó a un lado las parábolas y respondió directamente y con toda claridad.
Yo soy, el que habla contigo.
Para responder, el Maestro utilizó el nombre del propio Dios (“Yo Soy”, Jehová), identificándose con el Creador.
Entiende lo que ocurrió: mirando a los ojos de aquella mujer cuyas inquietudes espirituales estaban ahora expuestas, Jesús le dijo: “Yo soy el Salvador”.
Esto es lo que nuestro Señor quiere hacer con cada persona, quiere llevarnos al reconocimiento que Él es la única fuente de salvación y vida eterna. Quiere atravesar las barreras de nuestros propios conceptos y conclusiones para revelarnos su identidad como nuestro Salvador.
¿Lo has entendido tú? ¿Has llegado a entender que Jesús es el único Salvador? ¿Lo has recibido como tu Salvador?
En aquel momento, la mujer efectivamente bebió del agua viva que Jesús le había ofrecido.
Otra vez, la imagino conteniendo la respiración, con expresión de asombro, al mismo tiempo que renovada y rendida por la emoción de recibir la salvación y la vida eterna.
VI. Cuando la Verdad impacta, no puede ser contenida
VI. Cuando la Verdad impacta, no puede ser contenida
Y, de acuerdo al poderoso cronómetro de Dios, “justo en aquel momento” fueron interrumpidos. Sí, coloqué entre comillas lo del exacto momento porque es irónico. Aquel había sido el momento de Dios, el momento en que el Buen Pastor encontró la oveja perdida y la tomó en sus brazos. ¿Has experimentado tú ese momento de salvación? Si todavía no te ha sucedido, este es el momento. Dios lo ve todo de ti y envió a Jesús para salvarte. Solo abre tu corazón y deja que Él sea tu Salvador. Y si ya le has recibido, es tu turno de compartirlo con otros.
En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella? Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo? Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él.
Aquí venían sus discípulos, también cansados y hambrientos, que habían anticipado por largo rato el momento de sentarse a comer. Encontraron a Jesús hablando con aquella mujer, pero no hicieron preguntas.
La mujer dejó su preciado cántaro (aquel por el que había peleado diciendo que Jesús no tenía con qué sacar agua del pozo) y se fue a la ciudad. Estaba en estado de shock. No se nos dice si lloraba, reía, gritaba o qué, pero lo que sabemos es que en cuanto tuvo gente cerca no pudo callar lo que le había sucedido.
Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?
El más puro y maravilloso testimonio de quién ha recibido la salvación en Jesús. Eso es lo que quien realmente ha experimentado la gracia de Dios en Cristo Jesús no puede dejar de hacer. Ellos también lo tenían que experimentar, aquello no podía ser guardado en secreto.
Quienes la escucharon no la tomaron por equivocada, confundida o histérica. Su testimonio fue convincente, siendo que notaron que estaba realmente conmovida, y salieron de la ciudad a ver a Aquel de quien ella hablaba.
La salvación había llegado a la ciudad.
VII. Llamados a hacer la obra de Dios
VII. Llamados a hacer la obra de Dios
¿Por qué hacemos las cosas que hacemos? ¿Qué es lo que determina que tratemos a los que nos rodean como lo hacemos? ¿Qué es lo que dirige nuestras decisiones, las pequeñas y las grandes?
Empecemos por reconocer que la respuesta a estas preguntas tiene que ver con lo que llevamos por dentro, lo que sucede en nuestro corazón. Es cierto que las cosas que suceden a nuestro alrededor influyen en nuestras decisiones, pero las verdaderas motivaciones vienen del interior.
Algo que también tenemos que tener en cuenta al evaluar nuestro comportamiento y nuestra forma de relacionarnos son nuestras prioridades. Lo que consideremos más importante determinará lo que haremos primero. Eso determinará que las diferentes en una misma situación actúen de manera diferente.
Este pasaje nos muestra a Jesús teniendo una reacción diferente a la de sus discípulos.
Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come. El les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis. Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer? Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra. ¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega. Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que siega. Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que siega. Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores.
Todos ellos tenían hambre, incluído el Maestro. Habían venido caminando desde la zona de Jerusalén y se habían detenido, a pesar de la evidente rivalidad con los samaritanos, a hacer una pausa y conseguir comida en Sicar. El Señor se había quedado descansando junto a pozo a las afueras de la ciudad mientras los discípulos fueron a conseguir comida. ¡Estaban hambrientos!
Así que llegan los discípulos, despliegan los alimentos comprandos y, sin demasiado protocolo (no sabemos si alguien agradeció por los alimentos), se pusieron a comer. Pero el Señor no comía.
Le insistieron, que tenía hambre, que tenía que comer, que lo que habían conseguido era bueno. Pero lo notaron distante. Algo más estaba ocurriendo, algo que ellos no habían percibido todavía.
El Maestro no los deja sin explicación, y les dice algo que les tendría que conducir a prestar atención a lo que sucedía a su alrededor.
Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.
Reflexiona en esta respuesta etenidamente, porque Jesús está aquí presentándose como ejemplo de la manera en que nosotros tenemos que vivir.
¿Cuál es tu comida? ¿Qué es lo que tu alma anhela? ¿Qué es lo que te da verdadera satisfacción? ¿Hay algo en tu vida que sea más importante que la comida? ¿Qué es lo que haría que postergues el momento de comer aun teniendo hambre?
La comida de nuestro Salvador, lo que realmente priorizaba en cuanto a la administración de su tiempo y energía, era algo más importante que la propia comida. ¿Entiendes cómo necesitamos aprender de Él? Él veía algo más.
¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega.
Jesús quería que sus discípulos levantaran la vista, que elevaran su mirada para percibir algo más importante que el alimento material. No era tiempo de descansar o esperar, sino de cosechar. Aquellos discípulos necesitaban percibir que aquel era un momento único, irremplazable, especial, que no se podía postergar para comer. El almuerzo podía esperar, pero la obra de Dios no.
Este es el estilo de vida que Dios nos quiere enseñar a nosotros. Hay una comida más importante que aquello a lo que “la gente normal” le dedica tiempo, energías y recursos. Los hijos de Dios somos diferentes.
Encuentra, por favor, el desafío que Jesús nos presenta, no solamente con su discurso sino también con su estilo de vida dedicado a hacer la voluntad de Dios.
VIII. Que nuestro testimonio alcance a muchos
VIII. Que nuestro testimonio alcance a muchos
Las palabras de este pasaje tendrían que llevarnos a las lágrimas de agradecimiento por aquellas vidas transformadas, trasladadas de muerte a vida, por creer en Jesús. Déjate conmover por lo que pasó como consecuencia del humilde y limitado testimonio de una mujer que descubrió en Jesús al Salvador de todo aquel que cree.
Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho. Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días. Y creyeron muchos más por la palabra de él, y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo.
¿Qué les había dicho aquella mujer (¡cómo quisiera conocer su nombre!) a sus conciudadanos?
Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo? Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él.
He participado en actividades de entrenamiento para compartir el evangelio muchas veces, y también he enseñado, pero la evidencia, tanto la bíblica como la práctica, demuestra que no hay nada que se compare a la manera en que Dios utiliza el sencillo de una persona que cree. La mujer no citó versículos bíblicos ni presentó complicados argumentos para convencer a sus oyentes. Simplemente compartió su experiencia. Sí, se veía evidentemente conmovida, y se notaba que no podía callar lo que que le estaba sucediendo. Lo que había encontrado era tan valioso, tan importante, que no podía se ocultado.
¿Es esa tu experiencia con Jesús? ¿Es Jesús tan impactante e importante para ti que no puedes evitar hablarle de Él a los demás?
Considera el resultado en las vidas de los habitantes de Sicar. Muchos de los habitantes de la ciudad creyeron. ¿Qué vieron? Vieron al mismo hombre que había visto ella y que al principio ella había tomado por un judío más que se había detenido en medio de su viaje.
No se nos dice aquí qué más les dijo Jesús o de qué manera llegaron ellos a la conclusión de que Él es el Mesías. Entiende que pasajes bíblicos como este no nos dejan saber todos los detalles. Pero Jesús habló con ellos, compartió, se dio a conocer. El impacto fue tan grande que le rogaron que se quedara un poco, que compartiera más con ellos. ¿Percibes la diferencia? De judío rechazado, Jesús pasó a ser ciudadano ilustre de la ciudad, bienvenido, bien recibido, apreciado.
El testimonio de aquellos samaritanos (escuchado y testificado por los testigos presenciales) es impresionante:
Y creyeron muchos más por la palabra de él, y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo.
Sabemos, esa es la actitud que la verdadera fe produce en lo que efectivamente se encuentran con el Salvador. Dios te conceda la experiencia de compartir a Jesús con alguien que llegue a decir que “ahora sabe por experiencia propia que Jesús es el único y suficiente Salvador”.
¡Que el mundo escuche este testimonio! Aquellos hombres y mujeres de Sicar entendieron con absoluta claridad que Jesús es el Salvador del mundo, el Cristo.
Que el Señor nos dirija a ser sus testigos en el poder de su Espíritu Santo, de manera que haya personas que lleguen a esta experiencia poderosa de salvación y vida eterna creyendo en Jesús.
