Perdona nuestros pecados
Un Mejor Éxodo • Sermon • Submitted • Presented
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Introducción
Introducción
Abramos nuestras Biblias en el Evangelio de Lucas, capítulo 11. Vamos a leer del versículo 1 al 4, y nos detendremos esta mañana en una sola petición de esta oración.
Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos. Y les dijo: Cuando oréis, decid: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal.
Esta es la palabra del Señor.
Todos nosotros llevamos cuentas. No hablo de las cuentas del banco. Hablo otras cuentas, las que llevamos en el corazón. Las cuentas de lo que otros nos deben.
Todos conocemos muy bien ese cuaderno mental donde escribimos en tablas de piedra todo lo malo que otros nos han hecho:
Fulano me dijo esto.
Después de todo lo que hice por esta persona, así me paga.
Eso no se lo perdono a nadie.
Este es un cuaderno que muchos de nosotros lo llevamos al dia./ Se nos puede olvidar la lista de mercado, el cumpleaños de alguien, un aniversario, donde dejamos las llaves, pero lo alguien nos debe, es muy dificil de olvidar y hasta llevamos el calculo de los intereses que se han acomulado.
De manera que podemos ser malos para muchas cosas, pero no para cobrar.
Nuestro Señor sabe que cada uno de nosotros llega esta mañana con ese libro de cuentas bajo el brazo. Él conoce las deudas que seguimos cobrando, los nombres que aún conservamos escritos en esas páginas y los intereses que hemos acumulado con el paso de los años.
Pero al enseñarnos a orar, el Señor toma ese libro de cuentas y lo pone junto a otro mucho más grande: el libro de nuestras propias deudas delante de Dios. Y cuando ambos libros quedan abiertos, descubrimos que el verdadero problema no es solamente lo que otros nos deben a nosotros, sino lo inmensamente más grande que nosotros le debemos a Dios.
Esta mañana, el Señor quiere que contemplemos ambos libros.
Porque solamente cuando vemos nuestras deudas a la luz de la misericordia que hemos recibido, estamos preparados para aprender a cerrar el libro de cuentas que llevamos contra nuestro prójimo y reconocer que, en lugar de vivir como acreedores, Cristo nos ha hecho deudores de amor para con todos los hombres. Solo el hombre que ha sido perdonado puede dejar de cobrar.
Hace unas semanas venimos aprendiendo a orar como Jesús enseñó a sus discípulos, camino a Jerusalén, camino a su propia cruz; los que han venido lo recuerdan.
Pero si esta es su primera mañana con nosotros, no necesita usted nada de lo anterior. Le basta que salga de aqui sabiendo bien solo esta parte de la oración, pues cambiara su vida por completo:
Nueva Biblia de las Américas Capítulo 11
Y perdónanos nuestros pecados,
Porque también nosotros perdonamos a todos los que nos debena.
Oro al Señor para que ustedes puedan por lo menos retener algo al salir de aqui esta mañana: Solo el que sabe que jamás podrá pagar la deuda que tiene con Dios deja de cobrar las deudas que otros tienen con él y descubre que la única deuda que le queda es amar a su prójimo.
Hermanos, mientras camina hacia la cruz para pagar la deuda infinita de su pueblo, el Hijo de Dios enseña a sus hermanos cómo deben orar. Les enseña a acercarse cada día al Padre como deudores sin recursos, a pedir el perdón de una deuda que jamás podrían saldar y, habiendo recibido esa gracia, a vivir ya no como acreedores de los hombres, sino como hijos que perdonan porque ellos mismos han sido perdonados.
El texto nos lo va a mostrar en tres partes sencillas:
Una deuda que no podemos pagar.
Un perdón que solo el Padre puede dar.
Y un corazón que deja de cobrar.
I. Una deuda que no podemos pagar
I. Una deuda que no podemos pagar
Vamos en primer lugar a mirar lo que Jesús pone en nuestra boca. Noten con cuidado lo que nos enseña a decir: «perdónanos nuestros pecados».
No dice "perdona nuestros errores".
No dice "perdona nuestras pequeñas equivocaciones".
No dice "perdona nuestros tropiezos", como quien se disculpa por haber llegado tarde.
Dice pecados. Lucas no suaviza nada.
Lucas llama las cosas por su nombre. Porque hay una manera muy elegante de hablar de nuestra maldad que en el fondo no es más que una manera refianda de no admitirla:
"Es que yo soy así."
"Nadie es perfecto."
"Cometí un error."
Y el Señor, en esta oración, no nos deja escondernos detrás de esas palabras. Nos pone en la boca la palabra exacta: pecados.
Y la segunda mitad del versículo nos da la imagen para entenderlo.
Cuando habla de los demás, dice "los que nos deben". El pecado es una deuda. Cada uno de nosotros es un deudor. Eso es lo que somos delante de Dios.
Piénselo así. ¿Qué le debemos a Dios?
Le debemos obediencia perfecta.
Le debemos amor con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas.
Le debemos honra, adoración, respeto, gratitud por cada bocado de pan que ya aprendimos a pedirle.
Eso es lo que le debemos. Y cada vez que no se lo damos —y no se lo damos nunca completo, ni un solo día de nuestra vida— la deuda crece.
No es que de vez en cuando fallamos y quedamos a mano.
Es que el saldo sube cada día, cada hora, en pensamiento, palabra y obra, en lo que hacemos y en lo que dejamos de hacer.
Y aquí está lo terrible. Esta es la peor de todas las deudas.
¿Por qué?
Hermanos, una deuda no se mide solo por la cantidad, sino por la persona ofendida:
Si yo ofendo a alguien en la calle, y luego le pido perdón, podemos seguir adelante.
Pero…. Si ofendo publicamente al presidente de la nación, la cosa es más grave, aunque sea tambien una persona y la misma ofensa.
¿Por qué?
Porque la ofensa toma el peso de la persona ofendida.
Y nuestro pecado, hermanos, es una ofensa contra una majestad infinita. Contra el Dios santo que nos hizo a su imagen y semejanza.
Por eso es una deuda infinita. Y aquí está el problema que no podemos resolver: una criatura finita jamás puede pagar una ofensa infinita.
Piensen en esto: si nosotros pudiéramos pagar esta deuda, ¿para qué nos enseñaría Jesús a orar «perdónanos»? El que puede pagar no pide que le perdonen la deuda; la paga y se acabó.
Pero Jesús no nos enseña a decir "danos plazo y nosotros pagaremos". Nos enseña a decir "perdona". Porque no tenemos con qué.
Y aquí, hermanos, conviene quitarle la máscara a una mentira muy respetable.
Hay quien piensa que la deuda con Dios se paga de a poquito:
Con lágrimas.
Con buenas obras.
Yendo a la iglesia.
Siendo mejor persona este año que año pasado.
Como si fuéramos juntando moneditas para abonar a la cuenta.
Pero hermanos, aún nuestras mejores obras vienen mezcladas con pecado. Hasta nuestras lágrimas de arrepentimiento necesitan ser lavadas. No tenemos una sola moneda limpia con qué abonar.
Lo recordábamos hace poco con el pan: en Adán perdimos hasta el derecho al desayuno de esta mañana. Pues con la deuda del pecado es peor todavía. No es que tengamos poco para pagar. Es que no tenemos nada.
Y aquí está la barrera más dura del cristianismo, hermanos. La barrera más dura no es creer que Dios perdona. La barrera más dura es admitir que soy deudor.
Todos nos pasamos la vida entera construyendo la cuenta a nuestro favor. Trabajando para convencernos a nosotros mismos, y a todos los que nos rodean, de que somos buena gente, gente decente, gente que en el fondo no debe tanto.
Por esto se nos hace muy dificil decir delante de Dios: "Señor, no soy buena gente. Soy un deudor sin un peso. No tengo con qué pagarte."
Y esta petición, nos pone de rodillas como lo que somos: Mendigos, Deudores.
Pregúntese esta mañana, con honestidad delante de Dios:
¿cuándo fue la última vez que usted se reconoció deudor?
¿O lleva usted tan bien la cuenta de lo que le deben, que ya no recuerda la cuenta de lo que usted debe?
Pero gracias a Dios el texto no nos deja ahí, de rodillas y sin salida. Porque la misma línea que nos descubre la deuda nos enseña qué pedir. Y lo que pedimos es esto: «perdónanos».
II. Un perdón que solo el Dios puede dar
II. Un perdón que solo el Dios puede dar
Jesús no nos enseña a decir "Padre, mejóranos los pecados".
No nos enseña a decir "Padre, rebájanos la cuenta".
No nos enseña a decir "Padre, ten paciencia mientras nosotros vamos pagando de a poquito".
Nos enseña a decir: bórralos. Suéltalos. Quítalos de en medio. Cancélalos.
Esta hablando de tomar el libro de cuentas y rayar el saldo.
Y la ley ya lo había predicado en figura en el Día de la Expiación. En Levítico 16, el sumo sacerdote ponía sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, confesaba sobre él todas las iniquidades, rebeliones y pecados del pueblo, y luego lo enviaba al desierto, a tierra inhabitada. El texto dice que aquel macho cabrío llevaba sobre sí todas las iniquidades de ellos. Esa es una imagen poderosa: el pecado es cargado, quitado del campamento y llevado lejos, donde ya no vuelve para contaminar al pueblo. No es que el pecado se minimice; es que Dios mismo provee una manera de tratarlo: la sangre cubre la culpa, y el macho cabrío vivo muestra que la culpa es quitada del campamento.
Miqueas ilustra el perdon diciendo que Dios echa nuestros pecados a lo profundo del mar. Alli en el fondo, los pecados no flotan, no vuelven a salir.
El salmista recordando la ley, dice que Dios aparta de nosotros nuestras rebeliones tan lejos como está el oriente del occidente.
Y Dios mismo dice por el profeta: "yo soy el que borro tus transgresiones, y no me acordaré de tus pecados."
No es que a Dios se le olviden las cosas, como a nosotros se nos olvidan las llaves. Es que Dios ejerce el derecho del Rey: no te lo cobro, no te lo traigo a cuenta, lo borré del libro.
Pero aquí surge la pregunta más importante de todas. ¿Quién puede hacer eso? ¿Quién puede borrar esta deuda?
Y la respuesta es: solamente Dios.
Y la razón es muy sencilla, hermanos: solo el acreedor puede perdonar la deuda. Si usted me debe a mí, yo puedo perdonarle a usted. Pero si usted le debe al banco, yo no puedo ir al banco y decir "yo le perdono esa deuda". No es mía. Yo no soy el acreedor.
Y nuestro pecado, en el fondo, no es una deuda con el hermano, ni con la familia, ni con la sociedad. Como dijo David después de su pecado: "contra ti, contra ti solo he pecado." Toda deuda del pecado es, en última instancia, una deuda con Dios. Y por eso solo Dios puede borrarla.
Pero ahora, hermanos, miren la dificultad.
Si Dios es santo, si Dios es justo, ¿cómo puede simplemente borrar la deuda?
Un juez que deja libre al culpable sin más no es un juez justo, es un juez corrupto. La Escritura misma dice Proverbios 17:15 "El que justifica al impío y el que condena al justo, Ambos son igualmente abominación al Señor."
Entonces, ¿cómo hace Dios para borrar nuestra deuda sin dejar de ser justo? ¿Cómo perdona sin volverse injusto?
Y aquí, hermanos, está el corazón del evangelio, escondido en esta petición.
Fíjense quién es el que nos está enseñando a orar así. Es Jesús. Y, ¿hacia dónde va Jesús mientras enseña esta oración? Va camino a Jerusalén. Va a cumplir su propio éxodo, su salida, su muerte en la cruz.
El que nos pone en la boca las palabras «perdona nuestros pecados» es el mismo que va a pagar esos pecados con su propia sangre.
El Padre puede borrar nuestra deuda sin dejar de ser justo, porque toda la ira que esa deuda merecía cayó sobre el Hijo. No hay perdón barato aquí. No hay un Dios que mira para otro lado. Hay un Mediador que carga la deuda hasta la cruz y la paga completa. Por eso esta oración, aunque no nombra a Cristo, no funciona sin Cristo.
Quien pide al Padre que le borre la deuda está pidiendo, lo sepa o no, lo que solo la cruz de Cristo hace posible.
Ahora bien, alguno podría preguntarse, con toda razón: pastor, si yo ya soy creyente, si Cristo ya pagó por mis pecados en la cruz, ¿por qué tengo que seguir pidiendo perdón cada día? ¿No quedó eso resuelto de una vez?
Es una buena pregunta, y el Señor nos da la respuesta en otro lugar.
¿Recuerdan la noche en que Jesús lavó los pies de sus discípulos? Cuando llegó a Pedro, Pedro se resistió, y luego, como siempre, se fue al otro extremo: "Señor, entonces no solo los pies, sino las manos y la cabeza." Y Jesús le dijo algo precioso: "El que ya se ha bañado no necesita sino lavarse los pies."
El que ya se bañó está limpio. No necesita otro baño. El creyente que vino a Cristo y fue lavado de sus pecados no necesita volver a salvarse cada domingo. Esa cuenta quedó saldada de una vez para siempre en la cruz. Pero —y aquí está— mientras caminamos por este mundo, los pies se nos ensucian. Cada día.
El polvo del camino, el barro de nuestras faltas. Y entonces venimos al Padre, no como extraños que tocan la puerta por primera vez, sino como hijos que vuelven a casa con los pies sucios y le piden al Padre: "lávame los pies." Eso es esta petición. No es la angustia de un esclavo que no sabe si su amo lo va a recibir. Es la respiración de un hijo que sabe perfectamente a dónde volver, porque conoce el camino de regreso a la casa del Padre.
Y esto sana dos enfermedades del alma.
Hay quien tapa la culpa: "tampoco fue para tanto, no exageremos." Ese minimiza el pecado y nunca pide perdón de verdad, y vive con los pies sucios sin darse cuenta.
Y hay otro, al contrario, que rumia la culpa: vuelve y vuelve sobre la misma falta, no logra recibir el perdón porque le parece que su pecado es demasiado grande para ser perdonado.
Y óiganme bien, eso que parece humildad muchas veces es orgullo disfrazado: como si nuestro pecado fuera tan enorme que ni la sangre de Cristo alcanzara para cubrirlo.
El texto nos ofrece la tercera vía, el camino del hijo: nombrar el pecado por su nombre, pedirle al Padre que lo borre, y levantarse limpio.
Porque cuando el Padre borra, borra de verdad.
Y llegamos a la tercera parte, que es donde el texto nos sorprende. Porque Jesús no dejó la petición en "perdónanos nuestros pecados". Le añadió algo: «porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben».
III. Un corazón que deja de cobrar
III. Un corazón que deja de cobrar
De todas las peticiones de esta oración, esta es la única que lleva un añadido. Pedimos por el nombre de Dios, y no hay añadido. Pedimos por el reino, y no hay añadido. Pedimos por el pan, y no hay añadido.
Pero cuando pedimos perdón, Jesús pega esta frase: "porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben."
¿Por qué? ¿Qué tiene que ver mi perdón al hermano con el perdón de Dios hacia mí?
Es muy fácil entender las palabras de Jesus al revés, como si fuera un trato: "Dios, yo perdono a mi hermano, entonces tú estás obligado a perdonarme a mí. Yo cumplo mi parte, tú cumples la tuya." Como si mi perdón fuera la moneda con la que compro el perdón de Dios.
Y esto sería regresar a la mentira del principio: la idea de que tengo con qué pagar. Pero mi perdón al hermano no le compra nada a Dios. No es la causa por la que Dios me perdona.
Entonces, ¿qué es?
Es la evidencia de la obra del Señor en nuestas vidas. No es la raíz del perdón de Dios; es el fruto de haber sido alcanzados por ese perdón, es la señal de que la misericordia de Dios ha empezado a gobernarnos.
Fíjense en la lógica: «perdónanos, porque también nosotros perdonamos».
No es: “perdónanos porque ya hemos hecho suficiente mérito perdonando a otros.” Es más bien: “Padre, míranos como hijos necesitados de misericordia, hijos en quienes tú mismo has comenzado a obrar una misericordia semejante.”
El que de verdad fue perdonado, perdona. No perfectamente. No sin lucha. No sin tener que volver una y otra vez al evangelio. Pero perdona. Porque el que de verdad sabe lo que le borraron no puede salir a cobrarle al hermano hasta el último centavo como si él mismo no hubiera sido perdonado primero.
En Mateo 18:21-35, Jesús contó una historia que retrata esto mejor que cualquier explicación:
Un rey perdonó a un siervo una deuda imposible de pagar, una fortuna, una cifra que ni en mil vidas pagaría. Se la borró entera, por pura misericordia, porque el hombre se lo rogó. Y aquel siervo, recién salido de la presencia del rey, recién perdonado de esa montaña de deuda, salió a la calle, encontró a un compañero que le debía una miseria, y lo agarró del cuello: "¡págame lo que me debes!" Y lo mandó a la cárcel.
¿Se dan cuenta de lo absurdo de la escena?
Y esa es justamente la cuestión. Aquel hombre no muestra a un verdadero perdonado que simplemente tuvo un tropiezo con su compañero. Lo que revela es algo más grave: que la misericordia del rey nunca gobernó su corazón.
Le llegó, por así decirlo, al bolsillo; le quitó un peso de encima; pero no lo hizo un hombre misericordioso. Salió a cobrar como si nada hubiera pasado, como si él mismo no acabara de ser librado de algo infinitamente mayor. Ese siervo no entendió nada.
Por eso la advertencia de Jesús es tan seria. No porque el perdón de Dios sea frágil, ni porque el creyente compre su perdón perdonando a otros. Sino porque un corazón que se niega a perdonar, que se aferra a la deuda del hermano y se sienta sobre ella como juez final, está mostrando que no ha entendido la misericordia que dice haber recibido.
Y aquí, hermanos, déjenme quitarle la máscara a otra mentira de nuestro tiempo, porque tiene su parte de verdad y por eso es tan engañosa:
El mundo de hoy también habla de perdón. Y dice cosas que suenan bien: "perdona, porque no perdonar te hace daño a ti." "El rencor es un veneno que tú tomas esperando que se muera el otro." "No perdonar te encadena al pasado, te enferma, te roba la paz."
Y, ¿saben qué? Hay verdad en eso. Es cierto que el rencor hace daño. Es cierto que llevar la cuenta de los deudores envenena el alma. La amargura es un cancer.
Pero óiganme bien dónde se queda corto ese mensaje. Ese mensaje convierte el perdón en una terapia para que yo me sienta mejor. Pone el centro en mí, en mi bienestar, en mi tranquilidad. Y reduce el pecado, que es una ofensa contra Dios, a una herida emocional mía que necesito sanar.
El texto no dice eso. El texto no dice "perdona a tu hermano para que te sientas mejor". El texto dice otra cosa, mucho más profunda: tu deuda con Dios era impagable, y Dios te la borró por la sangre de su Hijo. Ahora, ¿con qué cara sales tú a cobrarle al hermano la suya?
Porque fíjense en una cosa, hermanos. El texto no niega que el hermano le deba a usted. Al contrario, dice con toda la fuerza: "a los que nos deben." Sí le deben. La ofensa que le hicieron es real. La herida es real. La deuda existe, y el texto no se la niega.
Y esto también hay que decirlo con cuidado:
perdonar no significa llamar bueno a lo malo.
No significa negar la ofensa.
No significa borrar las consecuencias.
No significa entregar confianza sin arrepentimiento.
No significa que usted tenga autoridad para perdonar lo que el otro le debe a Dios. Solo Dios puede perdonar el pecado como ofensa contra su majestad.
Pero usted sí está llamado a perdonar lo que le deben a usted: a renunciar a la venganza, a soltar el cobro personal, a dejar de usar esa deuda para condenar, manipular o destruir al hermano.
La pregunta no es si el hermano le debe.
La pregunta es: ¿desde dónde le cobra usted? ¿Desde qué lugar se para para exigir el pago? Si usted le cobra al hermano como si usted no hubiera sido perdonado primero, como si su propia deuda —infinitamente mayor— no hubiera sido borrada por el Padre, entonces está cobrando desde un lugar que el evangelio no sostiene.
Le perdonaron a usted una fortuna, ¿y va a ahorcar al hermano por una deuda menor?
Por eso, hermanos: solo el que sabe que no puede pagarle a Dios deja de cobrarle al hermano como juez final de la deuda. No niega que hubo deuda; renuncia a usar esa deuda para cobrar, manipular o condenar personalmente al hermano.
El que sigue cobrando, el que tiene el cuaderno de deudores al día y se niega a soltarlo, está mostrando algo de su propio corazón: o no ha recibido el perdón de Dios, o no está viviendo conforme a él.
Porque al que de verdad le fue borrada la montaña, la gracia empieza a enseñarle a mirar de otra manera las deudas reales de sus hermanos.
Conclusión
Conclusión
Hermanos, déjenme cerrar hablándoles a distintos corazones que están esta mañana en este salón, porque esta palabra le llega a cada uno de manera distinta.
A usted, que viene aplastado por la culpa. Que carga un pecado, quizá viejo, quizá repetido, y piensa que el perdón es para los demás pero no para usted, que su deuda es demasiado grande.
Óigame: la palabra "perdona" no tiene tamaño. No hay aquí un pecado tan grande que esta petición ya no alcance. El que enseñó esta oración es el mismo que abrió el camino de regreso a la casa del Padre, y nadie, ni el diablo ni su propia conciencia, puede cerrar ese camino. Vuelva. Confiese el pecado. Pídale al Padre que lo borre. Y levántese limpio.
A usted, que se sabe la oración de memoria. Que la ha rezado mil veces, que enseña a otros, que sirve en la iglesia, pero que hace rato no se sienta como deudor delante del Padre. Para usted la pregunta es esta: ¿cuándo fue la última vez que esta línea le costó algo? El pueblo del Reino no se gradúa de necesitar perdón. No llega un día en que ya somos tan maduros que esta petición nos queda pequeña. Al contrario: mientras más conocemos a Dios, más entendemos la deuda, y con más hondura oramos «perdónanos».
A usted, que tiene el cuaderno de deudores al día. Que lleva años cobrándole a alguien una ofensa real. Mire de qué cantera lo sacaron a usted. Su cuaderno de deudores es real, pero corto; el cuaderno de Dios contra usted era impagable, y lo tachó con sangre. No le pido que niegue la herida. Le pido que mire desde dónde está cobrando. Le pido que lleve esa deuda delante del Rey que perdonó la suya, y que aprenda allí a soltar el cuello del hermano.
Y a usted, que quizá esta mañana se da cuenta de que nunca ha venido a Cristo. Que ha vivido llevando la cuenta de todos menos la suya. Le tengo la noticia más vieja y más cierta sobre usted: tiene una deuda con Dios que jamás podrá pagar. Pero le tengo también la mejor noticia que existe: hay un Mediador que la pagó. Esta es la oración que usted necesita aprender, no porque repetirla lo salve, sino porque la verdad que dice, recibida por fe, es la única que resuelve su problema de verdad.
Hermanos, viene el día —lo dice la Escritura— en que se abrirán los libros. El gran libro de las deudas. Y en ese día, el que está en Cristo verá su página, la página de toda su deuda, cubierta con la sangre del Cordero. Nada que cobrar. Nada pendiente. Todo Borrado.
Por eso no salimos de esta petición con más miedo, sino con más confianza.
El Padre cuya misericordia nos enseña a perdonar setenta veces siete, es el mismo que nos lleva seguros, peregrinos perdonados, hasta la casa donde el hijo llega por fin sin deuda. Allá, en aquella ciudad, ya nadie llevará la cuenta de lo que le deben, porque todos sabremos por la eternidad de qué cantera nos sacaron, y cuánto le costó a Dios borrar nuestra deuda.
A él sea la gloria, en esta iglesia, en Cristo Jesús.
Oremos.
