Rom 3:21-31 | JUSTIFICADOS POR LA FE.
Romanos: Ocho doctrinas que transforman la vida • Sermon • Submitted • Presented
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Hay historias que permanecen en nuestra memoria porque despiertan en nosotros un profundo sentido de justicia.
Una de ellas es Milagros Inesperados. Si usted ha visto esa película, recordará a John Coffey. Desde el principio sabemos que hay algo diferente en él. Es un hombre compasivo, hace el bien y, sin embargo, termina sentado en el corredor de la muerte.
Mientras la historia avanza, uno no puede evitar pensar: “Él no merece estar ahí.”
Y cuando llega el momento de su ejecución, algo dentro de nosotros protesta. Sabemos que el inocente no debería ocupar el lugar del culpable.
¿Por qué reaccionamos así? Porque Dios ha escrito en el corazón humano un sentido de justicia. Sabemos que el culpable debe responder por su culpa y que el inocente debe ser declarado libre.
Sin embargo, el evangelio nos presenta una realidad todavía más sorprendente. Allí encontramos al único hombre verdaderamente inocente ocupando voluntariamente el lugar de los culpables.
La diferencia es que, en la cruz, aquello no fue un error de la justicia; fue el cumplimiento perfecto de la justicia de Dios. Jesucristo tomó el lugar de pecadores como nosotros para que nosotros pudiéramos recibir el lugar que le pertenecía a Él. Ese es el corazón del evangelio.
Y ese es el corazón de Romanos 3. Pero antes de mostrarnos esa gracia, Pablo quiere que sintamos el peso de nuestra necesidad. Durante casi tres capítulos ha actuado como un fiscal en un tribunal. Primero demostró la culpa del mundo pagano. Después mostró que el pueblo judío, aunque tenía la Ley y las promesas, tampoco obedeció a Dios. Finalmente reúne a toda la humanidad delante del tribunal divino y pronuncia un veredicto devastador:
“No hay justo, ni aun uno.” No existe una sola persona que pueda presentarse delante de Dios con una justicia propia suficiente para ser aceptada.
Imagine esa escena. Toda la humanidad está delante del Juez del universo. La Ley de Dios está abierta. La evidencia ha sido presentada. La conciencia da testimonio contra nosotros. Ya no quedan argumentos. Ya no existen excusas. Toda boca queda cerrada.
Ese es el momento más oscuro de toda la carta. Mientras alguien siga creyendo que puede justificarse por sus obras, jamás comprenderá el evangelio. Pero entonces aparecen dos de las palabras más gloriosas de toda la Escritura:
“Pero ahora…”
Hasta aquí Pablo ha hablado del pecado del hombre. Ahora comenzará a hablar de la gracia de Dios. Hasta aquí todo conducía a la condenación. Ahora Dios abre el camino hacia la justificación.
Leamos los versículos 21 y 22:
21Pero ahora, aparte de la ley, la justicia de Dios ha sido manifestada, confirmada por la ley y los profetas.
22Esta justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo es para todos los que creen. Porque no hay distinción,
Aquí encontramos la primera gran verdad.
I. Dios reveló la justicia que el hombre nunca pudo alcanzar (21-22)
I. Dios reveló la justicia que el hombre nunca pudo alcanzar (21-22)
Observe cuidadosamente las primeras palabras: “Pero ahora, aparte de la ley…” Pablo no está diciendo que la Ley fuera mala o que Dios la haya abandonado.
Está diciendo que la justicia mediante la cual un pecador puede ser aceptado delante de Dios no proviene de la obediencia a la Ley.
La Ley NUNCA fue el medio para producir justicia. Fue el medio para revelar nuestra necesidad de ella.
Piense en un espejo…Cada mañana usted se mira en él antes de salir de casa. El espejo puede mostrar una mancha en el rostro con absoluta claridad, pero jamás podrá quitarla. Nadie intenta limpiarse la cara frotándose con el espejo. Ese nunca fue su propósito.
Así funciona la Ley de Dios…Nos muestra nuestro pecado. Expone nuestra culpa. Destruye toda ilusión de justicia propia. Pero no tiene poder para perdonar. Entonces sucede algo extraordinario. El Dios que exige una justicia perfecta también proveyó esa justicia perfecta.
Eso es lo que Pablo llama “la justicia de Dios.” No se refiere solamente a que Dios es justo. Se refiere a la justicia que Dios concede al pecador para poder declararlo justo delante de su tribunal. Dios no rebajó su santidad. Proveyó en Cristo la justicia que su santidad exigía.
Jesucristo vivió la vida que nosotros nunca pudimos vivir. Obedeció perfectamente al Padre. Cumplió completamente la Ley. Y esa justicia ahora es ofrecida “por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen.”
¡Qué extraordinaria noticia! La justicia no se compra. No se merece. No se alcanza. Se recibe.
¿Y cómo se recibe?
Por medio de la fe….Pero la fe no tiene mérito en sí misma. Es simplemente la mano vacía del pecador que recibe el regalo de la gracia.
Piense en un mendigo que extiende la mano para recibir un pedazo de pan…Nadie felicita la mano. Toda la atención recae sobre quien tuvo misericordia y entregó el pan. Así ocurre con la fe.
No somos salvos porque nuestra fe sea grande…Somos salvos porque nuestro Salvador es perfecto…Por eso nuestra seguridad nunca descansa en la intensidad de nuestra fe, sino en la perfección de Aquel en quien creemos. Y esa justicia está disponible para todo el que cree. No importa el pasado. No importa el trasfondo. No importa si es judío o gentil.
La puerta de la gracia permanece abierta para todo pecador que viene a Cristo con las manos vacías. Pero eso nos lleva a una pregunta inevitable.
¿Quién necesita esa justicia?
Y Pablo responde en los versículos siguientes. “Porque no hay diferencia; por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios.”
II. Dios ofrece esa justicia porque todos la necesitamos (3:23-24)
II. Dios ofrece esa justicia porque todos la necesitamos (3:23-24)
Después de decir que la justicia de Dios es “para todos los que creen”, Pablo anticipa una pregunta natural:
¿Quiénes necesitan esa justicia?
Su respuesta es contundente Rom 3.23
23por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios.
Observe esa primera expresión: “No hay diferencia.”
El mundo clasifica a las personas de muchas maneras: buenas y malas, religiosas e irreligiosas, respetables y despreciables. Nosotros solemos medirnos comparándonos con otros. Pero Dios no.
Cuando Dios mira a la humanidad desde el tribunal de su perfecta justicia, encuentra una sola condición común a todos: Todos pecaron. No algunos. No la mayoría. Todos.
Eso significa que nuestro problema no es simplemente que cometemos pecados de vez en cuando. Nuestro problema es mucho más profundo. Somos pecadores por naturaleza. Por eso pecamos. El pecado no comienza en las manos; comienza en el corazón.
Eso explica por qué incluso las personas más respetables luchan con el orgullo, la envidia, la codicia o el egoísmo. El problema del hombre no está únicamente en su conducta; está en su naturaleza. Y Pablo añade una expresión aún más profunda:
“Están destituidos|NO ALCANZAN de la gloria de Dios.”
¿Qué significa eso?
Fuimos creados para reflejar la gloria de Dios. Fuimos creados para amarle, obedecerle y disfrutar de su presencia. Pero el pecado cambió completamente esa orientación. En lugar de vivir para la gloria de Dios, vivimos para nuestra propia gloria. Queremos que nuestra voluntad prevalezca. Buscamos nuestro reconocimiento. Anhelamos nuestra propia exaltación.
En el fondo, el pecado consiste en colocar el “yo” en el lugar que solamente Dios merece ocupar. Y esa es la tragedia del ser humano. Mientras más vive para sí mismo, más vacío queda. Puede llenar su vida de dinero, éxito, placer o incluso religión. Pero ninguna de esas cosas puede devolverle aquello que perdió cuando se apartó de Dios.
Como dijo Agustín:
Nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que halle descanso en ti.
Saint Augustine of Hippo
Hasta aquí, todo parece conducir a una sola conclusión. Si todos pecaron… Si todos están destituidos de la gloria de Dios…Entonces todos merecemos el juicio de Dios. Y eso sería perfectamente justo. Pero precisamente cuando esperamos escuchar la palabra “condenados”, Pablo escribe una palabra completamente distinta.
24Todos son justificados gratuitamente por Su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús,
¡Qué cambio tan extraordinario! Nosotros esperábamos condenación. Dios anuncia justificación. Nosotros merecíamos rechazo. Dios ofrece aceptación. Nosotros habíamos acumulado culpa. Dios nos entrega justicia. Y todo ello, dice Pablo, gratuitamente.
La palabra “justificados” pertenece nuevamente al lenguaje del tribunal. Seguimos delante del Juez del universo. La evidencia sigue siendo contundente. El acusado sigue siendo culpable. No existe defensa posible. Pero entonces el Juez pronuncia un veredicto inesperado: “Justo.” No porque el acusado sea inocente. Sino porque Otro ha ocupado su lugar.
Y Pablo añade dos palabras que destruyen todo orgullo: “gratuitamente” y “por su gracia.” Si la justificación es gratuita, nadie puede comprarla. Si es por gracia, nadie puede merecerla. La salvación no es un salario para quienes trabajaron mejor. Es un regalo para quienes reconocen que no tienen absolutamente nada con qué pagar. Pero eso nos lleva a la pregunta más importante de todo el pasaje.
¿Cómo puede Dios hacer eso? ¿Cómo puede un Dios perfectamente santo declarar justo al culpable sin dejar de ser perfectamente justo?
Esa es la pregunta que Pablo responde en los versículos 25 al 31.
III. Dios puede justificar al pecador porque Cristo satisfizo completamente su justicia (3:25-31)
III. Dios puede justificar al pecador porque Cristo satisfizo completamente su justicia (3:25-31)
Hasta este momento Pablo ha respondido dos preguntas fundamentales. Primero, nos mostró que existe una justicia que nosotros jamás podríamos producir, pero que Dios ha revelado en Jesucristo. Después, nos mostró que todos necesitamos esa justicia, porque todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios. Pero ahora surge la pregunta más importante de todas:
¿Cómo puede Dios declarar justo al culpable sin dejar de ser justo?
La ‘justicia de Dios’, por lo tanto, podría definirse como ‘el modo justo de Dios de hacer justos a los injustos’; es la posición de justicia que él concede a los pecadores a quienes él justifica.
John Robert Walmsley Stott (English Preacher)
Nosotros entendemos que un juez bueno no puede simplemente ignorar un crimen.
Imagine que un hombre culpable de asesinato comparece delante del juez. Toda la evidencia ha sido presentada. El jurado ha emitido su veredicto. Entonces el juez dice:
—“Hoy me siento misericordioso. Puede irse libre.”
¿Llamaríamos bueno a ese juez?
No.
Diríamos que es corrupto.
La misericordia que ignora la justicia deja de ser misericordia; se convierte en injusticia.
Entonces, ¿cómo puede Dios perdonar pecadores sin comprometer su santidad? Pablo responde señalándonos a una sola Persona: Jesucristo.
JESUCRISTO ARREGLA LAS COSAS POR MEDIO DE SU ENCARNACION…
25a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por Su sangre a través de la fe, como demostración de Su justicia, porque en Su tolerancia, Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente,
La palabra “propiciación” quizá no sea común en nuestro vocabulario, pero expresa una de las verdades más profundas del evangelio. Significa que, mediante la muerte de Cristo, la justa ira de Dios contra el pecado fue completamente satisfecha. Vivimos en una época en la que se habla mucho del amor de Dios, pero muy poco de su ira. Sin embargo, precisamente porque Dios es santo, no puede contemplar el pecado con indiferencia.
Su ira no es un arrebato emocional…Es su santa y perfecta oposición contra todo lo que deshonra su gloria….Esa ira debía caer sobre nosotros. Cada mentira .. Cada acto de orgullo. Cada pensamiento impuro. Cada palabra egoísta. Cada ocasión en que vivimos para nosotros mismos en lugar de vivir para Dios.
Todo ello merecía el juicio de un Dios santo. Pero aquí encontramos el corazón del evangelio. La ira que debía caer sobre nosotros cayó sobre Cristo…Un Dios que es justo no puede hacer la vista gorda ante nuestros pecados… Cuando Jesús murió en la cruz, no murió simplemente como un mártir. No murió únicamente para darnos un ejemplo de amor. Murió como nuestro sustituto. Ocupó el lugar de pecadores como nosotros. Como anunció Isaías siglos antes:“El castigo de nuestra paz fue sobre Él.” En la cruz ocurrió el mayor intercambio de toda la historia.
Nuestro pecado fue cargado sobre Cristo…La perfecta justicia de Cristo fue acreditada a nosotros.,,Él recibió nuestra condenación…Nosotros recibimos su aceptación…Él fue tratado como culpable para que nosotros pudiéramos ser tratados como justos. Pero Pablo añade algo sorprendente. Dice que Dios hizo todo esto
26 para demostrar en este tiempo Su justicia, a fin de que Él sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús.
¿Por qué debía demostrarla?
Porque durante siglos Dios había perdonado pecadores.
Perdonó a Abraham.
Perdonó a David.
Perdonó a Moisés.
¿Había ignorado su pecado?
De ninguna manera.
Cada pecado perdonado en el Antiguo Testamento apuntaba hacia el día en que Cristo pagaría completamente por él. La cruz explica no solamente cómo somos salvos nosotros. Explica cómo Dios pudo perdonar a todos los creyentes de todos los tiempos sin dejar de ser perfectamente justo. Y entonces Pablo llega a una de las declaraciones más extraordinarias de toda la Biblia.
”…para que Él sea el justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús.”
Deténgase un momento y contemple la belleza de estas palabras…Dios sigue siendo justo…Su santidad permanece intacta….Su ley no fue rebajada…Su justicia no fue comprometida…Y, al mismo tiempo, justifica al pecador que pone su confianza en Cristo.
Solo Dios podía escribir una historia así….En la cruz, la justicia y la misericordia se abrazan….La justicia de Dios fue plenamente satisfecha para que la gracia de Dios pudiera alcanzar plenamente al pecador….Por eso Pablo pregunta:
27¿Dónde está, pues, la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿La de las obras? No, sino por la ley de la fe.
Y responde: “Ha sido excluida.”…
Nadie llegará delante de Dios diciendo: “Estoy aquí porque fui suficientemente bueno.”
Nadie podrá decir:
“Mi obediencia hizo la diferencia.”
Toda la gloria pertenecerá a Cristo. Pero Pablo todavía da un paso más.
¿Significa esta doctrina que la obediencia ya no importa?
De ninguna manera. El versículo 31 responde:
31¿Anulamos entonces la ley por medio de la fe? ¡De ningún modo! Al contrario, confirmamos la ley.
La fe no elimina la obediencia….Sino que la transforma….Ya no obedecemos para ganar el favor de Dios. Obedecemos porque ya hemos sido aceptados en Cristo. La obediencia dejó de ser el camino hacia la salvación. Ahora es el fruto de la salvación. Eso cambia completamente la vida cristiana.
Ya no vivimos intentando que Dios nos ame. Vivimos porque Dios nos ha amado en Cristo. Ya no luchamos para obtener aceptación. Luchamos porque ya hemos sido aceptados. Ya no obedecemos para convertirnos en hijos. Obedecemos porque, por la fe en Jesucristo, ya somos hijos del Padre. Esa es la libertad gloriosa del evangelio.
Conclusión
Conclusión
Hermanos, al comenzar este mensaje entramos, por así decirlo, al tribunal de Dios….Allí no importaban las apariencias….No importaba nuestra reputación…No importaban nuestros esfuerzos religiosos.
La Ley habló….La evidencia fue presentada….Y el veredicto fue el mismo para todos: Culpables.
Quizá algunos llegaron pensando que todavía podían defenderse.
Que sus buenas obras inclinarían la balanza a su favor.
Que Dios los compararía con otras personas.
Pero Romanos 3 destruye una por una todas esas falsas esperanzas, hasta dejarnos con las manos vacías delante de un Dios santo.
Y precisamente allí, cuando ya no quedaba ninguna esperanza en nosotros, apareció toda la esperanza en Cristo.
Ese es el evangelio.
Dios no rebajó su justicia para poder salvarnos.
La satisfizo plenamente en su Hijo.
Dios no ignoró nuestro pecado.
Lo castigó completamente en Cristo.
Dios no encontró en nosotros una justicia que pudiera aceptar.
Nos regaló la justicia perfecta de Jesucristo.
Por eso, cuando Dios justifica al pecador, no está cerrando los ojos ante su pecado.
Está mirando la obediencia perfecta y el sacrificio perfecto de su Hijo.
Tal vez hoy hay alguien aquí que sigue intentando ganarse el favor de Dios.
Ha tratado de compensar sus pecados con buenas obras.
Con promesas.
Con religión.
Con servicio.
Pero Romanos 3 le dice con amor y con firmeza:
Deje de mirar sus manos y mire las manos traspasadas de Cristo.
Su esperanza nunca ha estado en lo que usted puede hacer por Dios.
Siempre ha estado en lo que Cristo hizo por usted.
Y si usted ya pertenece a Cristo, recuerde esto cuando su conciencia lo acuse.
Recuerde esto cuando el enemigo le recuerde sus fracasos.
Su paz no descansa en la perfección de su obediencia.
Descansa en la perfección de la obediencia de Cristo.
Su aceptación delante del Padre no cambia con sus emociones.
No aumenta con sus éxitos…No disminuye con sus luchas.
Descansa para siempre sobre una justicia perfecta que le fue acreditada por gracia. Así que, cuando salga hoy de este lugar, no salga admirándose a sí mismo.
Salga maravillado de Cristo. Porque un día volveremos a estar delante del trono de Dios. Y ese día no presentaremos nuestra vida como argumento.
No diremos:
“Señor, mira todo lo que hice.”
Diremos solamente:
“Mi única esperanza es Jesucristo.”
Y descubriremos que eso siempre fue suficiente.
Amén.
