Y ahora, ¿quién podrá salvarnos?
Introducción:
Podríamos resumir lo actuado hasta aquí para entender la gravedad de la sentencia final. El fiscal la ley perfecta acusa al hombre ante la justicia de Dios. Se abre la prueba. La defensa presenta sus argumentos. Comparecen los testigos. El hombre acusado ofrece su propia justicia, sus razonamientos, su conducta, su militancia en la religión, y aun sus privilegios. El acusado intenta recusar al Juez aduciendo que, si bien ha obrado mal, ese mal obrar ha producido una cuota de gloria para el Juez y que, entonces, el juez no sería justo si castigara al hombre pecador. Cada uno de los argumentos es rebatido en forma aplastante. Se analiza la conducta del hombre, y es hallado (a) culpable, (b) condenado, (c) digno de muerte. En consecuencia, la sentencia divina establece: 1°) no hay justo ni aun uno; 2°) por las obras de la ley, ningún ser humano será justificado delante de El. Es inútil intentarlo. La causa del hombre pecador está cerrada. Para el hombre es una causa perdida. Le corresponde al reo la condenación merecida: la sentencia de muerte eterna. El expediente de la pretendida justificación del hombre por la justicia de la ley pasa al archivo en forma definitiva. La defensa queda muda. Toda boca queda cerrada. La humanidad entera está en estado de condenación. Un convencimiento general se apodera de todos los que prestan atención al desarrollo del juicio. La sentencia ha sido justa. El juez no ha condenado al hombre por el bien que presentó en su defensa, sino por el mal realizado y el bien omitido. Se produce un impresionante silencio. Como el silencio del Apocalipsis (8:1).
