Jugando desde la victoria

Tiempo después de Pentecostés  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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Romans 8:12–25 NVI
Por tanto, hermanos, tenemos una obligación, pero no es la de vivir conforme a la carne. Porque si ustedes viven conforme a ella, morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: «¡Abba! ¡Padre!». El Espíritu mismo asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria. De hecho, considero que en nada se comparan los sufrimientos actuales con la gloria que habrá de revelarse a nosotros. La creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios, pues fue sometida a la frustración, no por su propia voluntad, sino por la del que así lo dispuso. Pero queda la firme esperanza de que la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos que toda la creación todavía gime a una, como si tuviera dolores de parto. Y no solo ella, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, mientras aguardamos nuestra adopción como hijos, es decir, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esa esperanza fuimos salvados. Pero esperar lo que ya se ve no es esperanza. ¿Quién espera lo que ya ve? Pero si esperamos lo que todavía no vemos, en la espera mostramos nuestra constancia.

Introducción

Hoy se juega el final de la copa mundial de futbol, es un evento importante que, además, se llevará a cabo en unos minutos en el MetLife Stadium acá en New Jersey.
Los equipos que clasificaron a la copa y, especialmente, los que llegaron hasta el juego de hoy han tenido que entrenar, aprender la técnica, concentrarse, reconocer a sus oponentes, trabajar en equipo y, desde luego, superar a sus rivales.
Esta dinámica es similar a la de la vida de la fe. En ocasiones, la Escritura nos presenta la vida cristiana como una carrera, esto implica un nivel de esfuerzo para ser mejor cada día en aquello a lo que hemos sido llamados, lo interesante es que nosotros no jugamos para clasificar sino que jugamos desde la victoria porque, en la vida cristiana, el resultado ya está firmado por la resurrección.
En ese sentido, si bien la lectura del domingo pasado comenzaba con una declaración liberadora: “no hay ninguna condenación” y nos llevaba a pensar en el descanso en Dios, la practica de la justicia y una nueva forma de pensar guiada por Cristo, hoy la lectura comienza con una exigencia: tenemos una obligación.
Dicha obligación, tiene que ver con la forma en que hemos de vivir la vida, el domingo pasado preguntamos ¿cómo viven los cristianos? basados en la declaración de libertad, sin embargo, hoy debemos preguntarnos ¿cuál es la lucha constante de los cristianos y como pueden superarlas para ganar en el ejercicio de la vida de la fe?
Desde esa perspectiva, hoy vamos a revisar tres aspectos que nos permiten reconocer como jugamos el “partido de la Fe”: Reconocer nuestra nueva obligación, asimilar el sufrimiento como parte de la vida y mantenernos en la esperanza de la vida plena prometida por Dios.

1. Reconocer nuestra nueva deuda (vv. 12-15)

Una vez liberados del yugo de la ley y asimilados en la ley del amor, Pablo pone en el medio una obligación, esto es una deuda, lo que nos refiere que, por el Espíritu Santo, nosotros respondemos en gratitud a la obra de Dios en donde morimos y resucitamos con Cristo. Así como los jugadores deben cumplir unos deberes para ganar la copa, los cristianos debemos trabajar en nosotros para ser mejores. Ahora bien ¿En que consiste esa obligación?
Hay dos elementos que el Texto refiere; en primer lugar (aunque es lo segundo en orden) es asumir nuestra posición como hijos de Dios. Pablo es explicito en mencionar que el Espíritu nos adopta como hijos de Dios y nos permite clamar. Es decir que nosotros no estamos solos en la tarea de jugar el partido de la fe, tenemos la posibilidad de pedir al Padre, recordemos que Jesús dijo que si nosotros siendo malos sabemos dar buenas cosas a nuestros hijos, cuanto más el Padre celestial dará cosas buenas a quienes se lo pidan.
Este punto es importante para comprender el siguiente: Como hijos de Dios necesitamos dar muerte, es decir, extinguir los malos hábitos. Esto es interesante porque tiene que ver con el trabajo interior de cada uno de nosotros. Pablo, en esta perícopa no dice cuales son esos malos hábitos pero si refiere una consecuencia de esos malos hábitos: El miedo, el espíritu que esclaviza dirige justamente hacia el miedo.
Desde esa perspectiva, podemos inferir que los malos hábitos del ser son aquellos que nos impiden ser y pensar como Cristo, en otras palabras que nos impiden avanzar en nuestro crecimiento espiritual, por ejemplo: la culpa, el egoísmo, la envidia, la mentira, la injusticia, la crítica, el legalismo y cualquier factor de corrupción que nos permita reconocer la acción de Dios en nuestra vida y en el mundo.
En síntesis, si somos hijos de Dios debemos permitir que Él nos forme por su Espíritu Santo para que podamos vivir conforme a su enseñanza.

2. Asimilar el sufrimiento como parte de la vida (vv. 16-17)

Pablo nos pone de frente a otra realidad: el sufrimiento. Por un lado, reconocer y asumir la obligación y dar fin a los malos hábitos puede ponernos en una tensión de sufrimiento interno. Podríamos ser adolescente espirituales que luchamos con aquellas cosas que debemos cambiar en nuestra vida si no miramos a Dios para clamar y pedir que nos ayude.
Pero, de otro lado, al igual que los jugadores tienen que sufrir las tensiones propias del deporte, el riesgo de una lesión, las críticas de la hinchada, sus problemas personales que no deben interferir en el juego, etc. Los seres humanos experimentamos constantemente el sufrimiento; cuando llega la enfermedad, los desastres, las guerras, cuando nos enfrentamos a la pobreza o la injusticia o cuando la muerte llega a nuestras vidas.
Ninguno de nosotros estamos exentos de una vida de dolor y sufrimiento. Sin embargo, los cristianos estamos llamados a asimilar y afrontar el sufrimiento con la esperanza de que no estamos solos. Pablo nos explica que al ser hijos de Dios somos herederos de Él y coherederos con Cristo. Esto es muy importante porque de esta forma Pablo explica que Cristo está con nosotros en el sufrimiento, que sufre con nosotros, es decir que Jesús es el amigo, el hermanos, que permanece para solidarizarse con nosotros, ayudarnos a atravesar el valle del sufrimiento y ayudarnos a jugar este partido de la fe.
El sufrimiento aparece en la vida del ser humano para humanizarlo, Cristo, el ser humano por excelencia, se solidariza con nosotros y nos enseña que el sufrimiento nos humaniza también a nosotros para que seamos la mano de Dios extendida y podamos juntos tener parte de la gloria de Dios.

3. Mantenernos en la esperanza (vv. 18-25)

El sufrimiento, además de humanizarnos, abre la expectativa de nuestra esperanza. El sufrimiento no es eterno, pero la gloria de Dios si lo es. Por eso Pablo presenta la esperanza escatológica de la vida eterna (la gloria revelada) y la nueva creación.
En un mundo de sufrimiento, en donde no solo el ser humano sufre sino que la creación también sufre y gime a causa de la maldad del ser humano, la esperanza de la vida nueva y de la nueva creación o de la creación restaurada debe ser el bastón de agarre para reconocer la victoria que Cristo nos ha dado en el partido de la fe. Los jugadores hoy esperaran una copa y el reconocimiento del mundo, aunque hayan tenido que sufrir y entrenar tuvieron que mantener la esperanza viva. De la misma forma nosotros necesitamos alimentar nuestra esperanza, no con falsas expectativas, sino con la promesa de Dios para nosotros.
La esperanza consiste justamente en esperar lo que no se ve y este resulta siendo un gran desafío para los creyentes en este tiempo. Cuando las personas se alejan de Dios, cuando las iglesias se vacían más cada día, cuando la injusticia parece aflorar y nuestros jóvenes corren riesgo en las calles, cuando el dolor, le hambre y las barreras para acceder a la educación y la salud son tan evidentes. Pablo nos invita a mantenernos en esperanza.
Finalmente, Pablo dice que debemos mostrar constancia, esto es vivir como hijos e hijas de Dios que viven la justicia y construyen la paz, que han resucitado con Cristo y que quitan de su vida, con la ayuda del Espíritu Santo los malos hábitos de su vida reconociendo que en el sufrimiento Cristo se hace presente en cada hermano y hermana que extiende su mano para que la esperanza reviva en nosotros.

Conclusión

Hoy, dentro de unas horas, el mundo conocerá el nombre del campeón del Mundial. Ese trofeo quedará en una vitrina y algún día otro equipo lo levantará. Pero quienes pertenecen a Cristo ya conocen el resultado definitivo del partido más importante de la historia. No jugamos para obtener la victoria; jugamos porque Cristo ya la ganó en la cruz y la confirmó en la resurrección. Esa es la razón por la que seguimos corriendo, luchando y esperando.
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