¿De quién eres?

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Title in English: WHO DO YOU BELONG TO? 

Clavo: César puede reclamar una moneda; Dios reclama toda mi vida, porque llevo su imagen y Cristo pagó mi rescate.

Introducción

Cierta vez, escuché que alguien contó la siguiente historia:
“Fui al funeral de un familiar de mi esposa. Yo soy de ciudad, pero la familia de mi esposa es de una aldea rural. Eso explicará mi reacción.
Cuando llegamos, todos estaban tristes y dolidos. Sentí que lo mejor era saludar personalmente a los familiares y, cuando vi a la abuela de mi esposa, me acerqué a ella. Supe que era la abuela porque escuché que así le decían. Nadie nos había presentado.
Cuando me acerqué para darle el pésame, lo primero que me preguntó fue:
—¿Tú de quién eres?
No supe qué contestar, así que volvió a preguntarme, ahora un poco más fuerte:
—¿De quién eres?
Como no sabía qué decirle, la situación comenzó a ponerse muy incómoda. Ella preguntaba cada vez más fuerte, hasta que decidí alejarme. Pero la abuela comenzó a seguirme, casi gritando:
—¿De quién eres? ¡¿De quién eres?!
Yo pensaba: ‘¿Qué quiere que le diga? ¡No soy propiedad de nadie! Por lo menos nunca lo he sido’.
Finalmente, una señora se acercó y me explicó:
—Hijo, lo que la abuela quiere saber es de cuál de sus hijos o sobrinos eres hijo.
Entonces le contesté:
—De ninguno. Yo solo vine con mi novia para acompañarla”.
En aquella comunidad, la pregunta “¿De quién eres?” no significaba: “¿Quién es tu propietario?”. Significaba: “¿A qué familia perteneces? ¿De quién eres hijo? ¿Cuál es tu casa? ¿Cuál es tu historia?”.
Pero supongamos que hoy Cristo se acercara a ti y te hiciera esa misma pregunta:
—¿De quién eres?
¿Qué contestarías?
Quizá dirías:
“Yo no soy propiedad de nadie. Mi vida es mía. Mi cuerpo es mío. Mi dinero es mío. Mi tiempo es mío. Mis decisiones son mías. Nadie tiene derecho a decirme qué hacer”.
Eso es lo que nuestra cultura nos ha enseñado a creer: “Yo me pertenezco a mí mismo”.
Sin embargo, en Marcos 12:13–17, Jesús toma una pregunta sobre una moneda y la convierte en una pregunta acerca de la pertenencia. Sus enemigos quieren saber qué le pertenece a César, pero Jesús los obliga —y nos obliga— a considerar qué le pertenece a Dios.
[Leer Marcos 12:13–17, NTV.]
Esta conversación ocurre durante la última semana de la vida terrenal de Jesús. Él ya ha entrado en Jerusalén, ha confrontado la corrupción del templo y ha denunciado a los líderes religiosos mediante la parábola de los agricultores malvados.
Ellos comprenden que Jesús ha hablado contra ellos. Quieren arrestarlo, pero temen a la gente. Por eso cambian de estrategia. En lugar de confrontarlo abiertamente, envían a algunos fariseos y partidarios de Herodes para atraparlo con sus propias palabras.
Marcos utiliza una palabra perteneciente al mundo de la caza y la pesca. No vienen a conversar con Jesús; vienen a cazarlo. No buscan una respuesta; buscan una acusación.
En medio de esta confrontación, el pasaje nos enseña cómo vive una persona que sabe que pertenece a Dios.

I. ANTE CRISTO, DEBO VIVIR SIN MÁSCARAS

I. BEFORE CHRIST, I MUST LIVE WITHOUT MASKS
Los fariseos y los partidarios de Herodes comienzan diciendo:
“Maestro, sabemos lo honesto que eres. Eres imparcial y no tienes favoritismos. Enseñas con verdad el camino de Dios”.
Todo lo que dicen acerca de Jesús es verdadero.
Jesús es honesto. Jesús es imparcial. Jesús no modifica la verdad para complacer a la gente. Jesús enseña fielmente el camino de Dios.
El problema no se encuentra en sus palabras, sino en sus corazones.
Lo llaman “Maestro”, pero no quieren aprender de Él. Dicen que enseña el camino de Dios, pero no quieren caminar por ese camino. Reconocen que es veraz, pero esperan utilizar sus palabras verdaderas para destruirlo.
Hay una ironía muy fuerte en este pasaje. Poco antes, cuando Jesús les preguntó acerca de la autoridad de Juan el Bautista, respondieron: “No sabemos”. Ahora se presentan diciendo: “Sabemos que eres honesto… sabemos que enseñas la verdad”.
Cuando les convenía, no sabían. Ahora que quieren adularlo, saben.
Eso es hipocresía: utilizar palabras verdaderas para esconder un corazón falso.
Jesús lo reconoce inmediatamente. El versículo 15 dice:
“Jesús se dio cuenta de su hipocresía”.
Ellos pueden engañar a la multitud, pero no pueden engañar a Cristo.
Pueden esconder sus intenciones detrás de palabras religiosas, pero Cristo ve detrás de sus palabras. Pueden utilizar títulos respetuosos, pero Cristo conoce la condición real de sus corazones.
Y nosotros debemos escuchar esta advertencia.
Es posible venir a la iglesia y aprender el vocabulario correcto.
Podemos decir:
“Cristo es el Señor”. “La Biblia es la Palabra de Dios”. “Todo es para la gloria de Dios”. “Estoy orando por ti”. “Dios primero”.
Podemos cantar, servir, predicar, enseñar y hasta hablar de la grandeza de Cristo mientras protegemos áreas de nuestra vida que no queremos rendirle.
Es posible alabar a Cristo con los labios y resistirlo con el corazón.
También podemos utilizar la adulación para conseguir algo de las personas. Decimos palabras bonitas, no porque amemos sinceramente, sino porque queremos obtener aprobación, influencia, ayuda o alguna ventaja.
Pero Jesús no se deja manipular por nuestros elogios. Él no necesita que le digamos cosas bonitas. Él busca corazones sinceros.
Por eso necesito preguntarme:
¿Estoy siguiendo a Jesús o solamente estoy utilizando a Jesús?
¿Mis palabras públicas reflejan mi vida privada?
¿Hay algo que digo creer, pero que deliberadamente me niego a obedecer?
¿Estoy usando la religión para proteger mi reputación?
Cristo conoce la respuesta.
Eso podría aterrorizarnos, porque significa que Jesús conoce lo peor de nosotros. Conoce nuestra hipocresía, nuestra doble intención, nuestras contradicciones y nuestras motivaciones.
Pero el evangelio nos da esperanza: el mismo Jesús que conoce completamente nuestra hipocresía decidió ir a la cruz por hipócritas como nosotros.
Él no nos llama a quitar la máscara para avergonzarnos, sino para salvarnos.
No tenemos que fingir delante de Cristo. Podemos acercarnos diciendo:
“Señor, esto es lo que verdaderamente hay en mí. Estas son mis intenciones. Este es mi pecado. Esta es mi lucha. No puedo esconderme de ti y ya no quiero seguir intentándolo”.
Ante Cristo, debo vivir sin máscaras.

Transición

Ellos intentan atrapar a Jesús con una pregunta, pero Jesús toma el control de la conversación.
Le preguntan si deben pagar impuestos al César. Si contesta que sí, la multitud podría considerarlo un traidor. Si contesta que no, podrían denunciarlo ante Roma como un sedicioso.
Parece una pregunta de “sí” o “no”, en la que cualquier respuesta resultaría peligrosa.
Pero la sabiduría de Dios no puede quedar encerrada en las categorías humanas.
Jesús les dice:
“Muéstrenme una moneda romana”.
Ellos querían atraparlo con una palabra. Jesús va a desenmascararlos con una moneda.

II. POR CRISTO, PUEDO CUMPLIR MIS DEBERES SIN CONVERTIR A CÉSAR EN MI DIOS

II. THROUGH CHRIST, I CAN FULFILL MY CIVIC DUTIES WITHOUT MAKING CAESAR MY GOD
La moneda que le entregan es un denario, aproximadamente el salario de un día de trabajo. Era la moneda utilizada para pagar el tributo imperial.
Probablemente llevaba la imagen del emperador Tiberio. En una de sus caras aparecía una inscripción que lo identificaba como “hijo del divino Augusto”. En la otra aparecía el título Pontifex Maximus, “Sumo Pontífice”.
No era solamente dinero. Era propaganda que comunicaba el poder político y las pretensiones religiosas del emperador.
Jesús toma la moneda y pregunta:
“¿A quién pertenecen la imagen y el título grabados en la moneda?”.
Ellos responden:
“Al César”.
Entonces Jesús les dice:
“Den al César lo que pertenece al César”.
La palabra traducida como “den” también puede significar “devuelvan” o “paguen lo que deben”.
La respuesta de Jesús significa que sí debían pagar el impuesto.
Aunque Roma era pagana, opresiva y frecuentemente injusta, Jesús reconoció que el gobierno civil tenía una autoridad real. El discípulo de Cristo no utiliza su fe como excusa para la irresponsabilidad, la deshonestidad o la rebelión.
Posteriormente, Pablo escribiría:
“Paguen sus impuestos y los demás cargos gubernamentales a quienes corresponda; respeten y honren a los que están en autoridad” (Romanos 13:7, NTV).
Pedro también diría:
“Respeten a todos y amen a la familia de creyentes. Teman a Dios y respeten al rey” (1 Pedro 2:17, NTV).
Observemos cuidadosamente el orden:
“Teman a Dios”. “Respeten al rey”.
Al rey se le respeta. Solo a Dios se le teme, en el sentido de reverencia y adoración.
El gobierno puede pedirnos obediencia legítima, impuestos y respeto. No puede pedirnos adoración.
Por eso, como discípulo de Cristo, debo procurar ser un buen ciudadano.
Debo pagar honestamente lo que debo. Debo cumplir mis compromisos. Debo respetar las leyes. Debo participar responsablemente en mi comunidad. Debo orar por quienes ocupan posiciones de autoridad. Debo hablar con verdad y respeto, aun cuando no esté de acuerdo con ellos.
No puedo justificar la deshonestidad diciendo: “Pero el gobierno desperdicia el dinero”. El Imperio romano utilizaba los impuestos para muchas cosas injustas y, aun así, Jesús dijo: “Den al César lo que pertenece al César”.
Pagar impuestos no significaba aprobar todas las acciones de Roma. Significaba reconocer la autoridad civil que Dios, en su providencia, había permitido.
Sin embargo, Jesús tampoco entrega al César una autoridad ilimitada.
Puede recibir la moneda, pero no puede recibir la adoración.
Puede reclamar impuestos, pero no puede reclamar mi conciencia.
Puede establecer leyes, pero no puede ocupar el lugar de Dios.
Por eso, cuando una autoridad humana nos ordena hacer lo que Dios prohíbe o nos prohíbe hacer lo que Dios ordena, la respuesta cristiana continúa siendo:
“Debemos obedecer a Dios antes que a cualquier autoridad humana” (Hechos 5:29, NTV).
Eso no significa que desobedecemos cada vez que una ley nos incomoda o no coincide con nuestras preferencias. La desobediencia civil cristiana no es el primer recurso de una persona rebelde; es el último recurso de una conciencia cautiva de la Palabra de Dios.
Podemos respetar la autoridad sin idolatrarla.
Y esto es especialmente importante en una época de polarización política.
Un cristiano no puede convertir a un partido en su iglesia, a un candidato en su mesías, a una nación en el reino de Dios o a una bandera en su cruz.
Podemos tener opiniones políticas diferentes. Podemos haber nacido en países diferentes. Podemos tener historias, documentos, idiomas y culturas diferentes. Pero, si estamos en Cristo, tenemos un solo Señor y pertenecemos a un mismo reino.
Nuestra esperanza no está en Washington. Nuestra esperanza no está en un presidente. Nuestra esperanza no está en una elección. Nuestra esperanza no está en la economía. Nuestra esperanza está en Jesucristo.
El gobierno puede hacer cosas buenas, y debemos agradecer a Dios por ellas. También puede actuar injustamente, y debemos hablar con verdad. Pero ningún gobierno puede salvar al pecador, perdonar su culpa, darle un corazón nuevo o levantarlo de la muerte.
Solo Cristo puede hacer eso.
Por Cristo, puedo cumplir mis deberes sin convertir a César en mi dios.

Transición

Jesús podría haber terminado su respuesta diciendo: “Den al César lo que pertenece al César”.
Eso habría contestado la pregunta fiscal. Pero Jesús no termina ahí.
La preocupación principal de sus enemigos era cuánto debían darle a Roma. La preocupación principal de Jesús era cuánto estaban reteniendo de Dios.
Por eso añade:
“Y den a Dios lo que pertenece a Dios”.

III. EN CRISTO, PUEDO ENTREGAR A DIOS TODO LO QUE SOY

III. IN CHRIST, I CAN GIVE GOD ALL THAT I AM
Jesús había preguntado:
“¿De quién es esta imagen?”.
La moneda llevaba la imagen de César, así que podía devolverse a César.
Pero la pregunta produce otra mucho más profunda:
¿De quién es la imagen que tú llevas?
Génesis 1:27 dice:
“Así que Dios creó a los seres humanos a su propia imagen”.
La moneda lleva la imagen de César, pero tú llevas la imagen de Dios.
Aquí debemos ser precisos. El pecado no borró por completo la imagen de Dios en el ser humano, pero sí la desfiguró. El pecado dañó nuestra manera de reflejar el carácter, la verdad, la santidad, el amor y la justicia de Dios.
Todavía llevamos su imagen, pero no la reflejamos como fuimos creados para hacerlo.
Entonces vino Cristo.
Colosenses 1:15 dice que Cristo “es la imagen visible del Dios invisible”. Jesús es la imagen perfecta que nosotros no hemos logrado reflejar.
Y cuando una persona se arrepiente y cree en Cristo, Dios no solamente perdona su culpa. También comienza a renovarla conforme a la imagen de su Hijo. El Espíritu Santo transforma progresivamente sus deseos, pensamientos, palabras y acciones para que se parezca cada vez más a Cristo.
Por eso la imagen de Dios no es solo una doctrina acerca de cómo fuimos creados. En Cristo también es la dirección hacia la cual estamos siendo restaurados.
Fuimos creados para reflejar a Dios. El pecado desfiguró ese reflejo. Cristo vino como la imagen perfecta de Dios. Cristo murió para rescatarnos. Y ahora su Espíritu nos está renovando conforme a su imagen.
Esto hace que el contexto de Marcos sea todavía más hermoso.
En la parábola anterior, Jesús se presentó como el Hijo amado enviado por el dueño de la viña. Ahora aparece una moneda que proclama a Tiberio como “hijo del divino Augusto”.
La moneda presenta a un hijo imperial con pretensiones divinas, pero delante de ellos se encuentra el verdadero Hijo de Dios.
Después, Marcos utilizará nuevamente la palabra “inscripción”. En Marcos 15:26, sobre la cruz de Jesús aparecerá una inscripción que dirá:
“El Rey de los judíos”.
La moneda lleva la imagen y la inscripción de César. La cruz lleva la inscripción del verdadero Rey.
César colocó su rostro sobre una moneda para mostrar su poder. Cristo entregó su cuerpo sobre una cruz para rescatar a su pueblo.
César exigía que otros entregaran sus vidas por su imperio. Cristo entregó su propia vida por sus enemigos.
Jesús ya lo había anunciado en Marcos 10:45:
“El Hijo del Hombre no vino para que le sirvan, sino para servir a otros y para dar su vida en rescate por muchos”.
Aquí se encuentra el corazón del evangelio.
Dios no nos dice: “Entrégame todo para que quizá llegue a amarte”.
Dios nos dice: “En Cristo ya te he mostrado cuánto te amo. Mi Hijo se entregó para rescatarte. Ahora, unido a Él, puedes vivir como alguien que verdaderamente me pertenece”.
No entregamos nuestra vida para comprar la salvación. Cristo entregó la suya para comprar nuestra libertad.
No obedecemos para convertirnos en hijos. Obedecemos porque, por gracia, hemos sido recibidos como hijos.
No nos rendimos para convencer a Dios de amarnos. Nos rendimos porque en la cruz ya contemplamos la profundidad de su amor.
Por eso Jesús dice:
“Den a Dios lo que pertenece a Dios”.
¿Qué le pertenece a Dios?
Todo.
Unos versículos después, en Marcos 12:30, Jesús lo explica:
“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”.
Todo tu corazón. Toda tu alma. Toda tu mente. Todas tus fuerzas.
Dios no quiere solamente una moneda. No quiere únicamente una hora los domingos. No quiere solo una canción, una ofrenda o una oración.
Dios te quiere a ti.
Le pertenece tu tiempo. Le pertenece tu cuerpo. Le pertenece tu familia. Le pertenece tu trabajo. Le pertenece tu dinero. Le pertenecen tus relaciones. Le pertenece tu sexualidad. Le pertenecen tus planes. Le pertenecen tus heridas. Le pertenecen tus temores. Le pertenece tu futuro. Le pertenece incluso tu manera de participar en la política.
Todo le pertenece.
Quizá hemos entregado a Dios algunas partes de nuestra vida, pero seguimos colocando nuestra propia imagen sobre otras áreas y diciendo:
“Esto es mío”. “Esta decisión es mía”. “Este dinero es mío”. “Este resentimiento es mío”. “Esta relación es mía”. “Este hábito es mío”. “En esto nadie puede decirme qué hacer”.
Y hoy Cristo pregunta:
“¿De quién eres?”.
No solamente: “¿Qué cantas?”. No solamente: “¿A qué iglesia asistes?”. No solamente: “¿Cuál es tu posición política?”. No solamente: “¿Cuánto dinero ofrendas?”.
¿De quién eres?
Si Cristo entregó completamente su vida para rescatarme, entonces, por su gracia, puedo entregarle completamente la mía.

Conclusión

Volvamos a la historia de la abuela.
Ella preguntaba:
“¿De quién eres?”.
Quería saber de qué familia venía aquel muchacho. Quería conocer su casa, su historia y su pertenencia.
Hoy Cristo nos hace la misma pregunta, pero con un significado eterno:
“¿De quién eres?”.
Quizá durante mucho tiempo has contestado:
“Soy mío”. “Yo decido”. “Nadie gobierna mi vida”. “Puedo admirar a Jesús sin obedecerlo”. “Puedo recibir su salvación sin reconocer su señorío”.
Pero el evangelio nos muestra una respuesta diferente:
“Fui creado por Dios”. “Llevo su imagen”. “Fui rescatado por Cristo”. “Estoy siendo renovado por su Espíritu”. “Ya no me pertenezco a mí mismo”. “Soy de Cristo”.
César puede reclamar una moneda. Dios reclama toda mi vida.
Y Dios no hace ese reclamo como un tirano que quiere quitarnos la vida. Lo hace como el Padre que entregó a su Hijo para rescatarnos y devolvernos la vida que el pecado nos había robado.

Llamado al arrepentimiento

Esta noche quiero hacer dos invitaciones.
La primera es para quien puede hablar acerca de Jesús, pero todavía no le pertenece.
Quizá conoces las palabras correctas. Quizá te asombra su sabiduría, como les ocurrió a los hombres de este pasaje. Pero estar asombrado por Jesús no es lo mismo que confiar en Jesús.
Necesitas arrepentirte de tu pecado y confiar en el Rey que entregó su vida como rescate por ti.
Caminar al frente no puede salvarte. Una oración repetida mecánicamente no puede salvarte. Solo Cristo salva. Pero puedes venir como una expresión pública de que necesitas ayuda, oración y que hoy deseas arrepentirte y creer en Él.
Si hoy reconoces que no le perteneces verdaderamente a Cristo, ven. Queremos orar contigo, abrir la Palabra contigo y ayudarte a responder al evangelio.
La segunda invitación es para los creyentes.
Quizá perteneces a Cristo, pero has estado viviendo con máscaras.
Quizá existe una obligación legítima que no has querido cumplir.
Quizá has convertido una ideología, un partido, un líder, el dinero, el trabajo o el control en tu César.
Quizá hay una parte de tu vida sobre la que todavía dices: “Esto es mío”.
Hoy Cristo te llama a arrepentirte y a poner nuevamente esa área bajo su señorío.
Mientras cantamos, puedes venir al altar. No porque este espacio sea más santo que los demás, sino porque necesitas marcar delante de Dios una respuesta concreta:
“Señor, ya no quiero esconderme”. “Señor, derriba este ídolo”. “Señor, te entrego lo que he retenido”. “Señor, recuérdame que soy tuyo”.

Llamado a la acción

Antes de terminar este día, escribe dos respuestas:
César: ¿Qué responsabilidad legítima necesito cumplir esta semana?
Tal vez necesitas pagar algo, corregir una deshonestidad, respetar una autoridad, cumplir un compromiso u orar por una persona que gobierna y a quien te resulta difícil respetar.
Dios: ¿Qué área de mi vida necesito entregarle por completo?
Identifica una sola área y da un paso concreto durante las próximas veinticuatro horas. No digas solamente: “Le entregaré todo a Dios”. Decide cómo se verá esa entrega en la práctica.
Y durante esta semana, cada vez que veas una moneda, recuerda la pregunta de Jesús:
“¿De quién es esta imagen?”.
Después pregúntate:
“¿Y de quién soy yo?”.
Que nuestra respuesta sea:
“Pertenezco a Jesucristo. Fui creado a imagen de Dios, rescatado por la entrega del Hijo y estoy siendo renovado por su Espíritu. Por eso daré a César lo que legítimamente le corresponde, pero entregaré a Dios todo lo que soy”.
Oremos.
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