A PESAR DE TODO

Serie de verano: Habacuc  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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INTRODUCCIÓN

Oración
Adorno: ¿Qué sostiene tu confianza cuando el futuro deja de parecer seguro?
Todos los seres humanos apoyamos nuestra confianza sobre algún fundamento.
Algunos la apoyan en la salud. “Lo importante es tener salud", solemos decir. Pero ¿qué ocurre cuando la salud falla de forma irreversible?
Otros la apoyan en los ahorros, pensando que siempre podrán hacer frente a una crisis económica. Pero ¿qué ocurre cuando el dinero desaparece?
Otros la apoyan en sí mismos. Confían en su capacidad para resolver los problemas de la vida. Hoy incluso se habla mucho de resiliencia, de desarrollar una fortaleza interior que nos permita superar cualquier dificultad. Pero ¿qué ocurre cuando el sufrimiento es mayor que tu capacidad para soportarlo?
Otros apoyan su confianza en su familia, en su matrimonio o en la estabilidad de su hogar. Pero ¿qué ocurre cuando ese fundamento también se quiebra?
Si hoy nos visitas y todavía no eres cristiano, quizá tu confianza descansa en alguno de esos fundamentos. Tal vez piensas que, con suficiente preparación, suficiente esfuerzo o suficientes avances tecnológicos, siempre habrá una solución. Y, sin embargo, vivimos una paradoja. Nunca antes habíamos disfrutado de tantos avances científicos, tanta tecnología y tantas comodidades como hoy. Y, al mismo tiempo, tampoco habíamos vivido en una sociedad donde la ansiedad, el miedo y la incertidumbre fueran tan frecuentes.
Quizá eres creyente y tu respuesta sería muy distinta. Quizás me dirás: “pastor, mi confianza está en Dios y en su providencia.” Y me alegra oír eso. Pero permíteme hacerte otra pregunta: ¿Qué ocurre cuando ese mismo Dios, en su providencia, te conduce por aguas amargas?
¿Qué ocurre cuando sus caminos no coinciden con tus expectativas?
¿Qué pasa cuando lo que anticipas no es prosperidad, sino pérdida?
¿Qué sucede cuando sabes que Dios sigue siendo bueno, pero tu vida parece decir exactamente lo contrario?
Ésta es la misma lucha que tuvo Habacuc, el profeta. Sabía quién era Dios, sabía lo que Dios había anunciado, pero no lograba reconciliar ambas cosas.
Y esto es lo que veremos en Habacuc 3.
Y la pregunta que este capítulo responderá es ésta: ¿qué ocurrió para que un hombre que comienza temiendo el futuro termine expresando una confianza gloriosa en medio de una gran expectativa de calamidad?
Y antes de leer el texto, es importante entender el contexto, especialmente si no has estado con nosotros en las dos primeras predicaciones de esta serie.
Cientos de años antes, el reino de Israel se dividió en dos. Diez tribus formaron el reino del norte, caracterizado por la idolatría y el abandono del Dios verdadero. Como consecuencia de su pecado, fueron conquistadas por el imperio asirio, la gran potencia mundial de aquel tiempo.
Las dos tribus restantes formaron el reino del sur, Judá. Aunque en algunos momentos experimentó avivamiento bajo reyes piadosos, finalmente siguió el mismo camino de idolatría, injusticia y rebeldía contra Dios. Sin embargo, cuando llegó el momento de su juicio, el escenario político había cambiado. Asiria ya no era la potencia dominante. Un nuevo imperio había surgido: Babilonia. Y serían los babilonios quienes conquistarían Judá.
El profeta Habacuc vivió precisamente en esos últimos años del reino de Judá, poco antes de la invasión babilónica. Su libro recoge el diálogo que sostuvo con Dios mientras veía acercarse esa tragedia.
En el capítulo 1, Habacuc contempla cómo su propio pueblo ha quebrantado el pacto con Dios. La violencia, la corrupción y la injusticia dominan la nación. Los débiles son oprimidos, la justicia ha desaparecido y la idolatría ha reemplazado la adoración al Señor. Al ver semejante maldad, el profeta clama a Dios: «¿Hasta cuándo, Señor?» ¿Hasta cuándo permitirás tanta violencia e injusticia?
La respuesta de Dios sorprende a Habacuc. Le anuncia que el juicio está por venir, pero llegará por medio del imperio babilónico.
Eso, lejos de resolver sus dudas, las profundiza. Si Judá era una nación pecadora, Babilonia lo era mucho más. Era un imperio brutal, violento e idólatra. Entonces Habacuc hace una segunda pregunta: ¿cómo puede un Dios santo utilizar a una nación aún más malvada para juzgar a su propio pueblo?
En el capítulo 2, Dios responde asegurando que Babilonia tampoco escapará a su justicia. Él juzgará también a ese imperio por su orgullo, su violencia y su maldad. Aunque el juicio parezca tardar, llegará en el tiempo perfecto de Dios.
Pero eso no cambia la realidad inmediata de Habacuc. Lo único que él puede anticipar es el juicio de Dios sobre Judá. Lo que tiene por delante no es un futuro de prosperidad, sino de destrucción, pérdida y sufrimiento.
Y es precisamente en ese contexto —cuando el futuro solo parece anunciar calamidad— que Habacuc eleva la oración que encontramos en el capítulo 3.
Así que te invito a leer Habacuc 3:1-16.

EL DIOS QUE ACTÚA (Habacuc 3:1-16)

La oración de Habacuc comienza con un detalle muy interesante. El encabezado la describe como "una oración... en tono de sigionot". Aunque no sabemos con certeza qué significa esa expresión, sí sabemos que tiene un sentido musical. Todo indica que esta oración fue compuesta para ser cantada por el pueblo de Dios reunido en adoración.
Esto se confirma al final del capítulo, donde leemos Habacuc 3:19 "Para el director del coro, con mis instrumentos de cuerda."
Y esto nos lleva a una pregunta muy práctica. ¿Por qué los creyentes cantamos cuando nos reunimos como iglesia?
¿Alguna vez te lo has preguntado? ¿Por qué dedicamos una parte tan importante de nuestro culto a cantar himnos y canciones?
Habacuc nos ayuda a responder esa pregunta.
Los cánticos de la iglesia no existen simplemente para expresar nuestras emociones. Tampoco son un momento para preparar el ambiente del culto. Los himnos tienen un propósito mucho más profundo: recordarnos quién es Dios y lo que Él ha hecho.
Y eso es exactamente lo que encontramos en esta oración. El contenido del cántico de Habacuc es un recordatorio de las obras poderosas de Dios a lo largo de la historia. Mientras el pueblo canta, recuerda. Recuerda que Dios no se ha revelado de una manera abstracta, filosófica o subjetiva. Dios se ha dado a conocer actuando en la historia. Se ha revelado mediante hechos reales, visibles y concretos.
Por eso la oración comienza diciendo Habacuc 3:2 "Oh Señor, he oído lo que se dice de Ti y temí. Aviva, oh Señor, Tu obra en medio de los años, En medio de los años dala a conocer; En la ira, acuérdate de tener compasión."
En otras palabras, Habacuc escucha el testimonio de las grandes obras de Dios en el pasado, y eso produce una profunda reverencia en su corazón. Pero no se limita a recordar el pasado. También ora para que ese mismo Dios vuelva a actuar en su propia generación. Le pide que haga nuevamente visible su poder y su misericordia.
Es interesante observar que Habacuc comienza y termina esta oración prácticamente de la misma manera.
Habacuc 3:2 "Oh Señor, he oído lo que se dice de Ti y temí."
Habacuc 3:16 "Oí, y se estremecieron mis entrañas; A Tu voz temblaron mis labios”
"Oír" y "temblar" forman una especie de marco que envuelve todo el capítulo.
Y no son únicamente la reacción de Habacuc.
A medida que avanzamos en el poema descubrimos que también son la reacción de las naciones y, sorprendentemente, de toda la creación.
¿Por qué?
Porque Dios se revela como un guerrero divino.
Habacuc describe al Señor marchando hacia la batalla. Lo presenta cabalgando sobre caballos de guerra, empuñando su arco, levantando su lanza y avanzando con poder para juzgar a sus enemigos.
Leamos:
Habacuc 3:3–5
Habacuc 3:8–9
Habacuc 3:11–15
Todo este lenguaje militar tiene un propósito muy claro. Habacuc quiere presentar a Dios como el Guerrero victorioso que derrota a sus enemigos y salva a su pueblo. Él es el Rey soberano sobre todas las naciones.
Y esto tiene una enorme importancia si recordamos el contexto cultural de aquella época.
Todas las naciones del antiguo Cercano Oriente eran politeístas. Cada pueblo creía que sus victorias militares demostraban la superioridad de sus dioses sobre los dioses de las demás naciones.
Por eso, cuando Dios derrota a los enemigos de Israel, no está demostrando simplemente que Israel tiene un ejército más fuerte. Está demostrando que Él es el único Dios verdadero.
Los dioses de las naciones no pueden salvar. No pueden juzgar. No pueden gobernar la historia. Porque, sencillamente, no existen.
Y esa es la razón por la que la reacción de todos es exactamente la misma.
No solo Habacuc tiembla.
También tiemblan las naciones.
También tiembla la creación.
Leamos:
Habacuc 3:6–7
Habacuc 3:10
Pero hay algo más que no debemos pasar por alto.
Toda esta oración no es una reflexión teológica abstracta. Habacuc no está filosofando acerca de los atributos de Dios ni elaborando una teoría sobre cómo es Él. Todo lo contrario.
Cada imagen que utiliza, cada descripción de la marcha de Dios y cada escena de este poema apunta a acontecimientos reales de la historia de la redención.
Habacuc está haciendo memoria. Está trayendo delante del pueblo las obras concretas mediante las cuales Dios se dio a conocer en la historia. Porque sabe que la confianza para enfrentar el futuro no nace de la imaginación, sino del recuerdo fiel de lo que Dios ya ha hecho.
De hecho, cuando observamos con detenimiento este poema, descubrimos que prácticamente todo él es un recorrido por la historia de la redención. Habacuc está recordando cómo Dios actuó desde la liberación de Israel en el Éxodo hasta su entrada en la tierra prometida.
No es una colección de imágenes desconectadas. Es un viaje por las grandes obras de Dios en favor de su pueblo.
El poema comienza describiendo al Señor viniendo desde Temán y el monte Parán. Estas regiones se encuentran al sur de Canaán y evocan el recorrido que Israel hizo después de salir de Egipto. Son lugares profundamente ligados a la manifestación del poder de Dios durante el éxodo y la travesía por el desierto.
En otras palabras, Habacuc está invitando al pueblo a mirar hacia atrás. Les está diciendo: "Recuerden al Dios que marchó delante de nuestros padres. Recuerden al Dios que nos sacó de la esclavitud para conducirnos a la tierra que había prometido."
Pero el profeta no se detiene ahí.
En los versículos 8 y 9 vuelve a llevarnos al momento de la liberación de Egipto.
Habacuc 3:8–9 "¿Te indignaste, Señor, contra los ríos? ¿Contra los ríos fue Tu ira, Contra el mar Tu furor, Cuando montaste en Tus caballos, En Tus carros de victoria? Tu arco fue desnudado por completo, Las varas de castigo fueron juradas. (Selah) Con ríos hendiste la tierra."
Habacuc utiliza un lenguaje profundamente poético.
Hace preguntas cuya respuesta es evidente.
¿Estaba Dios airado contra los ríos?
¿Estaba Dios luchando contra el mar?
Por supuesto que no.
El río Nilo no era el verdadero enemigo. El Mar Rojo tampoco.
Cuando el Nilo se convirtió en sangre y cuando el Mar Rojo fue abierto en dos, Dios no estaba descargando su ira sobre las aguas. Estaba juzgando a Egipto y demostrando su autoridad sobre la nación más poderosa de aquel tiempo. Incluso la creación obedecía la voz de su Creador mientras los imperios más grandes de la tierra eran incapaces de resistir su poder.
Pero el recorrido histórico continúa.
Después del éxodo vino la conquista de la tierra prometida.
Y Habacuc también recuerda ese momento.
En el versículo 11 leemos Habacuc 3:11 "El sol y la luna se detuvieron en su sitio; A la luz de Tus flechas se fueron, Al resplandor de Tu lanza fulgurante."
Estas palabras nos llevan inmediatamente a Josué 10, cuando Israel estaba conquistando Canaán.
Josue 10:12–13"Entonces Josué habló al Señor... y dijo: 'Sol, detente en Gabaón, y tú, luna, en el valle de Ajalón'. Y el sol se detuvo, y la luna se paró, hasta que la nación se vengó de sus enemigos..."
Una vez más, la creación entera responde a la voz del Señor.
El mismo Dios que abrió el mar ahora detiene el movimiento del sol y de la luna para conceder la victoria a su pueblo y establecerlo en la tierra que había prometido a Abraham siglos antes.
¿Comienzan a ver el movimiento del poema?
Habacuc nos lleva desde Egipto hasta Canaán.
Desde la esclavitud hasta la herencia.
Desde el éxodo hasta la conquista.
Todo el poema es un recorrido por las grandes intervenciones de Dios en la historia. No son leyendas ni metáforas. Son acontecimientos reales mediante los cuales Dios se dio a conocer y cumplió fielmente sus promesas.
Y aquí es donde debemos hacernos una pregunta.
¿Por qué Habacuc dedica tantos versículos a recordar estos acontecimientos?
¿Por qué, cuando sabe que Babilonia está a las puertas, no habla de estrategias militares, de alianzas políticas o de cómo resistir al enemigo?
¿Por qué vuelve una y otra vez al éxodo y a la conquista?
Más aún, ¿por qué Dios decide revelarse como un guerrero victorioso que derrota a las naciones, humilla a los falsos dioses y demuestra su dominio sobre toda la creación?
La respuesta se encuentra en el mismo centro de este poema, en el versículo que da sentido a todo lo que Habacuc acaba de recordar.
Habacuc 3:13 "Saliste para salvar a Tu pueblo, Para salvar a Tu ungido. Destrozaste la cabeza de la casa del impío, Descubriéndolo de arriba abajo. (Selah)"
Ahí está la razón de todo. Ahí encontramos el propósito que da sentido a todas las intervenciones de Dios en la historia. Ese versículo es el corazón de todo el poema. Es el centro hacia el que apuntan todas las imágenes que Habacuc ha venido describiendo.
El Dios que abrió el Mar Rojo.
El Dios que detuvo el sol y la luna.
El Dios que hizo temblar a las naciones.
El Dios que marchó como un guerrero victorioso.
Es el mismo Dios que sale para salvar a su pueblo.
Esa es la razón por la que Habacuc recuerda toda esta historia. No está simplemente repasando acontecimientos del pasado. Está contemplando el propósito que une cada una de esas intervenciones divinas.
Dios juzga a las naciones.
Dios derrota a sus enemigos.
Dios gobierna sobre la creación.
Dios cumple sus promesas.
Y en todo ello persigue un mismo propósito: salvar al pueblo que le pertenece.
Por eso, cuando Habacuc mira hacia atrás, no ve una sucesión de milagros aislados. Ve la historia de un Dios que ha sido fiel una y otra vez. Un Dios que nunca ha dejado de cumplir aquello que prometió.

EL PROFETA QUE CONFIA (Habacuc 3:16-19)

Hermanos, creo que ahora podemos entender por qué Habacuc dedica tantos versículos a recordar la historia de Israel.
No está haciendo un ejercicio de nostalgia. No está diciendo: "¡Qué bonito fue lo que Dios hizo hace siglos!"
Está haciendo algo mucho más profundo. Está recordando el fundamento sobre el cual puede interpretar el presente.
Porque la historia de la redención le recuerda que Dios nunca ha dejado de ser quien siempre ha sido.
Él sigue siendo el Dios que gobierna sobre las naciones.
El Dios que cumple sus promesas.
El Dios que juzga el pecado.
Y el Dios que salva a su pueblo.
Pero ahora surge una pregunta: ¿Qué produce ese conocimiento en el corazón de Habacuc?
Porque, seamos honestos, las circunstancias no han cambiado.
Babilonia sigue viniendo.
El juicio sobre Judá sigue siendo inevitable.
Las ciudades seguirán siendo destruidas.
Las familias seguirán sufriendo.
La disciplina de Dios no ha desaparecido.
Entonces, ¿de qué sirve recordar todo esto? ¿Acaso el recuerdo del pasado cambia el futuro? Definitivamente, no.
No cambia el futuro.
Pero sí cambia a Habacuc. Y eso nos lleva al segundo movimiento de este capítulo.
Hasta ahora hemos contemplado al Dios que actúa. Ahora veremos al profeta que confía.
Lee conmigo Habacuc 3:16-19.
Después de contemplar al Dios que ha actuado a lo largo de la historia para salvar a su pueblo, algo cambia profundamente en Habacuc.
No cambian sus circunstancias.
No desaparece la amenaza.
Tampoco deja de temblar.
De hecho, el versículo 16 nos muestra que su cuerpo sigue reaccionando con temor ante la inminente invasión de Babilonia. Sus entrañas se estremecen, sus labios tiemblan y sus fuerzas parecen desaparecer.
Pero, al mismo tiempo, ocurre algo extraordinario. Aunque sigue temblando, ahora puede esperar en Dios con confianza.
Y esa confianza no nace de una simple aceptación o resignación frente a las circunstancias. Habacuc no está diciendo: "Bueno, no hay nada que hacer; tendremos que soportarlo." Mucho menos está adoptando una actitud fatalista, como si dijera: "Da igual lo que ocurra, total, vamos a morir."
No.
La tranquilidad de Habacuc tiene un fundamento mucho más sólido.
Este tampoco es un mensaje especialmente popular en nuestros días. Muchas personas se acercan a Dios esperando que Él cambie sus circunstancias, resuelva sus problemas o les garantice una vida más cómoda. Pero Habacuc recibe exactamente la noticia contraria.
Dios no le promete prosperidad.
No le promete seguridad.
No le promete que Babilonia cambiará de opinión.
Todo lo contrario.
Lo único que Habacuc puede anticipar es angustia, pérdida y juicio. Puede ver al ejército enemigo acercándose y sabe que la disciplina de Dios es inevitable.
Y, sin embargo, en medio de esa realidad, aprende a descansar. No porque las circunstancias hayan mejorado. No porque haya encontrado una fortaleza especial dentro de sí mismo. Sino porque ha aprendido a confiar en el Dios de su salvación.
Ahora, mira el tipo de pérdida que describe:
Invasión: seguridad personal, la vida está en peligro.
Colapso económico: la seguridad alimentaria y económica está en peligro.
En medio de esto, Habacuc adora y expresa una confianza sobrenatural.
Conexión con el evangelio: Amado amigo, ¿en qué está tu confianza? ¿por qué te acercas a Dios? Lucas 12:16–21 "Entonces les contó una parábola: «La tierra de cierto hombre rico había producido mucho. »Y él pensaba dentro de sí: “¿Qué haré, ya que no tengo dónde almacenar mis cosechas?”. »Entonces dijo: “Esto haré: derribaré mis graneros y edificaré otros más grandes, y allí almacenaré todo mi grano y mis bienes. ”Y diré a mi alma: alma, tienes muchos bienes depositados para muchos años; descansa, come, bebe, diviértete”. »Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclaman el alma; y ahora, ¿para quién será lo que has provisto?”. »Así es el que acumula tesoro para sí, y no es rico para con Dios»."
Esto es lo que hizo Israel, buscó ser una nación próspera siguiendo a los ídolos de las naciones, pensando que así conservarían su reino, sin importar que eso los alejara del Dios verdadero.
De la misma forma que Dios obró en el Éxodo para liberar a su pueblo, así también obró, y de una forma más maravillosa hace 2mil años. Ese mismos Dios que marchó como guerrero poderoso para salvar a su pueblo, fue el Dios que marchó a la cruz. También, para salvar a los pecadores. Y hoy te ofrece perdón por tus pecados, si a Él vienes en arrepentimiento y fe.

APLICACIONES

Nos convertimos en aquello que contemplamos.
Habacuc contempló a Dios en la historia de la redención de Israel, nosotros también debemos contemplar la cruz y el obrar de Dios a favor de su pueblo para su gloria.
¿En qué está meditando tu mente? ¿Estás recordando el carácter del Dios bondadoso y el obrar del Dios poderoso?

CONCLUSIÓN

La confianza de Habacuc no nace de pensar que podrá soportar el futuro, sino de saber quién sostiene el futuro.
La pregunta para ti en esta mañana es, ¿qué sostiene tu confianza cuando el futuro deja de parecer seguro?
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