Producir o no producir
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Puede ocurrir que diferentes personas pasen por la misma experiencia pero tengan diferentes reacciones. Sucede, por ejemplo, con los testigos de un accidente. Todos vieron el mismo evento que ocurrió frente a sus ojos, pero dependiendo de la perspectiva, cada uno lo expresará de diferente manera o tendrá una perspectiva distinta.
Esto mismo pasa en cuanto a la obra que Dios hace en las personas. Todos podemos resultar expuestos a la obra de Dios, pero el resultado puede ser diferente en cada uno, dependiendo de cómo lo tomemos, cuál sea nuestra actitud, qué decisiones tomemos al respecto.
Consideremos cómo Jesús lo expresó al dirigirse a las multitudes que se reunían para escucharlo.
Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar. Y se le juntó mucha gente; y entrando él en la barca, se sentó, y toda la gente estaba en la playa. Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí, el sembrador salió a sembrar. Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron. Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra; pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron. Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno. El que tiene oídos para oír, oiga.
Allí está el Señor, primero sentado junto al mar y luego en la barca, rodeado de muchas personas que habían venido a Él para escucharle. ¡Qué momento tan especial! ¡Qué maravilla debe haber sido estar allí!
El evangelista nos indica que el Maestro enseñó muchas cosas utilizando parábolas. Jesús contaba historias que contenían un significado. Algunos las podrían tomar como historias nomás, y otros accederían al significado profundo de lo que les compartía.
En este caso, habla de un sembrador, sus semillas y sus plantas. Es una historia común, sin mucha acción, referente a algo bastante común y comprensible. Pero aquella pequeña historia tenía un significado mucho más profundo que no todos llegaron a comprender.
Obseva que el Señor culmina su historia con su conocida frase: “El que tiene oídos para oír, oiga”. Oídos tenemos todos, pero Jesús no se refería a eso. Estaba hablando que no todos los que escuchaban sus palabras podrían efectivamente recibir lo que les estaba comunicando.
Hasta el día de hoy, las palabras y enseñanzas de Jesús son conocidas y escuchadas por millones, pero solo unos pocos acceden a su profundo significado y son transformados por ellas.
Gracias a Dios, el Maestro le explicó a sus discípulos el significado de aquella parábola, y ellos fueron inspirados por el Espíritu Santo para compartirnos lo que dijo.
Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador: Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino. Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza. El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa. Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno.
Aquí es donde cada uno de nosotros se tiene que sentir identificado y afectado por esta enseñanza. De alguna manera, cada uno de nosotros está involucrado en estas palabras de Jesús. Él hablaba de ti y de mí.
¿Qué es lo que tienen en común los cuatro terrenos de los que habla el Señor en su parábola? En todos ellos fue sembrada la semilla. El sembrador pasó por ellos y esparció semillas sobre ellos.
¿En qué se diferencian los diferentes terrenos? Solamente uno de ellos produjo resultados.
Cuando leemos la explicación que Jesús da de la parábola, percibimos que está hablando de los que escuchan la palabra del reino. ¿Quiénes son estos? Somos tú, yo y los miles de millones que cada semana escuchan, en mayor o menor medida, las enseñanzas de la Palabra de Dios. ¿Está siendo sembrada la Palabra hoy? Sí, mucho, y en abundancia. Algunos de nosotros compartimos con frecuencia notas, fotografías, videos, canciones, que contienen la enseñanza de la Palabra, colaborando así con la tarea del Sembrador. La semilla de la Palabra está siendo sembrada en muchos terrenos cada día.
Lo que aprendemos de la parábola es que no todos los terrenos producen el mismo resultado. Es más, lo que enseña el Señor es que la mayoría de las personas que escuchan su Palabra no producen ningún resultado de ella, no manifiestan ningún cambio como resultado de haber escuchado su Palabra.
Tomando esto personalmente, necesitamos evaluar qué tipo de terreno somos nosotros. Sí, la meta es que seamos buena tierra, pero podría ocurrir que no lo seamos. ¿Cuál es el énfasis? El resultado, los cambios, lo que puede suceder efectivamente en la vida de una persona que es alcanzada por la Palabra de Dios. ¿Seremos de los que reciben la Palabra, se levantan y siguen adelante con su vida como si nada hubiera ocurrido, sin cambiar? Es justamente en cuanto a eso que Jesús nos está advirtiendo.
Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar. Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.
Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.
¿Qué te ha estado diciendo Dios? ¿Has hecho algo al respecto? ¿En qué sentido estás obedeciendo lo que Dios te ha estado enseñando?
El sentido de esta parábola (y su interpretación, tal como el Señor nos enseña) es que aprendamos a distinguir qué es lo que podría ocurrir en nuestra vida (y en las vidas de aquellas personas con las que compartamos la Palabra) cuando el mensaje de Dios alcanza nuestro corazón.
Distingamos las cuatro diferentes posibilidades que el Señor nos comparte:
1. La semilla junto al camino.
1. La semilla junto al camino.
Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino.
¿Qué sucede si una persona escucha un discurso pronunciado en un idioma que no comprende? No sucede nada, perdió su tiempo, no hay resultados, porque no entendió lo que fue dicho. Ahora, en la mayoría de las ocasiones escuchamos la Palabra en nuestro propio idioma, en palabras comprensibles para nosotros, ¿verdad? ¿Podría suceder que escuchemos el mensaje de Dios (en nuestro propio lenguaje) y no lo comprendamos? Sí, puede suceder. Entre los que tuvieron el supremo privilegio de esuchar al Maestro por excelencia, muchos no entendieron su enseñanza.
¿Entiendes la Palabra cuando la escuchas?
Para entender hay que prestar atención. En más de una ocasión te has tenido que disculpar con alguien por no haber comprendido lo que dijo. En ocasiones estamos distraídos, pensando en otra cosa, con la cabeza llena de pensamientos que nos impiden el análisis correcto y la recepción del mensaje.
Hay muchas personas que visitan semanalmente las iglesias. ¿Todos los que escuchan el mensaje de Dios lo entienden? No, no todos lo hacen.
¿Qué sucede con los que no entienden? …viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón.
El diablo quiere evitar a toda costa la producción del fruto de la Palabra de Dios. Si recibimos, entendemos y obedecemos la Palabra de Dios, el Reino de Dios avanza y el de las tinieblas retrocede.
Cuando escuches la Palabra de Dios, no te distraigas. Presta atención, escucha con cuidado, en lo posible toma nota, vuelve a considerar, analiza. Propónte no dejar el espacio para que el enemigo arrebate lo que está siendo sembrado en tu corazón.
2. La semilla entre pedregales
2. La semilla entre pedregales
Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza.
Esta persona también recibió la semilla, escuchó la Palabra del Reino. A diferencia de la otra, esta persona sí comprendió el mensaje, y aquello le impactó. ¡Qué buen mensaje! ¡Qué apropiado! ¡Qué oportuno! ¡Qué lindo!
Esto me hace pensar en muchos de nosotros, que asistimos a la iglesia, recibimos los mensajes, los celebramos, y es justo por eso que volvemos a la semana siguiente, reconociendo que queremos más de aquello. ¡Qué buena es aquella semilla que fue sembrada en nuestros corazones!
Pero, espera un momento: al considerar bien estos versículos tenemos que reconocer que las semillas sembradas entre pedregales produjeron tanto fruto como las anteriores. ¿Por qué? ¿Qué pasó?
Aquí es donde entra la figura de las piedras en aquel terreno, esas piedras que no permiten que las nuevas plantitas echen raíces profundas, por lo que pronto son quemadas por el sol.
Jesús explica que aquí se está refiriendo a las personas que reciben la Palabra con gozo, que se alegran de recibirla pero, ¿qué sucede con ellos? ¡No tienen raíz! Su contacto con el mensaje del Reino es superficial; llega solamente “hasta allí”, sin llegar a afectar lo más profundo de su ser o las diferentes áreas de sus vidas.
¿Puede ser que eso suceda hoy en día? Lamentablemente, sucede con demasiada frecuencia.
El Señor agrega que la Palbra se queda infructífera al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza.
La cruda realidad es esta: la recepción y aplicación de la Palabra de Dios en nuestras vidas nos puede (y nos va a) ocasionar problemas. Sí, les ha ocurrido a los cristianos de toda la historia. Y nuestro Salvador oró justamente acerca de esto:
Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.
Si eres un discípulo de Jesús, si de verdad lo eres, no vas a ser la persona favorita de la mayoría de los que conoces. Los valores de Jesús son extraños para el mundo, y son objeto de rechazo. Decir la verdad, en muchas ocasiones, despierta rencores en lugar de reconocimiento y gratitud. Así que los que de verdad se comprometen con el mensaje escuchado, pueden enfrentar problemas como resultado.
Así que tenemos esta tendencia de recibir el mensaje y alegrarnos con él, hasta cuando enfrentamos las dificultades si nos comprometemos con él. Es entonces que nos convertimos en “agentes secretos de Jesús”, guardamos silencio, procuramos hacernos invisibles entre la multitud y comportarnos como todos los demás, como la “gente normal”.
Necesitamos superar este nivel. No quieres ser de los que escuchan el mensaje pero no lo entienden, aquellos de cuyo corazón el diablo arrebata el mensaje de Dios. Tampoco quieres ser de los que escuchan pero luego no aceptan ser diferentes por Jesús.
Aceptemos que una vez que hemos decidido ser discípulos del Salvador ya no somos de este mundo. Vamos a desentonar con el mundo a nuestro alrededor, nos vamos a comportar de otra manera, vamos a señalar la verdad que otros prefieren ignorar.
Quitemos las piedras, alejando de nuestro corazón toda tendencia a la superficialidad espiritual.
Jesús lo entregó todo por nosotros. Él no se conformó con que le cortaran un dedo o le quitaran un ojo por nosotros. Derramó su sangre hasta el fin para que fuésemos salvos. Nosotros también debemos estar dispuestos a entregarlo todo.
3. La semilla entre espinos
3. La semilla entre espinos
El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa.
¡Qué bueno es escuchar la Palabra de Dios y dejarse transformar por ella! Es de verdad un privilegio y una bendición dejar que Dios abra nuestros corazones y entendimientos para ser renovados por su profunda sabiduría.
¿Qué podría impedir que la Palabra produjera un cambio completo en nosotros?
Gracias a Dios por todos aquellos que no se conforman con escuchar la Palabra pasivamente, sino que prestan atención y se proponen entenderla, y luego se disponen a ser diferentes y enfrentar las dificultades que se puedan presentar por ser discípulos del Señor.
¿Qué más podría salir mal?
Jesús quiso advertirnos en cuanto al otro obstáculo que se puede presentar para que la Palabra produzca fruto en nuestras vidas. Este obstáculo es mucho más sutil, y ya no tiene que ver con factores externos a nosotros, sino justamente con lo que llevamos dentro.
Se trata de los espinos, que de acuerdo con la descripción del Maestro en su explicación de la parábola representan el afán de este siglo y el engaño de las riquezas que tienen la capacidad de ahogar la Palabra recibida.
La figura de los espinos es bastante elocuente. Todos los aficionados al cultivo entienden bien este problema. Las malas hierbas muchas veces proliferan en la tierra fértil donde queremos plantar y se extienden rápidamente. ¿Qué es lo que hacen? Muchas veces crecen más que nuestro cultivo y seguramente sus raíces lleguen más profundo. Consumen los recursos de la tierra, esos que queremos que alcancen a la buena planta y obstaculizan su crecimiento poniéndose en su camino.
Eso es lo que hacen nuestros intereses mundanos al combatir la Palabra del Señor.
No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
Sí, el mundo se puede meter en nuestros corazones y procurar tener el crecimiento que queremos que tenga la palabra del Reino.
Considera cómo esto se manifiesta en la administración de nuestro tiempo, por ejemplo. Tal vez hayas ido a la reunión de la iglesia y Dios te haya hablado de que te comuniques con Él, que le dediques tiempo a la oración, la lectura de la Palabra y la meditación. Pero entonces descubrimos que ¡estamos tan ocupados! ¡Tenemos tanto que hacer! Podemos expresar explicaciones como “Quería pasar más tiempo estudiando la Palabra pero no me alcanzó el tiempo”. ¿Cuánto tiempo le dedicamos a las redes sociales y contenidos de internet? “Ah, pero pastor, ¿usted quiere que deje de visitar Instagram?”. Pues, si eso impide que apliques la Palabra de Dios, sí, ¡hazlo! ¡Quita los espinos!
¿Podría ocurrir que Dios pusiera en nuestro corazón dar, o darle, y que lo pensemos varias veces porque “tenemos muchos gastos”? ¿Podría ocurrir que le demos prioridad a nuestras compras antes que a nuestra obediencia? Sí, podría suceder.
Necesitamos limpiar el terreno, considerar lo que hay en nuestro corazón, lo que está consumiendo nuestros recursos espirituales, y establecer prioridades santas conforme a la Palabra y la voluntad de Dios.
4. La semilla en buena tierra
4. La semilla en buena tierra
Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno.
Este fue el propósito de la enseñanza del Señor. Él nos quiso alentar a trazarnos la meta de recibir su Palabra, dejarla profundizar en nuestro interior y dejar que cambie nuestra vida.
La Palabra tiene que llegar a determinar cómo nos comportamos, como administramos nuestros recursos, como nos relacionamos con los demás, como hablamos, como nos vestimos, adonde vamos y todo lo demás.
¿Por qué actúas como lo haces? Hazlo porque la Palabra de Dios te ha transformado.
Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.
Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.
Analiza, por favor, tu vida y la manera en que has estado recibiendo la Palabra. Ya no permitas que la palabra llegue a tus oídos pero no a tu corazón. Quita las piedras del temor al rechazo de tu corazón y déjala profundizar, al punto que estés dispuesto a enfrentar el rechazo con tal de seguir a Jesús. Arranca la maleza que absorve los recursos que permitirían el buen desarrollo del fruto de la Palabra en tu vida. Pon en manos del Señor lo que te preocupa y los bienes que quieras tener.
Sé de los que oyen, entienden y dan fruto abundante.
