¿POR QUÉ ORAR?

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Porque el Hijo nos ha abierto el camino al Padre bueno, podemos pedir, buscar y llamar con confianza, seguros de que Él escucha a sus hijos y les da lo verdaderamente bueno: su Espíritu Santo.

Notes
Transcript

INTRODUCCIÓN

Hermanos, llegamos hoy al final de esta pequeña serie sobre la oración dentro del Evangelio de Lucas.
Iniciamos con la petición de uno de sus discípulos que vio a Jesús orando y le dijo: «Señor, enséñanos a orar».
Y el Señor comenzó enseñándonos que, cuando oramos, nos acercamos al Padre por medio del Hijo. Después nos enseñó qué pedir: que su nombre sea santificado, que venga su reino, que nos dé el pan diario, que perdone nuestros pecados y nos enseñe a perdonar, y que nos preserve en medio de la tentación. Durante estas semanas hemos aprendido el contenido de la oración del pueblo del reino.
Pero cuando terminamos de escuchar todas estas peticiones, nos queda todavía una pregunta debajo de cada una de ellas:
¿Por qué orar?
¿Realmente escucha Dios?
¿Importa que yo le pida?
¿Puede la oración de una criatura débil, inconstante y pecadora tener algún lugar real en los propósitos de un Dios soberano?
Uno puede confesar la soberanía de Dios, conocer la Biblia y venir al culto, pero orar como si Dios estuviera demasiado lejos o como si su soberanía hiciera inútiles nuestras palabras.
Entonces la oración se vuelve una formalidad sin expectativa real.
Jesús conoce esa sospecha del corazón. Por eso no termina su enseñanza en el versículo 4. Los versículos 5 al 13 no son un tema distinto. Son la conclusión de la respuesta que comenzó cuando los discípulos dijeron: «Señor, enséñanos a orar».
En los versículos 1 al 4 Jesús nos enseñó qué pedir.
En los versículos 5 al 13 nos enseña por qué podemos pedir.
Sería fácil convertir este pasaje en técnicas para obtener respuestas: repetir más, insistir más o producir una fe más fuerte. Pero si la eficacia de la oración dependiera de la calidad de nuestra perseverancia, esta enseñanza sería una carga imposible para personas débiles que muchas veces ni siquiera sabemos qué pedir.
Jesús no añade otra carga. Jesús termina su enseñanza revelandolos el carácter compasivo del Padre por medio de una parábola.
Esta mañana Jesus nos da tres motivaciones para orar. No tres técnicas para vencer la resistencia de Dios, sino tres razones para acercarnos a Él con confianza:
En primer lugar, oramos porque el Padre no es renuente.
En segundo lugar, oramos porque el Hijo asegura que el Padre responde.
Y finalmente, oramos porque el Padre da a sus hijos lo verdaderamente bueno, el don supremo de su Espíritu Santo.
Lucas 11:5–13 NBLA
También les dijo: «Supongamos que uno de ustedes tiene un amigo, y va a él a medianoche y le dice: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha llegado de viaje a mi casa, y no tengo nada que ofrecerle”; y aquel, respondiendo desde adentro, le dice: “No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme para darte nada”. »Les digo que aunque no se levante a darle algo por ser su amigo, no obstante, por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. »Así que Yo les digo: pidan, y se les dará; busquen, y hallarán; llamen, y se les abrirá. »Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. »O supongan que a uno de ustedes que es padre, su hijo le pide pan, ¿acaso le dará una piedra? O si le pide un pescado, ¿acaso le dará una serpiente en lugar del pescado? »O si le pide un huevo, ¿acaso le dará un escorpión? »Pues si ustedes siendo malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¿cuánto más su Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?».
La primera razón para acercarnos al Padre confiadamente:

1. ORAMOS PORQUE EL PADRE NO ES RENUENTE (5-8)

Jesús comienza con una escena sencilla. Un hombre recibe inesperadamente a un viajero en medio de la noche.
En el mundo antiguo, la hospitalidad no era una cortesía opcional. El viajero dependía de que alguien lo recibiera, le diera un lugar donde descansar y colocara alimento delante de él. Y la razón es que para ese tiempo no habían tiendas abiertas 24 horas, ni aplicaciones para pedir comida. Si alguien llegaba a tu casa, tu tenías el deber de recibirlo y atenderlo.
Él mismo lo explica en Vs. 6: un amigo mío ha llegado de viaje a mi casa, y no tengo nada que ofrecerle -
Y aquí ya podemos notar un paralelo con lo que hemos aprendido acerca de la oración: Oramos porque reconocemos que no tenemos - sabiendo que somos necesitados.
El fundamento de la oración no la elocuencia, ni la seguridad en nosotros mismos, ni una petición exacta y precisa de quien sabe como resolver su vida. El fundamento de la oración es LA NECESIDAD, El reconocimiento de que:
No tenemos en nosotros mismos la sabiduría para gobernar nuestra casa, el poder para transformar el corazón de nuestros hijos ni la capacidad para controlar la salud, el trabajo o el día de mañana. No podemos convertir a nadie, producir nuestra propia santidad ni preservar nuestra fe hasta el final.
Aun lo que poseemos lo hemos recibido. Oramos porque no somos Dios, porque vivimos de su mano; y después de la caída nuestra necesidad es mayor, pues confundimos deseos con bienes y, como dice Romanos 8, no sabemos pedir como conviene.
Por eso la oración es uno de los medios ordinarios por los cuales Cristo sostiene a su iglesia. No es un adorno para quienes desean una experiencia religiosa más intensa. El Señor ha determinado comunicar a su pueblo los beneficios de su gracia por medio de la Palabra, los sacramentos y la oración.
El hombre va a la casa de un amigo a medianoche. La puerta está asegurada y toda la familia duerme en la misma habitación, de manera que levantarse significa despertar a todos.
La respuesta de su amigo es compresible: “No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme para darte nada”
El vecino no quiere levantarse. No porque el otro esté pidiendo algo perverso, sino porque es tarde, está cansado y hacerlo resulta incómodo.
Sin embargo, Jesús dice en el versículo 8: Les digo que aunque no se levante a darle algo por ser su amigo, no obstante, por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
La palabra traducida «importunidad» comunica la idea de una audacia que no se deja gobernar por la vergüenza. Este hombre sabe que la hora es inconveniente y que su petición puede parecer atrevida, pero tiene una necesidad delante de él y se atreve a pedir.
No está reclamando un derecho. Está reconociendo que no tiene y acude a quien puede ayudarlo.
Ahora, entendamos bien la comparación. Jesús no está diciendo que Dios sea como aquel vecino en todos sus aspectos. No está enseñando que el Padre duerme, que se irrita cuando pedimos o que debemos golpear hasta que, finalmente cansado de nosotros, cambie de parecer.
El vecino representa el lado menor del argumento:
Si aun un hombre limitado, cansado e indispuesto termina dando aquello que su amigo necesita
¿cuánto más podemos confiar en nuestro Padre celestial?
El vecino da a pesar de su renuencia. El está acostado y quiere que lo dejen tranquilo.
El Padre da conforme a su bondad y ademas nunca duerme.
Salmo 121:3 NBLA
No permitirá que tu pie resbale; No se adormecerá el que te guarda.
Amados, para Dios nunca es medianoche. Jamás lo encontremos desprevenido. Nunca llegaremos a EL en un momento inoportuno. Nunca descubrimos que su atención está ocupada en otro lugar o que sus recursos se han agotado.
Él conoce nuestra necesidad antes de que abramos la boca
Pero nos manda pedir porque ha querido relacionarse con nosotros como Padre y porque ha determinado sostener nuestra vida mediante una dependencia real de su mano.
El problema, entonces, no es que pedimos demasiado. Muchas veces el problema es que no nos atrevemos a pedir.
A veces no pedimos porque pensamos que nuestra necesidad es demasiado pequeña, que ya hemos pedido demasiadas veces o que no somos dignos de acercarnos.
Y, en cierto sentido, esto último es verdad: por nosotros mismos no tenemos mérito ni derecho alguno delante de Dios. Pero Jesús no nos manda acercarnos apoyados en nuestra dignidad, sino en la relación que Él mismo ha venido a abrirnos. Precisamente por eso debemos mirar el contexto.
En Lucas 10:21 Jesús se regocijó en el Espíritu Santo y habló al Padre.
Después declaró que nadie conoce quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.
Luego, en Lucas 11, el Hijo enseña a sus discípulos a decir: «Padre».
De manera que nuestra confianza para pedir no nace de pensar que nuestras necesidades son grandes o que nuestras oraciones son suficientemente buenas. Nace de que el Hijo nos ha revelado al Padre y, por su obra, nos ha dado acceso a Él por gracia.
La oración cristiana no descansa en una idea general de que Dios debe ser amable con todas sus criaturas. Descansa en la obra del Hijo que nos reconcilia con Dios y nos concede el privilegio de la adopción
Así que, hermanos, la fe no consiste en fingir que tenemos recursos. La fe reconoce: «No tengo», y precisamente porque no tiene, sabe a qué Padre acudir.
Tal vez usted lleva semanas tratando de gobernar por sí solo una situación que lo supera.
Tal vez intenta corregir con ansiedad lo que solo Dios puede cambiar.
Tal vez ha convertido la preocupación en una forma de control, dándole vueltas una y otra vez al mismo problema, pero sin colocarlo verdaderamente delante del Señor.
Jesús nos invita hoy a abandonar esa falsa suficiencia. No para caer en una pasividad irresponsable, sino para usar el medio que el Padre ha establecido.
Hay cosas que usted debe hacer. Debe trabajar, hablar, corregir, arrepentirse, buscar consejo, acudir a los ancianos, usar sabiamente los medios disponibles. Pero en todo ello sigue siendo una criatura dependiente. Lo que usted hace no reemplaza la oración; debe nacer de ella.
La oración comienza cuando podemos decir con verdad:
«Padre, no tengo en mí mismo lo que necesito. Pero tú no eres un vecino renuente. Tú me has recibido en tu Hijo y me mandas acercarme».
La segunda razón para acercarnos al Padre confiadamente:

2. ORAMOS PORQUE EL HIJO ASEGURA QUE EL PADRE RESPONDE (9-10)

Después de la parábola, Jesus se dirige directamente a sus discípulos:
»Así que Yo les digo: a pidan, y se les dará; busquen, y hallarán; llamen, y se les abrirá.
Las palabras «Y yo os digo» son importantes.
Jesús no está ofreciendo una opinión acerca de los beneficios emocionales de la oración. Quien habla es el Hijo que conoce al Padre, que viene del Padre y que tiene autoridad para revelar su voluntad. Y Él dice:
«Pedid, y se os dará».
«Buscad, y hallaréis».
«Llamad, y se os abrirá».
Noten que la seguridad de la oración no descansa primero en la fuerza con la que llamamos. Descansa en la promesa que Jesus nos esta haciendo.
Los tres verbos presentan la oración como la disposición continuada del discípulo. El creyente vive pidiendo, buscando y llamando porque toda su vida depende de Dios.
Pedir es reconocer que carecemos de algo y presentarlo delante del Padre.
Buscar es orientar la vida hacia Dios, procurar su rostro, acudir a su Palabra y buscar hacer su voluntad.
Llamar es permanecer delante de la puerta, sabiendo que nosotros no podemos abrirla por nuestra propia fuerza.
No son tres niveles secretos de espiritualidad. Son imágenes de una vida dirigida hacia Dios.
El discípulo pide porque necesita.
Busca porque no conoce por sí mismo el camino.
Llama porque el acceso depende de que le sea abierto.
Y en cada caso el fundamento está en la promesa de Cristo.
Aquí muchos creyentes se confunden. Escuchan «sigan pidiendo» y concluyen que la perseverancia es una especie de pago espiritual. Imaginan que Dios responderá cuando alcancen cierta cantidad de oraciones o cuando demuestren que desean algo con suficiente intensidad al punto te visualizarlo -
Si fuera así, la oración volvería a descansar en nuestras obras.
Y dígame, ¿quién podría orar así?
¿Quién puede decir que ha orado con una perseverancia perfecta?
¿Quién puede decir que nunca se distrajo, que nunca dudó, que nunca mezcló una petición legítima con ambiciones pecaminosas?
¿Quién conoce tan claramente el corazón de Dios que siempre pide exactamente lo que debe pedir?
Si la oración eficaz dependiera finalmente de la calidad de nuestra perseverancia, el creyente débil no recibiría aquí un estímulo, sino una nueva razón para desesperarse.
La perseverancia no hace bueno al Padre.
La perseverancia no convierte nuestra petición en meritoria.
La perseverancia es la manera en que la fe continúa descansando en la promesa aun cuando todavía no ve la respuesta.
El creyente persevera porque conoce a quién se acerca.
Puede que no sepa cuándo llegará la provisión, puede que no comprenda por qué la respuesta se demora y puede que descubra que Dios responderá de una manera muy distinta a la que había imaginado, pero continuará llamando porque Cristo le ha dicho que el Padre escucha.
Esto nos ayuda también a pensar correctamente acerca de la soberanía de Dios.
Algunos dirán: «Si Dios ya determinó todo lo que ocurrirá, ¿para qué orar?».
Pero esa pregunta imagina que el decreto de Dios establece únicamente los resultados y deja fuera los medios. La Escritura enseña que Dios ordena el fin y también los medios:
envió maná para alimentar a Israel,
a su Hijo para salvar a su pueblo
y a la iglesia para reunir a sus escogidos.
Del mismo modo, ha querido comunicar muchos de sus beneficios en respuesta a la oración.
No oramos para corregir un decreto defectuoso ni para informar a un Dios ignorante. Oramos porque el mismo Dios soberano ha incluido las oraciones de sus hijos dentro de la providencia por la que gobierna todas las cosas.
Eso significa que nuestras oraciones son reales. Dios no actúa como si escuchara. Él escucha. No fingimos participar en su obra. En su condescendencia pactual, Él ha querido que pidamos y ha prometido responder.
Sin embargo, debemos leer la promesa dentro de su contexto. Jesús dice:
Todo aquel que pide, recibe». Pero no dice que cualquier deseo de nuestro corazón se convertirá automáticamente en la voluntad de Dios.
¿Quién es el que está pidiendo en este pasaje? Es el discípulo al que Jesús acaba de enseñar el Padrenuestro. Está pidiendo que el nombre de Dios sea santificado. Está buscando el reino de Dios. Está pidiendo el pan necesario. Está buscando el perdón. Está llamando para ser preservado en medio de la prueba.
La promesa de los versículos 9 y 10 está gobernada por la oración de los versículos 1 al 4 y por la bondad paternal que Jesús explicará en los versículos 11 al 13.
Dios puede negar un deseo sin dejar de responder a su hijo.
Puede demorar algo sin haberlo abandonado.
Puede cambiar las circunstancias, o puede decidir sostenerlo dentro de circunstancias que todavía no cambian.
Puede darnos lo que pedimos, o mostrarnos que aquello que pedíamos no era realmente bueno.
Pero ninguna oración presentada por medio de Cristo cae en el vacío. El Padre escucha. El interpreta incluso los gemidos que nosotros no sabemos ordenar. El Padre responde conforme a su sabiduría, y el Espíritu mismo, según Romanos 8, ayuda nuestra debilidad e intercede por nosotros con gemidos indecibles.
Ahora bien, ¿quién nos garantiza que podemos acercarnos así?
El mismo que dice: «Y yo os digo». Jesús va camino a Jerusalén. Desde Lucas 9:51 afirmó su rostro para ir a la ciudad donde cumpliría su éxodo. Allí entregará su cuerpo y derramará la sangre del nuevo pacto. Allí cargará la culpa que nos hacía enemigos de Dios. Allí beberá la copa de la ira que nosotros merecíamos.
Y este mismo Hijo será levantado de los muertos, ascenderá al cielo y se sentará a la diestra del Padre para interceder por los suyos.
Cristo no es solamente un ejemplo de oración. Él es nuestro Mediador. Por su obediencia tenemos acceso al Padre. Por su sangre podemos entrar confiadamente al Lugar Santísimo. Por su intercesión nuestras oraciones débiles son presentadas delante del Padre.
Por eso oramos en el nombre de Cristo. No usamos su nombre como una fórmula colocada al final de nuestras frases. Orar en su nombre significa acercarnos apoyados en su mérito, sometidos a su voluntad y confiados en su mediación.
Romanos 8:32 NBLA
El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas?
Hermanos, El Padre que entregó al Hijo no retendrá ninguno de los bienes necesarios para llevar a sus hijos hasta la gloria.
Así que, amado hermano que está cansado de pedir, su esperanza no está en descubrir una manera más intensa de orar. Su esperanza está en Cristo.
Madre que ha orado durante años por sus hijos y todavía no ve aquello que anhela, el Padre no ha echado en saco roto una sola de sus súplicas.
Padre que no sabe cómo gobernar una situación en su casa, no espere tenerlo todo resuelto para acercarse. Pida porque no tiene.
Hermano enfermo, no interprete cada día de demora como una prueba de que Dios se ha olvidado.
Iglesia que pide obreros, conversiones, santidad y fidelidad, no confiamos en la fuerza de nuestros programas ni en la capacidad de nuestros líderes. Pedimos porque el Señor de la mies nos ordenó pedir y porque el Cristo exaltado gobierna a su iglesia.
La fe perseverante no conoce siempre la forma de la respuesta, pero conoce al Hijo que le dijo:
«Pidan, y se les dará; busquen, y hallarán; llamen, y se les abrirá».
La tercera razón para acercarnos al Padre confiadamente:

3. ORAMOS PORQUE EL PADRE DA LO VERDADERAMENTE BUENO (11-13)

Después de hablar de un amigo a medianoche, Jesús cambia la relación. Ahora no habla de vecinos, sino de padres e hijos:
O supongan que a uno de ustedes que es padre, su hijo le pide1 pan, ¿acaso le dará una piedra? O si le pide un2 pescado, ¿acaso le dará una serpiente en lugar del pescado? »O si le1 pide un huevo, ¿acaso le dará un escorpión?
La imagen es absurda. El hijo pide alimento. ¿Qué padre convertiría esa petición en una ocasión para engañarlo y hacerle daño?
Jesús espera que todos respondan: ningún padre normal actuaría así.
Y entonces añade una frase que no halaga a sus oyentes:
«Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos…».
Jesús no dice que en el fondo todos somos buenos. Dice: «Si vosotros, siendo malos…».
Aun un padre que ama sinceramente a sus hijos sigue siendo pecador. Su conocimiento es limitado. Puede confundir lo bueno con lo malo. Puede educar movido por orgullo. Puede dar demasiado por temor a perder el afecto de sus hijos. Puede negar algo por egoísmo y conceder otra cosa que terminará haciéndoles daño.
Nuestra paternidad está afectada por el pecado, aunque por la bondad común de Dios aun los hombres caídos conservan afectos naturales y reconocen que deben alimentar, proteger y cuidar a sus hijos.
Entonces Jesús argumenta de lo menor a lo mayor:
«¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?».
El Padre celestial no es simplemente un poco mejor que nosotros.
Su bondad no está mezclada con pecado.
Su sabiduría no es limitada.
Su amor no cambia con su estado de ánimo.
No confunde lo que parece bueno con lo que verdaderamente lo es.
El Padre nunca transforma su respuesta en un acto de crueldad hacia sus hijos.
Eso significa que podemos confiar en Él incluso cuando su respuesta no coincide con nuestros deseos.
Nosotros no sabemos siempre qué estamos pidiendo. A veces pedimos una serpiente pensando que se trata de alimento. Deseamos algo con toda el alma, imaginamos que sin eso no podremos vivir y concluimos que la bondad de Dios debe medirse por si nos lo concede.
Pero un padre no ama a su hijo entregándole todo lo que el niño desea. Lo ama dándole aquello que realmente contribuye a su bien.
De manera que la bondad de Dios se manifiesta en lo que concede, pero también en lo que niega; en lo que entrega inmediatamente y en lo que demora; en las puertas que abre y también en aquellas que, en su sabiduría, mantiene cerradas.
No debemos interpretar al Padre desde una circunstancia aislada. Debemos interpretar nuestras circunstancias desde la revelación que el Hijo nos ha dado del Padre.
En la cruz parecía que el Padre había abandonado al Hijo amado en manos de sus enemigos. Sin embargo, precisamente allí estaba cumpliendo su propósito eterno de redención. Y al tercer día mostró públicamente que aquella aparente derrota era el camino hacia la victoria.
No siempre podremos explicar la providencia mientras estamos dentro de ella. Pero en Cristo sabemos que el Padre no nos entrega finalmente al mal. Hace que todas las cosas cooperen para el bien de aquellos que lo aman, no para el bien que nuestra imaginación define, sino para conformarnos a la imagen de su Hijo y conducirnos hasta la gloria.
Ahora noten dónde termina Jesús.
«¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?».
El mayor don del Padre no consiste simplemente en mejorar nuestras circunstancias. El Padre da su Espíritu Santo.
Cuando Jesús pronunció estas palabras, todavía estaba antes de la cruz, antes de la resurrección, antes de la ascensión y antes de Pentecostés.
Los profetas habían anunciado que llegaría un día en el que Dios derramaría su Espíritu sobre su pueblo.
Ezequiel 36 prometió: «Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros… y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos».
Joel anunció: «Derramaré mi Espíritu sobre toda carne».
El don del Espíritu pertenecía a la esperanza de la restauración, del nuevo pacto y del reino venidero.
Y ahora Jesús, camino a Jerusalén, les dice a sus discípulos que el Padre dará el Espíritu Santo.
Después de resucitar, les dirá que permanezcan en la ciudad hasta ser investidos de poder desde lo alto. Y en Hechos 2 Pedro explicará lo ocurrido en Pentecostés diciendo que Jesucristo, exaltado a la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, derramó aquello que la multitud estaba viendo y oyendo.
De manera que el Espíritu no es una recompensa concedida a quienes logran orar con suficiente intensidad. Es el don del nuevo pacto adquirido por la obra del Hijo y derramado por el Cristo exaltado.
El Padre da al Espíritu por medio del Hijo.
Y el Espíritu nos une a Cristo, aplica en nosotros su redención, nos hace clamar «Abba, Padre» y produce en nosotros la vida del reino.
Ahora vivimos después de Pentecostés. No pedimos que aquel acontecimiento irrepetible vuelva a suceder, como si Cristo necesitara ascender otra vez y derramar nuevamente al Espíritu para inaugurar una nueva época.
Tampoco pedimos el Espíritu como si un creyente verdadero pudiera pertenecer a Cristo y carecer completamente de Él. Romanos 8 dice que quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Él. Todo creyente ha sido sellado con el Espíritu Santo de la promesa.
Pero precisamente porque el Espíritu ha sido dado, la iglesia depende continuamente de su obra. Pedimos que ilumine la Palabra, mortifique nuestro pecado, produzca su fruto, fortalezca el testimonio de la iglesia, consuele a los afligidos, dé sabiduría a las familias y haga preciosas para nosotros las cosas de Cristo.
Así que el Espíritu Santo es el don que sostiene todas las peticiones que hemos estudiado.
Pedimos: «Santificado sea tu nombre». ¿Quién puede santificar el nombre de Dios en nuestros corazones sino el Espíritu que abre nuestros ojos para contemplar su gloria?
Pedimos: «Venga tu reino». ¿Quién nos somete al Rey y extiende el testimonio de Cristo hasta las naciones sino el Espíritu del reino?
Pedimos: «Danos cada día nuestro pan». ¿Quién nos enseña a recibir los dones del Padre con gratitud y sin convertirlos en ídolos sino el Espíritu?
Pedimos: «Perdona nuestros pecados». ¿Quién nos une a Cristo, nos asegura su gracia y produce en nosotros el fruto de perdonar a otros sino el Espíritu de adopción?
Pedimos: «No nos metas en tentación». ¿Quién fortalece al creyente para mortificar el pecado y caminar en obediencia sino el Espíritu Santo?
El Padre no solo nos entrega objetos aislados. Nos da al Espíritu que aplica en nosotros todos los beneficios ganados por Cristo.
Por eso debemos examinar nuestras oraciones. Podemos pedir que desaparezca la enfermedad, que cambie una persona, que se resuelva una deuda o que se abra una oportunidad, porque Jesús nos enseñó a pedir el pan. Pero junto con el cambio de las circunstancias necesitamos pedir que el Espíritu obre en nosotros en medio de ellas.
«Padre, si es tu voluntad, quita esta aflicción; pero no permitas que la atraviese sin aprender a depender de Cristo».
«Cambia a esta persona, pero también quebranta mi orgullo y enséñame a amar».
«Provee para esta deuda, pero líbrame de la codicia, del temor y de la falsa seguridad».
«Abre esta puerta, pero no permitas que mi corazón se aparte de ti si decides mantenerla cerrada».
Nuestra confianza no está en que nosotros sepamos identificar perfectamente lo mejor. Está en que el Padre sí lo sabe.
Y su respuesta culminante es siempre llevarnos a una comunión más profunda con Él por medio del Hijo y en el poder del Espíritu.

CONCLUSIÓN

Finalmente, estas palabras también hacen una distinción que no debemos borrar. Jesús habla del Padre dando el Espíritu a sus hijos. Pero por naturaleza nosotros no somos hijos reconciliados. Somos criaturas de Dios, responsables delante de Él, pero el pecado nos ha hecho enemigos y nos mantiene bajo su justa condenación.
Nadie puede simplemente declarar a Dios su Padre mientras rechaza al Hijo. El acceso filial es un don de la gracia.
Cristo vivió la obediencia que nosotros no vivimos, recibió la condenación que nosotros merecíamos, resucitó para nuestra justificación y derramó al Espíritu de adopción sobre su pueblo.
Así que, si usted todavía no está en Cristo, su primera necesidad no es aprender una técnica mejor para orar. Necesita ser reconciliado con Dios.
Venga al Hijo.
Arrepiéntase de su autonomía.
Confíe en su obediencia, en su cruz y en su resurrección.
Pida misericordia, porque el mismo Cristo dijo que al que viene a Él no lo echará fuera. Y todos aquellos que reciben al Hijo reciben también el privilegio de ser hechos hijos de Dios.
Y ustedes hermanos, recuerden que hoy pedimo pero un día ya no pediremos pan en medio de la escasez, porque estaremos sentados en la mesa del reino. Ya no pediremos perdón con lágrimas, porque no habrá pecado en nosotros. Ya no pediremos preservación en la tentación, porque Satanás habrá sido aplastado definitivamente y nada impuro entrará en la nueva creación. Ya no pediremos que venga el reino, porque veremos al Rey cara a cara.
Pero mientras caminamos por este desierto, mientras esperamos la consumación de nuestro éxodo, seguimos dependiendo del Padre.
Así que, iglesia del Señor, pidamos.
Busquemos.
Llamemos.
No confiando en la perfección de nuestras oraciones, sino en la mediación del Hijo; no tratando de vencer la resistencia de Dios, sino descansando en la bondad de nuestro Padre; no buscando simplemente una vida más cómoda, sino pidiendo que el Espíritu nos conforme cada día más a Cristo, hasta que la fe se convierta en vista y la oración termine en alabanza.
Oremos.
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