El corazón de todo.

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Texto: Marcos 12:28–34 Serie: Kerigmas 2.0: Jerusalén

Clavo

Amar es orientar todo nuestro ser hacia Dios, el Bien Supremo, y desde Él buscar el verdadero bien de nuestro prójimo.
To love is to direct our whole being toward God, the Supreme Good, and from Him to seek the true good of our neighbor.

INTRODUCCIÓN

Todos tenemos una manera de decidir qué es importante.
Cuando el día está lleno de actividades, hacemos prioridades. Cuando el dinero es limitado, decidimos en qué gastarlo. Cuando hay muchas voces hablándonos, escogemos a cuál prestarle atención.
Quizá no siempre lo hacemos conscientemente, pero todos tenemos una jerarquía de valores.
Hay cosas importantes.
Hay cosas muy importantes.
Y hay algo que, para nosotros, ocupa el centro.
Algo gobierna nuestra atención, nuestras decisiones, nuestros deseos y nuestros afectos. Algo se encuentra en el corazón de todo.
Por eso, desde tiempos antiguos, los seres humanos han hecho preguntas acerca de “lo más grande”:
¿Cuál es el imperio más grande de la historia?
¿Quién ha sido el mejor presidente?
¿Quién es el mejor jugador de fútbol?
¿Quién es el mejor cantante?
¿Cuál es la mejor película?
¿Cuál es el mejor automóvil?
Nos encanta discutir acerca de cuál cosa ocupa el primer lugar.
Pero en Marcos 12 no se está discutiendo sobre deportes, música o política. Se está discutiendo sobre la vida delante de Dios.
Un escriba se acerca a Jesús y le hace una pregunta enorme:
“De todos los mandamientos, ¿cuál es el más importante?”
En otras palabras:
“Jesús, entre todo lo que Dios ha dicho, ¿qué está en el centro?”
“¿Cuál es el principio que sostiene todo lo demás?”
“¿Qué es lo que Dios realmente quiere del ser humano?”
Y la respuesta de Jesús nos conduce al corazón de todo.
Leamos Marcos 12:28–34.

CONTEXTO

Jesús se encuentra en Jerusalén.
Ha entrado en la ciudad como Rey.
Ha examinado el templo.
Ha expulsado a quienes habían convertido la casa de oración en una cueva de ladrones.
Después de eso, diferentes grupos religiosos se han acercado para cuestionarlo.
Los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos le preguntaron con qué autoridad hacía aquellas cosas.
Los fariseos y los herodianos intentaron atraparlo con una pregunta acerca de los impuestos.
Los saduceos trataron de ridiculizar la doctrina de la resurrección.
Uno tras otro se acercaron a Jesús, no para aprender, sino para ponerlo a prueba.
Sin embargo, el hombre que aparece en el versículo 28 parece diferente.
Marcos dice:
“Uno de los maestros de la ley estaba allí escuchando el debate. Se dio cuenta de que Jesús había contestado bien…”
Este hombre escucha.
Este hombre observa.
Este hombre reconoce que Jesús ha respondido correctamente.
Entonces se acerca y pregunta:
“De todos los mandamientos, ¿cuál es el más importante?”
Los rabinos habían identificado tradicionalmente 613 mandamientos en la Ley de Moisés: 365 prohibiciones y 248 instrucciones positivas.
Algunos mandamientos eran considerados “ligeros”. Otros eran considerados “pesados”.
Por eso, la pregunta del escriba no era absurda. Los maestros de la Ley discutían constantemente cómo organizar, resumir y priorizar los mandamientos.
Pero Jesús no se limita a escoger un mandamiento entre 613.
Jesús revela el principio que interpreta y da sentido a todos los demás.
Y para hacerlo, comienza con una palabra:
“Escucha”.

I. ESCUCHA: DIOS ES EL BIEN SUPREMO

I. LISTEN: GOD IS THE SUPREME GOOD
Jesús responde:
“El mandamiento más importante es: ‘¡Escucha, oh Israel! El Señor nuestro Dios es el único Señor’”.
Jesús cita Deuteronomio 6:4–5, el texto conocido por el pueblo judío como el Shemá.
La palabra hebrea shemá significa “escucha”.
Todo judío devoto recitaba estas palabras por la mañana y por la noche:
“Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es”.
No se trataba simplemente de escuchar sonidos.
En el pensamiento bíblico, escuchar implica atender, recibir, recordar y obedecer.
La vida con Dios comienza escuchando.
Antes de que Israel pudiera amar a Dios, tenía que recordar quién era Dios.
“El Señor nuestro Dios es el único Señor”.
Dios no es uno entre muchos.
No es una opción religiosa entre varias alternativas igualmente válidas.
No es un accesorio que agregamos a nuestra vida para sentirnos mejor.
Él es Dios.
Él es uno.
Él es único.
Él no comparte su gloria con nadie.
Él no acepta ser colocado junto a nuestros ídolos.
Él no quiere ocupar una pequeña habitación dentro de nuestra existencia.
Él es el Señor de toda la casa.
La declaración “el Señor es uno” afirma tanto la unidad como la exclusividad de Dios. No existe otro Dios fuera de Él. Por tanto, no existe otro ser que merezca nuestra adoración, nuestra lealtad y nuestro amor supremo.
Por eso, antes de ordenar:
“Amarás al Señor”,
Jesús declara:
“El Señor es uno”.
El amor bíblico comienza en la realidad de quién es Dios.
No amamos a Dios simplemente porque nos resulte útil.
No lo amamos solamente porque puede resolver nuestros problemas.
No lo amamos porque nos garantiza una vida sin sufrimiento.
Amamos a Dios porque Él es Dios.
Él es bueno.
Él es santo.
Él es justo.
Él es misericordioso.
Él es verdadero.
Él es fiel.
Él es la fuente de la vida.
Él es el origen de toda belleza, toda bondad y toda verdad.
En el lenguaje de la filosofía y de la teología cristiana, podemos decir que Dios es el Bien Supremo.
No solamente posee bondad.
Él es bueno en sí mismo.
Todo lo que llamamos verdaderamente bueno procede de Él, refleja algo de Él y encuentra su cumplimiento final en Él.
Agustín de Hipona entendía que el pecado no consiste únicamente en amar cosas malas. Muchas veces consiste en amar las cosas buenas de una manera desordenada.
Podemos amar a la familia.
Podemos amar el trabajo.
Podemos amar el ministerio.
Podemos amar nuestra nación.
Podemos amar el descanso.
Podemos amar la comida.
Podemos amar la aprobación de otros.
Muchas de esas cosas son buenas. El problema comienza cuando convertimos un bien creado en nuestro bien supremo.
Cuando una cosa buena ocupa el lugar que solamente le corresponde a Dios, esa cosa se convierte en un ídolo.
El problema del corazón humano no es que no ama.
El problema es que ama desordenadamente.
Amamos lo secundario como si fuera supremo.
Amamos los regalos más que al Dador.
Amamos la creación más que al Creador.
Amamos la comodidad más que la santidad.
Amamos nuestra reputación más que la gloria de Dios.
Amamos tener la razón más que amar al hermano.
Por eso Jesús comienza diciendo:
“Escucha, Israel”.
Es como si dijera:
“Antes de examinar lo que amas, recuerda quién es Dios”.
“Antes de ordenar tus prioridades, contempla al Señor”.
“Antes de preguntarte qué debes hacer, reconoce quién merece ocupar el centro”.
Dios es el Bien Supremo.
Y si Dios es el Bien Supremo, entonces amar correctamente significa que todo nuestro amor debe comenzar en Él, ordenarse bajo Él y dirigirse finalmente hacia Él.

Aplicación

Hermano, ¿cuál es el bien supremo de tu vida?
No me digas solamente lo que sabes que deberías contestar.
Observa tus decisiones.
Observa aquello cuya pérdida más temes.
Observa lo que ocupa constantemente tus pensamientos.
Observa lo que más fácilmente despierta tu ira.
Observa aquello que, cuando lo tienes, te hace sentir seguro, y cuando lo pierdes, hace que toda tu vida parezca derrumbarse.
¿Qué ocupa el centro?
Quizá confiesas con tus labios que Dios es uno, pero vives como si muchas otras cosas fueran igualmente indispensables.
Jesús nos llama a escuchar nuevamente:
“El Señor nuestro Dios es el único Señor”.
No existe otro Salvador.
No existe otro Rey.
No existe otra fuente permanente de vida.
No existe otro Bien Supremo.

TRANSICIÓN

Pero reconocer intelectualmente que Dios es el único Señor todavía no es suficiente.
El escriba no preguntó cuál era la doctrina más importante, sino cuál era el mandamiento más importante.
Por eso Jesús continúa:
“Ama al Señor tu Dios”.
La verdad acerca de Dios exige una respuesta de toda nuestra persona.

II. AMA: TODO TU SER DEBE ORIENTARSE HACIA DIOS

II. LOVE: YOUR WHOLE BEING MUST BE DIRECTED TOWARD GOD
Jesús dice:
“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”.
En el texto griego, la repetición es imposible de ignorar:
ἐξ ὅλης τῆς καρδίας σου ἐξ ὅλης τῆς ψυχῆς σου ἐξ ὅλης τῆς διανοίας σου ἐξ ὅλης τῆς ἰσχύος σου
La palabra ὅλης, traducida “todo” o “toda”, aparece cuatro veces.
Con todo tu corazón.
Con toda tu alma.
Con toda tu mente.
Con todas tus fuerzas.
Jesús no está dividiendo al ser humano en cuatro compartimentos separados.
No está ofreciendo aquí una descripción psicológica de la personalidad.
Está acumulando expresiones para comunicar totalidad.
El énfasis no recae principalmente en distinguir el corazón del alma, o el alma de la mente. El énfasis es:
Todo.
Todo lo que eres.
Todo lo que piensas.
Todo lo que deseas.
Todo lo que sientes.
Todo lo que decides.
Todo lo que haces.
Todo lo que tienes.
Dios no pide una parte.
Dios no acepta las sobras.
Dios no está satisfecho con recibir el domingo mientras nosotros gobernamos el resto de la semana.
Él no quiere solamente nuestras canciones mientras nuestros deseos permanecen lejos de Él.
No quiere únicamente nuestras palabras mientras nuestra voluntad continúa resistiéndolo.
No quiere una emoción momentánea durante la adoración mientras nuestra mente está siendo moldeada durante toda la semana por el mundo.
Ama al Señor con todo.
El corazón, en la Biblia, representa el centro de nuestros deseos, decisiones y afectos.
El alma apunta a nuestra vida, nuestra identidad, nuestro ser entero.
La mente incluye nuestros pensamientos, convicciones y comprensión.
Las fuerzas comprenden nuestra energía, nuestras capacidades y nuestras acciones.
En otras palabras:
Ama a Dios con lo que sientes.
Ama a Dios con lo que piensas.
Ama a Dios con lo que decides.
Ama a Dios con lo que haces.
Ama a Dios cuando tienes fuerzas.
Ama a Dios cuando estás cansado.
Ama a Dios en público.
Ama a Dios en secreto.
Ama a Dios cuando las cosas salen como deseas.
Ama a Dios cuando obedecerlo cuesta.
Pero aquí debemos detenernos y preguntar:

¿Qué es el amor?

La palabra “amor” es utilizada constantemente, pero rara vez es definida.
Decimos que amamos a Dios.
Amamos a nuestra esposa.
Amamos a nuestros hijos.
Amamos la iglesia.
Amamos los tacos.
Amamos nuestro equipo de fútbol.
Amamos una canción.
Utilizamos la misma palabra para realidades completamente diferentes.
Nuestra cultura suele definir el amor como un sentimiento de fuerte atracción, afecto o aprobación.
De acuerdo con esa idea, amar significa sentir algo agradable hacia alguien.
Pero los sentimientos cambian.
Hay días en los que sentimos cercanía y días en los que no.
Hay personas que despiertan afecto en nosotros y otras que nos resultan difíciles.
Sin embargo, Jesús no dice:
“Sentirás espontáneamente una intensa emoción religiosa”.
Jesús manda amar.
Y si el amor puede ser ordenado, entonces no puede reducirse a una emoción involuntaria.
El amor incluye sentimientos, pero es más que un sentimiento.
El amor incluye afecto, pero es más que afecto.
El amor incluye palabras, pero es más que palabras.
La tradición cristiana ha definido frecuentemente el amor como querer o procurar el bien del otro.
Tomás de Aquino lo expresó como velle bonum alicui: querer el bien para alguien.
Esa definición nos ayuda, pero todavía debemos hacer otra pregunta:
¿Qué es “el bien”?
Porque podemos querer algo para una persona y, aun así, hacerle daño.
Un padre puede dar a su hijo todo lo que pide y llamarlo amor.
Una persona puede afirmar una decisión destructiva de un amigo y llamarlo amor.
Alguien puede evitar una conversación difícil para no incomodar al prójimo y llamarlo amor.
Podemos confundir el bien con la comodidad.
Podemos confundir el bien con el placer inmediato.
Podemos confundir el bien con obtener lo que deseamos.
Por eso necesitamos una definición más completa:
El amor es la búsqueda del bien ajeno en el Bien Supremo.
Repitámoslo:
El amor es la búsqueda del bien ajeno en el Bien Supremo.
Amar es buscar el verdadero bien del otro.
Pero ese bien no lo inventamos nosotros.
No queda definido por mis sentimientos.
No queda definido por los deseos cambiantes de la otra persona.
No queda definido por lo que la cultura aprueba.
El verdadero bien solo puede comprenderse a la luz de Dios, porque Dios es el Bien Supremo.
Amar a una persona es buscar aquello que realmente contribuye a su florecimiento como criatura hecha a imagen de Dios.
Es procurar aquello que la acerca a la verdad, a la justicia, a la santidad, a la comunión, a la vida y, finalmente, a Dios mismo.
Ahora bien, alguien podría preguntar:
“¿Cómo puedo buscar el bien de Dios? Dios es soberano, perfecto y autosuficiente. Él no necesita nada de mí. Yo no puedo mejorar su condición”.
Es verdad.
Cuando amamos al prójimo, procuramos su bien porque el prójimo es una criatura necesitada.
Pero cuando amamos a Dios, no procuramos hacerlo mejor, completarlo o proporcionarle algo que le falte.
Dios no es un ser necesitado.
No podemos enriquecerlo.
No podemos aumentar su gloria esencial.
No podemos hacerlo más feliz, más santo o más perfecto.
Amar a Dios significa reconocerlo, abrazarlo y disfrutarlo como el Bien Supremo.
Significa desear que su nombre sea honrado.
Significa buscar que su voluntad sea realizada en nuestra vida.
Significa preferir su gloria por encima de nuestra reputación.
Significa deleitarnos en lo que le agrada.
Significa entregar todo nuestro ser a Él porque Él es infinitamente digno.
Dicho de otra manera:
Al prójimo lo amamos buscando su bien.
A Dios lo amamos reconociéndolo y honrándolo como el Bien mismo.
Y desde ese amor a Dios aprendemos a buscar correctamente el bien del prójimo.
Por eso estos dos mandamientos no pueden separarse.

TRANSICIÓN

El escriba pidió un mandamiento.
Jesús le dio dos.
No porque Jesús haya cambiado de tema, sino porque el segundo mandamiento demuestra si realmente hemos entendido el primero.
El amor vertical hacia Dios necesariamente se extiende horizontalmente hacia el prójimo.

III. BUSCA EL BIEN DEL PRÓJIMO EN DIOS

III. SEEK YOUR NEIGHBOR’S GOOD IN GOD
Jesús continúa:
“El segundo es igualmente importante: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’. Ningún otro mandamiento es más importante que estos”.
Jesús cita Levítico 19:18:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
Nuevamente, debemos mirar con cuidado lo que Jesús dice.
No dice que primero debamos desarrollar una elevada autoestima para después aprender a amar a otros.
Jesús parte de algo que ya sucede naturalmente.
Nos preocupamos por nosotros mismos.
Sentimos hambre y buscamos alimento.
Sentimos frío y buscamos abrigo.
Nos duele algo y buscamos alivio.
Somos malinterpretados y queremos defendernos.
Nuestra reputación es atacada y queremos aclarar las cosas.
Invertimos tiempo, energía y recursos en nuestro bienestar.
Jesús dice:
“Toma esa atención que naturalmente diriges hacia ti mismo y extiéndela hacia tu prójimo”.
Preocúpate por su hambre como te preocuparías por la tuya.
Considera su dolor con la seriedad con que consideras el tuyo.
Protege su reputación como quisieras que protegieran la tuya.
Escucha su historia como quisieras que alguien escuchara la tuya.
Busca su restauración con la intensidad con la que buscarías tu propia restauración.
El contexto de Levítico 19 hace que este amor sea extremadamente concreto.
Amar al prójimo significa cuidar al pobre.
No robar.
No mentir.
No aprovecharse del trabajador.
No maldecir al sordo.
No poner tropiezo delante del ciego.
Juzgar con justicia.
No difamar.
No guardar odio en el corazón.
Corregir cuando sea necesario.
No vengarse.
No conservar rencor.
Eso significa que el amor bíblico no es sentimentalismo.
El amor tiene manos.
El amor dice la verdad.
El amor sirve.
El amor protege.
El amor corrige.
El amor perdona.
El amor da.
El amor se sacrifica.
El amor busca el verdadero bien del otro en el Bien Supremo.
A veces amar significará consolar.
En otras ocasiones significará confrontar.
A veces significará dar.
En otras ocasiones significará no dar aquello que destruiría a la persona.
A veces significará permanecer cerca.
En otras ocasiones requerirá establecer límites justos.
A veces amar significará hablar.
En otras ocasiones significará guardar silencio y escuchar.
La pregunta no es solamente:
“¿Qué hará que esta persona se sienta bien ahora?”
La pregunta es:
“¿Qué representa su verdadero bien delante de Dios?”
Y esto no puede hacerse correctamente sin el primer mandamiento.
Sin amar a Dios, fácilmente convertiremos el amor al prójimo en aprobación, dependencia, manipulación o idolatría.
Podemos “amar” a alguien porque necesitamos que nos necesite.
Podemos servir para ser reconocidos.
Podemos dar para controlar.
Podemos evitar la verdad para conservar la aceptación.
Podemos convertir a otra persona en nuestro bien supremo.
Pero cuando Dios ocupa el centro, quedamos libres para amar al prójimo sin convertirlo en un ídolo.
Ya no necesito que la otra persona me dé identidad, porque mi identidad está en Dios.
Ya no necesito controlar su respuesta, porque mi seguridad está en Dios.
Ya no necesito obtener su aprobación a cualquier costo, porque mi valor está en Dios.
Puedo buscar verdaderamente su bien, incluso cuando hacerlo me cueste.

El problema del ritual sin amor

El escriba escucha la respuesta de Jesús y contesta:
“Bien dicho, Maestro. Has hablado la verdad al decir que hay solo un Dios y ningún otro. Y sé que es importante amarlo con todo mi corazón, con todo mi entendimiento y con todas mis fuerzas, y amar a mi prójimo como a mí mismo. Esto es más importante que ofrecer todos los sacrificios y ofrendas exigidos por la ley”.
Esta afirmación resulta impresionante.
No olvidemos dónde están.
Están en el templo.
Están cerca del lugar donde se presentan los sacrificios.
El sistema religioso entero gira alrededor de esos ritos.
Sin embargo, este escriba reconoce que amar a Dios y al prójimo es más importante que todos los holocaustos y sacrificios.
No está diciendo que Dios nunca hubiera ordenado los sacrificios.
Está reconociendo que el ritual nunca puede sustituir la realidad espiritual que debería representar.
Un sacrificio sin amor no agrada a Dios.
Una canción sin amor no agrada a Dios.
Una oración sin amor no agrada a Dios.
Una ofrenda sin amor no agrada a Dios.
Un sermón sin amor no agrada a Dios.
Una asistencia religiosa sin amor no agrada a Dios.
Podemos estar presentes en todos los cultos y lejos de Dios.
Podemos conocer todas las doctrinas y tratar cruelmente a nuestra familia.
Podemos defender la verdad y utilizarla como arma para destruir al hermano.
Podemos levantar las manos durante la adoración y cerrar el corazón ante la necesidad del prójimo.
Podemos hablar acerca de misiones y despreciar a las personas de otra cultura.
Podemos afirmar que amamos a Dios mientras conservamos resentimiento, orgullo y falta de perdón.
La Escritura repite este principio una y otra vez:
“Obedecer es mejor que los sacrificios”.
“Hacer justicia y juicio es más agradable al Señor que el sacrificio”.
“Misericordia quiero y no sacrificio”.
Dios no está impresionado por una religiosidad que no transforma la manera en que tratamos a las personas.
El primer mandamiento examina nuestra relación con Dios.
El segundo demuestra si nuestra profesión de amor es verdadera.
Primera de Juan lo expresa con toda claridad:
“Si alguien afirma: ‘Amo a Dios’, pero odia a un hermano, es un mentiroso”.
No podemos separar lo que Jesús ha unido.
Amar a Dios y amar al prójimo constituyen el corazón de todo.

IV. ESTAR CERCA DEL REINO NO ES ESTAR DENTRO

IV. BEING NEAR THE KINGDOM IS NOT THE SAME AS BEING IN IT
El versículo 34 dice:
“Al darse cuenta de lo mucho que el hombre comprendía, Jesús le dijo: ‘No estás lejos del reino de Dios’”.
Estas palabras parecen ser un elogio.
Y ciertamente lo son.
Jesús reconoce que el hombre ha respondido sabiamente.
Ha comprendido que Dios es uno.
Ha comprendido que Dios debe ser amado con la totalidad del ser.
Ha comprendido que el amor al prójimo es inseparable del amor a Dios.
Ha comprendido que la realidad del corazón es superior al ritual externo.
El hombre se encuentra cerca.
Pero no está dentro.
Y quizá esas sean algunas de las palabras más serias de todo el pasaje:
“No estás lejos”.
Es posible estar cerca del reino y no pertenecer al reino.
Es posible conocer la respuesta correcta.
Es posible admirar a Jesús.
Es posible estar de acuerdo con su enseñanza.
Es posible comprender la superioridad del amor sobre el ritual.
Es posible ser una persona moral, sensible y religiosamente informada.
Y todavía estar afuera.
Porque el escriba no necesitaba solamente una mejor comprensión del mandamiento.
Necesitaba al Rey.
El reino de Dios no es simplemente un sistema ético.
No entramos al reino por comprender correctamente la definición del amor.
No entramos porque logramos amar suficientemente a Dios y al prójimo.
De hecho, estos mandamientos revelan nuestra necesidad.
¿Quién ha amado a Dios con todo su corazón, toda su alma, toda su mente y todas sus fuerzas durante cada instante de su vida?
¿Quién puede decir que nunca ha amado algo más que a Dios?
¿Quién ha buscado siempre el bien del prójimo con la misma intensidad con la que busca el propio?
¿Quién nunca ha guardado resentimiento?
¿Quién nunca ha utilizado a otra persona?
¿Quién nunca ha sido indiferente al sufrimiento ajeno?
¿Quién nunca ha ofrecido a Dios rituales externos mientras su corazón permanecía lejos?
Cuando escuchamos estos mandamientos correctamente, no deberíamos concluir:
“Eso no parece tan difícil. Voy a intentarlo con más fuerza”.
Deberíamos reconocer:
“Señor, yo no he amado así”.
Estos mandamientos no solamente describen cómo debemos vivir.
También revelan la profundidad de nuestro pecado.
El problema no es únicamente que hemos hecho cosas malas.
El problema es que no hemos amado al Bien Supremo con todo nuestro ser.
Hemos entregado nuestro corazón a dioses menores.
Hemos utilizado al prójimo para nuestro beneficio.
Hemos buscado nuestro propio bien separado de Dios.
Necesitamos más que un consejo.
Necesitamos más que inspiración.
Necesitamos más que una experiencia religiosa.
Necesitamos un corazón nuevo.
Necesitamos al Rey.

V. JESÚS ES EL CORAZÓN DE TODO

V. JESUS IS THE HEART OF IT ALL
Aquí debemos contemplar algo maravilloso.
El que pronuncia el mandamiento es también el único que lo cumplió perfectamente.
Jesús amó al Padre con todo su corazón.
Con toda su alma.
Con toda su mente.
Con todas sus fuerzas.
Nunca colocó su comodidad por encima de la voluntad del Padre.
Nunca prefirió la aprobación de las multitudes a la gloria de Dios.
Nunca se apartó de la obediencia, ni siquiera cuando esa obediencia lo condujo hacia la cruz.
En Getsemaní pudo decir:
“No se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Eso es amor perfecto a Dios.
Pero Jesús también amó a su prójimo como a sí mismo.
Vio a los enfermos y tuvo compasión.
Tocó a los impuros.
Recibió a los rechazados.
Alimentó a los hambrientos.
Defendió a los vulnerables.
Dijo la verdad a los engañados.
Confrontó a los orgullosos.
Perdonó a los pecadores.
Y finalmente buscó nuestro bien a costa de sí mismo.
En la cruz vemos nuestra definición del amor hecha carne:
La búsqueda del bien ajeno en el Bien Supremo.
Jesús buscó nuestro bien.
No nuestro placer inmediato.
No nuestra comodidad temporal.
No la afirmación de nuestros deseos desordenados.
Buscó nuestro bien verdadero: reconciliarnos con Dios.
Y para procurar ese bien, se entregó a sí mismo.
Él cargó con nuestro pecado.
Recibió el juicio que merecíamos.
Murió nuestra muerte.
Fue sepultado.
Y resucitó para darnos vida.
En Cristo vemos que el amor no es una emoción indefinida.
El amor tiene forma.
El amor tiene manos perforadas.
El amor lleva una corona de espinas.
El amor carga una cruz.
El amor entrega su vida por el bien del otro y para la gloria de Dios.
Primera de Juan dice:
“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo como sacrificio para quitar nuestros pecados”.
El evangelio no comienza con nuestro amor por Dios.
Comienza con el amor de Dios por nosotros.
No amamos para conseguir que Dios nos ame.
Amamos porque Él nos amó primero.
No servimos para comprar su aceptación.
Servimos porque en Cristo ya hemos sido recibidos.
No buscamos el bien del prójimo para ganarnos el reino.
Buscamos el bien del prójimo porque el Rey nos ha dado un corazón nuevo.
El mandamiento nos muestra cómo debe vivir el ser humano.
La cruz nos muestra cuánto hemos fracasado.
Y el evangelio nos muestra al Salvador que cumplió el mandamiento por nosotros y ahora, por medio de su Espíritu, comienza a formar ese amor en nosotros.

CONCLUSIÓN

El escriba preguntó:
“¿Cuál es el mandamiento más importante?”
Jesús respondió:
“Escucha”.
Dios es uno.
Dios es único.
Dios es el Bien Supremo.
“Ama”.
Orienta hacia Él todo tu corazón, toda tu alma, toda tu mente y todas tus fuerzas.
“Ama a tu prójimo”.
Busca su verdadero bien dentro de Dios, conforme a Dios y conduciéndolo hacia Dios.
Esto es el corazón de todo.
Toda la Ley apunta hacia aquí.
Toda obediencia verdadera nace de aquí.
Toda adoración auténtica fluye de aquí.
Pero este pasaje también nos hace una pregunta personal:
¿Estamos solamente cerca del reino?
Quizá conoces la respuesta correcta.
Quizá respetas a Jesús.
Quizá asistes a la iglesia.
Quizá comprendes que la religión externa no es suficiente.
Pero ¿has venido al Rey?
¿Te has arrepentido de tu amor desordenado?
¿Has reconocido que no puedes salvarte a ti mismo?
¿Has confiado en Cristo como tu Señor y Salvador?
No basta con estar cerca.
No basta con admirar la puerta.
No basta con conocer el camino.
Debes venir a Cristo.
Y a quienes ya hemos creído, el Señor nos pregunta:
¿Qué ocupa realmente el centro de nuestra vida?
¿Qué estamos amando como si fuera nuestro bien supremo?
¿De qué manera nuestro amor a Dios se está haciendo visible en la manera en que tratamos a nuestro prójimo?
No digas solamente:
“Yo amo a Dios”.
Pregúntate:
¿Estoy buscando el bien de mi esposa?
¿Estoy buscando el bien de mis hijos?
¿Estoy buscando el bien de mis hermanos en la iglesia?
¿Estoy buscando el bien del inmigrante?
¿Estoy buscando el bien del pobre?
¿Estoy buscando el bien de quien piensa diferente?
¿Estoy buscando incluso el bien de quien me ha herido?
No se trata simplemente de ser amable.
Se trata de buscar su bien verdadero en el Bien Supremo.
Iglesia, el corazón de todo no es un programa.
No es una ceremonia.
No es un edificio.
No es una tradición.
No es una experiencia emocional.
El corazón de todo es Dios mismo.
Y cuando Dios ocupa el centro, su amor ordena nuestros afectos, transforma nuestras relaciones y nos envía a buscar el bien de otros.
Por tanto:
Escucha al único Dios.
Ama al Bien Supremo con todo lo que eres.
Y desde Él, busca el verdadero bien de tu prójimo.
Porque:
Amar es orientar todo nuestro ser hacia Dios, el Bien Supremo, y desde Él buscar el verdadero bien de nuestro prójimo.
Ese es el mandamiento más grande.
Ese es el corazón de la vida cristiana.
Ese es el corazón de todo.
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