Denles ustedes de comer
Tiempo después de Pentecostés • Sermon • Submitted • Presented
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13 Cuando Jesús recibió la noticia, se retiró él solo en una barca a un lugar solitario. Las multitudes se enteraron y lo siguieron a pie desde los poblados. 14 Cuando Jesús desembarcó y vio tanta gente, tuvo compasión de ellos y sanó a los que estaban enfermos. 15 Al atardecer se le acercaron sus discípulos y dijeron: —Este es un lugar apartado y ya se hace tarde. Despide a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren algo de comer. 16 —No tienen que irse —contestó Jesús—. Denles ustedes mismos de comer. 17 Ellos objetaron: —No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados. 18 —Tráiganmelos acá —dijo Jesús. 19 Y mandó a la gente que se sentara sobre la hierba. Tomó los cinco panes y los dos pescados y, mirando al cielo, los bendijo. Luego partió los panes y se los dio a los discípulos, quienes los repartieron a la gente. 20 Todos comieron hasta quedar satisfechos y los discípulos recogieron doce canastas llenas de pedazos que sobraron. 21 Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños.
Introducción
Introducción
Uno de los grandes fines de nuestra Iglesia es la promoción de la justicia social. La justicia social es un principio que busca la distribución equitativa de los recursos, el respeto a los derechos humanos y la igualdad de oportunidades para que todas las personas puedan vivir con dignidad.
En nuestra denominación, entendemos la justicia social como un compromiso ético que nos anima a acudir a los lugares de sufrimiento y necesidad para aliviar la pobreza, detener la violencia, proteger el planeta y buscar justicia para todas las personas sin distinción de etnia, sexo o color.
En síntesis, cuando hablamos de justicia social estamos reconociendo realidades de pecado estructural que terminan afectando a las personas más vulnerables, a los débiles de nuestro tiempo. Si tuviéramos que sintetizar esa afectación podríamos hacerlo con dos palabras violencia y hambre.
Vivimos en violencia a raíz de la búsqueda de poder, control y dominio. La violencia estructural produce injusticia, hambre y enfermedad, y muchas veces se sostiene por medio de la indiferencia.
La lectura de la Palabra para hoy nos pone en el centro de esa realidad. Después de recibir la noticia de la muerte violenta de Juan el Bautista, Jesús se retira a un lugar solitario. Sin embargo, allí se encuentra con una multitud que ha caminado para buscarlo. La fama de Jesús había crecido tanto que incluso había llegado a oídos de Herodes.
Comprensión bíblica
Comprensión bíblica
Contexto: Para comprender este relato es preciso mirar el contexto. Herodes había escuchado lo que hacía Jesús y creía que se trataba de Juan el Bautista, quien había resucitado.Herodes representa un poder que escucha hablar de Jesús, pero que no puede comprender el Evangelio porque interpreta todo desde el miedo, el control y la conservación de sus privilegios. Pues Jesús había estado enseñando en qué consiste el Reino de Dios por medio de las parábolas.
Seguidamente, el evangelio relata la muerte de Juan el Bautista. La muerte del Bautista es una muerte política que se da en medio de un gran banquete, este es un punto importante para analizar porque, seguramente, muchas de las decisiones injustas se toman en medio de grandes banquetes por personas que no pasan por las necesidades por las que pasan los más vulnerables.
La compasión de Jesús: Después de la ejecución de Juan, sus discípulos recogieron el cuerpo, lo sepultaron y fueron a comunicárselo a Jesús. Un anuncio que deja dos elementos importantes; en primer lugar, el duelo, la tristeza, de perder a un ser querido a causa de la violencia del poder y, en segundo lugar, la necesidad de retirarse, posiblemente, por su propia seguridad. En ese sentido, el texto puede suponer el temor de ser perseguido por Herodes lo que conlleva a retirarse prudentemente, quizás Jesús buscaba cuidar su vida y buscar un espacio de soledad para transitar su duelo.
Sin embargo, Jesús se encontró con personas que lo siguieron a pie. Personas que caminaron hacia donde estaba Jesús, posiblemente, a pesar de lo que ya habrían escuchado acerca de Herodes, y que se alejaron de los lugares donde podrían conseguir comida. Siguieron a Jesús, tal vez, porque Jesús representaba la esperanza que no tenían por parte de los poderes de la época. Estos caminantes eran personas vulnerables, débiles o afligidos a los que Jesús sanó
El principio que mueve a Jesús es la compasión. Sin negar su propio dolor ni el peligro que podía rodearlo, Jesús se dejó conmover por la multitud. La compasión le permitió mirar más allá de sí mismo y responder al sufrimiento que tenía delante. El evangelio nos dice que Jesús comenzó a sanar a las personas que estaban allí.
No sabemos cuáles eran las enfermedades ni conocemos las historias de sufrimiento que llevaba cada persona. Tal vez había dolencias físicas, heridas emocionales, cansancio espiritual y enfermedades que nadie había querido atender. Lo que sí sabemos es que Jesús no contempló aquel sufrimiento desde la distancia: se acercó y comenzó a sanar. Jesús, sanaba movido por la compasión. Si aquellas personas habían sido olvidadas por los poderes de su tiempo o excluidas por la religión, en Jesús encontraron sanidad, acogida y el reconocimiento público de una dignidad que nunca habían dejado de poseer.
La sensibilidad de Jesús: Otro aspecto importante que encontramos en Jesús es la sensibilidad para comprender el hambre de las personas. Los discípulos ven el problema, pero todavía piensan desde la lógica de la separación: que cada persona se vaya y resuelva por su cuenta. Jesús no niega la dificultad; cambia la manera de responder a ella. Frente a la lógica individualista del «que cada uno busque lo suyo», Jesús propone la responsabilidad comunitaria: «No tienen que irse. Denles ustedes de comer».
¿Por qué despedirlos si ustedes pueden darles algo de comer? En un mundo donde la violencia y la corrupción les han robado a muchas personas la posibilidad de vivir con bienestar, en un mundo que vive con hambre, no es ético despedir a las personas sin darles algo de comer. La provisión parece limitada: cinco panes y dos pescados. Pero, puestos en las manos de Cristo, se convierten en instrumentos de la abundancia de Dios.
Dar de comer: Jesús convierte ese lugar en un lugar de adoración. Lo que experimentaron no fue una comida común. En los gestos de Jesús encontramos una anticipación de la mesa eucarística que hoy tenemos delante. Jesús ordena a las personas que se sienten sobre la hierba, toma los panes y los peces, los bendice, parte los panes y los reparte a los discípulos para que los repartan entre la gente.
En este escenario, Jesús reúne a las personas en un mismo lugar, como una sola comunidad y en igualdad de condiciones para recibir el mismo alimento. No hubo acepción de personas, Aunque el sistema de conteo de aquella época privilegiaba a los varones, Mateo deja constancia de que también estaban presentes las mujeres y los niños. La mesa de Jesús era más grande que las estadísticas con las que aquella sociedad acostumbraba contar a las personas. Una gran comunidad participó de la comunión gratuitamente, se sació y sobró porque la generosidad de Dios es verdadera abundancia, completa justicia y amor revelado desde la mesa en el testimonio del amor de Dios.
Aplicación
Aplicación
Denles ustedes de comer»: ese es el llamado que Cristo dirige hoy a la Iglesia. Al responder a este mandato, cumplimos también nuestra vocación de promover la justicia social y cumplir con uno de los grandes fines de la iglesia, es preciso reconocer nuestra realidad de violencia y corrupción, el pecado estructural del que hemos hablado y que lleva a la pobreza y al hambre a tantas personas.
Dar de comer implica comprender la lógica comunitaria del evangelio, no se trata de retener lo que tenemos sino de comprender la gratuidad y generosidad de Dios y aplicarla siguiendo el ejemplo compasivo de Jesús.
En primer lugar, el mandato se refiere al hambre real de quienes no tienen alimento suficiente. Pero también nos invita a reconocer otras formas de hambre: hambre de compañía, de conocimiento, de justicia, de esperanza y de una comunidad donde cada persona sea recibida con dignidad. Estamos llamados a compartir aquello con lo que Dios nos ha bendecido y que, en muchas ocasiones es lo más seguro que tenemos, para que todas las personas, sin distingo de etnia, sexo o color puedan participar de la generosidad de Dios. Allí nos dice Cristo denle ustedes de comer.
Desde esa perspectiva, el mandato de Jesús de dar de comer a las multitudes se convierte en misión que ayuda a los más débiles, que genera comunidad y que nos pone en el mismo lugar para participar de la mesa del Señor. Este es el testimonio del Cristo vivo que habita en medio de nosotros.
En últimas, dar de comer es recordar que la mesa del Señor está dispuesta para todos y todas, y que esa mesa no puede quedarse encerrada dentro del templo. La mesa de Cristo se prolonga en el mundo cada vez que compartimos el alimento, recibimos a quien ha sido excluido, defendemos la dignidad de quienes sufren y trabajamos para transformar las realidades que producen violencia, pobreza y hambre.
Hoy Jesús vuelve a decirnos: «No tienen que irse. Denles ustedes de comer». No nos pide producir abundancia desde la nada. Nos invita a reconocer lo que ya ha puesto en nuestras manos, a traerlo delante de él y a confiar en su gracia. Nosotros traemos los cinco panes y los dos pescados; Cristo los recibe, los bendice y hace posible la abundancia. Nuestra responsabilidad es repartir, servir y asegurarnos de que nadie quede fuera.
No somos nosotros quienes realizamos el milagro, pero Cristo ha querido contar con nuestras manos para distribuir su gracia. Por eso, llevemos delante del Señor lo que somos y lo que tenemos, y permitamos que él lo bendiga y lo multiplique, mientras nosotros nos ocupamos de atender con compasión a las personas vulnerables que están a nuestro alrededor.
Porque en el banquete de Herodes unos pocos comen mientras otros mueren, pero en la mesa de Jesús todos son recibidos, todos comen, todos quedan satisfechos y todavía sobra. Esa es la abundancia del Reino de Dios.
