mayordomos del rey
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Lucas 16:1-15
1Dijo también a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes.
2Entonces le llamó, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo.
3Entonces el mayordomo dijo para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me quita la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza.
4Ya sé lo que haré para que cuando se me quite de la mayordomía, me reciban en sus casas.
5Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo?
6Él dijo: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu cuenta, siéntate pronto, y escribe cincuenta.
7Después dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Y él dijo: Cien medidas de trigo. Él le dijo: Toma tu cuenta, y escribe ochenta.
8Y alabó el amo al mayordomo malo por haber hecho sagazmente; porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz.
9Y yo os digo: Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas.
10El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto.
11Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero?
12Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo que es vuestro?
13Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.
14Y oían también todas estas cosas los fariseos, que eran avaros, y se burlaban de él.
15Entonces les dijo: Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación.
En esta parabola se nos muestra
La forma en que administramos los recursos temporales revela la verdadera condición de nuestro corazón, manifiesta quién es nuestro Señor y determina nuestra preparación para las riquezas eternas.
Jesús no está enseñando cómo hacerse rico; está enseñando cómo vivir como ciudadanos del Reino mientras administramos bienes que nunca nos pertenecieron.
Esta parábola es una de las enseñanzas más profundas sobre la mayordomía cristiana y sobre el peligro de que el corazón sea gobernado por las riquezas.
Jesús utiliza a un hombre malo para enseñar una gran verdad.
Es semejante a cuando usa el ejemplo del juez injusto (Lucas 18).
No está alabando la injusticia.
Está resaltando una actitud que los hijos de Dios deberían poseer en un nivel mucho mayor.
El administrador fue injusto.
Pero fue previsor.
Fue corrupto.
Pero entendió que el tiempo se estaba terminando.
Comprendió que su futuro dependía de las decisiones que tomara en el presente.
Y Jesús mira a sus discípulos y prácticamente les dice:
“Si un hombre perdido puede ser tan inteligente para prepararse para un futuro temporal, ¿cuánto más deberían ustedes prepararse para una eternidad gloriosa?”
Aquí encontramos uno de los contrastes más fuertes del Evangelio.
Los incrédulos viven para un futuro que terminará.
Los creyentes muchas veces olvidan un futuro que jamás terminará.
El contexto del evangelio de Lucas
Nada en esta parábola aparece por accidente.
Lucas organiza cuidadosamente los acontecimientos.
En Lucas 15 encontramos tres parábolas.
La oveja perdida.
La moneda perdida.
El hijo perdido.
Las tres muestran el gozo de Dios al rescatar pecadores.
Pero Lucas 16 cambia completamente el escenario.
Ahora Jesús ya no habla del pecador perdido.
Habla del discípulo encontrado.
En otras palabras:
¿Cómo debe vivir alguien que ya fue encontrado por la gracia?
¿Cómo administra su vida alguien que pertenece al Reino?
¿Cómo usa el dinero un ciudadano del cielo?
No es casualidad que Lucas dedique tanto espacio al tema de las riquezas.
En este Evangelio encontramos más enseñanzas sobre el dinero que en cualquier otro.
¿Por qué?
Porque después de la conversión, uno de los mayores competidores por el trono del corazón sigue siendo el dinero.
No porque el dinero sea malo.
Sino porque promete lo que solamente Dios puede dar.
Seguridad.
Identidad.
Poder.
Control.
Satisfacción.
Pero esas promesas siempre terminan siendo falsas.
EL TRASFONDO HISTÓRICO
Para comprender esta parábola debemos conocer la figura del mayordomo.
La palabra griega es oikonomos.
Está formada por dos palabras:
Oikos = casa.
Nomos = administración.
Literalmente significa:
“El que administra la casa.”
No era un simple empleado.
Era el gerente general.
Administraba enormes extensiones de tierra.
Controlaba cuentas.
Firmaba contratos.
Prestaba dinero.
Negociaba cosechas.
Recaudaba impuestos.
Representaba legalmente al propietario.
En muchos casos tenía acceso a toda la fortuna del dueño.
Pero existía una diferencia enorme.
Todo estaba bajo su autoridad.
Nada estaba bajo su propiedad.
Esa es exactamente nuestra posición delante de Dios.
Administramos.
No poseemos.
Todo lo que creemos nuestro…
Nuestro cuerpo.
Nuestra familia.
Nuestro ministerio.
Nuestro tiempo.
Nuestros talentos.
Nuestro dinero.
Nuestro trabajo.
Nuestro conocimiento.
Todo pertenece realmente al Señor.
David lo entendió perfectamente cuando oró:
1 cronicas 29:14
“Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos.”
¡Qué diferente es esta perspectiva de la mentalidad del mundo!
El mundo dice:
“Lo gané.”
“Lo merezco.”
“Es mío.”
Pero el creyente responde:
“Todo proviene de la mano de Dios.”
algunos aspectos que no debemos pasar por alto como mayordomos del rey.
1.- Llegara el dia de la rendicion de cuentas.
Lucas 16:1,2
dijo tambien a sus discipulos
1“Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes.
2Entonces le llamó y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo.”
Estas palabras producen un fuerte impacto.
“Da cuenta.”
En griego es un término relacionado con presentar un informe detallado.
No bastaba con decir:
“Hice lo mejor que pude.”
Debía presentar registros.
Explicaciones.
Resultados.
Toda su administración iba a ser examinada.
Y aquí encontramos una verdad que atraviesa toda la Escritura.
Dios siempre pide cuentas.
Desde el principio fue así.
Después del pecado Dios preguntó:
“¿Dónde estás?”
No porque ignorara dónde estaba Adán.
Sino porque estaba llamándolo a rendir cuentas.
Caín escuchó:
“¿Dónde está tu hermano?”
Moisés tuvo que responder por Israel.
Los reyes respondían delante de los profetas.
Los sacerdotes respondían delante del Señor.
Y un día…
Toda la humanidad responderá delante del trono de Cristo.
Pablo afirma en
Romanos 14:12
“De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.”
Observe que Pablo no dice:
“La iglesia dará cuenta.
Dice:
“Cada uno.”
Será un encuentro absolutamente personal.
No habrá representantes.
No habrá excusas.
No podremos señalar a otros.
No podremos decir:
“Mi pastor.”
“Mi familia.”
“Mi cultura.”
“Mi gobierno.”
Cada creyente comparecerá delante del Tribunal de Cristo
2 Corintios 5:10
"10 Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo."
no para determinar su salvación —que descansa únicamente en la obra perfecta de Cristo—, sino para que sus obras sean evaluadas y reciba recompensa o pérdida de recompensa según haya servido al Señor.
Una reflexión solemne
Imagina por un momento que hoy recibieras la misma noticia que recibió este administrador:
“Ya no podrás más ser mayordomo.”
Esas palabras llegarán para todos nosotros.
Llegará el día en que administraremos por última vez.
Trabajaremos por última vez.
Predicaremos por última vez.
Abrazaremos a nuestros hijos por última vez.
Abriremos nuestra Biblia por última vez.
Tendremos una última oportunidad para servir.
Entonces compareceremos delante del Dueño de todas las cosas.
La pregunta no será:
¿Cuánto acumulaste?
La pregunta será:
¿Qué hiciste con lo que te confié?
Vivimos en una cultura obsesionada con los derechos.
La Biblia nos recuerda los deberes.
Vivimos reclamando lo que creemos merecer.
Pero Dios nos llama a administrar lo que hemos recibido por gracia.
El creyente sabio vive cada día con la conciencia de que está administrando bienes ajenos. Esa perspectiva transforma la manera de trabajar, de gastar, de servir y de amar. Cada decisión cotidiana adquiere un peso eterno cuando recordamos que un día estaremos delante del Señor.
2.- Su posición era temporal.
Lucas 16:2
2Entonces le llamó, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo.
Hasta este momento, el administrador había vivido como si su puesto fuera permanente.
Pero una sola noticia cambia toda su perspectiva.
“Ya no podrás más ser mayordomo.”
En un instante comprende
Después de escuchar la sentencia del dueño, el administrador comprende que su tiempo se ha agotado. La oportunidad de seguir administrando está por terminar. A partir de este momento, cada decisión adquiere un carácter urgente.
¡Qué retrato tan exacto de la vida humana!
La mayoría vive como si siempre hubiera un mañana.
Pero la Biblia insiste una y otra vez en la fragilidad de nuestra existencia.
Moisés declaró:
(Salmo 90:12).
“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.”
Santiago añade:
(Santiago 4:14).
Cuando no sabeis lo que sera mañana porque “¿Qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.”
El administrador no era sabio porque fuera moral.
Era sabio porque comprendió que el tiempo se estaba terminando.
Y cuando alguien entiende que el tiempo es corto, deja de desperdiciar lo verdaderamente importante.
Uno de los mayores engaños del pecado es hacernos creer que siempre habrá otra oportunidad.
“Más adelante serviré a Dios.”
“Cuando tenga más dinero seré generoso.”
“Cuando me jubile estudiaré la Biblia.”
“Cuando mis hijos crezcan comenzaré a discipularlos.”
Pero nadie tiene asegurado el mañana.
Jesús contó la parábola del rico insensato en
Lucas 12:16-21
16También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho.
17Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos?
18Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes;
19y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años reposate come bebe regocijate
Pero Dios le dijo
“Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma.”y lo que has provisto, ¿de quién será?
21Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios.
El problema nunca fue que tuviera riquezas.
El problema fue que creyó que tenía tiempo.
El administrador de
Lucas 16 entendió algo que el rico de
Lucas 12 nunca comprendió.
El tiempo vale más que el dinero.
Porque el dinero perdido puede recuperarse.
El tiempo perdido jamás.
3.- Los recursos nunca le pertenecieron.
Lucas 16:3
3Entonces el mayordomo dijo para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me quita la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza.
Me quita nunca fueron suyos los recursos y el actuo como si fueran suyos dejo de ser responsable de lo que se le habia entregado el mal manejo de los bienes
4.- el tiempo para actuar era limitado.
Lucas 16:4
4Ya sé lo que haré para que cuando se me quite de la mayordomía, me reciban en sus casas
Aquí comienza el corazón de la parábola.
No es la historia de un hombre que aprende a ser honesto.
Es la historia de un hombre que entiende que el tiempo se acaba y actúa con decisión.
Esa es precisamente la lección que Jesús quiere enseñar a Sus discípulos.
¿En donde descansaba el valor de su mayordomia ?
Lucas 16:3
3Entonces el mayordomo dijo para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me quita la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza
”¿Qué haré?”
1.- En su comodidad
El estaba acostumbrado a solo mandar dirigir
“Cavar no puedo;
2.- En su orgullo
Lucas 16:3
3Entonces el mayordomo dijo para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me quita la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza
su orgullo no lo dejaria hacer algo distinto a lo que venia haciendo, no me voy a poner en la posicion de avergonzarme de que me vean cavar o mendigar,
esto revela que estab conciente de que iba perder todo.
Pero cuando nuestra identidad está en Cristo, ninguna circunstancia puede arrebatárnosla.
La Escritura registra muchos momentos semejantes.
El hijo pródigo dijo:
“Volviendo en sí…”
El publicano clamó:
“Sé propicio a mí, pecador.”
El ladrón en la cruz reconoció:
“Nosotros justamente padecemos.”
Las grandes transformaciones suelen comenzar cuando una persona deja de justificar su situación y enfrenta la realidad
“Cuando el cielo audita nuestra mayordomía”
El sol comenzaba a descender lentamente sobre las colinas de Judea.
Los rayos dorados teñían los campos de trigo, mientras el viento hacía danzar las espigas como si toda la creación alabara en silencio al Creador.
Las caravanas iban y venían.
Los campesinos regresaban cansados de la jornada.
Los mercaderes cerraban sus puestos.
Los niños corrían entre las calles polvorientas.
Era un día común…
Pero, como ocurre tantas veces en la historia de Dios, un día aparentemente común estaba a punto de convertirse en una lección eterna.
Jesús caminaba rodeado de una multitud.
Había rostros de toda clase.
Pescadores.
Viudas.
Publicanos.
Campesinos.
Ancianos.
Niños.
Pero también estaban allí los fariseos.
Siempre cerca.
No para aprender.
Sino para encontrar un motivo para acusarlo.
Jesús levantó la mirada.
Sus ojos recorrieron lentamente cada rostro.
Conocía las luchas ocultas.
Conocía las heridas invisibles.
Conocía la avaricia escondida bajo túnicas religiosas.
Conocía el orgullo disfrazado de piedad.
Conocía el temor de los pobres y la soberbia de los ricos.
Entonces comenzó a hablar…
—Había un hombre rico…
La multitud guardó silencio.
Todos conocían hombres ricos.
Eran dueños de grandes extensiones de tierra.
Sus olivares parecían no tener fin.
Sus rebaños cubrían los montes como nubes blancas.
Sus graneros rebosaban de abundancia.
Pero este hombre tenía algo más.
Tenía un administrador.
Era un hombre preparado.
Sabía leer.
Sabía escribir.
Sabía negociar.
Llevaba las cuentas.
Firmaba contratos.
Calculaba cosechas.
Organizaba préstamos.
Cada moneda pasaba por sus manos.
Cada documento llevaba su sello.
Todos lo respetaban.
Muchos incluso lo envidiaban.
Parecía tener el futuro asegurado.
Pero las apariencias suelen esconder tragedias.
Porque el privilegio sin fidelidad termina convirtiéndose en condena.
Un día comenzaron los rumores.
Al principio fueron apenas comentarios.
Un jornalero habló con otro.
Después un deudor comentó algo extraño.
Luego un empleado observó inconsistencias.
Hasta que los rumores llegaron a oídos del dueño.
—Tu administrador está desperdiciando tus bienes.
Aquella frase cayó como un trueno.
No decía simplemente que había cometido un error.
La acusación era mucho más profunda.
Había traicionado la confianza.
Había administrado como dueño lo que solamente le había sido prestado.
El amo mandó llamarlo.
El hombre caminó por el largo corredor de piedra.
Cada paso aumentaba la tensión.
Las paredes parecían cerrar el camino.
Las columnas parecían observarlo.
Cuando entró, encontró a su señor sentado.
Los libros de cuentas estaban abiertos sobre la mesa.
No hizo falta decir mucho.
El rostro del amo lo decía todo.
Entonces habló.
—¿Qué es esto que escucho acerca de ti?
El administrador permaneció inmóvil.
No hubo defensa.
No hubo argumentos.
No hubo excusas.
Solo silencio.
Y entonces llegó la sentencia.
—Entrega la administración.
Desde hoy ya no podrás seguir administrando mis bienes.
En un instante…
Todo terminó.
El puesto.
La autoridad.
El prestigio.
El salario.
Los privilegios.
Todo desapareció con una sola frase.
Salió lentamente.
El aire parecía más pesado.
Las calles ya no eran las mismas.
Las personas seguían caminando.
Los vendedores seguían ofreciendo mercancías.
Los niños seguían jugando.
Pero para él…
El mundo acababa de derrumbarse.
Comenzó entonces el diálogo más importante de toda la parábola.
No habló con nadie.
Habló consigo mismo.
Y las conversaciones más peligrosas o más transformadoras suelen ocurrir en el silencio del alma.
—¿Qué haré?
La pregunta parecía perseguirlo.
¿Qué haré?
No tengo fuerzas para cavar.
Toda mi vida administré riquezas ajenas.
Nunca aprendí a trabajar la tierra.
Nunca endurecí mis manos con el arado.
Nunca soporté el peso de una pala.
Y mendigar…
No.
Mi orgullo todavía es demasiado grande.
Se sentó bajo la sombra de una higuera.
Por primera vez comprendió una verdad que había olvidado durante años.
Nunca fue dueño de nada.
Todo aquello que manejó…
Siempre perteneció a otro.
Y de pronto…
Jesús dejó que esa verdad atravesara los siglos.
Porque esa no era solamente la historia de un administrador.
Era la historia de toda la humanidad.
Nosotros también administramos una vida que no nos pertenece.
Respiramos un aire que no creamos.
Vivimos en un mundo que no edificamos.
Disfrutamos talentos que no fabricamos.
Poseemos tiempo que Dios nos presta.
Criamos hijos que finalmente pertenecen al Señor.
Administramos recursos que Él coloca en nuestras manos.
Nada es realmente nuestro.
Somos administradores.
Nada más.
Nada menos.
Mientras el hombre seguía pensando…
Una idea nació en su mente.
No fue una idea santa.
Fue una idea astuta.
Si pronto perdería su empleo…
Necesitaba asegurarse un futuro.
Mandó llamar a los deudores.
Uno por uno comenzaron a llegar.
El primero apareció con un enorme pergamino.
—¿Cuánto debes?
—Cien barriles de aceite.
Aquella cantidad representaba años completos de producción.
Era una fortuna.
El administrador acercó el documento.
Miró discretamente alrededor.
Y susurró.
—Siéntate.
Rápido.
Escribe cincuenta.
El hombre quedó paralizado.
Sus manos comenzaron a temblar.
No podía creerlo.
La deuda acababa de reducirse a la mitad.
Salió de aquel lugar con lágrimas de alegría.
Luego vino otro.
—¿Cuánto debes?
—Cien medidas de trigo.
—Toma tu recibo.i
Escribe ochenta.
Y así continuó.
Cada deudor salía agradecido.
Todos pensaban que aquel administrador les había mostrado misericordia.
Lo que realmente estaba haciendo era comprar su futuro.
Cuando finalmente el dueño descubrió todo…
Ocurrió algo que nadie esperaba.
No alabó la corrupción.
No aprobó el engaño.
Lo que reconoció fue otra cosa.
La rapidez.
La determinación.
La capacidad de actuar mientras todavía había tiempo.
Y entonces Jesús levantó la mirada.
Su voz se volvió más profunda.
—Los hijos de este mundo son más sagaces que los hijos de la luz.
La multitud quedó confundida.
Jesús estaba revelando una dolorosa realidad.
Los hombres hacen enormes sacrificios por lo temporal.
Trabajan sin descanso.
Pierden el sueño.
Cruzan océanos.
Arriesgan fortunas.
Dedican años enteros para obtener riquezas que un día dejarán atrás.
Pero cuando se trata de las cosas eternas…
Muchos son indiferentes.
Postergan.
Se distraen.
Olvidan.
Como si el Reino de Dios pudiera esperar para siempre.
Entonces el Maestro llevó la enseñanza a un nivel aún más alto.
—Haceos amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando estas falten, os reciban en las moradas eternas.
No estaba enseñando a comprar la salvación.
La salvación jamás se compra.
Es un regalo de la gracia de Dios.
Lo que enseñaba era que el dinero puede convertirse en un instrumento para glorificar a Dios.
Cada peso invertido en extender el evangelio.
Cada alimento compartido con el hambriento.
Cada Biblia entregada.
Cada niño discipulado.
Cada iglesia plantada.
Cada misionero enviado.
Cada obra hecha por amor a Cristo…
Produce frutos que trascienden el tiempo.
El dinero termina.
Las cuentas bancarias desaparecen.
Las propiedades cambian de dueño.
Las monedas se oxidan.
Pero una vida alcanzada por el evangelio permanece para siempre.
Entonces Jesús profundizó aún más.
—El que es fiel en lo muy poco, también en lo mucho es fiel.
El cielo no mide la fidelidad por la cantidad.
La mide por el corazón.
Para Dios, una viuda que entrega dos pequeñas monedas puede ser más rica que un hombre que entrega millones buscando reconocimiento.
La verdadera mayordomía comienza cuando nadie nos observa.
Cuando administramos correctamente lo pequeño.
El tiempo.
La familia.
La palabra.
Los talentos.
El dinero.
La influencia.
Porque quien es infiel en lo pequeño, también lo será cuando reciba más.
Finalmente, Jesús pronunció una de las declaraciones más penetrantes de todo el Evangelio:
“Ningún siervo puede servir a dos señores… No podéis servir a Dios y a las riquezas.”
No dijo que el dinero fuera un mal amo únicamente.
Dijo que era un rival del corazón.
Porque el corazón humano fue creado para tener un solo Rey.
Si Cristo ocupa el trono, las riquezas se convierten en herramientas.
Pero si las riquezas ocupan el trono, incluso la religión se convierte en un simple instrumento para obtener beneficios.
Los fariseos escuchaban estas palabras.
Lucas dice que eran amadores del dinero.
Sonreían con desprecio.
Se burlaban.
Pensaban que Jesús no entendía cómo funcionaba el mundo.
Pero Jesús veía lo que nadie podía ver.
Veía un corazón esclavizado por aquello que aparentaba controlar.
Y entonces declaró que Dios no mira la apariencia, sino el interior; que aquello que los hombres exaltan muchas veces es abominación delante de Él.
La multitud comenzó a dispersarse.
Algunos se marcharon pensativos.
Otros permanecieron en silencio.
Los fariseos endurecieron aún más su corazón.
Pero la parábola siguió caminando a través de los siglos.
Hoy también llega hasta nosotros.
Porque un día, sin excepción, cada ser humano escuchará un llamado semejante al del administrador:
“Da cuenta de tu mayordomía.”
Ese día no podremos presentar nuestras posesiones como si fueran nuestras.
No podremos decir: “Mi tiempo”, porque era tiempo prestado.
No podremos decir: “Mi dinero”, porque todo provenía de Dios.
No podremos decir: “Mi vida”, porque Él fue quien sopló aliento en nuestro ser.
Solo podremos responder una pregunta:
¿Fuiste fiel con lo que te confié?
Y en ese momento comprenderemos que la mayor riqueza nunca fue el oro, ni la plata, ni las propiedades.
La mayor riqueza fue haber conocido a Jesucristo, el perfecto Administrador de la gracia del Padre, quien nunca desperdició lo que se le encomendó, sino que fue fiel hasta la muerte, y muerte de cruz. Él pagó una deuda que nosotros jamás habríamos podido saldar y, por su resurrección, abrió para todos los que creen en Él las verdaderas riquezas: las riquezas eternas del Reino de Dios.
Que cuando llegue el día de rendir cuentas, podamos escuchar de labios del Señor no una sentencia de destitución, sino la voz llena de gracia que dice:
«Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor.»
Mateo 25:21
“YA SÉ LO QUE HARÉ”
Versículo 4.
“Ya sé lo que haré.”
Aquí aparece la palabra clave de toda la parábola.
El administrador desarrolla un plan.
No para conservar su empleo.
Sabe que eso es imposible.
Lo hace para asegurar su futuro.
Jesús está diciendo:
“Aprendan de esa capacidad para prepararse.”
El administrador usa el presente pensando en el futuro.
El creyente debe usar el presente pensando en la eternidad.
LOS DEUDORES DEL AMO (vv. 5-7)
Uno por uno comienzan a llegar los deudores.
El primero debía cien barriles de aceite.
Era una cantidad enorme.
Equivalía aproximadamente a la producción anual de cientos de olivos.
El segundo debía cien medidas de trigo.
Representaba la cosecha de muchos campos.
Estamos hablando de grandes empresarios agrícolas.
El administrador modifica los contratos.
Reduce las deudas.
Con ello espera ganar el favor de aquellos hombres.
Probablemente renunció a la comisión que aún le correspondía o manipuló las cuentas de manera indebida; el texto no especifica el mecanismo exacto. Lo que sí deja claro es que su motivación era asegurar un futuro para sí mismo.
¿POR QUÉ EL AMO LO ALABÓ?
Aquí encontramos la parte que más confusión produce.
Versículo 8.
“Y alabó el amo al mayordomo malo por haber hecho sagazmente.”
Observe cuidadosamente.
No lo alabó por ser malo.
Lo alabó por haber actuado con sagacidad.
Jesús jamás aprueba el pecado.
Toda la Biblia condena el fraude.
Proverbios 11:1 dice:
“El peso falso es abominación a Jehová.”
Entonces…
¿Qué está aprobando Cristo?
Su capacidad para actuar con previsión.
Su disposición para sacrificar beneficios presentes en favor de un futuro que consideraba más importante.
LA SABIDURÍA DEL MUNDO Y LA TORPEZA DE LOS CREYENTES
Jesús añade una frase impactante.
“Porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz.”
No dice que sean más santos.
Dice que muchas veces son más estratégicos.
Los hombres de negocios estudian.
Planean.
Ahorran.
Invierten.
Se preparan durante años para obtener ganancias temporales.
Mientras tanto, muchos creyentes improvisan su vida espiritual.
No planean cómo crecer.
No organizan tiempo para la oración.
No invierten en la extensión del Evangelio.
No discipulan.
No usan intencionalmente sus recursos para el Reino.
Jesús lamenta esa falta de visión.
UNA PREGUNTA INCÓMODA
¿Cuánto esfuerzo dedica una persona para obtener un ascenso laboral?
¿Cuánto tiempo invierte en conseguir una carrera?
¿Cuántas noches permanece despierta para aumentar su patrimonio?
Ahora comparemos eso con el tiempo que dedica a conocer a Dios.
¿No revela esa comparación las prioridades del corazón?
“HACEOS AMIGOS POR MEDIO DE LAS RIQUEZAS INJUSTAS” (v. 9)
Este versículo ha generado muchas interpretaciones erróneas.
Jesús no está diciendo que el dinero compre la salvación.
La salvación es únicamente por gracia mediante la fe.
Tampoco enseña que las riquezas limpien los pecados.
Entonces, ¿qué significa?
Las “riquezas injustas” son las riquezas de este mundo caído, tan frecuentemente asociadas con la injusticia y la corrupción. Son pasajeras y no pueden acompañarnos a la eternidad.
Jesús enseña:
Utilicen aquello que es temporal para producir frutos eternos.
Cada peso puede convertirse en una herramienta para el Reino de Dios.
Cuando sostenemos misioneros, ayudamos a los necesitados, imprimimos Biblias, discipulamos creyentes o apoyamos la obra del Evangelio, estamos usando recursos temporales para alcanzar resultados eternos.
El dinero no entra al cielo.
Pero puede ser utilizado para que personas lleguen al cielo al escuchar el Evangelio.
“PARA QUE OS RECIBAN EN LAS MORADAS ETERNAS”
Jesús está describiendo la bienvenida que recibirán quienes hayan vivido con una perspectiva eterna.
Imagina llegar al cielo y encontrarte con personas que nunca conociste en la tierra.
Al preguntar cómo llegaron a Cristo, descubres que una ofrenda enviada por tu iglesia sostuvo a un misionero que les predicó el Evangelio.
Entonces comprenderás que Dios tomó algo tan pasajero como el dinero y lo transformó en un instrumento para la salvación de almas.
Ese es el principio de la parábola.
Lo temporal puede servir a lo eterno cuando está consagrado al Señor.
ILUSTRACIÓN
Un agricultor sabio nunca considera que la semilla sembrada se ha perdido.
Desde una perspectiva superficial, desaparece bajo la tierra.
Pero él sabe que esa semilla producirá una cosecha mucho mayor.
Así ocurre con la generosidad cristiana.
Lo que parece una pérdida para el mundo es una inversión en el Reino de Dios.
Cada acto de fidelidad, cada ofrenda dada con amor, cada recurso usado para glorificar a Cristo es una semilla sembrada con la promesa de una cosecha eterna.
Como escribió Pablo en Gálatas 6:9:
“No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.”
TRANSICIÓN HACIA LA SIGUIENTE SECCIÓN
Hasta aquí Jesús ha enseñado que el discípulo debe vivir con una perspectiva eterna y usar sabiamente los bienes temporales.
Pero ahora llevará la enseñanza a un nivel mucho más profundo.
La siguiente pregunta será inevitable:
¿Cómo demuestra una persona que realmente puede administrar las riquezas del Reino de Dios?
La respuesta de Jesús es sorprendente: la fidelidad en las cosas pequeñas revela el carácter del corazón. Eso será el tema de los versículos 10 al 15, donde Cristo confronta directamente el amor al dinero y declara que nadie puede servir a dos señores.
SERMÓN EXPOSITIVO DE LUCAS 16:1-15
“Mayordomos del Rey: La fidelidad que Dios recompensa y la idolatría que Dios condena”
TERCERA PARTE
III. LA FIDELIDAD EN LO POCO: LA PRUEBA DEL CARÁCTER Y LA PREPARACIÓN PARA LAS RIQUEZAS ETERNAS (Lucas 16:10-12)
“El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto.” (Lucas 16:10)
Con estas palabras, Jesús deja atrás la parábola y establece un principio universal del Reino de Dios.
Ya no habla únicamente del administrador.
Ahora habla de todos nosotros.
Este no es un consejo financiero.
Es un principio espiritual.
Jesús nos enseña que la manera en que administramos las cosas pequeñas revela quiénes somos realmente.
El dinero no crea el carácter.
Lo revela.
Las posesiones no producen fidelidad.
La ponen en evidencia.
El Señor no necesita nuestro dinero para conocer nuestro corazón; ya lo conoce perfectamente. Sin embargo, usa la administración de los bienes como un espejo que pone de manifiesto nuestras prioridades.
DIOS SIEMPRE PRUEBA A SUS SIERVOS
Desde Génesis hasta Apocalipsis encontramos el mismo patrón.
Antes de confiar grandes responsabilidades, Dios prueba la fidelidad.
Nunca entrega grandes ministerios a personas que no han aprendido a obedecer en lo pequeño.
La historia bíblica está llena de ejemplos.
José
José administró primero la casa de Potifar.
Luego administró una prisión.
Después administró el alimento de todo Egipto.
El ascenso comenzó cuando nadie lo veía.
La fidelidad abrió la puerta de la promoción.
David
David no comenzó sobre un trono.
Comenzó cuidando ovejas.
Mientras otros ignoraban aquel trabajo humilde, Dios estaba observando.
Cuando llegó el momento de enfrentar a Goliat, David ya había aprendido a depender del Señor en los campos de Belén.
Moisés
Antes de liberar una nación, pasó cuarenta años cuidando ovejas en el desierto.
Dios forma primero el carácter y después entrega la responsabilidad.
Daniel
Fue fiel como joven cautivo.
No contaminó su conciencia.
No negoció sus convicciones.
Décadas después seguía siendo el mismo hombre íntegro.
La fidelidad constante lo sostuvo en medio de distintos imperios.
Nuestro Señor Jesucristo
Aun el Hijo de Dios nos dejó ejemplo.
Durante aproximadamente treinta años vivió una vida de obediencia silenciosa en Nazaret antes de iniciar Su ministerio público.
La obediencia precedió a la exaltación.
EL PRINCIPIO DIVINO
Dios nunca mide como los hombres.
Nosotros admiramos lo espectacular.
Dios observa lo cotidiano.
Nosotros celebramos los grandes escenarios.
Dios contempla la fidelidad cuando nadie aplaude.
Mientras el mundo pregunta:
“¿Qué tan grande es tu ministerio?”
Dios pregunta:
“¿Qué tan fiel eres cuando nadie te observa?”
“LO MUY POCO”
Jesús hace una afirmación sorprendente.
Llama al dinero:
“lo muy poco”.
Para nosotros parece mucho.
Para Dios es muy poco.
¿Por qué?
Porque todo el oro del universo le pertenece.
El Señor dice en Hageo 2:8:
“Mía es la plata, y mío es el oro.”
Lo que nosotros consideramos riqueza, Dios lo considera una herramienta pasajera.
Las verdaderas riquezas son otras.
La comunión con Dios.
La santidad.
El fruto del Espíritu.
La sabiduría celestial.
La vida eterna.
La presencia de Cristo.
La gloria futura.
Comparado con esas riquezas, todo lo material resulta insignificante.
EL DINERO COMO EXAMEN ESPIRITUAL
Muchas personas consideran que el dinero es una recompensa.
Jesús enseña que, antes que una recompensa, es una prueba.
Dios observa cómo administramos aquello que perece para determinar si podemos recibir responsabilidades que permanecen para siempre.
Por eso, la manera en que gastamos, ahorramos, compartimos y ofrendamos habla profundamente de nuestro corazón.
Jesús dijo en Mateo 6:21:
“Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.”
Observe el orden.
No dice que el tesoro sigue al corazón.
Dice que el corazón sigue al tesoro.
Aquello en lo que invertimos nuestra vida termina conquistando nuestros afectos.
¿QUÉ SIGNIFICA SER FIEL?
La fidelidad bíblica no consiste solamente en evitar el pecado.
Significa administrar todo conforme a la voluntad del Dueño.
Un mayordomo fiel no pregunta:
“¿Qué quiero hacer con esto?”
Pregunta:
“¿Qué desea mi Señor que haga?”
Ese principio transforma toda la existencia.
Mi tiempo ya no es mío.
Mi familia pertenece al Señor.
Mi ministerio pertenece al Señor.
Mi trabajo pertenece al Señor.
Mi dinero pertenece al Señor.
Mi cuerpo pertenece al Señor.
Mi futuro pertenece al Señor.
Toda la vida se convierte en un acto de adoración.
EL PELIGRO DE DESPRECIAR LAS PEQUEÑAS RESPONSABILIDADES
Vivimos en una generación que sueña con grandes plataformas.
Muchos desean predicar ante multitudes.
Pero pocos desean preparar una clase para niños.
Muchos anhelan dirigir ministerios.
Pero pocos quieren acomodar sillas.
Muchos desean reconocimiento.
Pero pocos abrazan el servicio oculto.
Sin embargo, el Reino de Dios funciona al revés del sistema del mundo.
Jesús enseñó:
“El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor.” (Marcos 10:43).
En el Reino, la grandeza comienza de rodillas.
LAS PEQUEÑAS DECISIONES MOLDEAN EL DESTINO
Nadie cae espiritualmente de un día para otro.
Las grandes caídas comienzan con pequeñas infidelidades.
Una oración descuidada.
Una mentira aparentemente insignificante.
Un acto de deshonestidad.
Una ofrenda retenida por avaricia.
Una conversación alimentando el orgullo.
El pecado crece cuando las pequeñas concesiones se vuelven hábitos.
Pero lo mismo ocurre con la santidad.
Una oración diaria.
Un acto constante de obediencia.
Una decisión de perdonar.
Un servicio silencioso.
Una vida generosa.
Esas pequeñas decisiones, repetidas durante años, forman un carácter semejante al de Cristo.
LOS VERSÍCULOS 11 Y 12: UNA ESCALERA HACIA LAS RIQUEZAS ETERNAS
Jesús profundiza aún más.
“Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero?”
Y añade:
“Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo que es vuestro?”
Aquí encontramos tres contrastes extraordinarios.
1. Lo temporal frente a lo eterno
Las riquezas materiales son pasajeras.
Las espirituales permanecen para siempre.
El dinero puede desaparecer en un instante.
La comunión con Cristo jamás será quitada.
2. Lo ajeno frente a lo propio
Jesús afirma que todo lo que hoy administramos es “ajeno”.
Nada de lo que poseemos nos pertenece realmente.
Llegamos al mundo sin nada.
Y partiremos sin llevar nada.
Como dijo Job:
“Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá.”
Todo cuanto administramos nos ha sido prestado por Dios.
En cambio, la herencia eterna será nuestra para siempre.
No porque la hayamos ganado.
Sino porque Cristo la compró con Su sangre.
3. La prueba presente frente a la recompensa futura
La vida actual es un período de administración.
La eternidad será el tiempo de la recompensa.
Aquí servimos.
Allá reinaremos con Cristo.
Aquí sembramos.
Allá cosecharemos.
Aquí caminamos por fe.
Allá veremos cara a cara.
UNA ILUSTRACIÓN
Imagina a un padre que entrega a su hijo una pequeña cantidad de dinero para administrar.
No observa tanto la cantidad.
Observa cómo actúa el hijo.
Si el niño demuestra responsabilidad, el padre tendrá confianza para encomendarle tareas mayores.
Así obra nuestro Padre celestial.
No porque Él necesite comprobar algo que ignore, sino porque la fidelidad ejercitada forma nuestro carácter y nos prepara para responsabilidades mayores en Su Reino.
APLICACIONES PASTORALES
Pregúntate delante del Señor:
¿Soy fiel con el tiempo que Dios me concede?
¿Administro con integridad los recursos que Él me ha confiado?
¿Sirvo con el mismo entusiasmo cuando nadie me ve?
¿Soy diligente en las responsabilidades pequeñas o solo busco las grandes oportunidades?
¿Estoy formando un carácter que refleje la fidelidad de Cristo?
La fidelidad no consiste en hacer cosas extraordinarias de vez en cuando.
Consiste en obedecer extraordinariamente bien en las tareas ordinarias de cada día.
TRANSICIÓN HACIA EL CLÍMAX DEL PASAJE
Después de establecer que la fidelidad revela el corazón, Jesús llega al punto culminante de Su enseñanza.
Ya no hablará solamente de mayordomía.
Hablará de adoración.
Porque detrás de toda decisión económica hay una decisión espiritual.
Detrás de toda administración hay un señor.
Y detrás de todo corazón hay un trono.
En los versículos 13 al 15, Cristo pronunciará una de las declaraciones más radicales de todo el Evangelio:
“Ningún siervo puede servir a dos señores.”
Con estas palabras desenmascara el verdadero problema: el dinero nunca busca ser simplemente una herramienta; cuando domina el corazón, exige convertirse en un dios. Allí Jesús confrontará directamente la idolatría de las riquezas y llamará a Sus discípulos a una lealtad absoluta hacia Dios.
SERMÓN EXPOSITIVO DE LUCAS 16:1-15
“Mayordomos del Rey: La fidelidad que Dios recompensa y la idolatría que Dios condena”
CUARTA PARTE
IV. DOS SEÑORES, DOS REINOS Y UN SOLO TRONO: LA BATALLA POR EL CORAZÓN (Lucas 16:13-15)
“Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.” (Lucas 16:13)
Hemos llegado al clímax de la enseñanza de Jesús.
Todo lo anterior conduce a este momento.
La parábola del mayordomo.
La fidelidad en lo poco.
Las riquezas injustas.
Las moradas eternas.
Todo desemboca en una sola pregunta:
¿Quién gobierna tu corazón?
Porque el verdadero tema del pasaje nunca fue el dinero.
El verdadero tema es la adoración.
El dinero simplemente revela a quién adoramos.
No es una parábola sobre economía.
Es una confrontación sobre el señorío.
EL TRONO DEL CORAZÓN
Cada ser humano fue creado para adorar.
No existe una persona completamente neutral.
Todos servimos a alguien.
Todos vivimos para algo.
Todos entregamos nuestra vida a un rey.
Algunos viven para el placer.
Otros para el poder.
Otros para el prestigio.
Otros para el éxito.
Y millones viven para el dinero.
Pero Jesús declara que el corazón tiene un solo trono.
No dos.
No hay lugar para dos soberanos.
El corazón humano no fue diseñado para una doble lealtad.
Cuando Dios ocupa el centro, todo lo demás encuentra su lugar correcto.
Pero cuando otra cosa ocupa ese centro, toda la vida se desordena.
Por eso el primer mandamiento sigue siendo el fundamento de toda obediencia:
“No tendrás dioses ajenos delante de mí.” (Éxodo 20:3).
“NINGÚN SIERVO PUEDE SERVIR A DOS SEÑORES”
Observe la contundencia de Jesús.
No dice:
“Es difícil.”
No dice:
“No sería recomendable.”
Dice:
“No podéis.”
Es una imposibilidad espiritual.
La palabra “servir” describe la condición de un esclavo.
Un esclavo pertenecía completamente a su amo.
No podía dividir su obediencia.
No podía trabajar medio tiempo para uno y medio tiempo para otro.
Su vida pertenecía por completo a un solo señor.
Jesús toma esa imagen y la aplica al corazón.
No se puede vivir sometido a Dios y, al mismo tiempo, sometido al dinero.
¿QUIÉN ES MAMÓN?
Algunas traducciones utilizan la palabra Mamón.
No se trata simplemente de una moneda.
Era una expresión usada para referirse a las riquezas cuando estas ocupaban el lugar que solo Dios merece.
Mamón representa el dinero convertido en ídolo.
El dinero en sí mismo no es pecaminoso.
Abraham fue rico.
Job fue rico.
David fue rico.
José de Arimatea fue rico.
Lidia tenía recursos.
Pero ninguno de ellos puso su esperanza en las riquezas.
El problema nunca ha sido poseer dinero.
El problema es cuando el dinero termina poseyéndonos a nosotros.
EL DINERO COMO FALSO SALVADOR
¿Por qué el dinero compite con Dios?
Porque promete hacer lo que solo Dios puede hacer.
1. Promete seguridad
El mundo dice:
“Si tienes suficiente dinero, estarás seguro.”
Pero Jesús responde:
“La vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.” (Lucas 12:15).
Las riquezas pueden desaparecer.
Cristo permanece para siempre.
2. Promete identidad
Muchos miden su valor por su patrimonio.
Si ganan más, se sienten importantes.
Si pierden, sienten que ya no valen nada.
Pero el creyente encuentra su identidad en Cristo.
Somos hijos de Dios, no por lo que tenemos, sino por la gracia que hemos recibido.
3. Promete poder
El dinero abre puertas.
Compra influencia.
Otorga reconocimiento.
Pero todo ese poder es temporal.
Solo Cristo posee toda autoridad en el cielo y en la tierra.
4. Promete felicidad
La publicidad dice:
“Compra esto y serás feliz.”
Pero nunca hay suficiente.
Siempre aparece un nuevo deseo.
Siempre falta algo más.
Por eso Salomón, el hombre más rico de su época, concluyó:
“Vanidad de vanidades, todo es vanidad.” (Eclesiastés 1:2).
Solo Dios puede satisfacer el alma.
Como escribió Agustín de Hipona:
“Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.”
¿CÓMO SABER SI EL DINERO ES MI SEÑOR?
Jesús nos invita a examinarnos.
No basta con afirmar: “Dios es mi Señor.”
La evidencia está en la vida.
Hazte estas preguntas:
¿Qué ocupa mis pensamientos la mayor parte del tiempo?
¿Qué provoca mi mayor alegría?
¿Qué produce mi mayor temor?
¿En qué confío cuando llegan las crisis?
¿Qué estoy dispuesto a sacrificar para obtener?
¿Qué me cuesta más entregar a Dios?
Las respuestas revelan quién gobierna el corazón.
Porque aquello que más tememos perder suele convertirse en nuestro verdadero dios.
LOS FARISEOS: RELIGIOSOS, PERO ESCLAVOS DE MAMÓN
Lucas añade un detalle revelador.
“Oían también todas estas cosas los fariseos, que eran avaros, y se burlaban de Él.” (Lucas 16:14).
Esta frase desenmascara la condición espiritual de los fariseos.
Eran profundamente religiosos.
Conocían la Ley.
Oraban.
Ayunaban.
Diezmaban.
Pero amaban el dinero.
Y cuando Jesús confrontó ese ídolo, en lugar de arrepentirse, se burlaron.
La avaricia endurece el corazón.
Quien ama las riquezas termina resistiendo la verdad que amenaza su ídolo.
EL PECADO DE LA AVARICIA
La avaricia es especialmente peligrosa porque rara vez se reconoce.
Pocas personas admitirán ser orgullosas.
Menos aún reconocerán ser avaras.
Sin embargo, la Escritura la presenta como una forma de idolatría.
Pablo escribe:
“Haced morir… la avaricia, que es idolatría.” (Colosenses 3:5).
¿Por qué?
Porque la avaricia desplaza la confianza de Dios hacia las posesiones.
Convierte el corazón en un altar donde se adora la acumulación.
El avaro nunca dice: “Tengo suficiente.”
Siempre quiere más.
Y cuanto más obtiene, más teme perder.
Así vive esclavizado.
DIOS MIRA DONDE NADIE MÁS PUEDE MIRAR
Jesús responde a los fariseos:
“Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones.” (Lucas 16:15).
¡Qué declaración tan solemne!
Los hombres ven la apariencia.
Dios examina el interior.
Los fariseos parecían piadosos.
Pero el Señor veía la raíz de su idolatría.
Podemos impresionar a una congregación.
Podemos construir una reputación.
Podemos recibir reconocimiento.
Pero nadie puede engañar al Dios que escudriña el corazón.
El Señor pesa las motivaciones.
Él conoce si damos por amor o por orgullo.
Si servimos por gratitud o por ambición.
Si ofrendamos con gozo o buscando reconocimiento.
Hebreos 4:13 declara:
“Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.”
LO QUE EL MUNDO EXALTA Y LO QUE DIOS APRUEBA
Jesús concluye:
“Porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación.”
El mundo admira la riqueza sin importar cómo se obtuvo.
Dios admira la fidelidad.
El mundo aplaude el éxito.
Dios honra la obediencia.
El mundo exalta el poder.
Dios exalta la humildad.
El mundo celebra al que acumula.
Cristo bendice al que comparte.
El mundo construye monumentos para los poderosos.
Dios prepara coronas para los fieles.
EL GRAN EJEMPLO: JESUCRISTO, EL MAYORDOMO PERFECTO
En contraste con el administrador infiel de la parábola, el Evangelio nos presenta al verdadero y perfecto Siervo.
Jesucristo administró perfectamente todo lo que el Padre puso en Sus manos.
Nunca buscó Su propia gloria.
Nunca usó Su poder para beneficio personal.
Nunca actuó movido por avaricia.
Pablo escribe en Filipenses 2:6-8 que, siendo en forma de Dios, se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo.
Mientras Adán quiso apropiarse de lo que no le pertenecía, Cristo entregó voluntariamente todo por amor.
Mientras el mayordomo de Lucas 16 buscó asegurarse un futuro temporal, Cristo entregó Su vida para asegurarnos una herencia eterna.
En la cruz, Jesús pagó una deuda que nosotros jamás habríamos podido saldar.
No solo nos enseñó cómo vivir; nos rescató para que pudiéramos vivir como fieles administradores de Su gracia.
LLAMADO PASTORAL
Querida iglesia, este pasaje nos obliga a responder con sinceridad:
¿Quién ocupa el trono de mi corazón?
No basta con decir que Cristo es Señor.
La pregunta es:
¿Se refleja Su señorío en la manera en que administramos nuestro tiempo?
¿En el uso de nuestros recursos?
¿En nuestras prioridades?
¿En nuestra generosidad?
¿En nuestra confianza durante la escasez y durante la abundancia?
El evangelio no solo cambia nuestro destino eterno; cambia nuestra relación con todo lo que poseemos.
Cuando Cristo reina, dejamos de ser dueños y nos convertimos en mayordomos.
Cuando Cristo reina, el dinero deja de ser un amo para convertirse en un instrumento al servicio del Reino.
TRANSICIÓN HACIA LA CONCLUSIÓN
Hemos recorrido todo el pasaje y hemos descubierto una verdad central: la mayordomía es una expresión de la adoración. En la parte final reuniremos todas estas enseñanzas, veremos las implicaciones prácticas para la iglesia de hoy y concluiremos con un llamado solemne a vivir como administradores fieles, esperando el día en que el Señor nos diga:
“Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor.” (Mateo 25:21).
SERMÓN EXPOSITIVO DE LUCAS 16:1-15
“Mayordomos del Rey: La fidelidad que Dios recompensa y la idolatría que Dios condena”
CONCLUSIÓN
“El día en que el Mayordomo rendirá cuentas al Rey”
Después de recorrer este pasaje, descubrimos que Jesús nunca tuvo la intención de enseñarnos simplemente cómo administrar el dinero.
Su propósito es mucho más profundo.
Quiere enseñarnos cómo administrar la vida.
Porque el dinero es solamente una parte de nuestra mayordomía.
Toda nuestra existencia pertenece al Señor.
Nuestra vida.
Nuestra familia.
Nuestro tiempo.
Nuestros dones.
Nuestro ministerio.
Nuestro cuerpo.
Nuestra influencia.
Nuestros recursos.
Todo proviene de Dios.
Y un día, absolutamente todo será puesto delante del Rey para rendir cuentas.
EL EVANGELIO EN ESTA PARÁBOLA
Si observamos cuidadosamente esta parábola, veremos que nosotros no somos el héroe de la historia.
En realidad, nos parecemos más al mayordomo infiel.
Hemos desperdiciado oportunidades.
Hemos administrado mal el tiempo.
Hemos fallado en nuestra obediencia.
Hemos usado para nosotros mismos lo que pertenecía al Señor.
La sentencia del pecado es clara:
“Da cuenta de tu mayordomía.”
Y si Dios nos juzgara únicamente por nuestra administración, ninguno de nosotros permanecería en pie.
Todos hemos pecado.
Todos hemos sido mayordomos imperfectos.
Pero aquí aparece la gloria del Evangelio.
Donde nosotros fracasamos, Cristo fue completamente fiel.
JESUCRISTO: EL MAYORDOMO PERFECTO
Jesús vino al mundo como el Siervo perfecto del Padre.
Nunca desperdició un solo instante.
Nunca tomó una decisión fuera de la voluntad del Padre.
Cada palabra glorificó a Dios.
Cada milagro reveló Su compasión.
Cada paso obedeció al propósito eterno.
Él pudo decir:
“Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese.” (Juan 17:4).
¡Qué contraste con nosotros!
Nosotros desperdiciamos.
Él aprovechó cada oportunidad.
Nosotros desobedecimos.
Él obedeció hasta la muerte.
Nosotros acumulamos para nosotros.
Él se entregó completamente por nosotros.
LA CRUZ: EL ACTO SUPREMO DE LA MAYORDOMÍA DIVINA
En la cruz ocurrió el intercambio más glorioso de toda la historia.
Cristo tomó nuestra deuda.
Nosotros recibimos Su justicia.
El verdadero Dueño pagó la deuda de los mayordomos infieles.
El Hijo de Dios cargó con el juicio que nosotros merecíamos.
Isaías lo había anunciado siglos antes:
“Mas Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros.” (Isaías 53:6).
Y Pablo escribe:
“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él.” (2 Corintios 5:21).
La fidelidad que Dios demanda es la misma fidelidad que Cristo cumplió perfectamente.
Por eso nuestra esperanza no descansa en cuán buenos administradores somos, sino en el perfecto Salvador que nos redimió.
Sin embargo, esa gracia no produce indiferencia.
Produce gratitud.
Y la gratitud transforma la manera en que vivimos.
¿CÓMO DEBE VIVIR UN MAYORDOMO FIEL?
Después de escuchar esta enseñanza, cada creyente debería hacerse varias preguntas.
1. ¿Cómo administro mi tiempo?
El tiempo es el recurso más democrático.
Todos recibimos veinticuatro horas al día.
No podemos ahorrar tiempo.
No podemos comprar más tiempo.
Solo podemos administrarlo.
¿Estoy invirtiendo tiempo en conocer a Cristo?
¿Dedico tiempo a mi familia?
¿Hay espacio para la oración y la Palabra?
¿O vivo absorbido únicamente por las preocupaciones temporales?
Pablo exhorta:
“Aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos.” (Efesios 5:16).
2. ¿Cómo administro mis dones?
Dios no concede talentos para alimentar nuestro orgullo.
Los concede para servir al cuerpo de Cristo.
Pedro escribe:
“Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.” (1 Pedro 4:10).
Todo don no usado para la gloria de Dios termina siendo un talento enterrado.
3. ¿Cómo administro mis recursos?
Cada peso que pasa por nuestras manos es una oportunidad para glorificar al Señor.
No se trata solamente de diezmar u ofrendar.
Se trata de desarrollar un corazón generoso.
El creyente comprende que no pierde cuando da para la obra del Reino.
Está sembrando para la eternidad.
4. ¿Cómo administro mi familia?
Los hijos no pertenecen a los padres.
Pertenecen al Señor.
El matrimonio pertenece al Señor.
Nuestro hogar pertenece al Señor.
Somos administradores de personas que Dios ama profundamente.
5. ¿Cómo administro el Evangelio?
Pablo decía:
”¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Corintios 9:16).
No somos propietarios del Evangelio.
Somos mensajeros.
Administradores de la verdad.
Embajadores del Reino.
EL DÍA DE LA AUDITORÍA FINAL
Imagínese ese día.
El ruido del mundo habrá terminado.
Los mercados habrán desaparecido.
Las cuentas bancarias dejarán de existir.
Los títulos quedarán atrás.
Los aplausos se apagarán.
Las coronas humanas caerán al suelo.
Solo quedará una Persona.
Jesucristo.
Frente a Él estaremos todos.
No preguntará cuánto dinero acumulamos.
Preguntará qué hicimos con lo que Él nos confió.
No preguntará cuántos seguidores tuvimos.
Preguntará si fuimos fieles.
No preguntará cuán famosos fuimos.
Preguntará cuánto lo amamos.
Porque la fidelidad siempre nace del amor.
UNA ILUSTRACIÓN FINAL
Cuenta una antigua historia que un rey entregó a tres administradores una porción de su tesoro antes de partir a un largo viaje.
Al regresar, el primero había multiplicado lo recibido.
El segundo también había trabajado con diligencia.
El tercero escondió el tesoro por miedo y comodidad.
Los dos primeros escucharon palabras que llenaron su corazón de alegría:
“Bien, buen siervo y fiel.”
El tercero tuvo que dar cuenta de su negligencia.
Esa historia no habla solamente de ellos.
Habla de nosotros.
Cada amanecer es una nueva oportunidad para administrar lo que Dios nos ha confiado.
Cada decisión tiene un peso eterno.
Cada acto de obediencia es una inversión en el Reino.
EL LLAMADO FINAL
Quizá hoy haya creyentes que reconocen que han administrado mal el tiempo, los dones o los recursos que Dios les ha confiado.
La buena noticia es que el mismo Señor que confronta también restaura.
Pedro falló, pero fue restaurado.
Marcos abandonó la obra, pero volvió a ser útil.
Jonás huyó, pero Dios lo llamó nuevamente.
La gracia de Cristo no solo perdona el pasado; también capacita para una nueva fidelidad.
Hoy es un buen día para decir:
“Señor, ya no quiero vivir como dueño de mi vida. Quiero vivir como mayordomo de Tu Reino.”
APELACIÓN EVANGELÍSTICA
Y si hay alguien que aún no ha rendido su vida a Cristo, este pasaje también le habla.
Porque un día todos compareceremos delante de Dios.
Nadie podrá presentar una administración perfecta.
Solo hay una esperanza: Jesucristo.
Él murió por pecadores.
Resucitó al tercer día.
Y ofrece perdón, reconciliación y vida eterna a todo aquel que se arrepiente y cree en Él.
No esperes hasta el día en que escuches:
“Da cuenta de tu mayordomía.”
Ven hoy al Salvador.
GRAN CONCLUSIÓN
Lucas 16 termina dejándonos frente a una decisión que nadie puede evitar.
¿Quién será el Señor de nuestra vida?
¿Dios o Mamón?
¿El Reino eterno o las riquezas pasajeras?
¿La fidelidad o la negligencia?
La verdadera riqueza no consiste en cuánto poseemos.
La verdadera riqueza consiste en pertenecer a Cristo.
Y cuando Cristo gobierna el corazón, el dinero deja de ser un ídolo y se convierte en un instrumento para Su gloria.
Que el deseo más profundo de nuestra vida sea escuchar, cuando termine nuestra mayordomía terrenal, la voz del Rey diciendo:
“Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor.” (Mateo 25:21).
Amén.
