VENGA TU REINO EN MÍ

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VENGA TU REINO EN MÍ

Preparando la tierra del corazón

Texto principal: Mateo 13:1-9, 18-23
Idea central: La Palabra del Reino siempre es buena, pero el fruto que produce en nosotros revela cómo nuestro corazón está recibiendo el gobierno del Rey.

INTRODUCCIÓN: ANTES DE QUE EL REINO VENGA A TRAVÉS DE NOSOTROS

Jesús nos enseñó a orar:
“Venga Tu Reino. Hágase Tu voluntad.”
Durante estas próximas tres semanas, vamos a orar:
Venga Tu Reino en mí. Venga Tu Reino en nosotros. Venga Tu Reino a través de nosotros.
Y ese orden importa.
Antes de que el Reino de Dios venga a través de nuestras manos, primero debe gobernar dentro de nuestro corazón. Antes de pedirle a Dios que cambie nuestra iglesia, nuestra comunidad, Guatemala, Ecuador o las naciones, debemos orar:
“Señor, ¿qué hay en mí que se resiste a Tu gobierno?”
Por eso comenzamos estos 21 días con esta oración:
Venga Tu Reino en mí.
No estamos ayunando para impresionar a Dios, comprar Su favor o manipularlo. Usando una imagen que nuestra iglesia ya conoce, ayunar es decidir dejar de picotear de la mesa del mundo para deleitarnos en el banquete del Rey.
El ayuno revela lo que nos ha estado gobernando: aquello sin lo cual creemos que no podemos vivir, el lugar al que corremos buscando consuelo y lo que ha capturado nuestros deseos.
En Mateo 13, Jesús nos presenta una imagen del corazón humano. Un sembrador sale a sembrar. Esparce la misma semilla, pero la semilla cae en cuatro tipos diferentes de terreno.
La semilla no es el problema.
La Palabra del Reino es buena.
La pregunta de hoy es:
¿Qué sucede en mi corazón cuando la Palabra del Reino llega a mí?
Esta parábola describe principalmente cómo las personas reciben el mensaje salvador del Reino. Pero no pases todo el sermón diagnosticando a otra persona.
Pregúntate más bien:
“Espíritu Santo, ¿cómo está recibiendo mi corazón Tu Palabra?”
La parábola coloca un espejo delante de nosotros. Jesús expone tres bloqueos del corazón - la dureza, la superficialidad y la saturación - y después nos muestra un corazón receptivo.
Oremos.

1. LA PALABRA DEL REINO SIEMPRE ES BUENA

Jesús dice en el versículo 19:
“Cuando alguien oye la palabra del reino...”
Esto no es simplemente información religiosa.
El evangelio no es un consejo para mejorar un poco tu vida. Es el anuncio de que el Rey ha venido y de que el gobierno salvador de Dios ha irrumpido en el mundo por medio de Jesucristo.
La Palabra declara que los pecadores pueden ser perdonados, los cautivos pueden ser liberados, los quebrantados pueden ser restaurados y quienes estaban lejos de Dios pueden convertirse en ciudadanos de Su Reino.
Pero la Palabra del Reino no solo anuncia los beneficios del Rey.
También lleva la autoridad del Rey.
La Palabra nos consuela, pero también nos ordena.
Nos restaura, pero también nos corrige.
Nos promete perdón, pero también nos llama al arrepentimiento.
Anuncia libertad, pero también nos llama a abandonar nuestras cadenas.
Nos dice lo que el Rey ha hecho y nos enseña cómo viven ahora los ciudadanos de Su Reino.
2 Timoteo 3:16-17 dice que toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, reprender, corregir e instruir en justicia.
Salmo 19:7-11 dice que la Palabra restaura el alma, hace sabio al sencillo, alegra el corazón y alumbra los ojos.
Hebreos 4:12-13 dice que la Palabra es viva y eficaz, capaz de exponer los pensamientos y las intenciones del corazón.
Jesús dice en Juan 8:31-32 que, si permanecemos en Su Palabra, conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres.
La Palabra no solo nos informa. Nos salva, nos santifica, renueva nuestra mente, nos guarda del pecado, produce fe y da fruto.
La semilla no ha perdido su poder.
La Palabra no se ha vuelto defectuosa.
No necesitamos una semilla mejor, una semilla más suave ni una semilla más entretenida.
Necesitamos corazones que reciban la semilla.
Por eso, nuestra primera oración durante estos 21 días debe ser la oración de Salmo 139:23-24:
“Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mí camino malo, y guíame en el camino eterno.”
Señor, no me muestres solamente lo que está mal en todos los demás.
Escudríñame.
Enséñame.
Abre mi mente para entender las Escrituras.
Dame un corazón enseñable, receptivo y obediente.

2. EL CORAZÓN ENDURECIDO: OÍR SIN RECIBIR

Parte de la semilla cae junto al camino.
El camino no está vacío; ha sido compactado. Las personas han caminado sobre él tantas veces que la semilla queda en la superficie y las aves se la llevan.
Este es el corazón que oye la Palabra, pero no la recibe. Jesús dice que el maligno se aprovecha de esa dureza y arrebata lo que fue sembrado.
Los fariseos reflejan esta dureza.
En el capítulo anterior, vieron las obras de Jesús y las atribuyeron al maligno. Conocían las Escrituras, pero cuando el Rey estuvo delante de ellos, ya habían decidido de antemano quién podía ser Él y qué podía hacer. (ESTO ES PODEROSO)
Tenían conocimiento, pero ya no eran enseñables.
Un corazón puede endurecerse por el pecado repetido, el orgullo que defendemos, la desilusión, las preguntas sin respuesta, la familiaridad religiosa o el dolor que se ha convertido en autoprotección. (Necesito detenerme aquí y desarrollarlo pastoralmente)
A algunas personas la vida las ha pisoteado.
Proverbios 18:19 Más resiste el hermano ofendido que una ciudad amurallada; los litigios son como cerrojos de una fortaleza.
Heridas o desilusionadas, levantaron una capa dura alrededor del corazón para poder sobrevivir. No condenamos a las personas heridas, pero la muralla que una vez nos protegió del dolor puede terminar impidiendo que entre la Palabra sanadora de Dios.
Otros se endurecen porque están seguros de que ya lo saben.
Escuchamos para evaluar, no para obedecer.
Usamos el pasaje para confirmar lo que ya pensamos o para aplicárselo a todos menos a nosotros mismos.
El corazón endurecido más peligroso quizá no diga:
“Yo rechazo la Biblia.”
Tal vez diga:
“Eso ya lo sé.”
Y porque creemos que ya lo sabemos, nunca permitimos que la Palabra penetre debajo de la superficie. Comenzamos a imponerle a las Escrituras lo que deben decir, en vez de permitir que las Escrituras nos formen y nos corrijan.
Así que pregúntate:
¿Cuándo fue la última vez que la Palabra de Dios me interrumpió?
¿Cuándo fue la última vez que las Escrituras corrigieron una creencia, cambiaron una decisión, confrontaron un hábito o me llamaron al arrepentimiento?
Hebreos 3:15 dice:
“Hoy, si oyen Su voz, no endurezcan sus corazones.”
No algún día, cuando todas mis preguntas hayan sido respondidas.
Hoy.
Y hay esperanza.
Un corazón endurecido no está fuera del alcance de Dios. Él puede quitar el corazón de piedra y darnos un corazón de carne.
Así que oramos:
“Señor, muéstrame dónde me he vuelto resistente, orgulloso, herido, demasiado familiar o imposible de enseñar. No permitas que Tu Palabra se quede en la superficie. Escudríñame, ablándame y guíame.”
Venga Tu Reino en mí significa:
Rindo mis defensas ante el Rey.

3. EL CORAZÓN SUPERFICIAL: CONMOVIDO, PERO SIN RAÍCES

La segunda parte de la semilla cae en terreno pedregoso.
Jesús dice que esta persona oye la Palabra y de inmediato la recibe con gozo. Pero, como no tiene raíz, cuando llegan la dificultad o la persecución, de inmediato se aparta.
Observa la palabra que se repite:
Inmediatamente.
Se emociona inmediatamente.
Se inspira inmediatamente.
Se ofende inmediatamente.
Se desanima inmediatamente.
Esto es lo que podríamos llamar el corazón canchinflín.
Un canchinflín arde con fuerza, hace ruido y llama la atención, pero solo por un momento.
Escuchamos un mensaje y decimos:
“¡Dios puede hacerlo todo!”
“¡Voy a cambiarlo todo!”
“Voy a orar todos los días.”
“Voy a servir.”
“Voy a perdonar.”
“Voy a obedecer.”
Y después...
La obediencia se vuelve costosa.
La oración no recibe respuesta en nuestro tiempo.
La familia no lo entiende.
Servir deja de ser conveniente.
Perdonar exige humildad.
La verdad que celebramos el domingo crea conflicto el lunes.
Y descubrimos que ser inspirados por la Palabra no es lo mismo que estar arraigados en la Palabra.
El sol no crea la falta de raíces.
La revela.
La emoción y el gozo no son el problema. Jesús está exponiendo emoción sin perseverancia e inspiración sin formación.
La fe no se demuestra solamente por lo fuerte que comienza.
La fe se demuestra por lo fielmente que continúa.
El Reino no viene solamente en momentos que nos conmueven. El Reino echa raíces mediante una obediencia constante, intencional y disciplinada.
Algunos de nosotros no necesitamos otra revelación.
Necesitamos obedecer lo que Dios ya ha revelado.
Por eso, una de nuestras oraciones durante estos 21 días es:
“Restaura en nosotros un hambre santa por Dios.”
Jesús dijo en Mateo 5:6:
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados.”
Joel 2:12-13 dice:
“Vuelvan a Mí de todo corazón, con ayuno, llanto y lamento. Rasguen su corazón y no sus vestidos.”
Dios no está buscando una actuación religiosa externa.
Él quiere el corazón.
La oración y el ayuno no son fuegos artificiales espirituales.
Son un trabajo en las raíces.
Permanecemos con Jesús.
Volvemos a Su Palabra.
Nos arrepentimos cuando Él nos confronta.
Obedecemos cuando nos cuesta.
Le pedimos al Espíritu Santo que nos llene otra vez.
Hechos 4:31 dice que, cuando la iglesia estaba siendo perseguida, después de orar fueron llenos del Espíritu Santo y continuaron hablando la Palabra de Dios con valentía.
Necesitamos más que una inspiración temporal.
Necesitamos perseverancia formada por el Espíritu.
Venga Tu Reino en mí significa:
No quiero solamente ser conmovido por el Rey. Quiero estar arraigado en Él.

4. EL CORAZÓN SATURADO: CUANDO LAS COSAS BUENAS SE CONVIERTEN EN COSAS QUE GOBIERNAN

La tercera parte de la semilla cae entre espinos.
La planta comienza a crecer, pero los espinos crecen a su lado y finalmente la ahogan.
Jesús identifica los espinos como:
“Las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas.”
Este puede ser el terreno más peligroso porque todavía puede parecer que está vivo.
La persona todavía oye, asiste, está de acuerdo y puede mostrar señales de vida. Pero las lealtades que compiten con Dios impiden que aparezca fruto maduro.
El corazón endurecido no recibe.
El corazón superficial no persevera.
El corazón saturado no prioriza.
¿Qué son las preocupaciones del mundo?
Jesús le dijo a Marta:
“Estás preocupada y afanada por muchas cosas, pero una sola cosa es necesaria.”
La ansiedad por las necesidades básicas.
El temor al futuro o al fracaso.
La preocupación por lo que piensan los demás.
La presión del trabajo, los estudios, las propiedades, la familia, los horarios, las cuentas y las decisiones.
Estas cosas no son automáticamente pecaminosas.
Las Escrituras elogian el trabajo, la planificación, la provisión, la generosidad y el cuidado de nuestros hogares.
El problema no es poseer.
El problema es aquello que nos domina.
Una responsabilidad se convierte en espino cuando desplaza la obediencia.
Una preocupación se convierte en espino cuando reemplaza la confianza.
Una posesión se convierte en espino cuando captura el corazón.
Un deseo se convierte en espino cuando importa más que dar fruto.
Los espinos rara vez destruyen la Palabra de un día para otro.
Crecen poco a poco.
La ansiedad consume la atención.
El afán consume el tiempo.
La ambición consume la energía.
El placer consume el deseo.
La riqueza consume la confianza.
Las posesiones exigen protección.
Al final, la Palabra sigue presente, pero deja de dar fruto.
Decimos:
“Dios es primero.”
Pero nuestra vida muchas veces revela un orden diferente.
Nuestras esperanzas, sueños y aspiraciones revelan qué reino estamos intentando construir en realidad.
Nuestras pasiones - aquello por lo que estamos dispuestos a sacrificarnos - revelan lo que verdaderamente valoramos y, a veces, lo que hemos comenzado a adorar.
Las cosas que reciben constantemente nuestro tiempo, nuestra atención y nuestra energía revelan nuestras prioridades reales.
Aquello a lo que corremos cuando tenemos miedo, estamos desanimados, agotados, solos o sin esperanza revela dónde creemos que se encuentran el refugio y la seguridad.
Hasta nuestros estados de cuenta bancarios cuentan una historia. Revelan si el dinero se ha convertido en una herramienta puesta en las manos del Rey o si nuestro corazón todavía está organizado alrededor de “yo primero”.
Estas cosas no cuentan toda la historia de nuestro corazón, pero son testigos honestos. Revelan qué ha capturado nuestra confianza, qué dirige nuestras decisiones y qué ha ganado influencia sobre nosotros.
Por eso la generosidad es profundamente espiritual.
La generosidad no es simplemente un hábito financiero. Es una de las señales más claras de que el dinero está perdiendo su dominio sobre el corazón. Un corazón generoso dice:
“Dios es mi proveedor. Lo que tengo le pertenece a Él. Mi seguridad no se encuentra en lo que acumulo; por eso puedo vivir con las manos abiertas.”
Cuando el Reino de Dios comienza a gobernar dentro de nosotros, nuestro puño se abre. Dejamos de preguntar solamente: “¿Cuánto puedo guardar?” y comenzamos a preguntar: “¿Cómo puede lo que Dios ha puesto en mis manos servir a Su Reino y bendecir a otros?”
Jesús también nos advierte acerca del engaño de las riquezas.
El dinero promete seguridad, satisfacción, importancia y control, pero no puede cumplir lo que promete. Pablo nos advierte que no pongamos nuestra esperanza en las riquezas inciertas, sino en Dios.
Tener una casa, un vehículo, ahorros, educación, éxito, deportes, clases de música o buena ropa no es pecaminoso en sí mismo.
El peligro aparece cuando las cosas buenas se convierten en cosas que gobiernan.
Hay una línea muy fina entre recibir estas cosas como fruto de un trabajo fiel y convertirlas en el propósito que impulsa nuestra vida.
Y cuando las preocupaciones consumen nuestra atención y las riquezas capturan nuestra imaginación, rara vez rechazamos la obediencia abiertamente.
Normalmente la posponemos.
El corazón saturado dice:
“Sí, Señor, pero después.”
Eclesiastés 11:4 dice:
“El que observa el viento no siembra, y el que mira las nubes no siega.”
Algunos de nosotros no estamos en rebelión abierta.
Estamos indefinidamente demorados en el perpetuo “algún día...” que nunca llega.
“Algún día voy a orar.”
“Algún día voy a servir.”
“Algún día voy a obedecer.”
“Algún día voy a perdonar.”
“Algún día voy a comenzar.”
Pero Jesús dice en Lucas 12:
“Estén siempre preparados y mantengan las lámparas encendidas.”
La pasividad muchas veces se disfraza de prudencia.
Nos decimos que estamos esperando las condiciones correctas, cuando Dios ya nos ha dicho que obedezcamos.
El ayuno expone las cosas que han ganado demasiado control sobre nosotros.
Se convierte en una declaración:
La comodidad no me gobernará.
El temor no me gobernará.
El dinero no me gobernará.
Mis apetitos no me gobernarán.
Jesús es Rey.
Jesús no expone los espinos porque quiera condenarnos.
Los expone porque desea liberarnos y producir fruto en nosotros.
Venga Tu Reino en mí significa:
Toda lealtad rival debe rendir su trono ante el Rey.

5. LA BUENA TIERRA: OÍR, ENTENDER Y DAR FRUTO

Finalmente, Jesús describe la buena tierra.
Esta persona oye la Palabra, la entiende y da fruto.
La buena tierra no es tierra perfecta.
Es tierra receptiva.
Entender la Palabra no significa que podamos aprobar un examen bíblico o explicar cada doctrina difícil.
Entender es más profundo que el dominio intelectual.
Entender la Palabra es captar su verdad, recibir su autoridad, responder a su Rey y dar su fruto.
Los discípulos no entendieron todo inmediatamente.
Pero permanecieron con Jesús, pidieron ayuda, recibieron Su enseñanza, continuaron siguiéndolo y permitieron que su entendimiento creciera.
Un escritor describe esta postura como “receptividad obediente”.
No eran perfectos, pero permanecieron enseñables.
Eso es buena tierra.
El corazón de buena tierra dice:
“Jesús, no entiendo todo, pero permaneceré contigo.”
“No tengo todas las respuestas, pero confío en Tu carácter.”
“Esta obediencia es costosa, pero Tú sigues siendo Rey.”
“Mis circunstancias son difíciles, pero no abandonaré Tu Palabra.”
Y Jesús promete fruto.
Algunos producen al treinta, otros al sesenta y otros al ciento por uno.
El punto no es la comparación.
Jesús no menosprecia una cosecha de treinta por uno porque no sea de cien por uno.
La medida puede variar, pero lo importante es que haya fruto.
No has sido llamado a fabricar una cosecha ni a comparar tu terreno con el de otra persona.
Nuestra responsabilidad es permanecer, escuchar, someternos, arrepentirnos, obedecer y mantenernos firmes. Como Jesús enseña en Juan 15, el fruto nace de permanecer en Él.
Dios produce el crecimiento.
Y el fruto del Reino no es solamente una plataforma grande, un éxito visible o miles de personas respondiendo a un sermón.
El fruto comienza dentro de nosotros y después fluye a través de nosotros.
Puede verse como:
Una mente renovada.
Libertad de una adicción.
La amargura perdiendo su dominio.
Un matrimonio restaurado.
La generosidad reemplazando el materialismo.
La valentía reemplazando el temor.
El fruto del Espíritu formando tu carácter.
Una obediencia silenciosa que nadie celebra, pero que el cielo ve.
Un familiar entregándole su vida a Cristo.
Un creyente llevando el mensaje de Jesús a otra aldea o nación.
A veces el fruto es dramático; otras veces es silencioso.
A veces aparece rápidamente; otras veces crece debajo de la superficie durante años.
No menosprecies el fruto verdadero porque no se parece a la cosecha de otra persona.
Quizá has orado, obedecido, servido y esparcido semilla durante años sin ver lo que esperabas.
No te rindas.
Sigue permaneciendo.
Sigue orando.
Sigue obedeciendo.
Sigue esparciendo semilla.
Sigue permitiendo que las Escrituras te interpreten, en vez de obligarlas a estar de acuerdo contigo.
Tú no controlas la cosecha, pero puedes permanecer fiel al Rey.
La Palabra de Dios no vuelve vacía; cumple Su propósito. El Dios cuya Palabra da fruto en todo el mundo puede producir fruto en ti y a través de ti.
El diagnóstico del terreno no es una sentencia de muerte.
Si el corazón se ha endurecido, Dios puede ablandarlo.
Si el corazón se ha vuelto superficial, Dios puede profundizar sus raíces.
Si el corazón se ha saturado, Dios puede arrancar los espinos.
El mismo Señor que expone nuestro corazón también es capaz de transformarlo.
Venga Tu Reino en mí significa:
Recibo la Palabra hasta que mi vida dé testimonio de que el Rey gobierna.

CIERRE: ESCUDRÍÑAME, SEÑOR

Al comenzar estos 21 días de oración y ayuno, estamos haciendo una oración central:
Venga Tu Reino en mí.
Escudriña mi corazón y realinéame.
Restaura en mí un hambre santa por Ti.
Convénceme de pecado y guíame al arrepentimiento.
Lléname nuevamente con el Espíritu Santo.
Rompe las cadenas del temor, la amargura, la adicción y la incredulidad.
Renueva mi mente y líbrame del materialismo y la pasividad.
Esta semana, pregúntate:
¿Qué ha endurecido mi corazón?
¿Dónde he recibido la Palabra con gozo, pero me he resistido al costo de obedecer?
¿Qué preocupación, posesión, ambición o distracción está ahogando la Palabra en mí?
¿Qué fruto quiere producir el Rey en mi vida?
Y después toma una decisión práctica.
¿De qué vas a ayunar?
¿Cuándo vas a buscar a Dios?
¿Qué distracción vas a dejar?
¿Qué acto de obediencia has estado posponiendo?
De lunes a sábado, nos reuniremos de 6:00 a 7:00 a. m. para orar.
No todos pueden asistir cada mañana, pero todos pueden establecer una hora y un lugar diario para buscar a Dios.
Los que pueden venir, vengan.
No esperes las condiciones perfectas.
No esperes hasta sentirte más espiritual.
Ven con hambre.
Ven cansado.
Ven con sinceridad.
Ven con las áreas endurecidas, superficiales y saturadas de tu corazón.
La reunión de oración no es la meta.
El ayuno no es la meta.
La meta es un corazón cada vez más rendido al gobierno de Jesús.
No estamos comenzando estos 21 días diciendo:
“Dios, úsame.”
Estamos comenzando diciendo:
“Dios, gobiérname.”
Escudríñame.
Ablándame.
Profundiza mis raíces.
Arranca los espinos.
Lléname de Tu Espíritu.
Haz que Tu Palabra eche raíces.
Haz que dé fruto.
Venga Tu Reino en mí.
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