Dios mueve el mundo para cumplir su promesa
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Lucas 2:1-7
Lucas 2:1-7
Hay momentos en la historia que parecen cambiar el rumbo del mundo. La caída del Muro de Berlín. El desembarco en Normandía. La llegada del hombre a la luna. Son acontecimientos que solemos asociar con grandes líderes, grandes ejércitos o grandes decisiones políticas.
En el siglo I ocurrió algo parecido.
El hombre más poderoso del mundo era César Augusto. Gobernaba el imperio más grande de la tierra. Bastaba una orden suya para movilizar a millones de personas. Y un día decidió realizar un censo. Desde una perspectiva humana, era simplemente una medida administrativa para conocer cuántos habitantes tenía su imperio y organizar mejor los impuestos.
Pero mientras César pensaba que estaba fortaleciendo su reino, había Otro que estaba gobernando la historia.
Sin saberlo, aquel decreto imperial obligó a una joven pareja a recorrer unos 130 kilómetros desde Nazaret hasta Belén. Parecía un viaje más. Parecía una decisión política más. Parecía una coincidencia.
Pero no era ninguna de esas cosas.
Era Dios moviendo un imperio entero para cumplir una promesa hecha cientos de años antes.
Y eso es precisamente lo que Lucas quiere que entendamos. Este relato no trata principalmente de un pesebre, de un establo o de un bebé. Trata del Dios soberano que gobierna la historia con absoluta precisión para traer al mundo al Salvador.
Mientras el emperador pensaba que estaba escribiendo la historia, en realidad solo estaba cumpliendo el guion que Dios había escrito desde la eternidad.
Y esa verdad sigue siendo igual de relevante hoy. Nosotros también vivimos en un mundo donde parece que los gobiernos, las guerras, la economía o las decisiones de los poderosos determinan nuestro futuro. Sin embargo, Lucas nos recuerda que, por encima de todos ellos, hay un Rey que sigue gobernando cada acontecimiento para cumplir perfectamente su voluntad.
Dios gobierna sobre los poderes del mundo (vv.1-3)
Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado. 2Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria. 3E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad.
A fin de cumplir la profecía de que el Mesías nacería en Belén, Dios en su providencia movió el corazón del hombre más poderoso del mundo: el gobernante del Imperio romano. El emperador, sentado en su trono en la capital imperial de Roma, estaba muy lejos de la diminuta aldea de Belén. Estaba aún más apartado de una comprensión de los propósitos y los planes de Dios, al ser totalmente ignorante de su Palabra. Pero jugó un papel crucial en el cumplimiento del diseño divino con relación al nacimiento del Hijo de Dios.
I. Howard Marshall escribe: “El censo… sirve para ubicar el nacimiento de Jesús en el contexto de la historia mundial y para mostrar que el mandato de un gobernante terrenal puede ser usado en la voluntad de Dios para llevar a buen término sus propósitos más importantes”
Lucas observó primero que el nacimiento del Mesías se llevó a cabo en aquellos días; es decir, “en los días de Herodes, rey de Judea” (1:5). Herodes, el rey idumeo (edomita) vasallo de Roma, estaba a punto de finalizar su largo reinado y moriría poco después del nacimiento de Cristo. Esos también eran los días de la odiada ocupación romana de Israel, que los judíos encontraban especialmente irritante por varias razones.
Aunque en otros lugares (p. ej., 3:1), Lucas fue preciso al asignar una fecha, aquí solo ofreció un marco de tiempo general. Así que es imposible deducir en este pasaje el momento exacto del nacimiento de Cristo. Sin embargo, otra clave en el texto ayuda a hacer la fecha un poco más específica. Lucas relacionó el nacimiento del Señor con un edicto o decreto imperial, que fue promulgado por el emperador y era obligatorio para sus súbditos
Este edicto particular fue emitido por el emperador reinante, Augusto César. Ese no era su nombre, sino más bien su título; César significa “emperador”, mientras que Augusto significa “reverenciado”, “honrado”, o “estimado”, y refleja el gran respeto que este imponía. El ascenso de Augusto al trono marcó el inicio del Imperio romano. El emperador restauró la unidad y la administración normal después de un largo período de guerras destructivas civiles, y marcó también el comienzo de la Pax Romana, una época de paz y prosperidad a lo largo del mundo grecorromano que duró dos siglos. Podría decirse que él es la persona más importante en la historia romana.
De todos los edictos promulgados por Octaviano durante su largo reinado, Lucas se interesa en uno que ordenaba que todo el mundo (es decir, el Imperio romano; cp. Hch. 17:6; 19:27) fuese empadronado. Tales censos (o enrolamientos) se hacían generalmente para registrar a hombres jóvenes en el servicio militar o con propósitos impositivos. Este censo fue por la última razón, ya que los judíos estaban exentos del servicio militar romano.
Es obvio que se había impuesto una fecha límite, o de lo contrario José y María no habrían hecho el largo viaje desde Nazaret hasta Belén en el invierno y muy cerca del final del embarazo de ella. Algunos han cuestionado por qué José y María fueron a Belén, indicando que, por lo general, los romanos hacían registrar a las personas donde estaban viviendo en ese momento. No obstante, a quienes poseían propiedad en otro distrito se les obligaba a ir allá para registrarse (Marshall, The Gospel of Luke, p. 101). Aunque Lucas no lo menciona, José podría poseer alguna propiedad en las inmediaciones de Belén.
Dios dispuso de manera providencial el escenario mundial para llevar a José y María a Belén a fin de que su Hijo naciera donde el Antiguo Testamento predijo que nacería. Igual que había hecho con Artajerjes (Esd. 7:21-26), Tiglat-pileser (Is. 10:5-7), y Ciro (Is. 45:1-4), Dios dirigió la mente del hombre más poderoso de la tierra, Augusto César, para lograr sus propósitos (cp. Pr. 21:1).
2. Dios dirige cada paso de sus hijos (vv.4-5)
Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; 5para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta.
La nación de Israel está inseparablemente vinculada con las Escrituras del Antiguo Testamento, que claramente predijeron dónde había de nacer el Mesías.
Siglos antes el profeta Miqueas había escrito: “Pero tú, Belén Efrata [nombre original de Belén; cp. Gn. 35:19], pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Mi. 5:2). Aunque Belén era una aldea pequeña e insignificante, “pequeña para estar entre las familias de Judá”, Dios declaró que proporcionaría un gobernante para Israel.
El único rey que vino de Belén fue David, pero el pasaje no se refiere a él. David murió mucho tiempo antes de la época de Miqueas, pero el gobernante de quien el profeta escribió aún debía llegar. La referencia de Miqueas es al Mesías, cuyas “salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad”, una declaración que no se podía aplicar a ningún ser humano, ya que solo Dios ha existido desde toda la eternidad.
José fue a Belén por cuanto era de la casa y familia de David (1:27), con el fin de ser empadronado para el censo (véase el estudio anterior) junto con María su mujer. Dios dirigió soberanamente a la pareja a donde debía estar para que la profecía de Miqueas se cumpliera.
Algunos han cuestionado si era necesario que María hiciera el largo viaje (al menos ciento diez kilómetros) de Nazaret a Belén, especialmente ya que estaba encinta. Sostienen que, como cabeza de familia, solo José debía empadronarse. Sin embargo, existe evidencia de que en Siria (la provincia que incluía Israel) las mujeres mayores de doce años eran sujetas a un impuesto al sufragio (Marshall, The Gospel of Luke, p. 102). Por tanto, a María también se le exigía empadronarse. Varias consideraciones personales también podrían explicar por qué ella fue a Belén con José. Quizás se sintió incómoda de quedarse en Nazaret donde su inesperado y, humanamente hablando, inexplicable embarazo era sin duda objeto de gran cantidad de chismes. Sin duda José no habría querido perderse el nacimiento del Hijo de Dios, acerca del cual el ángel le había dicho que María había concebido por medio del Espíritu Santo (Mt. 1:20-21). Finalmente, como judíos devotos, José y María conocían la profecía de Miqueas y sabían que su hijo debía nacer en Belén. Cualesquiera que fueran los factores humanos que pudieran haber influido en que María viajara a Belén, al final lo hizo para cumplir el propósito de Dios.
Leon Morris escribe:
Tal vez deberíamos reflexionar en que fue la combinación de un edicto por parte del emperador en la lejana Roma, y de las lenguas chismosas de Nazaret, lo que llevó a María hasta Belén justo a tiempo para cumplir la profecía acerca del lugar de nacimiento de Cristo (Mi. 5:2). Dios obra a través de todo tipo de personas para llevar a cabo sus propósitos
3. Dios guía el nacimiento de su Hijo de manera muy humilde (vv.6-7)
Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. 7Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.
Lucas describió el acontecimiento profundamente más significativo en toda la historia hasta ese momento (el nacimiento del Dios-hombre, Jesucristo) de manera asombrosamente sencilla, directa, sin adornos, e incluso con escasas palabras. Y aconteció que estando José y María en Belén, se cumplieron los días de su alumbramiento. Lucas no especificó cuánto tiempo habían estado ellos en Belén, o si aún estaban esperando para empadronarse, o si se quedaron allí después de empadronarse porque estaba cerca el momento en que María daría a luz. El autor no ofrece ninguna descripción de dónde se realizó el parto, excepto que no fue en el mesón
Lucas simplemente dijo que María dio a luz a su hijo primogénito. No aparecieron ángeles, como más tarde se aparecerían a los pastores. No sonaron trompetas celestiales. Ninguna voz del cielo anunció el nacimiento del Hijo de Dios. Con la única compañía de su joven esposo, lejos de sus familiares y amigos, en la más primitiva de las condiciones, una joven muchacha dio a luz. Así, la segunda persona de la Trinidad pasó de la eternidad al tiempo y al espacio.
Lucas observó cuidadosamente que Jesús fue el primogénito (prōtotokos), de María, no su único (monogenēs) hijo (cp. su uso de monogenēs para referirse a un hijo único en 7:12; 8:42; 9:38).
La enseñanza de la Iglesia Católica Romana de que Jesús fue el único hijo de María y que ella permaneció perpetuamente virgen hasta su muerte, es una clara negación de la Biblia. Mateo 1:25 expresa que José “no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito” . De manera enfática, eso implica que, después del nacimiento de Cristo, ellos tuvieron relaciones maritales normales. También se revela que María dio a luz a otros hijos, medios hermanos y medias hermanas de Jesús
Como era costumbre, María envolvió a su hijo en pañales. Tiras de tela se usaban para atar ceñidamente a un bebé y así mantenerlo caliente, asegurado, y con las extremidades rectas. El hecho es que a Jesús lo trataron como a cualquier otro bebé. Él no fue vestido con ropas reales sino con las envolturas que otros bebés usaban.
Después de cargar y envolver a su hijo, María lo acostó en un pesebre. La referencia a un pesebre ha dado lugar a la tradición de que Jesús nació en un establo. Sin embargo, la Biblia no afirma eso. Phatnē (pesebre) es la palabra para un comedero. Tales comederos se podían encontrar en cualquier lugar en que había animales, no solo en establos. La Biblia no dice específicamente dónde María dio a luz a Jesús, aunque una tradición que se remonta a mediados del siglo II afirma que fue en una cueva. Aunque eso es posible, ya que en ocasiones se las usaba para albergar animales, no hay manera de verificarlo.
Dondequiera que la pareja se haya quedado, no fue en el mesón, porque no había lugar para ellos allí. Parte de la leyenda de Navidad es el mesonero desalmado que rechaza a una joven mujer a punto de dar a luz. Pero kataluma (mesón) no es la palabra griega normal para una posada (pandocheion, la cual Lucas usó en 10:34, y la RVR60 también traduce como “mesón”), sino más bien un término general para un albergue, o lugar de alojamiento (se traduce “aposento” en 22:11).
Exactamente qué era ese lugar de alojamiento no está claro, pero podría tratarse de un albergue o campamento público, quizás de un lugar donde se detenían caravanas. Pero con el hacinamiento provocado por el censo, no hubo espacio para José y María ni siquiera en un refugio improvisado. Como resultado, María fue obligada a dar a luz en el único lugar disponible: el sitio donde albergaban a los animales de los viajeros.
Cuando Jesús vino al mundo, nació en las condiciones más incómodas: una guarida maloliente, sucia y gélida, rodeada de bulliciosos animales. Esta fue una entrada apropiada para “el Hijo del Hombre [que no tenía] dónde recostar la cabeza” (Lc. 9:58); aquel que “en el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció” (Jn. 1:10); “el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Fil. 2:6-7); “el Hijo del Hombre [que] no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt. 20:28); aquel que cargó con “nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia” (1 P. 2:24).
Su humilde nacimiento fue apropiado para Jesús, quien vino a morir como sustituto en lugar de despreciables, humildes y miserables pecadores.
Conclusión:
Lucas no escribió este pasaje para enseñarnos que los habitantes de Belén rechazaron deliberadamente a Jesús. Él quiere mostrarnos que Dios cumplió su promesa aun en medio de la aparente indiferencia del mundo. Sin embargo, esa indiferencia sigue existiendo hoy. El mundo continúa demasiado ocupado para Cristo. Y la pregunta que este relato inevitablemente nos hace es: ¿qué lugar ocupa Jesús en tu vida?
César tenía lugar para el poder.
Belén tenía lugar para los viajeros.
La humanidad tenía lugar para muchas cosas...
Pero el Salvador nació donde nadie esperaba.
Dios movió un imperio entero para traer a su Hijo al mundo. Ahora ese mismo Salvador llama a la puerta de los corazones por medio del evangelio. La pregunta ya no es si hubo lugar para Él en Belén. La pregunta es: ¿hay lugar para Él en tu corazón? ¿Gobierna Él tu vida o siguen gobernando otros 'césares': tu orgullo, tus planes, tu pecado o tu autosuficiencia? El Rey que nació en un pesebre merece el primer lugar en tu vida.
