Desechando a Jesús

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*** Introducción
En una región montañosa, un grupo de constructores recibió el encargo de levantar un templo majestuoso. El diseño era ambicioso: columnas altas, muros gruesos y una entrada que debía inspirar reverencia. Pero había un detalle crucial: el templo necesitaba una piedra angular, una piedra principal que sostuviera el peso y diera dirección a todo el edificio.
Los constructores comenzaron a revisar las piedras que habían sido talladas en la cantera. Había piedras pulidas, simétricas, perfectas a la vista. Entre ellas, casi escondida, había una piedra extraña: irregular, con marcas profundas, y aparentemente sin forma útil. Cuando la vieron, algunos se rieron.
—¿Quién dejó esta piedra aquí?
—Está demasiado fea. No sirve para un templo.
—Pónganla allá en el montón de descarte.
Y así, la piedra fue arrastrada a un rincón, lejos de la obra, donde nadie la vería.
Los días pasaron. Los constructores intentaron colocar varias piedras como piedra angular, pero ninguna funcionaba. Una era demasiado pequeña. Otra se quebró bajo el peso. Otra no encajaba con la orientación del edificio. El templo avanzaba, pero sin la piedra principal, todo estaba en riesgo de derrumbarse.
El arquitecto, frustrado, decidió revisar todas las piedras nuevamente. Caminó entre las filas, observó cada una, y finalmente llegó al rincón donde estaban las piedras rechazadas. Allí, cubierta de polvo, estaba la piedra irregular.
La tocó. La midió. La observó desde distintos ángulos. Y entonces, con una sonrisa, dijo:
—Esta es la piedra que necesitamos.
Los constructores protestaron:
—Pero esa piedra es fea.
—No tiene la forma correcta.
—No parece digna de un templo.
El arquitecto respondió:
—No se dejen engañar por lo que ven. Esta piedra fue tallada para este lugar. Su forma encaja exactamente con el diseño. Esta piedra, la que ustedes despreciaron, es la única que puede sostener el templo.
Con esfuerzo, levantaron la piedra y la colocaron en su lugar. Y para sorpresa de todos, encajó perfectamente. La estructura se estabilizó. El templo tomó forma. Lo que antes parecía inútil se convirtió en lo más importante.
Desde ese día, cada vez que alguien entraba al templo, el arquitecto decía:
—Miren bien esa piedra. Recuerden que lo que los hombres desechan, Dios lo puede convertir en fundamento.
La pregunta que Jesús responde con esta parábola es sencilla pero perforante: ¿qué hace alguien cuando el dueño de todo se le presenta, y cuál es la consecuencia de despreciarlo?
Proposición: Porque Jesús es el dueño de todo, no debes despreciarlo.
Para llegar a esa verdad, tenemos que responder una pregunta central que guiará todo nuestro estudio del texto:
¿Qué despreciaron?
Consideremos cuatro cosas que los labradores malvados despreciaron, según Marcos 12:1-12.

I. Despreciaron el pacto

(Mar 12:1-3)
v.1 — "Después comenzó a hablarles por parábolas: Un hombre plantó una viña, la cercó con vallado, cavó un lagar, y edificó una torre, y la arrendó a unos labradores, y se fue lejos."
Cada detalle de este versículo no es decoración; es una cita casi literal de Isaías 5:1-2 (LXX). Cualquier judío que escuchara esto en el templo reconocería de inmediato la "canción de la viña" de Isaías, donde el profeta declara explícitamente: "la viña de Jehová de los ejércitos es la casa de Israel" (Isa 5:7). Jesús no está contando una historia genérica de agricultura; está invocando un pacto histórico entre Dios y su pueblo.
Exegesis:  
El término griego para "viña" es ἀμπελών (ampelōn), y aparece también en Salmo 80:8-16, donde Israel es descrito como una vid que Dios sacó de Egipto y plantó con sus propias manos. El dueño no improvisa: cerca (protección), cava un lagar (provisión), edifica una torre (vigilancia y presencia). Cada elemento habla de un pacto de cuidado, no de abandono.
v.2-3 — El dueño envía un siervo "para que recibiese de los labradores del fruto de la viña", pero "ellos, tomándole, le golpearon, y le enviaron con las manos vacías."
Los labradores (γεωργοί, geōrgoi) no eran dueños; eran arrendatarios bajo un pacto de fidelidad. Su primera respuesta a los términos del pacto —dar el fruto correspondiente— fue la violencia. Esto es Israel rechazando los términos del pacto sinaítico (Éx 19:5-6): ser un pueblo que produce el fruto de justicia y fidelidad para Dios.
El dueño de la viña es Dios mismo, y el pacto que establece con su pueblo culmina en un pacto nuevo, sellado no con la sangre de toros y cabras, sino con la sangre del Hijo (Mar 14:24; Heb 9:15). Despreciar el pacto antiguo anticipa el rechazo del pacto que Cristo vendría a inaugurar.
Aplicación:
¿Has tratado las obligaciones de tu pacto con Dios —tu adoración, tu obediencia, tu entrega— como una carga que evitas, en lugar de un privilegio que cumples con gozo?

II. Despreciaron las oportunidades

(Mar 12:4-5)
v.4-5 — "Volvió a enviarles otro siervo; y a éste apedrearon, y descalabraron, y enviaron afrentado. Y volvió a enviar otro, y a éste mataron; y a otros muchos, golpeando a unos y matando a otros."
Aquí el texto griego repite insistentemente el verbo ἀπέστειλεν (apesteilen), "envió" — una y otra vez. No es un solo intento fallido; es una serie ininterrumpida de oportunidades ofrecidas por la paciencia del dueño. Cada siervo enviado representa a los profetas que Dios envió a Israel a lo largo de generaciones, llamando al pueblo al arrepentimiento y a la fidelidad.
El texto usa ἀτιμάζω (atimazō) para describir cómo trataron a uno de los siervos: lo "afrentaron", lo deshonraron deliberadamente. No fue solo rechazo; fue desprecio activo.
Referencias cruzadas: 
Esta escalada de rechazo profético es precisamente lo que describe 2 Crónicas 36:15-16
2º Crónicas 36:15–16 RVR60
15 Y Jehová el Dios de sus padres envió constantemente palabra a ellos por medio de sus mensajeros, porque él tenía misericordia de su pueblo y de su habitación. 16 Mas ellos hacían escarnio de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas, hasta que subió la ira de Jehová contra su pueblo, y no hubo ya remedio.
La paciencia del dueño que sigue enviando siervos a pesar del rechazo repetido revela el corazón de un Dios lento para la ira y grande en misericordia (Éx 34:6). Es la misma paciencia que sostiene la historia de la redención hasta que, en el tiempo señalado, Dios envía no ya un siervo, sino a su Hijo (Gál 4:4).
Aplicación: 
¿Cuántas veces te ha hablado Dios —por su Palabra, por una predicación, por una circunstancia— y has tratado esa oportunidad como algo desechable en lugar de recibirla como paciencia divina hacia ti?

III. Despreciaron el amor

(Mar 12:6-8)
v.6 — "Por último, teniendo aún un hijo suyo, amado, lo envió también a ellos, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo."
La frase griega es υἱὸν ἀγαπητόν (huion agapēton), "hijo amado" — exactamente la misma expresión que la voz del Padre pronuncia sobre Jesús en su bautismo y en la transfiguración: "Este es mi Hijo amado" (Mar 1:11; 9:7). Marcos quiere que el oyente conecte inmediatamente al hijo de la parábola con Jesús mismo.
El dueño espera: "tendrán respeto a mi hijo" — en griego, ἐντραπήσονται (entrapēsontai), "sentirán vergüenza/reverencia ante él". Es la última carta que juega el amor: no un siervo más, sino lo más precioso que tiene.
v.7-8 — Pero la respuesta de los labradores es calculada y fría: "Este es el heredero; venid, matémosle, y la heredad será nuestra." Lo toman, lo matan, y lo echan fuera de la viña.
El hecho de que el cuerpo sea arrojado fuera de la viña anticipa con precisión que Jesús sería crucificado fuera de las puertas de Jerusalén (Heb 13:12; Jn 19:17). Los labradores no solo rechazan al hijo; calculan fríamente que matarlo les dará lo que ellos quieren.
Aquí está el centro del evangelio expuesto en una parábola: el amor del Padre no se agota enviando siervos —envía a su propio Hijo, sabiendo el costo, porque el amor no calcula pérdidas cuando busca la reconciliación (Rom 5:8; Jn 3:16). Y esa misma entrega de amor es la que el hombre, en su rebeldía, calcula convertir en ganancia propia, asesinando al Hijo para quedarse con la herencia.
Aplicación: 
¿Has calculado alguna vez que te conviene más vivir sin Cristo, tratando su amor entregado en la cruz como un obstáculo para tus propios planes, en lugar de la prueba máxima de que Dios te busca?

IV. Despreciaron la autoridad

(Mar 12:9-12)
v.9 — "¿Qué, pues, hará el señor de la viña? Vendrá y destruirá a los labradores, y dará su viña a otros."
Jesús mismo formula la pregunta y responde con autoridad: el dueño no es indiferente ante el desprecio. Habrá un juicio, y la viña —el privilegio del pacto— pasará a otros (una alusión clara a la extensión del evangelio a los gentiles y a un remanente fiel, Rom 11:11-24).
v.10-11 — Jesús cita el Salmo 118:22-23"La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo."En griego, κεφαλὴν γωνίας (kephalēn gōnias), "cabeza de esquina" — la piedra angular que sostiene y alinea toda la estructura.
Los mismos "edificadores" que desechan la piedra son los constructores religiosos de Israel: los sacerdotes, escribas y ancianos que en este mismo momento escuchan a Jesús. Al citar este salmo, Jesús se declara a sí mismo la piedra rechazada que, sin embargo, Dios exalta como fundamento de su obra.
v.12 — "Y procuraban prenderle, porque entendían que decía esta parábola contra ellos; pero temían al pueblo, y dejándole, se fueron."
Los líderes entienden perfectamente el mensaje. No hay confusión sobre a quién apunta la parábola. Y aun entendiéndolo, en lugar de arrepentirse, buscan destruir al mensajero.
Esta es la afirmación mesiánica más clara del pasaje: Jesús se identifica abiertamente como la piedra angular de Salmo 118, el fundamento definitivo sobre el cual Dios edifica su reino (cf. Hch 4:11; 1 Ped 2:6-7; Ef 2:20). Despreciar su autoridad no es un asunto secundario; es rechazar la piedra sobre la que descansa toda la casa de Dios.
Aplicación: 
Cuando la Palabra de Dios te confronta directamente —como confrontó a estos líderes— ¿tu respuesta es el arrepentimiento, o buscas maneras de silenciar esa voz para proteger tu posición?
Conclusión
El dueño de la viña preparó todo con amor: la cercó, cavó el lagar, edificó la torre. Envió siervo tras siervo con paciencia inagotable. Y cuando ya no quedaba nada más que dar, envió a su Hijo amado. Los labradores despreciaron el pacto, despreciaron las oportunidades, despreciaron el amor, y finalmente despreciaron la autoridad misma del dueño encarnada en su Hijo.
Pero la piedra que desecharon los edificadores no permaneció en el suelo. Se levantó como cabeza del ángulo. Jesucristo, rechazado y crucificado, resucitó y es hoy el fundamento sobre el cual Dios edifica su reino eterno.
La pregunta no es si Jesús tiene autoridad sobre tu vida —la parábola ya lo estableció: Él es el dueño de todo. La pregunta es qué harás tú con esa piedra: ¿tropezarás con ella en desprecio, o edificarás tu vida entera sobre ella?
Porque Jesús es el dueño de todo, no debes despreciarlo.
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