Entre Creer y Confiar II
Entre Creer y Confiar II • Sermon • Submitted • Presented
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· 1 viewCuando nos estamos hundiendo y queremos volver al pasado, poner la vista en Jesús y pedir que nos salve.
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Extiende tu Mano
Extiende tu Mano
La semana pasada hice una pregunta inicial, ¿recuerdan? “Si hice todo bien… ¿por qué esto? ¿de qué me sirvió?”. Hoy empezaremos con una frase prima de la anterior. Piensa en la última vez que diste un paso de fe, un paso en serio en la dirección correcta.
Cuando decidiste perdonar a quien te lastimó, no porque se lo mereciera, sentiste que Dios te lo estaba pidiendo.
El día que dijiste sí a algo grande: una beca, una inversión, un trabajo, una venta, cambio de residencia, el matrimonio, confiando que Dios estaba en eso.
El día que decidiste, esta vez en serio, dejar ese pecado. Lo hiciste con fe, convencido de que Dios te iba a ayudar.
El día que la pareja dijo: “vamos a intentarlo otra vez”, ahora sí, iremos a un café una vez a la semana y volvieron a empezar creyendo que Dios los iba a sostener. Diste el paso, con una fe real.
Y luego… a mitad del camino… llegó la tormenta.
Perdonaste y la persona ¡volvió a lastimarte! aunque, no quería lastimarte. Diste el sí a ese compromiso grande y a la tercera semana todo se derrumbó dentro de ti. Decidiste dejar el pecado y a los pocos días ¡tropezaste de nuevo y con la misma piedra! La pareja lo intentó otra vez y en la primera discusión pensaste: Ay, ¿para qué lo intento? esto no va a funcionar.
En ese momento te sientes como en una tormenta en medio del mar. No en la orilla como para regresar ¡en medio! entra el pánico y el pensamiento “me equivoqué! No debí hacerlo, esto es un error.
Esto es importante: la frase de hoy no es de alguien que se quedó en la barca, es alguien que sí dio el paso, sí tuvo fe, ¡por eso dio ese paso! Pero a la mitad del camino, empezó a hundirse… literalmente.
Hoy vamos a hablar de ese momento exacto cuando tu fe se convierte en pánico. Porque hay alguien en la Biblia que lo vivió, literalmente parado sobre el agua. Y lo que hizo Jesús con él, puede o debe cambiar la forma de ver tus propias caídas, tus propios hundimientos.
Vamos a poner la escena, porque cada detalle da un mensaje. Los discípulos recién habían visto algo asombroso, Jesús alimentó a 5 mil personas con 5 panes y 2 peces. Los discípulos vieron el milagro, vieron a Jesús hacer lo imposible. Justo después de eso, Jesús hace algo raro: obliga a los discípulos a subir a la barca y cruzar al otro lado, mientras ÉL se queda a despedir a la gente y tener un tiempo de oración a solas.
“Inmediatamente después, Jesús insistió en que los discípulos regresaran a la barca y cruzaran al otro lado del lago mientras él enviaba a la gente a casa.” (Mateo 14:22, NTV)
Lo primero que vemos es que es Jesús quien los mandó a la barca y cruzar, no fueron por su cuenta ¡iban obedeciendo! Estaban justo dónde Jesús les dijo que estuvieran. Aun así ¡les cayó la tormenta! Anota esto: Estar en medio de la tormenta no significa que te equivocaste de camino. A veces la tormenta te agarra precisamente ahí donde Dios te mandó estar. El becario que obedeció y se fue lejos, la pareja que obedeció y buscó la reconciliación, dejar ese pecado, no participar de esa corrupción, obedecer no te libra de la tormenta
Sigue la escena. La barca está en medio del lago, azotada por las olas.
“Mientras tanto, los discípulos se encontraban en problemas lejos de tierra firme, ya que se había levantado un fuerte viento y luchaban contra grandes olas.” (Mateo 14:24, NTV)
Llegamos al verso 25 donde hay un detalle que casi siempre se salta:
“A eso de las tres de la madrugada, Jesús se acercó a ellos caminando sobre el agua.” (Mateo 14:25, NTV)
El texto original lo deja con más suspenso. El griego dice: “La cuarta vigilia de la noche”. Los judíos y romanos partían la noche en vigilias, en turnos. La 4a. era la última: de las 3 a las 6 de la mañana. La hora más oscura, la más fría, la hora en que llevas toda la noche luchando y no aguantas más.
¿Te suena esa hora? Es la misma de Asaf de la semana pasada. La madrugada, la hora en que la mente da vueltas y el cuerpo ya no puede más.
Entonces, mira lo que hizo Jesús. No calma la tormenta primero, eso viene después. Primero camina sobre la tormenta, sobre lo mismo que está hundiendo a los discípulos. Jesús camina como quien pisa tierra firme y ahí, sobre el agua, empieza lo nuestro.
Aquí está lo que quiero que te lleves hoy. Toda la enseñanza cabe en una frase: La fe no es la ausencia de tormentas, es mantener los ojos en Jesús dentro de la tormenta. Y cuando empiezas a hundirte, Su Mano ya viene en Camino.
La fe no es que no haya vientos, la fe es ¡a quién estás mirando mientras el viento sopla! Esto es lo mejor, cuando de todos modos te empiezas a ir abajo ¡no estás perdido! La Mano ya viene al rescate.
Los discípulos ven a alguien caminando sobre el agua y se aterran. Piensan que es un fantasma.
“Cuando los discípulos lo vieron caminar sobre el agua, quedaron aterrados. Llenos de miedo, clamaron: «¡Es un fantasma!».” (Mateo 14:26, NTV)
Jesús dice:
“Pero Jesús les habló de inmediato: —No tengan miedo —dijo—. ¡Tengan ánimo! ¡Yo estoy aquí!” (Mateo 14:27, NTV)
Aquí entra Pedro:
“Entonces Pedro lo llamó: —Señor, si realmente eres tú, ordéname que vaya hacia ti caminando sobre el agua.” (Mateo 14:28, NTV)
Seamos justos con Pedro, porque casi siempre lo recordamos por lo que hizo mal, pero mira lo que hizo bien. De los doce que van en la barca ¡once se quedaron sentados! Sólo él pidió salir, veamos qué sucedió cuando Jesús le respondió:
“—Sí, ven —dijo Jesús. Entonces Pedro se bajó por el costado de la barca y caminó sobre el agua hacia Jesús,” (Mateo 14:29, NTV)
Léelo despacio: ¡Pedro caminó sobre el agua! Antes de hundirse CA-MI-NO. Dio pasos que ningún ser humano da, los once lo vieron desde la barca ¡él lo hizo!
Escucha esto bien: Tienes permiso de ser Pedro. El error de Pedro no fue salir de la barca. Salir fue lo valiente, salir fue la fe en acción. Pedro es el único que se atrevió a caminar hacia Jesús en medio de la tormenta.
Al que dio el paso de perdonar, al que dijo sí a eso grande, al que sabe que hay un pecado que debe dejar y da el primer paso, a la pareja que lo intenta otra vez y otra vez ¡ustedes salieron de la barca! Salir de la barca ¡no fue el error! Salir fue la fe en acción.
Así que no dejes que el enemigo te diga que haber dado ese paso fue tonto, apresurado, ¡diste el paso porque creíste! El problema no fue el paso, el problema vino después y es sutilísimo.
Verso 30. Aquí vemos la fractura, lo vamos a leer en versión RV.
“Pero al ver el viento fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó diciendo: —¡Señor, sálvame!” (Mateo 14:30, RVA)
AL VER EL VIENTO FUERTE. ¿Qué cambió entre el verso 29 y el 30? Pedro camina y Pedro se hunde. ¿Cambió el viento? No, ya estaba soplando desde antes. Pedro salió de la barca con la tormenta encima, el agua no cambió, Jesús no cambió, seguía ahí, frente a él. Lo único que cambió fue hacia dónde está mirando Pedro. Mientras miró a Jesús, caminó sobre lo imposible, en el momento que quitó los ojos de Jesús y los puso en el viento… se empezó a hundir.
Ahora conectemos esto con la semana pasada. Porque es el mismo mecanismo, con otra cara ¿Recuerdas a Asaf? Su problema empezó cuando dejó de mirar hacia arriba y empezó a mirar a los lados, a comparar. La desconfianza de Asaf entró por los ojos; la desconfianza de Pedro entró por los ojos. La duda (o lo que te hace dudar) casi siempre entra por los ojos. Para dónde eliges mirar.
No es que el viento no sea real ¡lo es! La tormenta de Pedro ¡era de verdad! Igual que las tormentas de tu vida son de verdad, no entrar a la Uni es real, la licitación que perdiste ¡es real! la venta que no se concreta ¡es real! la separación ¡es real! El matrimonio herido es real. La tormenta existe. El viento existe.
La pregunta nunca es si el viento existe, la pregunta es ¿a qué le estás poniendo tu mirada - al viento, o a Cristo que está parado sobre el viento?
Cuando Jesús agarra a Pedro le dice:
“De inmediato, Jesús extendió la mano y lo agarró. —Tienes tan poca fe —le dijo Jesús—. ¿Por qué dudaste de mí?” (Mateo 14:31, NTV)
El griego es una sola palabra: “Oligópistos”. Oligos = un poco, pistos = poca fe. El Señor Jesús no le dice “incrédulo”, no le dice “hombre sin fe”, le dice ¡poca fe! Tienes tan poca fe. Eso cambia el tono de la conversación. Pedro no perdió la fe ¡tenía fe! Sólo que se le hizo pequeña cuando miró el viento. La fe no se le acabó, se le encogió, porque cambio de lugar la mirada.
Esto debe ser un alivio. Jesús no exige una fe gigante. La fe que tenía se achicó cuando dejó de mirarlo. El reproche, si lees el tono, es casi cariñoso, es de quien ya lo tiene agarrado mientras se lo dice.
Tu duda no es falta de fe ¡cambiaste la mirada! Tu debilidad no es falta de fe, tu caída no es falta de fe, cambiaste la mirada. Ahora no te saltes lo que Pedro hace cuando se está hundiendo, porque es la clave. Vamos al verso 30:
“… —¡Sálvame, Señor! —gritó.” (Mateo 14:30, NTV)
Pedro se hunde, pero mira lo que hace. No se pone a nadar de regreso por su cuenta a la barca. No se queda callado por vergüenza, tratando de arreglarlo él mismo, para que nadie lo vea. No finge que no se está hundiendo, hace lo único correcto ¡grita! grita dos palabras ¡Sálvame, Señor!
Esto es enorme y es la misma lección de Asaf desde otro ángulo. La semana pasada Asaf resolvió su duda al entrar a la presencia de Dios. Pedro resuelve su hundimiento gritándole a la presencia que ya tiene enfrente. En los dos casos la salida no es hacia adentro: pensar más las dudas, esconderse, arreglártelas solo, la salida es ÉL.
Escucha con atención, porque quizá tú necesitas escuchar esto: la duda no te descalifica. A Pedro, dudar lo llevó a clamar. Su hundimiento se volvió la razón de su oración, su pánico se volvió un grito a Jesús en lugar de nadar de forma desesperada hacia la barca.
Esa es la trampa en la que muchos caen. Cuando nos empezamos a hundir nuestro instinto es ¡volver a la barca! Volver a lo de antes, a lo seguro, volver al pecado conocido, al grupo, a pelear, a darse por vencido en la relación, renunciar a la beca, dejar de orar, nadar de regreso solos.
Pedro no nada de regreso, Pedro extiende la mano hacia adelante ¡hacia Jesús! y grita. Esa es la diferencia entre hundirse y ser rescatado: hacia donde extiendes la mano cuando el agua te llega al cuello.
Al que va cayendo en el pecado otra vez y le da vergüenza acercarse a Dios porque se sabe sucio: no nades de vuelta a la barca, mejor grita ¡sálvame, Señor! Esa es una oración que no le falta nada, no necesitas más palabras.
Ahora va lo mejor, observa cómo empieza:
“De inmediato, Jesús extendió la mano y lo agarró. ..” (Mateo 14:31, NTV)
Jesús no espero ¡de inmediato! No dejó que Pedro se hundiera hasta el fondo para darle una lección, no se cruzó de brazos a ver cuánto aguantaba, no le dijo “a ver, hubieras pensado antes de hacer las cosas”. De inmediato extendió la mano y lo agarró.
Aquí es donde las 2 semanas se conectan con una sola imagen. La palabra griega para “agarró” es “epilambánomaí”: «agarrar fuertemente», «tomar de la mano» o «extender la mano para sostener a alguien» ¿Recuerdas la palabra de la semana pasada?
“…Me tomaste de la mano derecha.” (Salmo 73:23, RVA)
La palabra es “ajaz”, agarrar firme. La Mano que sostuvo a Asaf mientras dudaba, es la misma Mano que rescata a Pedro. A Asaf lo sostuvo en la duda sin que él se diera cuenta la Mano de Dios lo tenía agarrado todo el tiempo, aunque Asaf miraba a otro lado. A Pedro lo agarra en su hundimiento, en el instante en que grita. Una Mano que ya estaba y una Mano que se extiende. La Misma Mano.
Escucha bien iglesia: cuando empiezas a hundirte, la Mano de Jesús ya viene en camino. No tienes que hundirte bonito, no tienes que hundirte en cámara lenta o con una fe perfecta. Pedro se hundió “con poca fe”, muerto de miedo, gritando y la Mano llegó de inmediato.
Al estudiante, al empresario, al que lucha con el pecado, a la relación fracturada, al que empieza algo nuevo. Puede que te estés hundiendo esta semana, puede que hayas quitado los ojos de Jesús y el agua te llega al cuello. No te concentres en qué tan hondo vas, concéntrate es esto: La Mano ya viene. Sólo grita “Sálvame, Señor” y verás qué rápido llega.
Ahora no te pierdas la pregunta que Jesús hace, ya con Pedro agarrado:
“…—le dijo Jesús—. ¿Por qué dudaste de mí?” (Mateo 14:31, NTV)
Esa palabra “dudaste” en griego es “edístasas”, del verbo: distázō. Es una palabra hermosa porque no significa “no creer”, significa literalmente “estar dividido entre dos”. Vacilar entre dos direcciones. Es la imagen de alguien parado en una bifurcación, mirando para los 2 lados a la vez.
Eso fue exactamente lo que le pasó a Pedro, no dejó de creer en Jesús, quedó dividido. Un ojo en Jesús, un ojo en el viento, y esa división lo hundió.
¿No es esa tu lucha? No has dejado de creer, no eres ateo ¡estás dividido! Un ojo en Dios, el otro en el problema, un ojo en Jesús y otro en el pecado, un ojo en Dios y otro en la duda, crees en Jesús y miras el viento y esa división es la que te hunde.
Fíjate en qué momento hace Jesús la pregunta. No mientras Pedro se ahogaba, sino después de agarrarlo. Primero la Mano, después la conversación. Primero el rescate, después la lección. Jesús nunca te pide que resuelvas tu duda antes de sostenerte. Te sostiene y ya, seguro en Su Mano te hace la pregunta.
Y es entonces que llega la calma
“Cuando subieron de nuevo a la barca, el viento se detuvo.” (Mateo 14:32, NTV)
Mira el orden, porque el orden de las cosas importa ¿cuándo se calmó el viento? No cuando Pedro salió de la barca, no mientras caminaba, no cuando se hundía, no cuando Jesús le extiende la Mano. El viento se detuvo estando ya los dos en la barca, con Pedro rescatado. Jesús no calmó la tormenta y después rescata a Pedro, primero rescata a Pedro en medio de la tormenta y la calma vino después.
Jesús no calmó la tormenta para después rescatar a Pedro, rescató a Pedro en medio de la tormenta y después vino la calma.
A veces esperamos que Dios calme el viento primero - que arregle el problema, que aparezca el contrato, que se arregle el matrimonio, que se abra el espacio, que se vaya la ira, que tenga autocontrol - y entonces poder caminar tranquilos. Pero el orden de esta historia es al revés. Primero ÉL te sostiene en medio del viento. La calma llega a Su tiempo, pero la Mano llega de inmediato.
Veamos como termina la historia. Los que estaban en la barca, los once que nunca salieron, lo adoran y dicen:
“Entonces los discípulos lo adoraron. «¡De verdad eres el Hijo de Dios!», exclamaron.” (Mateo 14:33, NTV)
El que se atrevió a obedecer y sale de la barca, el que se hundió, aprendió algo que los que se quedaron sentados solo vieron de lejos: aprendió, con el agua en el cuello, que la Mano de Jesús es real y llega a tiempo. Pedro salió de esas aguas sabiendo de Jesús algo que no se aprende desde la barca.
A veces el que da el paso y se hunde, tropieza, termina conociendo a Jesús más de cerca que el que nunca se arriesgó; porque sintió Su Mano.
I. Cuando la vida no sigue tu guion ¿hacia dónde giran tus ojos por instinto? ¿A Jesús, que está parado sobre tu tormenta? ¿o al viento? Recuerda, la duda entra por los ojos. Lo que ves.
II. ¿Cuál es el viento que te tiene hoy mirando en dos direcciones -un ojo en Dios, un ojo en el problema? nómbralo. Esa división es la que te hunde. Ponle nombre al viento que te está dividiendo la mirada.
III. Cuando empiezas a hundirte ¿qué haces? ¿nadas de vuelta a lo de antes, lo seguro, el pecado conocido, a rendirte -tratando de salvarte solo? ¿o extiendes la mano hacia adelante y gritas “sálvame, señor”.?
La semana pasada aprendimos con Asaf que, aunque estemos mirando para otro lado, la Mano de Dios no nos suelta. Que mientras dudábamos, ya estábamos siendo sostenidos.
Hoy Pedro nos enseña la otra parte: que cuando de todos modos nos empezamos a hundir, -porque nos va a pasar-, esa misma Mano se extiende de inmediato. No tienes que hundirte bonito. No debes tener una fe perfecta. Solo tienes que gritar hacia ÉL en vez de nadar de vuelta a lo de antes.
Una Mano que ya está agarrándote, una Mano que se extiende ¡La misma mano!
Así que el tema no termina con un: “ten más fe, no dudes”, Jesús mismo no pidió eso a Pedro en el agua. Le extendió la Mano primero. Te voy a decir lo que Pedro aprendió en medio del agua: Si te hundes, grita. La Mano ya viene.
Quita los ojos del viento. Ponlos en ÉL.
Cierra los ojos si quieres.
Primero: Nombra tu viento. Eso que te tiene mirando en dos direcciones. Un ojo en Dios, un ojo en el problema. No lo escondas, dile a Jesús, cuál es el viento que te está dividiendo la mirada.
Ahora te pregunto cómo tu pastor, con cariño: ¿estás nadando de vuelta a la barca? ¿al pasado? ¿estás a punto de rendirte, de volver a lo seguro, a soltar ese paso de fe que diste? antes de nadar de regreso… prueba lo otro, prueba gritar, aquí, en tu lugar, di las dos palabras de Pedro: “Sálvame, Señor”. No necesitas más, esa es una oración completa. (Todos gritamos esa frase).
Por último, la semana pasada abrimos las manos para dejarnos sostener. Hoy haz algo distinto: extiende una mano hacia adelante, como Pedro, hundiéndose, alcanzando a Jesús, porque del otro lado de ese gesto, hay una Mano que ya viene en camino. Que ya se está extendiendo. Que llega de inmediato.
No mires qué tanto te vas hundiendo, qué tanto has caído. Mira la Mano que se extiende hacia ti.
Que SU Espíritu nos enseñe a quitar los ojos del viento y ponerlos en Jesús. Y cuando nos hundamos, que nos recuerde que Su Mano ya viene en camino.
Palabra de Dios
Oremos
