Rico insensato

Mas de la Historia   •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
0 ratings
· 5 views
Notes
Transcript

El Rico Insensato

Lucas 12:13–34
Nuestro texto de hoy proviene del Evangelio de Lucas, capítulo 12. Una vez que hayan encontrado Lucas 12 en sus Biblias, comenzaremos leyendo la parábola a partir del versículo 16.

Lucas 12:16–21

16 También les refirió una parábola, diciendo: «La heredad de un hombre rico había producido mucho. 17 Y él pensaba dentro de sí, diciendo: “¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos?” 18 Entonces dijo: “Haré esto: derribaré mis graneros y edificaré otros más grandes; allí guardaré todos mis frutos y mis bienes. 19 Y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; descansa, come, bebe y alégrate.” 20 Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has preparado, ¿de quién será?” 21 Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios.»
A lo largo de esta serie hemos seguido el mismo formato, examinando la parábola, el punto principal y la aplicación práctica. Sin embargo, esta mañana seguiremos un enfoque ligeramente diferente al estudiar esta parábola: veremos el preludio de la parábola, la parábola misma y la práctica.
Si aún tienen abierta su Biblia en el Evangelio de Lucas, les invito a regresar al versículo 13.

Lucas 12:13–15

13 Uno de la multitud le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia.» 14 Pero Él le respondió: «Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o repartidor?» 15 Y les dijo: «Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.»

1. El preludio de la parábola

En el versículo 13 Jesús está enseñando a la multitud y, mientras lo hace, un joven lo interrumpe con una petición. Dado que Jesús ya era reconocido como un «Maestro», era natural esperar que emitiera un juicio en asuntos éticos. Los rabinos eran consultados con frecuencia de esa manera.
Por la interrupción de este hombre aprendemos que un padre había fallecido dejando una herencia para sus hijos.
De acuerdo con las leyes del Antiguo Testamento sobre la herencia,
el hijo mayor recibía el derecho de primogenitura, lo cual le daba derecho a recibir el doble de la herencia de sus hermanos.
En el caso de un padre que dejaba dos hijos, el hermano mayor recibía dos tercios de la herencia y el menor un tercio.
Sin embargo, con el propósito de mantener la propiedad intacta, si era posible, se consideraba deseable que los herederos continuaran viviendo juntos. En este caso,
Problema
parece que el hermano mayor estaba ejerciendo su autoridad patriarcal, mientras que el hermano menor deseaba separarse, recibir su parte de la herencia y vivir de manera independiente.
¿En qué consistía exactamente la herencia que causaba el desacuerdo entre estos dos hermanos? En los días de Jesús, la riqueza de un hombre se medía principalmente por tres cosas: metales preciosos como oro, plata, latón y bronce; joyas costosas; y vestiduras y prendas de vestir.
Las vestiduras eran la principal inversión que un hombre hacía. Las modas no cambiaban como hoy, y las prendas se transmitían de generación en generación. Así, un hombre podía dejar como herencia vestiduras de seda, las cuales constituían gran parte de su riqueza. En el Antiguo Testamento recordarán que, cuando José se reunió nuevamente con sus hermanos, dio a cada uno un cambio de ropa; pero a su hermano Benjamín le dio trescientas piezas de plata y cinco mudas de ropa. Asimismo, cuando Naamán fue sanado de la lepra, entregó un talento de plata y dos mudas de ropa como expresión de gratitud.
(Mientras escribía este sermón, comencé a preocuparme por las posibles disputas que algún día pudieran surgir por causa de mi ropa... hasta que abrí mi clóset. Créanme, tan cierto como que estoy aquí de pie, nadie va a pelear por mis prendas. Si algún día ven a todos nuestros hijos y nietos vestidos los domingos con pantalones gris carbón y camisas blancas de manga larga, sabrán que ya me fui a estar con Jesús.)
Pero, a diferencia de la mayoría de los rabinos, Jesús no emitió un veredicto, probablemente porque podía ver el verdadero motivo detrás de la petición. Y ese motivo era la codicia.
«Amigo», le dijo Jesús, «¿quién me ha puesto por juez sobre ustedes?»
El pronombre «ustedes» del versículo 14 está en plural. Jesús no solo estaba hablando al hermano menor, sino también al mayor, porque ambos tenían el mismo problema: estaban consumidos por su deseo de poseer más. Ambos estaban llenos de codicia y avaricia.
Y observen la advertencia que Jesús da en el versículo 15. (Noten también la progresión de su audiencia. En el versículo 13 solo habla el hermano menor. En el versículo 14 Jesús responde a ambos hermanos. Y en el versículo 15, cuando advierte acerca de la avaricia, probablemente ya está hablando a toda la multitud).
El texto dice: «Mirad y guardaos».
La traducción al español realmente no transmite toda la fuerza de la advertencia de Jesús. El texto griego dice: «¡Cuidado!», y no solo eso, sino también: «Manténganse en guardia». Es una declaración sumamente enfática.
De hecho, la Escritura no utiliza este tipo de lenguaje para advertir acerca de ningún otro pecado. No lo hace al advertir sobre la inmoralidad sexual, ni sobre el asesinato, ni sobre la calumnia, ni sobre ningún otro pecado escandaloso.
Creo que hay dos razones para ello.
Primero,
la codicia es tan universalmente aceptada que usted y yo podemos vivir una vida aparentemente buena y moralmente limpia mientras estamos completamente dominados por ella.
Observen que, en este pasaje, la codicia no era exclusiva del hermano que tenía poco ni del que tenía mucho.
La codicia es universal.
El mes pasado, la primera persona en la historia acumuló una riqueza personal de un Trillón de dólares. Es difícil comprender el valor de un billón de dólares. Permítanme ilustrarlo.
Si usted hubiera iniciado un negocio en la época de Cristo, hace aproximadamente dos mil años, y hubiera sido tan mal empresario que perdiera un millón de dólares por día, le tomaría otros 700 años perder un billón de dólares. (En realidad, le tomaría aproximadamente 738 años más).
Pero la codicia del hombre más rico del mundo no es diferente de la del hombre más pobre. Usted y yo podríamos ser tan pobres que dependiéramos de que otros subsidien nuestras necesidades básicas y, aun así, nuestra codicia nos llevaría a intentar obtener más de lo que nos corresponde.
La segunda razón para esta advertencia es que la codicia se disfraza con tanta facilidad que puede pasar completamente desapercibida.
Si usted está tan enojado con alguien que llega a sentirse tentado a cometer un asesinato, lo más probable es que el sentido común entre en acción antes de que lleve a cabo ese acto. O si está a punto de comprometer sus votos matrimoniales, probablemente algún amigo lo confronte respecto a lo que está ocurriendo.
Pero no sucede así con la codicia.
La codicia nos transforma tan lentamente que no logramos reconocer el cambio ni reaccionar ante él. Por eso Jesús cuenta una parábola para ayudar a estos dos hermanos a diagnosticar la enfermedad que padecen.

2. La Parábola

Ahora observemos la parábola comenzando en el versículo 16.
Un terrateniente rico superó todas las probabilidades agrícolas y obtuvo una cosecha extraordinaria. Cuando esto ocurrió, observen cómo inmediatamente su atención se volvió hacia sí mismo. Pensó para sí:
«¿Qué haré?
No tengo dónde guardar mis cosechas.
Haré esto.
Derribaré mis graneros.
Construiré otros más grandes.
Allí guardaré todo mi grano y todos mis bienes.
Diré a mi alma: “Alma, tienes muchos bienes guardados para muchos años.
Descansa, come, bebe y alégrate.”»
Al tomar estas decisiones, el agricultor falló en dos aspectos:
1) Actuó como si él fuera el único responsable de sus riquezas.
2) Actuó como si él fuera el único responsable de administrar y rendir cuentas por esas riquezas.
Y ninguna de esas dos cosas era cierta.
¿Trabajó la tierra? Sí.
¿Sembró la semilla? Sí.
¿Cuidó el cultivo? Sí.
¿Cosechó el fruto? Sí.
Pero, aunque invirtió todo ese esfuerzo, hubo mucha gracia que recibió.
Él no produjo la semilla; esa fue una creación de Dios.
Después de sembrarla, fueron necesarios nutrientes primarios como hidrógeno, nitrógeno y oxígeno. Él no produjo esos nutrientes; provenían del suelo.
También fueron necesarios nutrientes secundarios como calcio, magnesio y azufre. Él tampoco los produjo; provenían del suelo.
Además, fueron necesarios micronutrientes como cloro, hierro y zinc. Él no produjo ninguno de ellos; también provenían del suelo.
Fue Dios, y no el agricultor, quien produjo esos nutrientes.
Fue Dios, y no el agricultor, quien envió la lluvia necesaria.
Fue Dios quien le dio la capacidad física para trabajar la tierra.
Fue Dios quien le dio la capacidad intelectual para cuidar el cultivo.
Y fue Dios quien le dio el mismo aliento de vida para existir.
Entonces, en el versículo 20, por primera vez Dios irrumpe abruptamente en el pensamiento de aquel hombre, pero ya era demasiado tarde.
¡Necio! Esta misma noche vienen a pedirte tu alma.
Ahora bien, dado que esta es una parábola y no un relato histórico, debemos tener cuidado de no desviar nuestra atención hacia lo que ocurrió con los hijos o con la familia del hombre.
El punto de la parábola es este:
Todas las posesiones del hombre quedaron completamente perdidas para él.
Ya no importaba cuántos graneros había construido.
Ya no importaba cuánto grano había almacenado.
Ya no importaba cuánto había disfrutado de comer, beber y alegrarse.
Para él, la vida había terminado.

3. La Práctica

Hemos examinado el preludio de la parábola y la parábola misma; ahora veamos la práctica de la parábola.
Jesús se dirige ahora a Sus discípulos y les dice que la vida es más que el alimento y el cuerpo es más que el vestido. Como ejemplo, les señala los cuervos, a quienes Dios alimenta sin que siembren ni cosechen, y los lirios, que exhiben una belleza mayor que la gloria de Salomón sin tomar aguja e hilo para hacerse vestidos hermosos.
Entonces Jesús dice a Sus oyentes en los versículos 29 y siguientes:

Lucas 12:29–31

29 «No busquen qué han de comer o qué han de beber, ni vivan preocupados. 30 Porque todas estas cosas buscan las naciones del mundo; pero vuestro Padre sabe que ustedes tienen necesidad de ellas. 31 Más bien, busquen Su reino, y todas estas cosas les serán añadidas.»
Y ahora llegamos a la aplicación práctica en los versículos 33 y 34.

Lucas 12:33–34 (DAR) PRACTICA

33 «Vendan sus bienes y den limosna. Háganse bolsas que no se envejezcan, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón ni la polilla destruye. 34 Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.»
Detengámonos brevemente en el versículo 33.
Amados, cuando uno lee el texto griego, queda claro que este no es un mandamiento universal.
En ninguna parte de las Escrituras se prohíbe o se desalienta la posesión de dinero.
Primera de Timoteo 6:10 dice:
«Porque el amor al dinero es raíz de toda clase de males; y algunos, por codiciarlo, se extraviaron de la fe y fueron traspasados de muchos dolores.»
El versículo 33 trata sobre la estructura de prioridades de nuestra vida.
Lo que este pasaje está diciendo es lo siguiente: 
Si Dios no ocupa el primer lugar en mi vida y en la suya, entonces todo aquello que haya ocupado ese primer lugar debe ser removido.
¿Recuerdan las cosas que los hombres dejaban como herencia en los días de Jesús? Vestiduras, metales preciosos y joyas finas.
Cada una de esas posesiones tenía una amenaza específica.
Las vestiduras tenían como amenaza la polilla.
Los metales preciosos tenían como amenaza la corrosión.
Las joyas costosas tenían como amenaza el ladrón.
Aunque nuestros tesoros hoy sean diferentes, también tienen amenazas específicas.
Puede ser la inflación.
Puede ser una recesión.
Puede ser una pérdida en el mercado.
Puede ser un fracaso financiero.
Puede ser una estafa.
O cualquier otra circunstancia.
Pero todo tesoro terrenal tiene una amenaza.
Sin embargo, Jesús dice que es sabio el hombre que atesora tesoros en el cielo.
Es sabio porque los tesoros celestiales permanecen para toda la eternidad.
Y entonces Jesús nos dice a usted y a mí:
«Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.»
¿Dónde está hoy su tesoro?

CONCLUSIÓN

Robert Bruce fue rey de Escocia hasta su muerte en el año 1329. Durante su reinado luchó por restaurar la independencia de Escocia y es recordado como un héroe nacional. Derrotó a numerosos enemigos, incluso a un ejército inglés mucho más grande, logrando restablecer un reino escocés independiente.
Robert padeció una grave enfermedad y murió el 7 de junio de 1329.
Sin embargo, murió sin cumplir el mayor anhelo de su corazón.
Su mayor deseo era visitar la Tierra Santa.
Por eso, estando en su lecho de muerte, llamó a Sir James Douglas y le dijo:
«Cuando muera, saca mi corazón y llévalo a la Tierra Santa.»
Cuando Robert Bruce murió, su cuerpo fue embalsamado. Le abrieron el esternón, extrajeron su corazón y lo colocaron en un relicario de plata que James Douglas llevó colgado del cuello mediante una cadena.
Un año después de su muerte, Sir James Douglas y sus hombres navegaron hacia España para combatir contra el reino moro de Granada.
Cuando quedaron rodeados por el enemigo y la batalla estaba irremediablemente perdida, Douglas lanzó el relicario que contenía el corazón de Robert Bruce hacia el frente de batalla y siguió el corazón de su rey hasta su propia muerte.
«Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.»
Tu tesoro merece tu Corazón? Por que donde esta tu corazón ahi est tu tesoro.
Related Media
See more
Related Sermons
See more
Earn an accredited degree from Redemption Seminary with Logos.