Todo obra para bien

Romanos: por fe y para fe  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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Sermón 22 — Romanos 8:28-30
"Todo obra para bien". Estoy seguro de que se lo han dicho alguna vez, o de que ustedes se lo han dicho a alguien. Y usualmente lo que tenemos en mente es que es una frase que consuela, que ayuda al que sufre. Pero la verdad es que, si no entendemos su fundamento, lo que hay detrás, no es muy diferente a decirle a alguien "sana que sana, colita de rana; si no sana hoy, sanará mañana". Un placebo. Algo que usamos más desde nuestra condescendencia que desde la real necesidad que la persona tiene.
Hemos llegado a uno de los pasajes más conocidos de la carta a los Romanos, y me atrevería a decir que a uno de los más consoladores de toda la Biblia. Sin embargo, estoy convencido de que entre más entendemos la naturaleza de este texto y su relación con todo lo que hemos venido abordando en la carta, mayor provecho saca nuestra alma de su significado. Porque en efecto es un texto muy consolador, pero lo es porque su ancla está en Dios, en Su plan, y en cómo Él usa todas las cosas para un único propósito, conformarnos a la imagen de Su Hijo Jesucristo para Su gloria.
En el sermón pasado estuvimos explorando la respuesta a la pregunta a la que nos ha traído el recorrido de esta carta: ¿para qué nos salva Dios? Y dimos al menos dos respuestas. La primera, que Dios nos salva para gloria Suya, para una gloria futura, para que estemos con Él. Todo el gemido y el clamor que experimentamos de este lado de la eternidad demuestra que fuimos hechos para una gloria mayor que nos espera, y esa esperanza es el motor que sostiene al creyente en el sufrimiento.
Pero dijimos también que Dios nos salva con un propósito de este lado de la eternidad. Y eso se conecta con lo que ya habíamos visto en el capítulo 5, que la tribulación produce paciencia, y la paciencia carácter probado, y el carácter probado esperanza. Es decir, antes del fruto final, que es la esperanza de la gloria, hay un fruto presente de las tribulaciones, y es ser conformados a la imagen de nuestro Señor Jesucristo.
De eso se trata el pasaje que hoy vamos a abordar. Y debemos decirlo, es algo extremadamente consolador. El creyente no solo es sostenido por el Espíritu que gime en su interior con gemidos indecibles, sino que es sostenido con un propósito real y concreto, de parte de un Dios fiel que ha prometido asegurarnos para la eternidad, y que nos asegura también que todas las cosas que nos sucedan contribuirán, de algún modo, a ese propósito final.
Y ese es el argumento de hoy:
Dios hace que todo obre para bien, y ese bien es hacernos como Cristo.
Lo vamos a ver en tres pasos. Primero, la promesa, en el versículo 28. Segundo, el bien, en el versículo 29. Y tercero, la garantía, en el versículo 30.
1. La promesa (v. 28)
Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito.
Empecemos por la primera palabra, porque ya ahí Pablo pone el tono. "Y sabemos."
Es la segunda vez que Pablo usa esa palabra en pocos versículos. La semana pasada leímos "sabemos que la creación entera gime y sufre hasta ahora dolores de parto". Ese era el sabemos del dolor. Y ahora viene este otro, el sabemos de la seguridad. Así vive el cristiano, entre esos dos sabemos. No niega el gemido y tampoco pierde la certeza. Sabe que duele y sabe que Dios está obrando. Las dos cosas al mismo tiempo.
Ahora, para leer bien este versículo tenemos que quitar de encima algunas ideas que se le han pegado con los años, porque de tanto repetirlo lo hemos ido vaciando. Y lo interesante es que el texto mismo va desmontando esas ideas una por una.
La primera idea que hay que desmontar es la de que las cosas se arreglan solas. Noten cómo lo traduce nuestra versión, las cosas "cooperan" para bien. No dice que las cosas obran por su cuenta, como si el tiempo lo curara todo o como si la vida, por sí sola, tendiera a acomodarse. Alguien las está haciendo cooperar, y ese alguien es Dios. Él es el sujeto de la oración. Y eso separa por completo esta promesa de lo que dice el mundo, porque aquí no hay universo que conspire a tu favor, ni destino, ni karma, ni energía positiva, ni ese "todo pasa por algo" que la gente repite sin saber quién lo hace pasar. Sin ese sujeto, la frase es pura superstición. Con él, es una promesa firme.
Detrás de cada cosa que te ocurre hay una mano, y esa mano es la de un Padre soberano que sabe lo que está haciendo.
La segunda idea que hay que desmontar es la de que todas las cosas son buenas. El texto no dice eso. El cáncer no es bueno. La traición no es buena. La muerte de un hijo no es buena. Llamar bueno al mal no es fe, es engaño, y a nadie le hace bien. Lo que Pablo dice es que esas cosas cooperan para bien, que Dios las hace obrar juntas hacia un fin. La diferencia está entre el ingrediente y el resultado.
A nadie se le ocurriría comerse una cucharada de harina cruda, o un puñado de levadura, o un trago de aceite; por separado no son nada apetecible. Pero en las manos del que sabe hornear, esos mismos ingredientes terminan siendo pan caliente sobre la mesa. Dios no nos dice que la harina sea deliciosa. Nos dice que él está horneando.
Y cuando Pablo dice "todas las cosas", está hablando en serio. Ahí caben todas las que gemían el domingo pasado: el terremoto, el duelo, la enfermedad que no cede, la oración que no encuentra palabras. Y hay algo todavía más asombroso, y es que ahí caben también nuestros propios errores, y hasta nuestros pecados. Ni siquiera lo que hicimos mal queda por fuera del telar. Dios no desperdicia nada, ni siquiera nuestras caídas. (El ejemplo de José).
Este versículo es verdad siempre, pero dicho a destiempo vuelve a ser el placebo del que hablamos. No corramos a citarlo. Cuando Job perdió todo, sus amigos hicieron bien una sola cosa en todo el libro, y fue sentarse en silencio con él durante siete días. El problema empezó cuando abrieron la boca.
Hay momentos en que lo más piadoso no es explicar el propósito de Dios, sino llorar al lado del que llora, y guardar la verdad para cuando el corazón pueda recibirla.
La tercera idea que hay que desmontar es la de que esta es una promesa para todo el mundo. No lo es. Escuchen bien a quiénes va dirigida: "para los que aman a Dios, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito". Este versículo no es una tarjeta de condolencias universal que sirva para cualquier funeral. Es una promesa de la familia, para los hijos.
Y noten que Pablo describe a esa misma gente desde dos lados. Desde nuestro lado, somos "los que aman a Dios"; eso es lo que se ve, lo que cualquiera puede notar en nosotros. Y desde el lado de Dios, somos "los llamados conforme a Su propósito"; eso es lo que no se ve. En ese orden, porque nuestro amor a Dios no es la raíz de nada, es el fruto visible de algo que empezó mucho antes y mucho más atrás, en el llamado de Dios. Nosotros lo amamos porque él nos llamó primero. Y esa raíz invisible es justamente la que Pablo va a destapar en el versículo siguiente.
Y queda una última idea por desmontar, y es quizás la más común de todas. Es la de creer que ese "bien" es lo que yo creo que es. Porque cuando leemos que todo cooperará para bien, nuestra cabeza traduce inmediatamente: para mi comodidad, para mi salud, para que el problema se resuelva, para que las cosas salgan como yo quiero. Y entonces, cuando no salen así, cuando la enfermedad avanza o la puerta se cierra, concluimos que el versículo falló, que Dios no cumplió.
Pero el texto no nos deja definir el "bien" a nuestro antojo. Pablo no nos abandona a nuestra propia definición. Él mismo nos dice, en el versículo siguiente, cuál es ese bien. Y les adelanto algo: es mucho mayor que cualquier cosa que nosotros hubiéramos pedido. Así que la pregunta que nos queda es esta. Si Dios está haciendo que todo coopere para bien, ¿cuál es exactamente ese bien? Veámoslo.
2. El bien (v. 29)
Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos.
Y aquí Pablo nos responde. El "bien" del versículo 28 no lo tenemos que adivinar, porque el versículo 29 lo define. Dios nos predestinó "a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo". Ahí está. Ese es el bien. Que lleguemos a parecernos a Jesucristo.
Piensen en lo que eso significa. Cuando le pedimos a Dios que nos vaya bien, normalmente estamos pidiendo circunstancias. Que se abra la puerta, que llegue el trabajo, que sane el cuerpo, que se resuelva el conflicto. Y Dios no desprecia esas oraciones, tiene cuidado de nosotros hasta en los detalles. Pero él está persiguiendo algo mucho más grande que nuestra comodidad. Él está haciendo hijos que se parezcan a su Hijo. Y si eso es el bien, entonces todo lo que sirva para ese fin, aunque nos duela, entra en la promesa del versículo 28.
Y noten que esto ocurre en dos tiempos. Hay una semejanza con Cristo que se va formando ahora, poco a poco, mientras vivimos. Pablo lo dice en otra carta, que todos nosotros, mirando la gloria del Señor, "somos transformados en la misma imagen, de gloria en gloria". Es un proceso, y a veces es lento. Y hay una semejanza final, la del día en que lo veamos cara a cara, porque, como escribió Juan, "cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal como Él es". Lo que empieza aquí se completa allá. La santificación de hoy y la glorificación de aquel día son la misma obra en dos etapas.
Y ahora¿Cómo es que el sufrimiento nos conforma a Cristo? Porque decirlo suena bien, pero tenemos que verlo de cerca. Yo veo al menos tres maneras.
La primera es que el sufrimiento produce dependencia de Dios. Mientras todo marcha bien, es fácil vivir con la ilusión de que nos sostenemos solos. El dolor tiene la virtud de desarmar esa ilusión en cuestión de días. El que se enferma, el que pierde el trabajo, el que entierra a alguien, descubre de golpe que no controla nada, y entonces se agarra de Dios como no se agarraba antes. Y esa dependencia es justamente el corazón de la vida de Cristo, que vivió cada día en total dependencia de su Padre. Nos parecemos a él cuando dejamos de creernos autosuficientes.
La segunda es que el sufrimiento nos identifica con Cristo. Pedro escribió que cuando participamos de los padecimientos de Cristo debemos gozarnos, y que él nos dejó ejemplo para que sigamos sus pasos. Hay una cercanía con Jesús que solo se conoce sufriendo, porque él sufrió. El parecido de familia, en esta familia, empieza por las cicatrices. Y esto es exactamente lo que Pablo anhelaba para sí mismo. Escuchen cómo lo dice a los filipenses:
Yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por Él lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo... y conocerlo a Él, el poder de Su resurrección y la participación en Sus padecimientos, llegando a ser como Él en Su muerte, a fin de llegar a la resurrección de entre los muertos.
Noten cómo Pablo pone las cosas juntas. Quiere conocer a Cristo, y en el mismo aliento menciona el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos. No separa lo uno de lo otro, como quisiéramos hacer nosotros, que tomaríamos con gusto el poder y dejaríamos los padecimientos en la mesa. Para Pablo las dos cosas son parte de lo mismo, del camino de llegar a ser como él.
Y la tercera manera es que el sufrimiento nos hace sensibles a los demás. Pablo dice que Dios nos consuela en nuestras tribulaciones para que nosotros podamos consolar a otros con el mismo consuelo que recibimos. El que ha pasado por el valle sabe hablarle al que está entrando. No con teorías, sino con esa autoridad callada del que ya estuvo ahí. Dios rara vez desperdicia un dolor; casi siempre lo convierte en capacidad de amar.
Y aquí quiero usar una imagen que el Señor mismo nos dejó. En la parábola del sembrador, Jesús habla de una semilla que cae en terreno pedregoso, brota rápido y con entusiasmo, pero no tiene raíz. Y cuando sale el sol, se marchita y se seca. Y cuando Jesús explica la parábola, dice claramente qué es ese sol: son las tribulaciones y la persecución.
Ahora piensen en esa misma planta, pero con raíces profundas y bien nutrida por el agua. ¿Qué le hace el sol? Lo contrario. Ese mismo sol que mató a la planta sin raíz es la razón por la que esta otra crece, se fortalece y da fruto. Es el mismo sol, hermanos. La diferencia no está en la intensidad del calor, está en la profundidad de la raíz.
Y eso explica por qué el mismo sufrimiento arruina a unos y madura a otros. Las mismas pruebas que endurecen a un corazón sin raíz son las que hacen crecer al que está arraigado en Cristo. Así que la pregunta que nos deja este punto no es cómo evitar el sol. El sol va a salir. La pregunta es qué tan hondo están nuestras raíces, si estamos bebiendo de la Palabra, de la oración, de la comunión de la iglesia, para que cuando venga el calor no nos marchitemos, sino que crezcamos.
Y Pablo cierra el versículo con una frase que no podemos pasar por alto. Todo esto es "para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos". Es lenguaje de familia otra vez, el mismo del que hablamos hace dos domingos cuando vimos la adopción. Cristo es el hermano mayor, el primogénito, y Dios está llenando su casa de hijos que se parecen a él. Porque eso hacen los hermanos, se parecen. Y el destino de esta familia es el parecido de familia. Cada prueba que atravesamos es el cincel del Padre trabajando ese parecido.
3. La garantía (v. 30)
A los que predestinó, a esos también llamó. A los que llamó, a esos también justificó. A los que justificó, a esos también glorificó.
Llegamos al versículo más discutido de los tres, y no le vamos a sacar el cuerpo. Aquí aparecen esas palabras que a veces nos ponen nerviosos, conoció de antemano, predestinó. Y quiero que entendamos bien qué está haciendo Pablo con ellas, porque si nos vamos por el camino equivocado nos perdemos el consuelo que él quiso darnos.
Pablo no está discutiendo aquí con qué criterio escoge Dios, ni por qué razón, ni qué implica todo eso para la responsabilidad humana. Esas preguntas son legítimas, y de hecho las va a tocar en el capítulo siguiente. Lo que está haciendo aquí es otra cosa, mucho más sencilla y mucho más consoladora. Está afirmando que Dios no está improvisando con nosotros. Que él orquestó un plan y que los que están en él están siendo preservados. Aquellos a quienes llamó y escogió, esos van a ser glorificados, y todo lo que pasa en la mitad del camino está dispuesto para que obre a favor de ese bien último.
Escuchen otra vez: "A los que predestinó, a esos también llamó. A los que llamó, a esos también justificó. A los que justificó, a esos también glorificó." Es una cadena, y lo interesante es que el grupo nunca cambia. Los mismos que fueron conocidos de antemano son los predestinados, y los mismos predestinados son los llamados, y los mismos llamados son los justificados, y los mismos justificados son los glorificados. Nadie se pierde entre un eslabón y el siguiente. No hay una fila que empieza con mil y termina con cien. Dios no pierde a nadie en el camino.
Detengámonos en esa primera palabra, "conoció de antemano", porque no significa lo que a veces suponemos. No es que Dios haya mirado hacia el futuro para averiguar información sobre nosotros, como quien revisa un expediente. En el lenguaje de la Biblia, conocer es mucho más que saber datos. Conocer es amar, es escoger, es entrar en relación. Escuchen cómo le habla Dios a Israel por medio del profeta Amós: "Solo a ustedes he conocido de entre todas las familias de la tierra" (Amós 3:2). Es evidente que Dios tenía información sobre todos los pueblos del mundo. Lo que quiere decir es que a este lo amó y lo escogió de entre todos.
Este es el marco en el que los oyentes de Pablo entendían todo esto. Ellos no escuchaban estas palabras como nosotros, con siglos de discusiones teológicas encima. Las escuchaban con la historia de Israel en la sangre. Para un judío, o para un gentil que había frecuentado la sinagoga, escuchar "escogidos, llamados, redimidos, herederos" no era una novedad. Era el relato de su propio pueblo. Era el éxodo.
Piensen en cómo se dio esa historia. Dios escogió a ese pueblo sin ningún mérito de su parte, y se lo dijo con una claridad que no deja lugar a dudas:
Porque tú eres pueblo santo para el Señor tu Dios; el Señor tu Dios te ha escogido para ser pueblo suyo de entre todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra. El Señor no puso su amor en ustedes ni los escogió porque fueran más numerosos que otro pueblo, pues eran el más pequeño de todos los pueblos, sino que el Señor los amó" (Deuteronomio 7:6-8).
No los escogió porque fueran grandes. Eran los más pequeños. Los escogió porque los amó, y punto. No hay otra razón en el texto.
Y noten lo que Dios le dijo a Moisés antes de sacarlos, porque esto es asombroso. Dios habla en cadena, igual que Pablo aquí:
Yo soy el Señor, y los sacaré de debajo de las cargas de los egipcios, los libraré de su servidumbre y los redimiré con brazo extendido... Los tomaré por mi pueblo y seré su Dios... Los traeré a la tierra que juré dar a Abraham, a Isaac y a Jacob, y se la daré en posesión" (Éxodo 6:6-8).
Escúchenlo bien. Los sacaré, los libraré, los redimiré, los tomaré por mi pueblo, seré su Dios, los traeré a la tierra, se la daré en posesión. Verbo tras verbo, y todos en primera persona, todos con Dios como sujeto. Israel no aparece haciendo nada en esa lista; aparece siendo objeto de todo lo que Dios hace. Y todo lo que Dios anuncia ahí lo cumplió, uno por uno.
Así que cuando Pablo escribe "a los que predestinó, a esos también llamó; a los que llamó, a esos también justificó; a los que justificó, a esos también glorificó", sus lectores estaban oyendo música conocida. La cadena del versículo 30 ya tenía forma de éxodo mucho antes de que Pablo la escribiera. Es como si les dijera: lo que Dios hizo con Israel como nación, lo ha hecho contigo, personalmente, en Cristo. Te escogió, te llamó, te redimió, y te va a meter en la herencia. Y hay un detalle más que ellos no habrían pasado por alto. A ese pueblo Dios lo llamó "mi hijo primogénito" (Éxodo 4:22), y el versículo anterior nos acaba de decir que Cristo es "el primogénito entre muchos hermanos". La historia se repite, pero ahora en una familia mucho más grande.
Y esa misma manera de hablar aparece en los profetas. A Jeremías, Dios le dijo: "Antes que yo te formara en el vientre te conocí, y antes que nacieras te consagré" (Jeremías 1:5). Conocer, otra vez, como amar y apartar para sí. Y a su pueblo le dijo aquella frase que a mí me sostiene: "Con amor eterno te he amado, por eso te he atraído con misericordia" (Jeremías 31:3). Amor eterno. Es decir, un amor que no empezó cuando yo me porté bien, ni cuando decidí buscarlo, sino que ya estaba ahí antes de todo, y por eso mismo me atrajo.
Y el Nuevo Testamento habla igual. Pablo escribe algo casi escandaloso a los efesios, que Dios, "siendo rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo" (Efesios 2:4-5). Nos amó estando muertos. Cuando no había absolutamente nada en nosotros digno de ser amado. Y unas páginas antes había dicho que Dios "nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él" (Efesios 1:4).
Y noten un patrón en la Biblia, porque esto es importante. Cada vez que la Escritura menciona este hecho de que fuimos amados por Dios de antemano, casi nunca lo hace para abrir un debate. Lo hace para afirmar su fidelidad y para darnos seguridad en medio de cualquier circunstancia. Este no es material para discusiones, es material para descansar.
Y si el entendimiento de estas doctrinas complejas debe servir para algo, hermanos, es para hacernos más humildes y para que podamos reposar tranquilos en la soberana gracia de Dios y en su inquebrantable fidelidad. Nunca para presumir de nuestra teología, nunca para pelear con el hermano que no lo ve igual. El que de verdad ha entendido la elección sale de ahí callado y agradecido, no armado y discutidor.
Noten el último verbo de la cadena: "a esos también glorificó". Está en pasado. Y eso es extrañísimo, porque nosotros todavía no hemos sido glorificados; la semana pasada mismo hablamos de "la gloria que ha de ser revelada", en futuro, algo que todavía esperamos gimiendo. Pero Pablo lo escribe como un hecho ya cumplido. ¿Por qué? Porque en el decreto de Dios ya está firmado. Para él es tan seguro que ya puede hablarse en pasado. Tu glorificación, si estás en Cristo, no es un tal vez. Está tan garantizada que la Biblia la cuenta como si ya hubiera ocurrido.
¿Y si yo me suelto en el camino? ¿Y si un día ya no puedo más y me caigo?" Escucha bien esto. Tú no sostienes la cadena. La cadena te sostiene a ti. Israel no llegó a la tierra prometida por su fidelidad; el desierto entero es la prueba de lo infiel que fue ese pueblo, con sus quejas, sus becerros de oro y sus ganas de volver a Egipto. Llegaron porque fue fiel el que los sacó. Y si esto dependiera de nosotros, hermanos, ninguno de los que estamos aquí podría permanecer en pie. Ni uno.
La única razón por la que incluso en medio de nuestros pesares más profundos podemos tener esperanza es porque Dios mismo, por su Espíritu, está obrando internamente para nuestro provecho. No estamos sostenidos por la fuerza de nuestro agarre, sino por la firmeza del suyo.
Y esto que Pablo apenas planta aquí, en el resto del capítulo lo va a desmenuzar por completo. Porque después de esta cadena vienen esas preguntas gloriosas: si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Y la respuesta, que veremos la próxima vez, es que nada ni nadie puede separarnos del amor con el que ya nos amó.
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Hermanos, volvamos a la frase con la que empezamos. "Todo obra para bien." Al comienzo dije que, sin fundamento,. Pero véanla ahora, después de haber recorrido el texto. Ya no es un placebo. Es una promesa con un orden completo de acontecimientos.
Porque ahora sabemos tres cosas. Sabemos quién obra, y es Dios, no el azar ni la buena suerte. Sabemos cuál es el bien, y no es nuestra comodidad, es que lleguemos a parecernos a Cristo. Y sabemos por qué es segura, porque el que te conoció de antemano es el mismo que te glorificará, y en esa cadena no se pierde nadie.
Así que si hoy estás en el pozo, como José, y no entiendes nada, escucha esto. No tienes que entenderlo para estar seguro. El sol va a salir, y si tus raíces están hondas en Cristo, ese mismo sol que marchita a otros te va a hacer crecer. Dios no está improvisando con tu vida. Está trabajando un parecido de familia, y no va a soltar la obra a medio terminar.
Y si estás aquí sin Cristo, tengo que decirte con amor que este versículo todavía no es tuyo. Es una promesa de familia, para los que aman a Dios porque él los llamó primero. Fuera de él no hay cadena que te sostenga, y tu dolor, por más que duela, no está construyendo nada. Pero puedes entrar hoy. Vuélvete de tu pecado, cree en Cristo, y entra en la única historia donde nada se desperdicia.
Porque al final, cuando veamos el cuadro completo, vamos a decir lo que dijo José: ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien. Y no le va a faltar ni un hilo al tejido.
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