Transformados al contemplar su gloria

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como somos transformados al contemplar a Jesus

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2 Corintios 3:18

Frase-eje del mensaje (repetir al inicio, en cada transición clave y al cerrar):

Introducción

(Comenzar con la frase-eje)
(repetir juntos) "Aquello que más contemplamos es, con el tiempo, aquello a lo que más nos parecemos."
(Hablar de la Predica de Bairon, la soberania de Dios al volver a tocar este tema y la importancia de este)
Todos queremos ser como Jesús.
Esto no necesita mucha argumentación: si preguntáramos aquí, todos responderíamos lo mismo. Lo sabemos, lo hemos aprendido, lo hemos escuchado una y otra vez.
Más aún, cuando examinamos honestamente nuestra vida, identificamos que la raíz de casi todos nuestros problemas es, precisamente, nuestra falta de conformidad con Jesús.
Hemos estado hablando en estas semanas de madurar, de dejar de ser niños que todavía se alimentan de leche y no pueden con alimento sólido (Hebreos 5:12-14).
Y aquí está el punto de partida de hoy: así como es verdad que todos queremos ser como Jesús, también es cierto que, en algún momento, todos nos hemos sentido frustrados al ver cuánto nos falta todavía.
Esa frustración puede ser, en sí misma, un síntoma de santidad genuina — una señal de que el Espíritu está inquietando nuestro corazón.
Pero esa misma frustración tiene un peligro: puede llevarnos a un esfuerzo puramente humano por parecernos a Jesús, dejando de lado la obra que solo Dios puede hacer a través de Su Espíritu en nosotros.
Cuando eso ocurre, terminamos haciendo más cosas sin buscar Su gracia — multiplicamos actividad espiritual mientras nos secamos por dentro.
2 Corintios 3:18 nos da la luz exacta que necesitamos para no caer en esto:
2 Corintios 3:18 — "Pero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu."
La respuesta de Pablo, adelantándola desde ya, es esta: Aquello que más contemplamos es, con el tiempo, aquello a lo que más nos parecemos. Todo el mensaje de hoy es desarrollar qué significa esto y cómo se vive.

I. El contexto: dos pactos, dos glorias

Para entender bien el versículo 18, necesitamos ver dónde está ubicado. Pablo lleva todo el capítulo 3 comparando el antiguo pacto con el nuevo pacto
no para descartar el antiguo, sino para mostrar que ambos tienen gloria, aunque de naturaleza y grado completamente distintos.
2 Corintios 3:6–11 "el cual también nos hizo suficientes como ministros de un nuevo pacto, no de la letra, sino del Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida. Y si el ministerio de muerte grabado con letras en piedras fue con gloria, de tal manera que los hijos de Israel no podían fijar la vista en el rostro de Moisés por causa de la gloria de su rostro, que se desvanecía, ¿cómo no será aún con más gloria el ministerio del Espíritu? Porque si el ministerio de condenación tiene gloria, mucho más abunda en gloria el ministerio de justicia. Pues en verdad, lo que tenía gloria, en este caso no tiene gloria por razón de la gloria que lo sobrepasa. Porque si lo que se desvanece fue con gloria, mucho más es con gloria lo que permanece."

1. El antiguo pacto: un letrero sin poder

El antiguo pacto es la ley entregada a Moisés en el Sinaí. Pablo la llama "ministerio de muerte" y "ministerio de condenación" — no porque la Ley sea mala, sino todo lo contrario: es santa, justa y buena (Romanos 7:12). El problema no está en la Ley; está en nosotros.
Por eso Pablo dice que "la letra mata": los Diez Mandamientos, sin la obra del Espíritu Santo, no tienen poder para salvar ni para producir la obediencia que exigen. En lugar de ser fuente de vida, la Ley se convierte en documento de condenación, porque expone nuestra incapacidad total delante de un Dios santo.
La Ley funciona como un letrero: señala el camino correcto, pero no da ninguna capacidad para recorrerlo.
Romanos 3:20 "porque por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él; pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado."
Un letrero nos dice cómo llegar a un lugar, pero sigue siendo solo un símbolo. La Ley también señala el camino, pero no tiene poder en sí misma. Su propósito es guiarnos hacia la necesidad de un salvador; es a través de Cristo que verdaderamente encontramos la salvación y el poder para seguir el camino que marca.

2. El nuevo pacto: acceso directo, gloria permanente

El nuevo pacto es superior porque está fundado en la obra de Jesucristo y en la obra del Espíritu Santo, quien no solo imparte vida, sino que da al creyente los recursos para obedecer a Dios sinceramente.
Para mostrar el contraste, Pablo recurre a una escena muy concreta de la vida de Moisés (Éxodo 33-34):
2 Corintios 3:12–16 "Teniendo, por tanto, tal esperanza, hablamos con mucha franqueza, y no somos como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro para que los hijos de Israel no fijaran su vista en el fin de aquello que había de desvanecerse. Pero el entendimiento de ellos se endureció; porque hasta el día de hoy, en la lectura del antiguo pacto el mismo velo permanece sin alzarse, pues solo en Cristo es quitado. Y hasta el día de hoy, cada vez que se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones; pero cuando alguno se vuelve al Señor, el velo es quitado."
En Éxodo, Moisés hablaba con el Señor "cara a cara, como habla un hombre con su amigo" — el acceso más íntimo posible bajo el antiguo pacto.
Pero ese privilegio era exclusivo: solo él, como mediador, podía entrar a la tienda de reunión, ubicada fuera del campamento. El pueblo ni siquiera podía mirar el rostro de Moisés por la gloria que reflejaba, así que él se ponía un velo. Ese velo no era solo físico: representaba la barrera estructural de todo el antiguo pacto.
El nuevo pacto invierte por completo esta dinámica.
Los creyentes ahora son "carta de Cristo... escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de corazones humanos" (2 Corintios 3:3).
La gloria ya no es externa, prestada y temporal como la de Moisés — es interna y permanente.
Ya no hay un solo mediador con acceso exclusivo: todos los creyentes contemplan ahora, directamente, la gloria de Cristo, y son transformados por ella. Bajo el antiguo pacto solo Moisés subió al monte; bajo el nuevo pacto, por medio de Jesucristo, todos entramos al lugar santísimo (Hebreos 10:19-20).

II. Contemplando Su gloria

Ahora que en Cristo el velo ha sido quitado y tenemos acceso al Padre, podemos ser transformados para ser como Jesús. Y note algo importante: esto es solo para aquellos a quienes el velo les ha sido quitado en Cristo — los que han creído en Él como Señor y Salvador. Por eso Pablo dice "pero nosotros todos", marcando un contraste deliberado con los incrédulos, cuyo entendimiento sigue velado (v. 14-15).
Por que es importante este contexto, por que Pablo quiere dejar en claro la gloria suprema que tiene este nuevo pacto apuntando a la obra de Jesus, es como si nos dijiera mira lo grandioso que es Jesus.
Bien — pero entonces, ¿cómo hago, en lo concreto, para ser más como Jesús?
2 Corintios 3:18 — "...contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados..."
Deténgase conmigo en esta palabra: contemplar.

¿Qué es contemplar?

Contemplar es observar con interés, atención y detenimiento. (Ilustración: cómo contemplo a mi esposa — no es una mirada de pasada, es fijar la atención con deleite en lo que veo.)
Pero cuando Pablo habla de contemplar la gloria del Señor, se refiere a poder ver a Jesús como lo glorioso, grandioso y maravilloso que realmente es. es encontrar deleite y llenura en El. Es tener la actitud del salmista:
Salmo 27:4 "Una cosa he pedido al Señor, y esa buscaré: que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor, y para meditar en su templo."
¿Y quién es este Jesús al que estamos llamados a contemplar?
(Hebreos 1:3)"Él es el resplandor de su gloria y la expresión exacta de su naturaleza, y sostiene todas las cosas por la palabra de su poder. Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las altura"
(Colosenses 1:15)"Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación."
(Colosenses 2:9)"Toda la plenitud de la Deidad reside corporalmente en Él."
Jesús, Jesús, Jesús.
Mi oración en este último tiempo ha sido poder ver más a Jesús, como decía Pablo: "una sola cosa hago... prosigo a la meta" (Filipenses 3:13-14), y esa meta es conocerlo a Él.
(Espacio para testimonio personal breve sobre mi estancamiento espiritual y el esfuerzo humano.)

Ilustración: el aprendiz frente al cuadro del maestro

Piense en un joven aprendiz de pintura al que se le concede el privilegio de pasar días enteros frente al lienzo de un gran maestro. Nadie le pide que lo copie a regla y compás, trazo por trazo, con esfuerzo mecánico. Simplemente se sienta, mira, y se queda ahí — contemplando cómo el maestro maneja la luz, el color, la sombra. Pasan semanas. Pasan meses. Y un día, sin que el aprendiz se lo proponga como una técnica, toma su propio pincel y algo del maestro empieza a aparecer en su trazo. No porque memorizó reglas de un manual y apretó los dientes para imitar movimientos que no comprendía ni amaba, sino porque se enamoró de la obra que tenía delante, y de tanto mirarla, esa mirada terminó formando su mano.
Así funciona la santificación. No nos parecemos a Jesús por memorizar una lista de virtudes e imitarlas a puro esfuerzo, como quien copia un cuadro con regla y calculadora.
Nos parecemos a Él porque nos sentamos, una y otra vez, delante de Su gloria revelada en la Palabra, la contemplamos con admiración, y el Espíritu Santo — el verdadero Maestro que sostiene nuestra mano — va reproduciendo esos mismos rasgos en nuestro carácter, casi sin que nos demos cuenta del proceso, hasta que un día alguien nos mira y ve algo de Cristo.
Por eso Pablo no dice que nos esforzamos de gloria en gloria, dice que somos transformados de gloria en gloria — es un proceso progresivo, y el agente que lo produce no somos nosotros, es el Espíritu.
Todo se trata de mirarlo a Él. De hecho, los tres tiempos de la salvación —justificación, santificación y glorificación— implican mirar a Jesús:
La nueva vida comienza cuando miramos Su rostro y lo aceptamos como Señor y Salvador ().justificación
Así como lo miramos para ser justificados, debemos seguir mirándolo para ser santificados: "puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe" (Hebreos 12:2), discerniendo la mente de Cristo en las Escrituras (1 Corintios 2:16), porque "el que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo" (1 Juan 2:6) ().santificación
Finalmente, Cristo "transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya" (Filipenses 3:21) ().glorificación

¿Dónde contemplamos a Jesús? El espejo es la Palabra

Pero, ¿es esto algo místico, algo puramente emocional?
El mismo versículo nos responde: contemplamos "como en un espejo". Ese espejo es la Palabra de Dios.
Es a través de ella que vemos a Jesús — y esto no es un acercamiento superficial a las Escrituras, sino profundo, meditativo, reflexivo, con la intención genuina de conocer a Jesús, y por medio de Él, conocer al Padre, porque Jesús es la imagen visible del Dios invisible:
Juan 14:9 — "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre."
Y aquí quiero que me entienda bien: contemplar no es sentarse a leer la Palabra sin que eso produzca nada en la vida. No es mirar a Jesús y creer que, por el solo hecho de mirar, vamos a cambiar automáticamente.
La verdadera contemplación que lleva a conocer a Cristo es conocimiento llevado a la práctica. Yo no conozco de verdad hasta que no aplico. Por eso, esta contemplación no consiste solo en pasar tiempo con Jesús en Su Palabra, sino en vivir y obedecer lo que aprendo al verlo a Él.
Santiago 1:22–25 "Sed hacedores de la palabra y no solamente oidores que se engañan a sí mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra, y no hacedor, es semejante a un hombre que mira su rostro natural en un espejo; pues después de mirarse a sí mismo e irse, inmediatamente se olvida de qué clase de persona es. Pero el que mira atentamente a la ley perfecta, la ley de la libertad, y permanece en ella, no habiéndose vuelto un oidor olvidadizo sino un hacedor eficaz, este será bienaventurado en lo que hace."
Cuando miramos la Palabra y contemplamos en ella a Jesús, vemos cómo es Él y obedecemos lo que nos muestra. El Espíritu Santo nos va transformando cada vez más a Su imagen, y esa transformación no es externa, sino interna, con efectos externos
de ahí que la palabra griega usada aquí para "transformados" (metamorphoō) sea la misma que se usa para describir la transfiguración de Jesús (Mateo 17:2):
un cambio real, de adentro hacia afuera, que se hace visible.
Es lo que veian los religiosos en Pedro y Juan Hechos de los Apóstoles 4:13 "Al ver la confianza de Pedro y de Juan, y dándose cuenta de que eran hombres sin letras y sin preparación, se maravillaban, y reconocían que ellos habían estado con Jesús."

Contemplar con admiración, no con obligación: La dinámica de los afectos

Y aquí llegamos al punto donde muchos nos quedamos atascados: sabemos que debemos obedecer a Jesús y reflejar Su carácter, pero intentamos producir esa obediencia a pura fuerza de voluntad, a punta de listas de normas y disciplina puramente externa.
Eso es moralismo: cambia la conducta por fuera, pero no toca la raíz del corazón. Es exactamente el mismo error del antiguo pacto que vimos al inicio: un letrero que señala el camino, pero no da poder para recorrerlo.
1. El peligro de Jonás: La obediencia técnica sin corazón transformado
El libro de Jonás nos ilustra este peligro con crudeza. En el capítulo 3 vemos a un Jonás que externamente "obedece": va a Nínive, camina por la ciudad y predica exactamente el mensaje que Dios le mandó. Si lo evaluamos por sus resultados visibles, su ministerio fue un éxito rotundo.
Pero en el capítulo 4 queda al descubierto su corazón: Jonás obedeció con las piernas, pero su corazón aborrecía la gracia y la compasión de Dios. Se sentó bajo el sol a quejarse amargamente por una calabacera que se secó, amando su propia comodidad más que a 120.000 almas perdidas. Jonás tenía la teología correcta («sabía que tú eres Dios clemente y piadoso»), pero no contemplaba el corazón del Padre; cumplió la orden como un empleado resentido, no como un hijo que refleja el carácter misericordioso de su Señor.
2. La ley de la exposición: No podemos obligar al corazón, pero sí decidimos ante qué exponernos
¿Por qué nos pasa lo de Jonás? Porque la voluntad no puede ordenarle directamente al corazón qué amar o qué disfrutar por pura fuerza bruta.
Usted no puede levantarse un día y gritarle a sus emociones: «¡Obligo a mi corazón a deleitarse en la santidad y a no buscar el aplauso del mundo ahora mismo!». Si intentamos forzar los afectos a punta de culpa y legalismo, solo producimos frustración o hipocresía.
La ilustración del café negro (El gusto adquirido):Nadie nace amando el sabor de un café negro amargo; la primera vez que un niño lo prueba, lo rechaza de inmediato porque su paladar está acostumbrado al azúcar. Si usted le ordena a su lengua: «¡Te mando que te guste el amargo ahora mismo!», será imposible. ¿Cómo aprende a disfrutarlo un adulto? Decide exponerse voluntariamente, taza tras taza, hasta que el paladar se educa, descubre los matices y aromas, y llega el día en que el azúcar le estorba.
La ilustración de la galería de arte (La mirada prolongada):Pasa lo mismo al entrar a un museo frente a una obra clásica de Rembrandt. Quien pasa caminando tres segundos solo ve un lienzo oscuro y aburrido, y prefiere sacar el teléfono. Nadie puede obligar a sus ojos a conmoverse en tres segundos. Pero quien decide sentarse 20 minutos en el banco frente al lienzo, empieza a notar los contrastes de luz, la textura del óleo y la profundidad del mensaje. La mirada paciente y reposada despierta el asombro.
3. La disciplina como medio y el Espíritu como poder
Llegamos viciados con el "azúcar" y la prisa del mundo. Por eso, abrir la Palabra o perseverar en la oración al principio puede sentirse árido o demandante.
La disciplina espiritual no es el fin en sí misma; es el medio de gracia para sentarnos a la mesa. Su responsabilidad hoy no es fabricar el fuego del amor por Dios con sus propias fuerzas, sino usar su voluntad para sentarse frente al cuadro y beber la copa: colocar su vida bajo la exposición constante de las Escrituras.
Al permanecer expuestos pacientemente a la hermosura del Evangelio, el Espíritu Santo afina el paladar de su alma («Gustad y ved que es bueno el Señor», Salmo 34:8).
En el fondo, el pecado siempre es un problema de adoración desordenada: el corazón contempla y atesora ídolos (el éxito, el control, la aprobación ajena) y termina pareciéndose a ellos y destruyéndose. Aquello que más contemplamos es, con el tiempo, aquello a lo que más nos parecemos.
Pero cuando el Espíritu nos concede ver la gloria de Cristo con los ojos del alma, ese mismo corazón encuentra su verdadero reposo, y de la contemplación brota una obediencia gozosa que refleja Su carácter:
Humildad genuina: frente a Su grandeza, el ego y la autosuficiencia se desvanecen.
Amor sacrificial: quien contempla la entrega de Jesús en la cruz aprende a servir a los demás sin buscar recompensa terrenal.
Fidelidad y perseverancia: descansar en Su soberanía da firmeza ante las pruebas y las demandas cotidianas.
Por eso no basta con saber que debemos ser como Jesús. El llamado de hoy no es a una obediencia legalista y resentida bajo el sol, sino a contemplarlo con asombro en Su Palabra para obedecerle con el corazón de un hijo transformado por Su gracia.

III. Aplicaciones prácticas

"Aquello que más contemplamos es, con el tiempo, aquello a lo que más nos parecemos." Entonces, ¿cómo se vive esto en la semana?

1. Cambie la pregunta al abrir la Palabra: Del "manual de tareas" a la "galería de arte"

El error común: Abrir la Biblia como quien consulta un reglamento de obra o un manual de conducta, preguntando solo: «¿Qué tengo que hacer hoy para ser un buen cristiano?». Eso convierte la Escritura en el letrero del antiguo pacto.
La conexión con la Sección II: No pase corriendo frente a la Palabra como el visitante apurado en el museo. Al abrir las Escrituras, siéntese en el banco a contemplar el lienzo. Pregunte primero: «¿Qué me revela este pasaje sobre la gloria, la gracia y el carácter de Jesús?».
El principio: La obediencia no precede a la visión; la visión de Cristo es el combustible de la obediencia.

2. Identifique su foco de exposición: Diagnostique qué está cautivando su atención

El error común: Creer que no estamos contemplando nada cuando descuidamos la vida espiritual. La mente nunca está vacía; siempre está expuesta a algo.
La conexión con la Sección II: Así como el paladar se vicia con el azúcar refinada del mundo, el corazón se amolda a lo que mira en la semana: el rendimiento laboral, las métricas, las opiniones de terceros, las pantallas o la ansiedad del futuro.
La pregunta diagnóstica: Revise honestamente su semana: «¿A qué le dediqué mi mirada más atenta y prolongada?». Aquello que más miró es lo que está gobernando sus afectos y modelando sus reacciones.

3. Evalúe el origen de su obediencia: El termómetro del corazón vs. la amargura de Jonás

El error común: Medir la madurez espiritual únicamente por la actividad visible (asistencia, tareas cumplidas, conducta externa).
La conexión con la Sección II: Recuerde a Jonás en el capítulo 4: se puede predicar en Nínive y cumplir el rol externo mientras por dentro se está seco, resentido y quejándose bajo el sol por una calabacera.
El principio: Al final del día o de la semana, no pregunte solo: «¿Hice las cosas bien?», sino: «¿Cómo traté a mi cónyuge, cómo respondí a mis hijos, cómo lideré en el trabajo? ¿Hubo paciencia, humildad y amor sacrificial nacido de la gracia, o fue cumplimiento forzado a punta de esfuerzo humano?». La obediencia genuina es el fruto visible de haber estado con Jesús.

4. Practique pausas de contemplación: Pequeños "sorbos" en medio de la faena

El error común: Limitar el trato con Dios a una lectura rápida de diez minutos en la mañana y desconectarse el resto del día.
La conexión con la Sección II: Cuando el día se pone denso, las presiones aumentan o surge un conflicto inesperado, la carne busca el alivio rápido del control o la ira.
La práctica concreta: Antes de responder una llamada difícil, entrar a una reunión tensa o reaccionar frente a una falta en casa, haga una pausa deliberada de treinta segundos. Fije los ojos en Jesús: recuerde Su paciencia, Su señorío y Su obra consumada. Ponerse bajo Su luz en medio del día desactiva la autosuficiencia.

5. Enfoque el discipulado en Cristo: Mostrar la hermosura antes de exigir la regla

El error común: Intentar corregir a otros (en la crianza, el matrimonio o el servicio) mediante la imposición de normas, la culpa o la presión externa.
La conexión con la Sección II: Nadie hace que a un niño le guste el café amargo gritándole órdenes, ni se forma un pintor obligándolo a trazar líneas mecánicas con regla. El legalismo genera rebelión o hipocresía.
El principio: Cuando guíe o exhorte a sus hijos, a su cónyuge o a un hermano en la fe, no se quede en la conducta superficial; llévelos a ver la hermosura, el perdón y las demandas santas de Cristo. El carácter solo se transforma cuando el corazón es cautivado por el Maestro.

Conclusión

"Aquello que más contemplamos es, con el tiempo, aquello a lo que más nos parecemos."
Iglesia, comenzamos este mensaje reconociendo un anhelo y una realidad: todos queremos ser semejantes a Jesús, pero muchos hemos cargado con el peso de la frustración al ver lo lejos que aún estamos de esa meta.
Hoy la Palabra de Dios nos quita esa carga de encima. La solución a nuestra falta de madurez no es salir de aquí a redoblar esfuerzos humanos, ni apretar los dientes para cumplir una lista de exigencias morales como un empleado resentido. No somos el aprendiz que intenta falsificar un cuadro a regla y compás; somos hijos a quienes se les ha concedido sentarse a los pies del Maestro.
El camino hacia la madurez no es el esfuerzo del antiguo pacto, sino la contemplación constante, paciente y obediente de la gloria de Cristo en el espejo de Su Palabra.
Esto significa que hoy usted puede descansar de la frustración:
Usted no es el agente que produce la transformación: Ese es el papel soberano del Señor, el Espíritu Santo, quien promete llevarnos «de gloria en gloria».
Su responsabilidad es sentarse a la mesa: Usar su voluntad para permanecer expuesto a la hermosura del Salvador, educar el paladar de su alma y obedecer con gozo cada trazo que Él le muestre.
No podemos forzar al corazón a amar por decreto, pero cuando nos sentamos día tras día delante de la cruz, el amor de Jesús desplaza nuestros ídolos, desarma nuestro egoísmo y reproduce Su carácter en nosotros.
(repetir juntos) «Aquello que más contemplamos es, con el tiempo, aquello a lo que más nos parecemos.»
La pregunta que define su eternidad y su caminar diario es: ¿Qué está contemplando usted hoy?

Llamados finales

1. Llamado a los incrédulos — El Evangelio de la Gracia

Si usted está aquí hoy y aún no ha rendido su vida a Jesucristo, quiero hablarle con profundo amor y claridad: nada de lo que hemos hablado sobre transformación interior puede comenzar en su vida todavía.
Como leímos en el versículo 15, mientras una persona vive lejos de Cristo, hay un velo puesto sobre su corazón. Usted puede admirar a Jesús como un gran maestro moral, puede intentar ser una buena persona o cumplir ciertas reglas religiosas, pero sus propias fuerzas jamás podrán salvarlo ni reconciliarlo con un Dios tres veces santo.
La Escritura es clara: todos pecamos, estamos destituidos de Su gloria y merecemos la condenación eterna. Pero el Dios soberano, en Su infinito amor y misericordia, envió a Su Hijo Jesús. Él vivió la vida perfecta que nosotros no pudimos vivir, murió en la cruz cargando el castigo de nuestro pecado y resucitó victorioso al tercer día.
El versículo 16 nos da esta promesa gloriosa: «Cuando alguno se vuelve al Señor, el velo es quitado». Volverse a Cristo no es hacer un rito externo; es arrepentirse genuinamente de sus pecados y poner toda su fe y confianza en la obra consumada de Jesús. Si el Espíritu Santo está inquietando su corazón hoy, no lo postergue: vuélvase a Cristo, el velo será quitado, y por primera vez sus ojos contemplarán la salvación y la gloria de Dios.

2. Llamado a los discípulos — Volver a fijar la mirada

Y a mis hermanos, a los que ya caminan en el Señor: la pregunta hoy no es si contemplamos algo; todos pasamos la semana contemplando algo con interés sostenido.
La pregunta que el Señor nos hace hoy bajo el sol, como se la hizo a Jonás, es: «¿Qué estás atesorando?».
¿Lleva semanas contemplando su rendimiento laboral y midiendo su valor por sus logros o preocupaciones terrenales?
¿Pasa horas contemplando la opinión de otros, el teléfono o sus propias comodidades, mientras la Palabra permanece cerrada?
¿Ha caído en la trampa de Jonás: cumpliendo con tareas en la iglesia o en la familia, pero con un corazón amargado, quejumbroso y seco por dentro?
Cualquier cosa que mire más que a Cristo terminará modelando su corazón a su propia imagen. Hoy es el día para confesar esa idolatría, arrepentirse del moralismo y pedirle al Espíritu Santo que renueve sus afectos. Usemos nuestra voluntad para volver a ponernos bajo la luz del Evangelio, contemplar Su gracia sacrificial y permitir que Su amor gobierne nuestro hogar, nuestro trabajo y nuestra vida entera.
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