Tiempo de meditación — 1 Timoteo 3:14–16

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La iglesia del Dios viviente: columna de la verdad y proclamadora de Cristo

Texto base: 1 Timoteo 3:14–16 (RVR1960)
“Esto te escribo, aunque tengo la esperanza de ir pronto a verte, para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad. E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles, Predicado a los gentiles, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria.” 1 Timoteo 3:14–16

Introducción

Hermanos, durante nuestro recorrido por 1 Timoteo hemos visto que Pablo está profundamente preocupado por la salud de la iglesia en Éfeso.
Desde el comienzo de la carta encontramos el problema. Pablo había dejado a Timoteo allí para que mandara a algunos:
“que no enseñen diferente doctrina” (1 Tim. 1:3).
No era un problema pequeño. La verdad del evangelio estaba siendo amenazada por falsos maestros.
Esto no tomó a Pablo por sorpresa. Años antes había advertido a los ancianos de Éfeso:
“Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño.” Hechos 20:29
Incluso advirtió:
“Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos.” Hechos 20:30
Ahora aquello estaba sucediendo.
Por eso Pablo escribe esta carta.
Hasta este momento nos ha hablado de la sana doctrina, la oración de la iglesia, la conducta de hombres y mujeres, las cualificaciones de los ancianos y las cualificaciones de los diáconos.
Pero en 1 Timoteo 3:14–16 Pablo hace algo muy importante: nos explica por qué todas estas cosas importan.
Porque estamos hablando de la casa de Dios.
Y porque Dios ha confiado a esa casa algo sumamente precioso:
la verdad acerca de Jesucristo.

I. Debemos saber cómo conducirnos en la casa de Dios

1 Timoteo 3:14–15

Pablo comienza:
“Esto te escribo, aunque tengo la esperanza de ir pronto a verte, para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios...” 1 Timoteo 3:14–15
Pablo esperaba visitar personalmente a Timoteo, pero existía la posibilidad de que tardara.
¿Podía esperar la iglesia hasta que Pablo llegara?
No.
Los problemas doctrinales eran demasiado importantes. Por eso escribe.
Y aquí prácticamente encontramos el propósito de toda la carta de 1 Timoteo:
“para que... sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios.”
Esto nos enseña algo fundamental.

La iglesia no puede conducirse como quiera

La iglesia no pertenece al pastor.
No pertenece a los ancianos.
No pertenece a los diáconos.
Tampoco pertenece a la congregación en el sentido de que podamos decidir por mayoría qué queremos creer o cómo queremos organizarla.
Pablo la llama:
“la casa de Dios.”
Dios es su dueño.
Cristo compró a su iglesia con su propia sangre (Hch. 20:28).
Por lo tanto, Dios tiene derecho a establecer cómo debe conducirse su casa.
Esto nos ayuda a comprender todo lo que hemos estudiado anteriormente.
¿Por qué Pablo habló de la oración en 1 Timoteo 2:1–7?
Porque es la casa de Dios.
¿Por qué habló del comportamiento de hombres y mujeres en 1 Timoteo 2:8–15?
Porque es la casa de Dios.
¿Por qué estableció requisitos para los ancianos en 1 Timoteo 3:1–7?
Porque es la casa de Dios.
¿Por qué estableció requisitos para los diáconos en 1 Timoteo 3:8–13?
Porque es la casa de Dios.
La iglesia no se organiza según las tendencias de la sociedad, las estrategias empresariales o simplemente nuestras preferencias.
La pregunta siempre debe ser:
¿Qué ha dicho Dios en su Palabra?

II. Somos la iglesia del Dios viviente

1 Timoteo 3:15

Pablo continúa describiendo esta casa:
“...que es la iglesia del Dios viviente...” 1 Timoteo 3:15
Esta expresión habría tenido un significado particularmente poderoso en Éfeso.
Recordemos qué había ocurrido allí.
Éfeso era famosa por el templo de la diosa Artemisa. Cuando la predicación del evangelio comenzó a afectar la idolatría y el negocio relacionado con ella, se produjo un gran disturbio.
La multitud comenzó a gritar:
“¡Grande es Diana de los efesios!” Hechos 19:28
Durante aproximadamente dos horas repetían:
“¡Grande es Diana de los efesios!” Hechos 19:34
Pero Pablo ahora habla de:
“la iglesia del Dios viviente.”
Artemisa no vivía.
Los ídolos no tienen vida.
Pero el Dios de la iglesia es el Dios viviente.
El Dios que creó los cielos y la tierra.
El Dios que habla.
El Dios que salva.
El Dios que gobierna.
El Dios que resucitó a Jesucristo de entre los muertos.
La iglesia puede parecer débil delante del mundo, pero pertenece al Dios viviente.

Aplicación

Esto debería transformar nuestra manera de pensar acerca de la iglesia local.
Cuando nos reunimos, no estamos simplemente asistiendo a una organización religiosa.
Somos parte de la casa del Dios viviente.
Por eso debemos acercarnos a la iglesia con:
reverencia,
compromiso,
amor,
servicio,
obediencia a la Palabra.

III. La iglesia es columna y baluarte de la verdad

1 Timoteo 3:15

Pablo añade una expresión extraordinaria:
“...columna y baluarte de la verdad.”
Debemos entender cuidadosamente lo que Pablo está diciendo.

¿Significa que la iglesia crea la verdad?

No.
La iglesia no decide qué es verdad.
Tampoco significa que algo se vuelve verdadero simplemente porque una institución eclesiástica lo declara.
La propia Escritura nos dice:
“Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo.” Efesios 2:20
Por tanto, la iglesia está fundada sobre la verdad de Dios y no la verdad sobre la iglesia.
Entonces, ¿qué significa que somos “columna y baluarte”?
Una columna sostiene y exhibe algo.
Un baluarte proporciona firmeza y apoyo.
La iglesia ha recibido de Dios la responsabilidad de:
guardar la verdad, sostener la verdad, vivir la verdad y proclamar la verdad.

Guardar la verdad

Pablo dirá posteriormente a Timoteo:
“Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros.” 2 Timoteo 1:14
El evangelio es un depósito que hemos recibido.
No podemos modificarlo para hacerlo más aceptable.

Vivir la verdad

La iglesia sostiene la verdad también mediante su conducta.
Cuando proclamamos que Cristo transforma pecadores pero vivimos exactamente como el mundo, debilitamos nuestro testimonio.
Por eso doctrina y vida nunca deben separarse.
La verdad que confesamos con nuestros labios debe manifestarse en nuestra conducta.

Proclamar la verdad

Una columna también hace visible aquello que sostiene.
Así debe funcionar la iglesia en medio del mundo.
Nuestra misión no consiste en inventar un mensaje nuevo para cada generación.
Nuestra responsabilidad es levantar ante el mundo la verdad que Dios ya reveló.
Y entonces surge una pregunta fundamental:
¿Cuál es esa verdad que la iglesia debe sostener?
Pablo responde inmediatamente en el versículo 16.
Y su respuesta es:
Cristo.

IV. Grande es el misterio de la piedad

1 Timoteo 3:16

Pablo declara:
“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad...”
La palabra “misterio” no significa aquí un secreto que solamente unos pocos iniciados pueden descubrir.
En Pablo, un misterio es una verdad que estuvo anteriormente velada pero que Dios ahora ha revelado claramente.
Y aquí el misterio se centra en la persona y obra de Jesucristo.
Algunos estudiosos consideran que las palabras siguientes pudieron formar parte de un antiguo himno o confesión de fe utilizado por los primeros cristianos.
Observe cómo está construido:
“Dios fue manifestado en carne, Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles, Predicado a los gentiles, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria.”
En unas pocas líneas tenemos un extraordinario resumen de la persona y obra de Cristo.

V. “Dios fue manifestado en carne”

La encarnación

Aquí comienza el evangelio.
El eterno Hijo de Dios entró en nuestra historia.
Juan lo expresa de esta manera:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.” Juan 1:1
Y posteriormente:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.” Juan 1:14
Jesucristo no comenzó a existir en Belén.
El Hijo existía eternamente.
Pero en un momento determinado asumió verdadera naturaleza humana.
Dios vino hasta nosotros.
Esto es fundamental para nuestra salvación.
El hombre había pecado y un hombre debía obedecer perfectamente y sufrir la condenación correspondiente al pecado.
Por eso nuestro Salvador debía ser verdadero hombre.
Pero también debía ser verdadero Dios para que su obra tuviera valor infinito.
El evangelio comienza con esta maravilla:
Dios vino a nosotros porque nosotros jamás podríamos llegar hasta Él por nuestros propios méritos.

VI. “Justificado en el Espíritu”

La vindicación y resurrección de Cristo

Jesús fue rechazado por los hombres.
Fue acusado de blasfemia.
Fue condenado.
Fue crucificado como criminal.
Parecía que sus enemigos habían demostrado que Él era un impostor.
Pero Dios respondió levantándolo de entre los muertos.
Pablo dice acerca de Cristo:
“...declarado Hijo de Dios con poder... por la resurrección de entre los muertos.” Romanos 1:4
La resurrección fue la gran vindicación de Cristo.
El mundo dijo:
“Es culpable.”
Dios declaró mediante la resurrección:
“Él es mi Hijo.”
La tumba vacía confirma que Cristo es quien afirmó ser y que su sacrificio fue aceptado.
Nuestra fe no descansa sobre un Salvador muerto.
Nuestro Salvador vive.

VII. “Visto de los ángeles”

Los ángeles estuvieron presentes en momentos fundamentales de la obra de Cristo.
Anunciaron su nacimiento (Lc. 2:8–14).
Le sirvieron durante su ministerio (Mt. 4:11).
Estuvieron presentes en su resurrección (Mt. 28:1–7).
Y contemplaron su exaltación.
Aquel que se humilló tomando forma de siervo ahora recibe la adoración de las huestes celestiales.
Apocalipsis describe a los seres celestiales proclamando:
“El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza.” Apocalipsis 5:12

VIII. “Predicado a los gentiles”

El evangelio sale al mundo

Aquí sucede algo extraordinario.
La noticia acerca de un carpintero judío crucificado fuera de Jerusalén comenzó a recorrer el mundo.
Jesús había ordenado:
“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones.” Mateo 28:19
Y eso comenzó a suceder.
El evangelio no pertenece a una raza.
No pertenece a una nación.
No pertenece a una cultura.
Cristo es proclamado:
a judíos y gentiles,
ricos y pobres,
hombres y mujeres,
personas de toda lengua y nación.
Y nosotros mismos somos evidencia de ello.
Estamos a miles de kilómetros de Jerusalén y, siglos después, seguimos escuchando el nombre de Jesucristo.
¿Por qué?
Porque Cristo fue predicado a las naciones.

IX. “Creído en el mundo”

Pero el evangelio no solamente fue predicado.
Fue creído.
Personas que anteriormente adoraban ídolos abandonaron sus dioses y pusieron su confianza en Jesucristo.
Esto mismo había ocurrido en Éfeso.
Hechos 19 nos muestra personas abandonando prácticas paganas y destruyendo públicamente libros relacionados con la magia (Hch. 19:18–20).
La Palabra estaba transformando vidas.
Y continúa haciéndolo.
El evangelio sigue avanzando no porque la iglesia tenga poder en sí misma, sino porque Dios utiliza la proclamación de su Palabra para llamar a sus escogidos.
Pablo había experimentado personalmente este poder.
Él mismo había sido:
“blasfemo, perseguidor e injuriador” (1 Tim. 1:13).
Pero pudo decir:
“mas fui recibido a misericordia” (1 Tim. 1:13).
Por eso nunca debemos mirar a una persona y concluir:
“Esa persona jamás podrá convertirse.”
Si Cristo salvó a Pablo, puede salvar al pecador más endurecido.
Nuestra responsabilidad no es odiar a quienes se oponen al evangelio.
Nuestra responsabilidad es proclamarles a Cristo y orar por su salvación.

X. “Recibido arriba en gloria”

Cristo reina

Finalmente:
“Recibido arriba en gloria.”
Cristo resucitó y ascendió.
Pero su ascensión no significa simplemente que Jesús “se fue al cielo”.
Significa exaltación y reinado.
Pedro declara:
“...habiendo subido al cielo está a la diestra de Dios; y a él están sujetos ángeles, autoridades y potestades.” 1 Pedro 3:22
Nuestro Salvador reina.
El Cristo que fue humillado ahora está glorificado.
El Cristo que fue rechazado ahora gobierna.
El Cristo que fue coronado con espinas ahora reina como Rey.
Y llegará el día en que:
“...en el nombre de Jesús se doble toda rodilla... y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor.” Filipenses 2:10–11

¿Qué significa todo esto para nosotros?

1. Debemos tomar seriamente a la iglesia

La iglesia no es simplemente un lugar al que asistimos los domingos.
Somos:
“la casa de Dios” (1 Tim. 3:15).
Pertenecer a una iglesia local implica compromiso, responsabilidad, servicio y sujeción a la Palabra de Dios.

2. La iglesia debe permanecer sometida a la Escritura

No tenemos autoridad para cambiar la verdad.
Nuestra pregunta no debe ser:
“¿Qué quiere escuchar la sociedad?”
Sino:
“¿Qué ha dicho Dios?”
La iglesia permanece saludable cuando la Palabra gobierna su doctrina y su conducta.

3. Debemos proteger la sana doctrina

Los falsos maestros existían en Éfeso y siguen existiendo.
Por eso debemos conocer la Escritura.
Una congregación que desconoce la Palabra será fácilmente engañada.

4. Debemos vivir aquello que profesamos

Somos “columna y baluarte de la verdad”.
Por tanto, no solamente proclamamos la verdad: debemos mostrar sus efectos.
Nuestros hogares, matrimonios, relaciones, palabras, servicio y conducta deben mostrar que el evangelio realmente transforma.

5. Cristo debe permanecer en el centro

Observe algo maravilloso.
Pablo comienza hablando de cómo debe funcionar la iglesia, pero termina hablando de Cristo.
Eso nos enseña cuál debe ser siempre el centro de una iglesia verdadera.
No el pastor.
No los programas.
No la música.
No las instalaciones.
No nuestra denominación.
Cristo.
La iglesia existe para levantar ante el mundo la verdad acerca de Jesucristo.

Una pregunta para nuestra congregación

Hermanos, después de estudiar este pasaje debemos preguntarnos:
Si Dios llama a nuestra congregación “casa del Dios viviente” y “columna y baluarte de la verdad”, ¿estamos viviendo a la altura de esa responsabilidad?
¿Conocemos la verdad?
¿Defendemos la verdad?
¿Vivimos la verdad?
¿Estamos enseñándola a nuestros hijos?
¿Estamos compartiéndola con otras personas?
¿Es Cristo realmente el centro de nuestra congregación?

Conclusión

1 Timoteo 3:14–16 nos recuerda quiénes somos y qué se nos ha confiado.
Somos la casa de Dios.
Somos la iglesia del Dios viviente.
Somos columna y baluarte de la verdad.
Pero la verdad que sostenemos no es simplemente una colección de doctrinas abstractas.
La verdad tiene su centro en una Persona:
Jesucristo.
Él fue manifestado en carne.
Fue vindicado por el Espíritu.
Fue visto por los ángeles.
Está siendo predicado entre las naciones.
Está siendo creído en el mundo.
Y fue recibido arriba en gloria.
Hermanos, nunca permitamos que estas verdades se vuelvan ordinarias para nosotros.
Podemos haber escuchado acerca de la encarnación cientos de veces.
Podemos conocer la historia de la resurrección.
Podemos repetir que Cristo ascendió al cielo.
Pero detengámonos a considerar lo extraordinario que esto significa:
El eterno Hijo de Dios vino a salvar pecadores como nosotros.
Por eso Pablo no puede hablar de estas verdades con frialdad. Exclama:
“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad.” 1 Timoteo 3:16
Que Dios nos conceda ser una iglesia que conozca la verdad, ame la verdad, viva la verdad, proteja la verdad y proclame la verdad, manteniendo siempre a Jesucristo en el centro.
Y que al contemplar nuevamente la grandeza de nuestro Salvador podamos decir junto con toda la iglesia:
Grande es el misterio de la piedad.
Amén.
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