¡Hasta Aquí!

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Dios cambió el significado de una derrota en victoria.

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Las Piedras que se llaman ¡AYUDA!

Vamos a empezar con un experimento, cierren los ojos unos segundos y piensen en la semana más difícil que han tenido en los últimos 12 meses, esa semana que no sabías cómo iba a salir; la llamada que no querían contestar, la pregunta que esperabas que no te hicieran, el resultado del lab, el día que se acabó el trabajo, la conversación difícil con el cónyuge. ¿Ya la tienen? sospecho que la encontraron rapidísimo, no tuvieron que pensarlo mucho, estaba a la mano.
Sigan con los ojos cerrados, no hagan trampa. Ahora piensen en el momento más claro en que Dios te ayudó en los últimos 12 meses, algo que no puedes negar, no un momento bonito, sino uno que, si Dios no se hubiera aparecido ¡no se habría resuelto! Toma tu tiempo.
Puedes abrir los ojos. ¿Notaron la diferencia? El dolor lo encontraron en 3 segundos, la intervención poderosa de Dios tomó 30 segundos y algunos todavía no lo encuentran.
No es porque seamos mal agradecidos, es porque estamos construidos así. Nuestra memoria tiene una alarma para el peligro y ninguna para el rescate. Recordamos con lujo de detalle lo que nos amenazó y se nos borra con facilidad asombrosa quién nos sostuvo mientras nos amenazaban.
El problema es que eso tiene un precio. Hoy hablaremos de ese precio, porque un pueblo que olvida quién lo ha ayudado se convierte, tarde o temprano, en un pueblo que vive con miedo.
El contexto de la historia de hoy es un momento específico en la historia de Israel. No un momento glorioso, quizá uno de los peores.
Alrededor del año 1050 a. C. Israel no tiene rey, no tiene ejército, no tiene capital; es un conjunto de tribus dispersas en las montañas y cada tribu resuelve como puede. Enfrentan a su enemigo: los filisteos no eran una tribu del desierto, eran parte de lo que los historiadores llaman “los pueblos del mar”, gente que llegó del Egeo, se establecieron en la costa y trajeron una ventaja que Israel no tenía ¡el hierro! Hay 5 ciudades fortificadas: Gaza, Ascalón, Asdod, Ecrón y Gat, tienen carros, armaduras y armas de hierro contra las herramientas de bronce de los israelitas.
La Biblia menciona esa desventaja, en 1 samuel 3 dice que no había un solo herrero en toda la tierra de Israel, porque los filisteos no los dejaban, si querían afilar sus arados, tenían que bajar a territorio filisteo. Imagínense pedirle permiso a su enemigo para afilar sus propias herramientas.
Este es el contexto de 1 Samuel 4, donde ocurren los desastres. Los filisteos suben a pelear. Israel acampa en un lugar llamado: Ebenezer (recuerda este nombre). Los filisteos acampan enfrente, en Afec. Ese día Israel pierde a 4 mil hombres en batalla.
Entonces, los ancianos de Israel toman una decisión que suena espiritual y ¡no lo es! dicen: “traigamos el arca del Pacto que está en Silo”. Si el arca está con nosotros ¡no podemos perder!
Fíjense bien en lo que están haciendo ¡no están buscando a Dios! están buscando un amuleto; no se preguntan ¿qué estamos haciendo mal? Se preguntan ¿qué objeto nos da buena suerte? Esa es la diferencia entre la fe y la superstición y esa diferencia les costó todo. Porque el Arca llegó, el pueblo se alegró tanto que gritó fuerte, tan fuerte que la tierra tembló, los filisteos se enteran de que llegó el arca y se asustaron, pero aun así ¡Israel perdió!
Leamos la historia de ese día, cuando le dan la noticia al sacerdote Elí de 98 años que está junto el camino esperando noticias. Un soldado llega ante él y pregunta:
“…—¿Qué pasó, hijo mío? —preguntó Elí.” (1º Samuel 4:16, NTV)
“—Israel fue derrotado por los filisteos —le contestó el mensajero—. Masacraron a la gente, también mataron a sus dos hijos, Ofni y Finees, y capturaron el arca de Dios.” (1º Samuel 4:17, NTV)
“Cuando el mensajero mencionó lo que había sucedido al arca de Dios, Elí cayó de espaldas de su asiento junto a la puerta. Se quebró la nuca y murió, porque era viejo y demasiado gordo…” (1º Samuel 4:18, NTV)
La nuera de Elí que estaba embarazada, al oír las noticias entra en trabajo de parto, el niño nace, y ella con el último aliento le pone nombre:
“Al niño le puso por nombre Icabod (que significa «¿dónde está la gloria?») porque dijo: «La gloria de Israel se ha ido». Le puso ese nombre porque el arca de Dios había sido capturada y porque murieron su suegro y su esposo.” (1º Samuel 4:21, NTV)
El asunto no termina ahí, el lugar donde el tabernáculo había estado por generaciones, el centro de la fe de Israel ¡desapareció! Los arqueólogos que excavaron ese sitio encontraron una capa de destrucción: ceniza, muros caídos, vasijas quebradas de mediados del siglo XI a. C.
Siglos después, Dios le diría al profeta Jeremías:
“»”Ahora vayan a Silo, al lugar donde puse antes el tabernáculo que llevaba mi nombre. Vean lo que hice allí debido a toda la perversidad de mi pueblo, los israelitas.” (Jeremías 7:12, NTV)
Este es el punto de partida de la historia de hoy. Esto fue sólo el contexto. Empezamos:
“El arca permaneció en Quiriat-jearim mucho tiempo: veinte años en total. Durante ese tiempo todos los israelitas se lamentaron porque parecía que el SEÑOR los había abandonado.” (1º Samuel 7:2, NTV)
¡Veinte años! Piensa en esa cantidad de años. A veces leemos la Biblia a prisa, pero medita: 20 años ¡una generación completa! Un niño que nació en ese desastre ya creció, se casó, tiene hijos y nunca en su vida ha visto a Dios hacer nada. 20 años de reuniones donde nadie canta a voz en cuello. 20 años de gente que poco a poco y nada más porque sí, dejó de orar, 20 años de un pueblo que se acostumbró a la derrota.
Quizá hay alguien esta mañana que está en el año 15 de 20. El año de la enfermedad quedó atrás, el año de la crisis familiar ¡ya pasó! el año de la sanidad quedó muy atrás. Ya no está en crisis, está en un lugar peor, acostumbrado a su apatía.
¿Qué hizo el pueblo esos 20 años? y ¿qué hace Dios? Les revela su falta:
“Entonces Samuel le dijo a todo el pueblo de Israel: «Si en realidad desean volver al SEÑOR, desháganse de sus dioses ajenos y de las imágenes de Astarot. Tomen la determinación de obedecer sólo al SEÑOR; entonces él los rescatará de los filisteos».” (1º Samuel 7:3, NTV)
El pueblo lleva 20 años llorando, clamando a Dios… y todavía tiene ídolos en la casa. Hace las 2 cosas al mismo tiempo. Lágrimas de verdad y las imágenes de Baal y Astoret en el rincón ¡por si acaso! Por si Dios no contesta, por si se tarde. A Dios orando y con el Mazo dando.
Samuel no les dice: ¡lloren más fuerte! les dice ¡Saquen esos ídolos de su casa! Porque la gratitud no empieza con sentimientos, empieza con honestidad. A veces lo que está deteniendo nuestra historia, no es falta de fe, es el plan B bajo la manga. Es el dinero escondido en el cajón por si Dios falla.
Entonces el pueblo se reúne en Mizpa y hacen 3 cosas:
“De manera que se reunieron en Mizpa y, en una gran ceremonia, sacaron agua de un pozo y la derramaron delante del SEÑOR. Asimismo no comieron durante todo el día y confesaron que habían pecado contra el SEÑOR…” (1º Samuel 7:6, NTV)
Sacaron agua, la derramaron delante del Señor; ayunaron todo el día; confesaron en voz alta: ¡Hemos pecado contra el Señor!
Derramar el agua es un gesto que no aparece en ningún otro lugar en el AT. Los estudiosos lo entienden como símbolo de vaciamiento total: mira Señor así estamos, sin nada, sin reservas, sin plan B.
¿Saben qué pasó exactamente en ese momento? Los filisteos se enteraron y subieron a atacar; esto es importantísimo, porque el ataque no vino cuando estaban en pecado, vino cuando por fin se estaban arrepintiendo.
Quizá necesitas escuchar esto: el hecho que las cosas se pongan difíciles justo cuando decides tomar en serio a Dios, no es señal que te equivocaste, muchas veces es exactamente la señal contraria. El infierno no se molesta con los que están dormidos.
El pueblo entero entra en pánico por que vienen los filisteos, le dicen a Samuel: “no dejes de clamar por nosotros”, Samuel toma un cordero, lo ofrece entero y ora:
“Entonces Samuel tomó un cordero y lo ofreció al SEÑOR como ofrenda quemada entera. Rogó al SEÑOR que ayudara a Israel, y el SEÑOR le contestó.” (1º Samuel 7:9, NTV)
“Entonces, justo en el momento en que Samuel sacrificaba la ofrenda quemada, llegaron los filisteos para atacar a Israel. Pero ese día el SEÑOR habló con una poderosa voz de trueno desde el cielo y causó tal confusión entre los filisteos, que los israelitas los derrotaron.” (1º Samuel 7:10, NTV)
No intervino un carro, espada, estrategia, solo un trueno. ¿Ves lo interesante? Israel llevaba 20 años cargando el problema y a Dios le tomó un trueno resolverlo ¡menos de 1 segundo!
Entonces no es que Dios sea lento, sino que durante 20 años el pueblo estuvo peleando la batalla equivocada, estaban buscando cómo ganarles a los filisteos, cuando el asunto ¡nunca fue el hierro! El asunto era ¡el corazón! Pelea las batallas de tu corazón, no las del exterior solamente.
“Luego Samuel tomó una piedra grande y la colocó entre las ciudades de Mizpa y Jesana. La llamó Ebenezer (que significa «la piedra de ayuda») porque dijo: «¡Hasta aquí el SEÑOR nos ha ayudado!».” (1º Samuel 7:12, NTV)
Aquí el tema nos toca a todos. Ebenezer son dos palabras hebreas pegadas: Eben, que quiere decir “piedra”, y Ezer, que quiere decir “ayuda”. Pero Ezer no es cualquier ayuda. No es la ayuda del que te lleva las bolsas del mandado.
En el AT esa palabra se usa casi siempre para hablar de la intervención que llega cuando ya no puedes más. Es la misma palabra del Salmo:
“¡Mi ayuda viene del SEÑOR, quien hizo el cielo y la tierra!” (Salmo 121:2, NTV)
Samuel no le puso “la piedra de nuestra victoria”, le puso “la piedra de la ayuda”, porque sabía perfectamente quién había ganado esa batalla y ¡no habían sido ellos!
¿Recuerdas ese nombre y qué pasó ahí? Ebenezer era el nombre del lugar donde habían perdido todo. Ahí acampó Israel el día de la peor derrota de su historia, ahí murieron 4 mil, desde ese lugar enviaron por el Arca, pero no pudieron rescatarla. Ese nombre, para cualquier israelita de esa generación, era una herida, esa palabra no se decía en la mesa.
20 años después, Samuel toma esa palabra de la derrota, la palabra maldita, la palabra que recordaba lo peor y la pone en una piedra como monumento a la fidelidad de Dios.
Familia ¡eso es lo que hace Dios! Dios no borra el nombre de tu peor lugar, tu peor año, o tu punto más bajo ¡Dios le cambia el significado!
El lugar donde te rompieron se puede convertir en el lugar donde cuentas lo que Dios hizo (Kintsugi). Lo que no podías mencionar, de lo que no podías hablar, puede ser el título de tu testimonio. ¡Eso es redención! No se trata de olvidar, es que la misma palabra ahora significa otra cosa.
Algo más. Samuel no dijo “hasta aquí llegamos”, dijo “hasta aquí nos ayudó el Señor”, “hasta aquí” no es un punto final, es una marca a media carrera. El que lo lee sabe 2 cosas al mismo tiempo: sabe cuánto ha caminado y sabe que todavía falta. Los puestos de hidratación en un maratón.
“De modo que los filisteos fueron sometidos y no volvieron a invadir a Israel por algún tiempo. Y durante toda la vida de Samuel la mano poderosa del SEÑOR se levantó contra los filisteos.” (1º Samuel 7:13, NTV)
Los filisteos sometidos, y Samuel el resto de su vida recorrió el país, año tras año, juzgando, resolviendo. La vida no se volvió fácil.
Lo que cambió no fue que se acabaron los problemas, lo que cambió fue que ahora tenían una piedra. Una piedra en el camino significa que la próxima vez que vengan los filisteos - y van a venir -, este pueblo ya no va a preguntar ¿podrá Dios con esto? van a pasar junto a la piedra, la van a ver y van a decir: “¡Ya lo hizo una vez!”, “aquí nos ayudó”.
Estamos empezando septiembre, ya pasamos el 1, 2, 3, 4 y 5. Nos quedan 4 meses del año y quiero proponerles algo. Vuelve a recordar ese momento que Dios te ayudó este año. La gratitud que se queda en el pensamiento se evapora, la que se dice ¡se queda! Recuérdalo.
Samuel no escribió el testimonio en un rollo y lo guardó, puso una piedra grande en medio del camino, donde todo el mundo la podía ver. En tu casa, en el refri, espejo del baño, en la puerta, pon algo que te obligue a recordar Su Fidelidad, en esos días en que no tengas ganas de acordarte. Mezuzá.
Díselo a alguien más joven que tú. Hijo, nieto, un joven de casa, un trabajador. No le des un consejo, cuéntale tu historia. Porque hay una generación creciendo que no sabe las historias y ellos necesitan saber que el Dios del que hablamos, hizo algo verificable en la vida de alguien que conoce por nombre ¡te conoce a ti! Vuelve a recordar cómo Dios te sacó de esa cama, de la banca rota, del alcoholismo, las deudas.
Ahora toma la piedra que te dieron al entrar, en esa piedra escribe tu “hasta aquí”, una frase, lo que Dios hizo por ti. Una sola palabra o 2, un nombre, una fecha, sanidad de una enfermedad, trabajo, comida, provisión, una noche en crisis y ¡Aquí estás! Puedes ponder: Me sanó. Mi hijo. Saldó la deuda. Embarazo. Tengo casa. Mis hijos le aman.
No vamos a leerlas, es para que veamos lo que Israel vio ese día: un montón de piedras que nos recuerda que no estamos solos.
Si estás en tu año 15 de 20, si llevas mucho tiempo esperando y ya no le dices a nadie por lo que estás orando, porque te cansaste de que te pregunten ¡escucha! Israel también tuvo 20 años de silencio, y el silencio no fue el final de la historia, fue el capítulo antes del trueno.
Quizá tu piedra aún no tiene una inscripción, pero eso no significa que no vaya a tenerla, significa que Dios ¡Todavía no termina!
Pasen y traigan su piedra, y déjenla en la plataforma.
“¡Mi ayuda viene del SEÑOR, quien hizo el cielo y la tierra!” (Salmo 121:2, NTV)
Palabra de Dios
Oremos
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