LAS CONDICIONES DEL REY

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INTRODUCCIÓN

Adorno: Hoy en día es muy común encontrar, en la entrada de algunos establecimientos comerciales, un cartel que dice: «Se reserva el derecho de admisión». Dependiendo del lugar, pueden existir determinadas condiciones para entrar: un límite de edad, una estatura mínima o alguna otra característica específica.
Por ejemplo, en ciertos parques infantiles solo se permite la entrada a niños mayores de cuatro años o que superen una determinada altura. En algunos establecimientos se admiten perros, mientras que en otros las mascotas están prohibidas.
Detrás de todas estas normas hay una idea sencilla: **es el dueño del establecimiento quien establece las condiciones de entrada**. Él decide quién puede entrar y quién no.
Pero ¿qué ocurre cuando hablamos del Reino de Dios? ¿Quién tiene autoridad para decidir quién entra y quién queda fuera?
Marcos 10 nos ofrece una respuesta clara, y no está muy lejos de la realidad que acabamos de describir. Así como el dueño de un establecimiento determina las condiciones de admisión, en el Reino de Dios es el Rey mismo quien establece quién puede entrar.
Esto, en realidad, no debería sorprendernos. Después de todo, es lógico que el Rey tenga autoridad sobre su propio Reino.
Sin embargo, lo que quizá sí nos sorprenda es que las condiciones que el Rey establece no son necesariamente las que nosotros esperaríamos. Sus criterios no coinciden siempre con nuestras ideas sobre quién merece entrar, quién está preparado para entrar o quién parece tener más posibilidades de pertenecer a su Reino.
Por eso, te invito a que me acompañes en la lectura de nuestro texto de hoy: Marcos 10:13–31. En este pasaje encontraremos tres escenas diferentes. Y quiero que prestemos especial atención a un tema que une cada una de estas historias: ¿quién puede entrar en el Reino de Dios y qué implica pertenecer a él?

RECIBIRLO COMO NIÑOS (Marcos 10:13-16)

En esta primera escena, Marcos nos presenta un encuentro entre Jesús y unos niños pequeños. Algunos padres se acercan al Señor trayendo a sus hijos con el propósito de que los tocara y los bendijera. Lucas, en su evangelio, incluso describe a estos niños como muy pequeños, probablemente bebés o niños de corta edad (Lucas 18:15).
Es probable que aquellos padres reconocieran a Jesús como un maestro judío excepcional, cuya doctrina y enseñanza no tenían comparación. También habían oído acerca de sus milagros y de su autoridad, y seguramente veían en Él a alguien que podía bendecir a sus hijos.
En nuestra cultura moderna se han popularizado algunas imágenes de presidentes y líderes políticos besando a bebés o abrazando a niños que son traídos por sus padres. Especialmente durante las campañas electorales, buscando transmitir cercanía al pueblo. No siempre podemos conocer la sinceridad de esas expresiones de afecto.
Pero el caso de nuestro Señor es diferente. El texto nos muestra que Jesús no está aparentando cercanía ni utilizando a estos pequeños para proyectar una determinada imagen. No, su amor y consideración hacia ellos son verdaderos.
Sin embargo, cuando los padres los llevan a Jesús, la reacción de los discípulos resulta sorprendente. El versículo 13 dice que los discípulos reprendían a los padres que traían a los niños.
La pregunta es ¿Por qué reaccionaron de esa manera?
Hasta este momento, Marcos no nos ha mostrado a los discípulos reprendiendo a las personas que se acercaban a Jesús. No lo hicieron con los enfermos, ni con los necesitados, ni siquiera con aquellos que podían resultar incómodos para la sociedad religiosa de su tiempo. Tampoco lo hicieron cuando los fariseos se acercaron al Señor para tentarlo. Pero ahora, cuando unos padres traen a sus hijos pequeños al Señor, los discípulos intervienen para impedirlo.
Aunque el texto no explica expresamente sus motivos, podemos entender por qué quizá consideraban que los niños no eran una prioridad. En aquella sociedad, los adultos tenían una mayor relevancia social y podían ejercer una influencia más visible. Un adulto podía contribuir con recursos, servir de distintas maneras o dar testimonio de lo que Jesús había hecho en su vida. Todas estas cosas ayudarían al avance del reino. Pero estos niños eran demasiado pequeños incluso para acercarse por sí mismos: tenían que ser llevados por sus padres.
¿Qué posible contribución podían hacer para el reino? Ninguna.
Desde la perspectiva humana, quizá parecían tener poco que ofrecer. No representaban una ventaja evidente para el ministerio de Jesús. Pero precisamente aquí aparece el contraste entre los valores del mundo y los del Reino de Dios. Entre las prioridades de los hombres, y las del Rey.
La respuesta de nuestro Señor es contundente. Marcos dice que Jesús se indignó. Y esa indignación nos permite ver algo importante acerca de los valores de su Reino.
Escuchemos cómo lo relata el texto.
Leer Marcos 10:14–16.
Jesús se indigna porque sus discípulos están tratando a estos pequeños como si fueran insignificantes, como si no merecieran su atención. Pero para el Rey, ellos no son una molestia ni una interrupción innecesaria. Jesús los recibe, los abraza y los bendice.
Su reacción revela un contraste profundo entre los valores de este mundo y los valores de su Reino. El mundo suele valorar a las personas según su posición, sus capacidades, su influencia o lo que pueden aportar. Pero el Rey dirige su atención precisamente hacia quienes parecen tener menos importancia y menos recursos.
Y este contraste nos prepara para comprender la enseñanza central de esta primera escena. La indignación de Jesús no se limita a defender a los niños; también conduce a una afirmación solemne acerca de quién puede entrar en el Reino de Dios.
El versículo 15 dice: «En verdad les digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él».
Aquí encontramos la primera condición del Rey: recibirlo como un niño.
Pero ¿qué significa recibir el Reino de Dios como un niño?
La clave está en comprender que el Reino no es algo que podamos conquistar por nuestras propias fuerzas, sino algo que debemos recibir. Y recibirlo implica confianza y dependencia.
Un niño pequeño no se presenta ante sus padres con una lista de logros para demostrar que merece ser cuidado. No puede sostenerse por sí mismo ni satisfacer todas sus necesidades. Depende de la provisión, la protección y el cuidado de quienes lo aman.
De manera semejante, Jesús enseña que quienes desean entrar en el Reino deben abandonar toda confianza en sus propios esfuerzos y logros. No pueden acercarse al Rey apoyándose en su autosuficiencia, como si tuvieran algo con lo cual obligarlo a dejarlos entrar.
El Reino se recibe con una actitud de confianza y dependencia.
Por eso, recibir el Reino como un niño no significa ser ingenuo, ignorante o moralmente perfecto. Muchos han pensado que ser como niños es ser inocentes, pero amados hermanos, y amigos, ninguno de nosotros entrará al reino de Dios por ser inocentes. Y créanme, nuestros niños no son tan inocentes como parecen.
La comparación que Jesús hace, no es de inocencia sino de dependencia. Significa acercarse a Jesús sin presentar méritos propios como fundamento de nuestra esperanza. Significa depender de Él y recibir lo que solo Él puede conceder.
De manera que, la primera condición que el Rey establece para entrar en su reino, es una actitud de dependencia y confianza en lo que solo Él puede ofrecer.
Esta primera escena nos prepara para reconocer, con mayor claridad, cuál es la actitud opuesta a recibir el Reino de Dios como un niño. A continuación, Marcos nos presenta el encuentro de Jesús con un hombre que, a diferencia de los pequeños que acabamos de ver, parece tener todas las ventajas que una persona podría desear: juventud, riquezas y una vida moralmente respetable.

RECONOCER LA IMPOSIBLE DE ALCANZARLO (Marcos 10:17-27)

Leer Marcos 10:17-25
Al comienzo de esta segunda escena, Marcos no nos ofrece muchos detalles acerca de este hombre. Simplemente nos dice que, cuando Jesús se disponía a continuar su camino, un hombre se acercó corriendo, se arrodilló delante de Él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» Marcos 10:17.
Su actitud inicial parece, en muchos sentidos, admirable. No se acerca con indiferencia ni por curiosidad. Corre hacia Jesús, lo que transmite urgencia y un deseo genuino de encontrar una respuesta. Se arrodilla delante de Él, reconociendo al menos su autoridad y grandeza.
La escena me recuerda a mis hijos cuando llego a casa. Muchas veces, cuando entro por la puerta, Bruno sale corriendo desde el salón para recibirme. No hay nada que parezca detenerlo. De una manera semejante, este hombre se acerca a Jesús con entusiasmo y determinación.
También es importante observar la forma en que se dirige al Señor: «Maestro bueno». Después le hace una pregunta que, en cierto sentido, es la más importante que una persona puede formular: «¿Qué haré para heredar la vida eterna?»
A diferencia de muchas de las preguntas que los escribas y fariseos habían planteado anteriormente —preguntas relacionadas con el divorcio, el ayuno o las tradiciones religiosas—, este hombre está preocupado por la vida eterna. Quiere saber cómo puede entrar en el Reino de Dios.
Hasta este momento, todo parece indicar que estamos ante alguien sincero. Tiene un profundo interés espiritual, se acerca con respeto y está dispuesto a escuchar la respuesta de Jesús. Y debemos señalar algo importante: el texto no pone en duda la sinceridad de este hombre. Marcos no lo presenta como un hipócrita semejante a los fariseos. Su deseo de obtener la vida eterna parece ser genuino.
Sin embargo, a medida que avanza la conversación, descubrimos que su actitud no es la misma que Jesús acaba de presentar en la escena de los niños. Él no se acerca al Rey como alguien que simplemente necesita recibir. Se acerca convencido de que debe hacer algo para obtener la vida eterna.
Y esto se hace evidente en la pregunta que formula: «¿Qué haré…?»
Jesús responde de una manera que puede sorprendernos: «¿Por qué Me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solo uno, Dios» Marcos 10:18.
Algunas personas han utilizado estas palabras para negar la divinidad de Jesús, como si el Señor estuviera afirmando que Él mismo no es bueno o que no es Dios. Pero esa interpretación no toma en cuenta el desarrollo de la conversación.
Jesús no está negando su propia bondad. Más bien, está llevando a este hombre a examinar lo que realmente piensa acerca de la bondad y de sí mismo. El hombre llama “bueno” a Jesús, pero parece asumir que la bondad humana puede alcanzar el nivel necesario para obtener la vida eterna.
La Escritura, sin embargo, presenta una realidad muy diferente: “Todos se han desviado, a una se han corrompido; no hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno” Salmo 53:3.
El problema de este hombre es que todavía no comprende la profundidad de su propia necesidad. Considera que existen personas suficientemente buenas como para alcanzar el Reino de Dios, y parece pensar que él mismo puede ser una de ellas. Y Jesús con su respuesta pone frente a este hombre un espejo para que pueda mirarse como realmente es. El espejo que Jesús usa es la Ley de Dios.
Por eso Jesús dirige su atención hacia la Ley. Le dice: «Tú sabes los mandamientos» Marcos 10:19.
Jesús no le está proporcionando una información completamente nueva. Le está mostrando aquello que este hombre ya conoce, pero que todavía no ha entendido correctamente. A continuación, menciona varios de los mandamientos de Dios.
La respuesta del hombre vuelve a parecer sincera: «Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud» Marcos 10:20.
Podríamos interpretar estas palabras como una expresión de arrogancia. Sin embargo, el texto no nos obliga a pensar que el hombre está mintiendo o actuando con hipocresía. Hasta este punto, todo indica que está convencido de haber obedecido la Ley y de haber llevado una vida moralmente respetable.
Y aquí encontramos un problema muy serio: la Ley, que debía ayudarle a reconocer su pecado y su necesidad de misericordia, había producido en él una falsa sensación de seguridad.
Este hombre no se presenta como alguien que desprecia a Dios. Al contrario, parece desear sinceramente la vida eterna y considera que ha obedecido los mandamientos. Pero su concepto de bondad está equivocado. No comprende que la Ley no fue dada para demostrar que somos suficientemente buenos, sino también para revelar nuestra incapacidad y llevarnos a reconocer nuestra necesidad de gracia.
Entonces Marcos introduce un detalle extraordinario acerca de la reacción de Jesús. En la escena anterior, el Señor se había indignado al ver cómo los discípulos trataban a los niños como si fueran insignificantes. Ahora, en cambio, Jesús mira a este hombre y lo ama.
El texto dice: «Jesús, mirándolo, lo amó» Marcos 10:21.
Este detalle es fundamental. Jesús no confronta a este hombre como lo ha hecho con los escribas por su hipocresía, no lo desecha ni lo desprecia. Lo confronta con amor. Precisamente porque lo ama, no le ofrece una respuesta superficial ni le confirma la seguridad equivocada en la que ha estado descansando.
Por eso le dice: «Una cosa te falta: ve y vende cuanto tienes y da a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; entonces vienes y Me sigues» Marcos 10:21
Hasta este punto, la conversación parece avanzar hacia un clímax. Esperaríamos con bastante confianza una respuesta positiva de su parte. Después de todo, vino corriendo hacia Jesús, se arrodilló ante Él y le hizo la pregunta más importante de nuestras vidas. Finalmente, ha recibido una respuesta.
Jesús le ha mostrado lo que debe hacer.
Pero lo trágico es que las palabras de Jesús, que debían producir vida en este corazón desesperado, solo producen aflicción.
Marcos nos dice: «Pero él, afligido por estas palabras, se fue triste, porque era dueño de muchos bienes» Marcos 10:22.
El joven se va triste porque tenía muchas posesiones.
Y es aquí donde vemos al Señor estableciendo, con un corazón lleno de amor y ternura, una condición clara para la entrada en el Reino de Dios.
Marcos 10:23-25
No sé si alguna vez han intentado introducir un hilo por el ojo de una aguja. Muchas veces no es una tarea fácil. Ahora imagínense intentar meter un camello por el ojo de una aguja. Jesús utiliza una hipérbole para demostrar la imposibilidad de lo que este joven rico quería conseguir.
Ahora bien, es interesante que Jesús no advierte solamente contra el amor a las riquezas, sino contra las riquezas mismas. El texto no dice: “Los que aman las riquezas”, sino: “Los que tienen riquezas”.
Esto, sin duda, nos asombra, de la misma manera que asombró a los discípulos. No era la respuesta que esperaban.
Pero aquí está el punto de lo que Jesús está diciendo: tendemos a considerar que las personas que tienen riquezas son personas bendecidas por Dios. Cuando alguien consigue un buen trabajo, alcanza cierta estabilidad económica o disfruta de abundancia material, fácilmente asumimos que también disfrutará de bendiciones espirituales, como la entrada al cielo.
Muchas personas piensan que, porque han conseguido un buen trabajo o han alcanzado una posición estable, Dios los ha bendecido; y de alguna manera equiparan esa bendición material con la entrada en el Reino de Dios.
Pero Jesús está señalando algo todavía más profundo. Las riquezas tienen el potencial de llevarnos a desear este mundo más que el venidero. Pueden llevarnos a confiar más en lo que este mundo ofrece que en la provisión del Rey.
Las riquezas no tienden a producir la confianza y dependencia que caracterizan la fe de un niño que recibe el Reino. Por eso, el joven se marcha triste. Desea el Reino de los cielos, pero no lo desea por encima de todo lo demás que posee.
Su deseo es real, pero no es lo suficientemente fuerte como para dejarlo todo y seguir al Rey.
Pensemos en lo que esto implicaba para él. Tendría que pasar de vivir en autosuficiencia —sabiendo que lo tenía todo, que no dependía de nadie y que podía proveerse a sí mismo todo lo que necesitara o quisiera— a seguir a Jesús, quien no tenía ni dónde recostar su cabeza.
Tendría que pasar de la autosuficiencia a la dependencia absoluta.
Por esta razón, la pregunta de los discípulos es válida. Si este hombre, que aparentemente había sido bendecido por Dios, no puede entrar, entonces ¿quién podrá hacerlo? ¿Quién puede entrar en el Reino de Dios si alguien como él no puede? ¿Quién puede reunir los requisitos?
Marcos 10:26 dice: «Ellos se asombraron aún más, diciendo entre sí: “¿Y quién podrá salvarse?”»
Y es aquí donde encontramos la segunda condición: «Mirándolos Jesús, dijo: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque todas las cosas son posibles para Dios”» Marcos 10:27.
La segunda condición es: reconocer la imposibilidad humana de alcanzar el Reino por nuestros propios medios.
CONEXIÓN CON EL EVANGELIO: Amados, todos aquellos que estén intentando entrar en el Reino de Dios porque desean ser lo suficientemente buenos como para merecerlo deben entender algo de este encuentro entre Jesús y el joven rico: NO PODRÁS HACERLO JAMÁS.
Nada de lo que hagas, nada de lo que tengas y nada de lo que logres te dará entrada en el Reino de los cielos.
Por eso el cristianismo resulta tan ofensivo para el orgullo humano: anula por completo nuestra confianza en el esfuerzo propio y demanda de nosotros una rendición total. Debemos abandonar nuestra confianza en nosotros mismos y depositarla exclusivamente en el Rey, quien es el único que puede concedernos el Reino.
No es confianza en mi obediencia; es dependencia de su gracia.
Esto es lo que significa ser pobre en espíritu: reconocer que soy un mendigo espiritual, que no tengo nada que ofrecer y que lo tengo todo que recibir. No como el joven rico, que podía bastarse a sí mismo.
Tus buenas obras —esas en las que quizá confías para obtener la entrada al Reino— solo encontrarán una puerta cerrada con el mensaje: «Nos reservamos el derecho de admisión».
Amado amigo, si deseas recibir el Reino de Dios como un niño, debes abandonar toda esperanza en ti mismo y confiar solamente en Cristo, en su obra y en su justicia.
Como iglesia, nos encantaría ayudarte a hacerlo, si esto es algo que deseas más que cualquier otra cosa en este mundo. Si esto deseas, por favor, búscame al final del culto, me encantaría conversar contigo.
El Rey establece su segunda condición. La primera es recibirlo como un niño que tiene fe; es decir, con confianza y dependencia de Jesús.
La segunda es reconocer la imposibilidad de alcanzar el Reino por nuestros propios méritos. Nuestro concepto de bondad no es igual al concepto de bondad del Rey.
Pero la enseñanza de Jesús no termina allí. Los discípulos, que todavía están intentando comprender lo que Él les está enseñando, afirman que ellos sí han hecho lo que Jesús ha descrito.
Leamos juntos Marcos 10:28–31.

RENUNCIAR A TODO POR SEGUIRLO A ÉL (Marcos 10:28-31)

Pedro, quien todavía no ha aprendido a quedarse callado y a quien Jesús ha reprendido en varias ocasiones, vuelve a hablar. Pero, a diferencia de muchas otras veces, en esta ocasión no parece estar tan equivocado.
Pedro afirma que él y sus compañeros discípulos, en efecto, lo han dejado todo para seguir a Jesús. Esto implica que han abandonado toda confianza en sí mismos para depender del Señor.
Y aquí observamos que Pedro no está equivocado en lo que dice, pues la respuesta de Jesús muestra claramente su aprobación de lo que Pedro ha afirmado.
Escuchemos cómo responde Jesús en Marcos 10:29–30.
El Señor hace una promesa doble: una para este tiempo y otra para el tiempo venidero.
En este tiempo, la vida del creyente estará marcada por la última palabra de esa promesa: persecución. Sin duda, los creyentes enfrentaremos rechazo, escarnio público, burlas e incluso injusticias por causa de Cristo.
Pero Jesús también dice que cualquiera que haya dejado todo por Él y por Su evangelio recibirá cien veces más en esta vida. Jesús no se está refiriendo a propiedades, sino a la iglesia.
Cuando una persona cree en Jesús, es posible que algunas de sus relaciones se rompan, incluso las familiares. Recuerdo que, cuando el Señor me salvó, gran parte de mi familia se opuso a mí. Y estoy seguro de que mi experiencia no es única; algunos de ustedes también han experimentado algo parecido.
Pero precisamente ese costo en nuestras relaciones nos ayuda a comprender la promesa de Jesús: posiblemente algunas de tus relaciones familiares se rompan por causa de Cristo, pero Él te dará una familia unida por Su amor. Esa familia es la iglesia.
En Marcos 3:33–35, Jesús dice: «¿Quiénes son Mi madre y Mis hermanos?». […] «Aquí están Mi madre y Mis hermanos. Porque cualquiera que hace la voluntad de Dios, ese es Mi hermano, y hermana y madre».
Esto es exactamente lo que Jesús está prometiendo. Y, evidentemente, también incluye la hospitalidad que recibimos por medio del cuerpo de Cristo.
Mi esposa y yo siempre bromeamos diciendo que nos vamos de vacaciones a donde nos inviten, porque el Señor nos ha mostrado Su provisión y generosidad a través de la hospitalidad de la iglesia universal. He ido a Cádiz, Almuñécar, Valencia, Barcelona, Ponferrada, Irlanda, Escocia y, pronto, a los Estados Unidos; y todo gracias a que hermanos en Cristo han abierto sus casas como si fueran las mías. Por eso siempre digo que tengo casas en varios países, aunque ninguna está a mi nombre.
Esta es una promesa preciosa a la que podemos aferrarnos: el Señor provee para Sus seguidores por medio de Su iglesia. Él provee relaciones de amor y unidad, como las de una familia, y también lo hace a través de la hospitalidad. Esto quiere decir que el Señor nos dará consuelo por medio de su iglesia.
Pero hay otro aspecto de la promesa. Jesús no habla solamente del presente, sino también del futuro: del tiempo venidero, cuando recibamos la vida eterna.
Es interesante que Jesús utilice la misma expresión que empleó el joven rico. Sin duda, quiere que Sus discípulos hagan esta conexión.
Es el Rey quien da la vida eterna; no es el hombre quien la obtiene por sus propios méritos.
Esta es la promesa de Jesús: dejarlo todo por Él es una evidencia de que hemos recibido el Reino como un niño, con fe y dependencia de Él.

APLICACIONES

Amados, este texto nos llama a examinar nuestro propio corazón. Al igual que el joven rico, muchos de nosotros podemos estar cerca del reino de Dios, pero no entrar en él. La pregunta es:
¿Has dejado todo por Cristo? ¿Es Jesús, verdaderamente, tu mayor tesoro? O como el joven rico, lo deseas, pero no lo suficiente.
Pero en segundo lugar, este texto también nos muestra que la iglesia está diseñada para ser esa familia espiritual en Cristo, donde nosotros estamos unidos de una forma más íntima que con nuestra propia familia de sangre. Esta unidad nos lleva a ofrecer nuestros hogares a los demás. Tú eres, al mismos tiempo, receptor y canal de esa promesa de Dios para sus seguidores, ¿has pensado en eso?
Hermanos, el Rey nos llama a recibir Su Reino con la humildad y dependencia de un niño, a reconocer que no podemos alcanzarlo por nuestros propios méritos y a renunciar a todo lo que compita con Él. Pero lo que es imposible para nosotros es posible para Dios
¿Amén?
Oremos
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