Cuando crees en Dios, pero no consideras que sea justo

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La pregunta que todos hacemos

Hay una frase que decimos sin pensarlo dos veces: "la vida es injusta". Y es cierto. Cuando la tragedia golpea sin explicación, hasta quienes creemos en Dios sentimos ganas de gritarle: "¡esto no es justo!". Si Dios fuera justo, ¿por qué prospera el malvado y sufre el fiel? ¿Por qué permite tanta injusticia en el mundo? Es tentador concluir que Dios es injusto, o que simplemente no puede hacer nada al respecto.

El caso de Job

La Biblia no evita esta pregunta. La historia de Job muestra a un hombre recto al que Dios permite que le arrebaten todo —no porque haya hecho algo malo, sino en medio de un desafío entre Dios y el enemigo. Dios mismo describe a Job como intachable y recto (Job 1:8).
Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal? 9Respondiendo Satanás a Jehová, dijo: ¿Acaso teme Job a Dios de balde? 10¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene? Al trabajo de sus manos has dado bendición; por tanto, sus bienes han aumentado sobre la tierra. 11Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia. 12Dijo Jehová a Satanás: He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él. Y salió Satanás de delante de Jehová. (Job 1:8-12)
Nunca se le da a Job una explicación satisfactoria de por qué sufrió. Y eso mismo nos incomoda: queremos razones, y muchas veces Dios no las da.

El escándalo de la cruz

Antes de Jesús, ya Juan el Bautista —un hombre que Dios había honrado enormemente— fue decapitado sin razón aparente que lo justificara (Mateo 11:1-6; 14:1-12). Y pensemos también en Jesús frente a Poncio Pilato (Mateo 27): ahí había dos hombres, uno completamente inocente, otro un criminal reconocido. La multitud eligió liberar al culpable y condenar al inocente. Ese es quizás el acto más injusto de la historia. Y sin embargo, es precisamente ahí donde está la clave de todo el mensaje cristiano.

1. La compasión de un Dios que sufre con nosotros

Cuando sufrimos, necesitamos recordar algo esencial: a Dios le importa cada uno de nosotros, y cuando sufrimos, Él también sufre. Jesús vivió como hombre y conoció el dolor humano de primera mano; el evangelio describe su profunda compasión por quienes estaban agobiados y desamparados (Mateo 9:36), usando en el idioma original una palabra que habla de sentir algo "desde las entrañas".
Esa misma compasión ya la había revelado Dios de sí mismo ante Moisés, describiéndose como clemente, compasivo y lento para la ira (Éxodo 34:6).
No es una compasión distante; es visceral. Dios no observa nuestro sufrimiento desde lejos: lo siente con nosotros y nos consuela en medio de él (Isaías 49:13), aunque no siempre percibamos su presencia con claridad.

2. La verdadera buena noticia: Dios no es "justo" con nosotros

Aquí viene el giro central del mensaje: en el sentido estricto de "darle a cada uno lo que merece", Dios no es justo con nosotros — y eso es una bendición. Si Dios actuara con estricta justicia retributiva, todos recibiríamos el castigo que merecemos por el pecado, que es la muerte; pero se nos ofrece en cambio el regalo de la vida eterna (Romanos 6:23).
Las Escrituras aseguran que Dios no nos trata conforme a nuestros pecados ni nos paga según nuestras maldades, sino que aleja de nosotros nuestras transgresiones con un amor inmenso (Salmo 103:10-13).
Reina Valera Revisada (1960) Salmo 103

10 No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades,

Ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados.

11 Porque como la altura de los cielos sobre la tierra,

Engrandeció su misericordia sobre los que le temen.

12 Cuanto está lejos el oriente del occidente,

Hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.

13 Como el padre se compadece de los hijos,

Se compadece Jehová de los que le temen

Él mismo declara que borra nuestras transgresiones por amor a sí mismo y no vuelve a acordarse de nuestros pecados (Isaías 43:25). No recibimos lo que merecemos; recibimos gracia.

3. No hace falta entenderlo todo para creer

Frente al sufrimiento sin explicación, la naturaleza humana busca culpables: "¿qué hizo para merecer esto?".
1Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. 2Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? 3Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. 4Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. 5Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo. 6Dicho esto, escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo los ojos del ciego, 7y le dijo: Ve a lavarte en el estanque de Siloé (que traducido es, Enviado). Fue entonces, y se lavó, y regresó viendo (Juan 9:1-7)
Pero el relato del hombre ciego de nacimiento (Juan 9, en particular Juan 9:3) enseña otra cosa: cuando los discípulos preguntaron de quién era la culpa, Jesús respondió que aquello había ocurrido para que la obra de Dios se manifestara en su vida. A veces el sufrimiento no es castigo por un pecado, sino un espacio donde Dios puede manifestar su propósito. Hay ocasiones en que Dios sí disciplina a sus hijos a través del sufrimiento (Hebreos 12:7-11), pero mucho del dolor que vivimos —especialmente el que nace de las decisiones pecaminosas de otras personas— no viene de Dios; Él lo permite, pero no lo causa.
Aun en medio del misterio, las Escrituras afirman que Dios hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad (Efesios 1:11). No necesitamos comprenderlo todo para seguir confiando en que Dios es bueno, amoroso y sabio.

La vida que nace de la muerte

El mensaje cierra con una convicción central: incluso en las peores pérdidas, Dios puede producir vida espiritual a partir de la tragedia. Eso no borra el dolor ni lo justifica, pero sí ofrece esperanza: en medio del sufrimiento —o quizás precisamente en medio de él— Dios sigue siendo bueno. Y si hoy no logras ver esa bondad, vale la pena orar para poder percibirla pronto.
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