Libres para confesar - Lucas 12:1-12

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# Libres para confesar — Lucas 12:1-12 **Proposición:** Jesús está formando a un pueblo que aprenda a vivir delante de Dios y no delante de los hombres. El sermón muestra cómo prepara a su iglesia para permanecer fiel cuando el temor a los hombres amenaza con silenciar su confesión. **Contexto:** Jesús acaba de salir de la casa del fariseo, donde los comparó con sepulcros que no se ven. Los escribas ya lo acechan (11:53-54). Con miles agolpados encima, se vuelve **primero a sus discípulos** — y antes de hablarles del peligro de afuera, les advierte del que puede crecer adentro. --- **I. Cuídate de la hipocresía** (vv. 1-3) La levadura empieza pequeña: administrar cómo nos ven en lugar de vivir delante de Dios. Es necia, porque nada encubierto quedará encubierto. Jesús contrapone el lugar más privado de la casa con el más expuesto. Advertencia especial a quienes enseñan: la ortodoxia no es inmune a la hipocresía; a veces es su mejor escondite. **II. Corrige tu temor** (vv. 4-7) El movimiento es "no teman" (v.4) → "teman... a Él, teman" (v.5) → "no teman" (v.7). Jesús no elimina el temor: lo pone en su lugar. Gehena — el valle de Hinom, idolatría y juicio — frente al hombre que solo puede quitar la vida. Es el primer mandamiento aplicado. Las parteras de Egipto ya lo sabían (Éx 1:17). Y el Dios que debe temerse como Juez es el mismo que cuenta los cabellos y no olvida un gorrión. **III. Confiesa al Hijo** (vv. 8-10) El tribunal humano puede condenar; el Hijo promete reconocer ante la corte celestial. La negación tiene consecuencia real — pero Pedro cayó y Cristo ya había rogado por él antes (22:31-32): la perseverancia descansa en la intercesión, no en nuestra firmeza. Luego la frontera distinta del v.10: la blasfemia contra el Espíritu no es el quebranto del que desea arrepentirse, sino el rechazo endurecido. Westminster: los que Dios ha aceptado pueden caer gravemente, pero no total ni finalmente. **IV. Confía en el Espíritu** (vv. 11-12) El mismo Espíritu contra quien acaba de advertir es quien sostiene la boca del discípulo. No promete ganar el caso: promete que en aquella hora enseñará qué decir. No es excusa para no prepararse — es para comparecer sin haberlo planeado. Como Dios sostuvo la boca de Moisés ante Faraón (Éx 4:12). --- **Conclusión:** El pasaje comienza preguntándonos cómo vivimos cuando nadie nos ve, y termina preguntándonos cómo hablaremos cuando todos nos estén mirando. Israel no salió de Egipto solo para quedar libre de Faraón, sino "para que me sirva" — libertad con destino. De eso se trata la libertad que Cristo compró: quedar libres del temor para confesarlo delante de los hombres con una vida íntegra.

Notes
Transcript

Introducción

¿Cuántos de nosotros no hemos sentido alguna vez la tentación de decir menos de lo que sabemos que deberíamos decir acerca de Cristo?
Y no estoy hablando solamente de negar abiertamente a Jesús:
A veces basta con acortar la frase cuando el tío pregunta por qué no le rezas a la Virgen
O medir tus palabras con mucho cuidado en la oficina cuando alguien toca un tema que la Biblia condena, pero que todos a tu alrededor celebran, porque sabes que hablar con claridad puede costarte un ascenso o estropear una relación que no quieres perder.
Y a veces hasta tenemos buenas razones para justificarnos. Nos decimos que no era el momento, que no queríamos discutir, que era mejor ser prudentes. Y ciertamente hay momentos para callar y hay una manera sabia de hablar. Pero también sabemos que, algunas veces, detrás de nuestro silencio no hubo prudencia. Hubo temor.
Ese es un problema al que todos nos hemos enfrentado en nuestra vida cristiana: el temor al hombre.
Aparece cuando la opinión, la aprobación o el rechazo de otros comienza a tener sobre nosotros un peso que no debería tener, y entonces empezamos a administrar aquello que revelamos, lo que callamos y hasta cuánto estamos dispuestos a decir acerca de Cristo.
Ahí es donde el temor al hombre empieza a producir hipocresía y donde la hipocresía puede terminar afectando nuestra confesión de Cristo.
De manera que el asunto que tenemos delante esta mañana es mucho más serio que aprender a ser un poco más valientes.
La pregunta es: ¿delante de quién estamos viviendo? ¿Quién tiene realmente más peso para nosotros: Dios o los hombres?
Y ese es precisamente el problema que Jesús pone delante de sus discípulos en Lucas 12.
El capítulo anterior termina con escribas y fariseos acechándolo, intentando atraparlo en alguna palabra. La oposición está creciendo. Y ahora, mientras miles de personas se agolpan alrededor de Él, Jesús habla primero a sus discípulos.
Noten el movimiento del pasaje: comienza advirtiéndoles acerca de la hipocresía, después trata su temor, luego su confesión delante de los hombres y finalmente les promete la ayuda del Espíritu cuando llegue la hora de hablar.
Y esto no es solamente para cristianos perseguidos en algún lugar lejano. Esta misma semana nosotros estaremos delante de familiares, compañeros de trabajo, amigos, personas cuya aprobación nos importa, y tendremos que decidir muchas veces si vamos a vivir delante de Dios o delante de los hombres.
Eso es lo que hace este pasaje tan necesario para nosotros.
Venimos siguiendo a Lucas en el camino que Jesús hace hacia Jerusalén, hacia ese éxodo que Él va a cumplir allí. Y mientras camina hacia la cruz, Jesús está formando a un pueblo que pueda seguirlo y confesarlo en medio de un mundo hostil que le aborrece.
Así que hoy vamos a considerar cómo Jesús prepara a su iglesia para permanecer fiel cuando el temor a los hombres amenaza con silenciar nuestra confesión.
Y lo hace tratando cuatro asuntos muy concretos: nuestra hipocresía, nuestro temor, nuestra confesión de Cristo y nuestra dependencia del Espíritu.
Escuchemos entonces lo que el Señor dice a su iglesia. Abramos nuestras Biblias en Lucas 12:1-12
Lucas 12:1–12 NBLA
Entre tanto, una multitud de miles y miles se había reunido, tanto que se atropellaban unos a otros. Jesús comenzó a hablar primero a Sus discípulos: «Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. »Nada hay encubierto que no haya de ser revelado, ni oculto que no haya de saberse. »Por lo cual, todo lo que han dicho en la oscuridad se oirá a la luz, y lo que han susurrado en las habitaciones interiores, será proclamado desde las azoteas. »Así que Yo les digo, amigos Míos: no teman a los que matan el cuerpo, y después de esto no tienen nada más que puedan hacer. »Pero Yo les mostraré a quién deben temer: teman a Aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar al infierno; sí, les digo: ¡A Él, teman! » ¿No se venden cinco pajarillos por dos moneditas? Y sin embargo, ni uno de ellos está olvidado ante Dios. »Es más, aun los cabellos de la cabeza de ustedes están todos contados. No teman; ustedes valen más que muchos pajarillos. » Les digo, que a todo el que me confiese delante de los hombres, el Hijo del Hombre lo confesará también ante los ángeles de Dios; pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios. »Y a todo el que diga una palabra contra el Hijo del Hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará. »Cuando los lleven a las sinagogas y ante los gobernantes y las autoridades, no se preocupen de cómo o de qué hablarán en defensa propia, o qué van a decir; porque el Espíritu Santo en esa misma hora les enseñará lo que deben decir».
Primero, hermanos, noten la palabra con la que Jesús abre: «Cuídense».

I. Cuídate de la hipocresía (vv. 1-3)

Y eso es sorprendente, porque los fariseos están allí, hostiles, acechándolo. Uno esperaría que Jesús dijera a sus discípulos: «Cuídense de esos hombres». Pero Jesús dirige la advertencia mucho más cerca:
«Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía».
Es decir, el primer peligro no está solamente afuera. Algo de aquello que Jesús denuncia en los fariseos también puede comenzar a crecer dentro de sus propios discípulos.
Y Jesús lo compara con levadura. Se necesita muy poca, casi desaparece dentro de la masa, pero poco a poco termina fermentándolo todo.
Así funciona la hipocresía.
No comienza necesariamente con una gran apostasía. Puede comenzar simplemente acostumbrándonos a administrar cómo nos ven los demás, en lugar de vivir conscientes de que estamos delante de Dios.
Esto es en el fondo, hipocresía religiosa. Mostrar delante de los hombres algo distinto de lo que realmente somos delante de Dios.
Y recuerden: Jesús les está diciendo esto a sus discípulos. De manera que esta advertencia también es para nosotros.
Uno puede aprender el lenguaje correcto, defender sana doctrina, asistir fielmente, criar cuidadosamente a sus hijos, servir, enseñar, predicar, y aun así comenzar a usar todas esas cosas buenas para construir una vida para ser vista por otros.
Y esto pesa particularmente sobre quienes enseñamos y dirigimos. El predicador, el anciano, el diácono o el maestro puede cuidar con muchísimo celo su reputación de hombre serio y fiel, mientras descuida lo que Dios ve cuando se cierra la puerta de la casa:
cómo ora cuando nadie lo escucha
cómo trata a su familia
qué pecados tolera en secreto
cómo recibe una corrección
y cuánto necesita ser reconocido.
Ese es el peligro: que la reputación siga creciendo mientras el corazón se va vaciando delante de Dios.
Por eso Jesús continúa: «Nada hay encubierto que no haya de ser revelado, ni oculto que no haya de saberse».
La hipocresía depende de una ilusión: que podemos controlar lo que los demás ven. Que podemos tener una vida para la iglesia y otra para la casa; una delante de los hermanos y otra delante del mundo.
Pero Jesús dice: eso no durará
Lo cubierto será descubierto.
Lo dicho en la oscuridad se oirá a la luz.
Lo susurrado dentro de una habitación terminará siendo proclamado desde las azoteas.
Y hay algo más aquí. Jesús está preparando a sus discípulos para una vida en la que la verdad que han recibido de Él tendrá que salir a la luz. Llegará el momento en que tendrán que decir públicamente aquello que ahora están escuchando de su Maestro.
Así que los versículos 2 y 3 destruyen la falsa seguridad del hipócrita y, al mismo tiempo, preparan al discípulo para una confesión abierta.
¿Y qué es lo que muchas veces nos lleva a esconder, medir, callar y presentar una versión distinta de nosotros mismos dependiendo de quién esté delante?
El temor.
Por eso Jesús pasa inmediatamente a esa raíz.
Si Dios ya conoce aquello que tratamos de esconder, la pregunta verdaderamente importante deja de ser: «¿Cómo hago para que los hombres no vean?».
La pregunta es: «¿A quién temo más?».
Y eso es exactamente lo que Jesús trata a continuación.

II. Corrige tu temor (vv. 4-7)

Jesús cambia de tono: "A ustedes, mis amigos, les digo."
Noten cómo los llama: «Mis amigos».
Las palabras que siguen son severas, pero Jesús no se las está diciendo a extraños. Está hablando a hombres que le pertenecen, a discípulos que dentro de poco van a descubrir cuánto puede costar confesar su nombre.
«No teman a los que matan el cuerpo, y después de esto no tienen nada más que puedan hacer».
Jesús no minimiza el poder de los hombres. Pueden rechazar. Pueden perseguir. Pueden quitar muchas cosas. Incluso pueden matar.
Pero allí termina su poder. No tienen la última palabra sobre ustedes.
«Pero Yo les mostraré a quién deben temer: teman a Aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar al infierno. Sí, les digo: a Él, teman».
Jesús está hablando de Dios.
Y noten que lo repite: «A Él, teman». El discípulo de Cristo no deja de temer; aprende a poner su temor en el lugar correcto.
Porque muchas veces nuestro problema no es que tengamos demasiado temor, sino que damos demasiado temor a quien merece poco y demasiado poco temor a quien merece todo.
Jesús usa aquí el lenguaje de Gehena, asociado en la historia de Israel con idolatría abominable y con el juicio de Dios, y lo emplea para hablar del juicio final. De manera que Jesús pone dos poderes en la balanza.
¿Qué puede hacer el hombre? En el peor de los casos, quitarte la vida.
¿Qué puede hacer Dios? Dios es el Juez delante de quien responderemos después de la muerte.
Por eso el temor al hombre no es simplemente timidez o debilidad de carácter. Cuando el temor a una persona comienza a decidir lo que digo, lo que callo, lo que hago o dejo de hacer, esa persona está comenzando a ocupar en mi corazón un lugar que no le pertenece.
Tememos al jefe porque puede cerrarnos una puerta, o al familiar cuya aprobación no queremos perder, y algunas veces esos temores terminan pesando más sobre nosotros que la palabra de Dios.
Las parteras de Egipto entendieron esto.
Faraón les había ordenado matar a los niños hebreos recién nacidos. No era una amenaza imaginaria. Era el hombre más poderoso que ellas conocían.
Pero Éxodo 1:17 dice: «Las parteras temieron a Dios, y no hicieron como el rey de Egipto les había mandado».
¿Qué las hizo libres para desobedecer al rey? Temían a un Rey mayor.
No tenían ejército ni influencia. Sencillamente sabían que por encima de Faraón estaba Dios.
Y eso es lo que Jesús quiere producir en sus discípulos.
Ahora, escuchen el movimiento del pasaje, porque es precioso:
Versículo 4: «No teman».
Versículo 5: «Teman... a Él, teman».
Y en el versículo 7 vuelve a decirles: «No teman».
¿Cómo pueden estar juntas esas palabras?
Porque el Dios a quien deben temer como Juez es también el Dios delante de quien ninguno de sus hijos pasa inadvertido.
Jesús les habla de cinco gorriones vendidos por casi nada y les dice que ni uno solo está olvidado delante de Dios. Y después pasa de los gorriones a sus discípulos:
«Es más, aun los cabellos de la cabeza de ustedes están todos contados».
Jesús no les está prometiendo que nada malo va a pasarles. Acaba de decirles que alguien podría matar sus cuerpos.
Les está prometiendo algo mejor: que nada de lo que les ocurra sucede fuera del conocimiento, del gobierno y del cuidado de su Padre.
Pueden perder cosas.
Pueden ser rechazados.
Pueden sufrir.
Incluso pueden morir.
Pero nunca pueden quedar fuera de la mirada de Dios.
Y por eso termina diciendo: «No teman; ustedes valen más que muchos gorriones».
Ese es el Dios a quien deben temer.
No hay un Dios severo en el versículo 5 y otro Dios tierno en los versículos 6 y 7.
Es el mismo Dios. El Dios santo que juzga es el Dios que conoce a sus hijos hasta contar cada cabello de su cabeza.
Y precisamente porque es nuestro Dios, podemos temerlo sin vivir aterrorizados por los hombres.
Eso es lo que el temor del Señor hace: pone a los hombres nuevamente en su tamaño verdadero.
Juan nos muestra esto de manera dolorosa:
Juan 12:42–43 NBLA
Sin embargo, muchos, aun de los gobernantes, creyeron en Él, pero por causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga. Porque amaban más el reconocimiento de los hombres que el reconocimiento de Dios.
Ahí vemos lo que hace el temor al hombre: silencia la confesión.
Por eso Jesús pasa ahora del temor a la confesión.

III. Confiesa al Hijo (vv. 8-10)

«Todo el que me confiese delante de los hombres, el Hijo del Hombre lo confesará también delante de los ángeles de Dios».
Confesar aquí no es simplemente estar de acuerdo en privado con algunas verdades acerca de Jesús. Es reconocer públicamente que pertenecemos a Él.
Y Jesús abre delante de nosotros dos escenarios.
Está el escenario visible: los hombres delante de quienes confesamos a Cristo.
Pero detrás de ese escenario hay otro mucho mayor: la corte celestial.
Los hombres pueden rechazarlos por confesar a Cristo; pero el Hijo del Hombre promete reconocer como suyos, delante de los ángeles de Dios, a quienes lo reconocen delante de los hombres.
Y al revez también es real: «el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios».
Esta es una advertencia seria. Nuestra relación con Cristo no puede reducirse a una convicción privada que escondemos cada vez que reconocerlo resulta costoso.
Pero debemos leer esta advertencia con cuidado.
Lucas mismo nos mostrará después a Pedro negando tres veces conocer a Jesús.
Y sin embargo, antes de su caída, Jesús le había dicho: Lucas 22:31–32: «Simón, Simón, mira que Satanás los ha reclamado para zarandearlos como a trigo; pero Yo he rogado por ti, para que tu fe no falle; y tú, una vez que hayas regresado, fortalece a tus hermanos».
Noten eso.
Jesús sabía que Pedro iba a caer. Sabía que el temor al hombre iba a llevarlo a negar con su boca al mismo Cristo que amaba. Pero también había intercedido por él para que aquella caída no fuera el final de su fe.
Pedro negó a Cristo, lloró amargamente, fue restaurado, y después lo vemos en Hechos de pie delante de las mismas autoridades religiosas, confesando públicamente al Cristo que antes había negado por miedo.
Así que el versículo 9 no significa que una caída particular, seguida de arrepentimiento, deje al creyente irremediablemente fuera de Cristo.
Nuestra Confesión de Westminster expresa esta misma verdad cuando enseña que aquellos que Dios ha aceptado en su Amado pueden caer gravemente y por un tiempo, pero no pueden caer total ni finalmente del estado de gracia. Pedro es una ilustración extraordinaria de esa perseverancia.
Si alguna vez usted calló por miedo, si hubo una ocasión en la que debió hablar y no habló, si alguna vez se avergonzó de que supieran que pertenece a Cristo, mire a Pedro.
Arrepiéntase. Vuelva a Cristo. Y vuelva a confesarlo.
Pero tampoco usemos a Pedro para quitarle peso a la advertencia. Porque una cosa es caer y ser restaurado; otra es construir una vida en la que queremos a Cristo en privado mientras nos avergonzamos sistemáticamente de Él delante de los hombres.
Y no hace falta un Sanedrín para que aparezca ese problema.
Puede ocurrir en la mesa familiar, en la universidad, en una conversación entre amigos o en la oficina, cuando usted sabe lo que debería decir acerca de Cristo y empieza a calcular cuánto puede costarle hacerlo.
Y entonces Jesús añade una de las advertencias más difíciles del pasaje:
«A todo el que diga una palabra contra el Hijo del Hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará».
¿Qué significa esto?
No significa que hablar contra Jesús sea un pecado pequeño. Jesús acaba de advertir solemnemente acerca de negarlo.
Pero hay una diferencia entre rechazar al Hijo en ignorancia, debilidad o incredulidad de la cual uno después puede arrepentirse, y una resistencia endurecida al testimonio del Espíritu acerca de quién es Jesús.
Lucas ya nos había mostrado algo de esto en el capítulo anterior.
Jesús expulsó un demonio y algunos respondieron atribuyendo aquella obra al poder de Beelzebú. Estaban contemplando una manifestación del poder de Dios y la estaban llamando obra del enemigo.
De manera que blasfemar contra el Espíritu no es simplemente pronunciar una palabra desafortunada y después vivir aterrorizado pensando que ya no puede haber perdón.
Es resistir endurecida y persistentemente el testimonio que el Espíritu da acerca del Hijo.
Por eso Pablo puede decir que él mismo había sido blasfemo y perseguidor y, sin embargo, alcanzó misericordia.
Y por eso, si usted escucha este versículo afligido por su pecado, deseando el perdón de Dios y queriendo venir a Cristo, no utilice esta advertencia para mantenerse lejos de Él.
Venga.
El corazón que Jesús describe aquí no es el corazón quebrantado que quiere arrepentirse. Es el que persiste en llamar mentira al testimonio de Dios acerca de su Hijo.
Y noten cómo esto nos prepara para entender los últimos versículos.
Jesús acaba de hablar de confesar al Hijo.
Después advierte contra resistir al Espíritu.
Y enseguida promete que, cuando sus discípulos sean llevados delante de autoridades, ese mismo Espíritu les enseñará qué decir.
Y eso nos lleva al último punto:

IV. Confía en el Espíritu (vv. 11-12)

«Cuando los lleven a las sinagogas y ante los gobernantes y las autoridades, no se preocupen de cómo o de qué hablarán en defensa propia, o qué van a decir; porque el Espíritu Santo en esa misma hora les enseñará lo que deben decir».
Noten la conexión.
El mismo Espíritu cuyo testimonio no debe ser rechazado es el Espíritu que sostendrá a los discípulos cuando llegue la hora de confesar a Cristo.
Jesús no les está prometiendo que nunca serán llevados a juicio.
Dice: «cuando los lleven».
La oposición llegará.
Pero cuando llegue, no estarán solos.
«No se preocupen de cómo o de qué hablarán... porque el Espíritu Santo en esa misma hora les enseñará lo que deben decir».
Esto no significa que el cristiano nunca deba prepararse para hablar. No es una excusa para que el pastor llegue al púlpito sin estudiar, ni para que un maestro abra la Biblia delante de otros esperando que Dios compense su pereza.
Jesús no está hablando aquí de la enseñanza ordinaria de la iglesia.
Está hablando de discípulos que serán llevados inesperadamente delante de tribunales por causa de su fidelidad a Cristo.
Y en esa hora, cuando quizá no tengan tiempo de preparar una defensa, cuando no puedan controlar quién pregunta ni qué consecuencias tendrá su respuesta, Jesús promete que el Espíritu Santo estará con ellos.
No promete que ganarán el juicio.
No promete que convencerán al tribunal.
No promete siquiera que saldrán libres.
Ya les ha dicho que algunos hombres pueden llegar a matar el cuerpo.
La promesa es otra: cuando llegue la hora de dar testimonio de Cristo, el Espíritu no los abandonará.
Y Lucas nos muestra después exactamente cómo se cumple esta promesa.
En Hechos 4, Pedro y Juan son llevados delante de los gobernantes, ancianos y escribas. Los interrogan acerca de Jesús. ¿Y qué dice Lucas?
«Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo...»
Ahí está Lucas 12 ocurriendo delante de nuestros ojos.
Pedro que una noche había tenido miedo delante de una criada, ahora está delante de las autoridades que habían condenado a Jesús, y confiesa a Cristo.
¿Qué cambió?
No es que Pedro haya descubierto dentro de sí una personalidad más fuerte.
Cristo ha resucitado y ha derramado su Espíritu.
Y ahora el hombre que antes negó a Jesús está confesándolo delante de quienes pueden encarcelarlo.
Eso es exactamente lo que Jesús prometió aquí.
De manera que Lucas 12:11–12 no es una promesa vaga acerca de recibir inspiración cuando no sabemos qué decir. Es una promesa concreta de la presencia del Espíritu en la misión y el testimonio de la iglesia.
Esta promesa no es nueva:
Cuando Moisés se resistía a ir delante de Faraón porque decía que no sabía hablar, el Señor le respondió en Éxodo 4:12:
«Ahora pues, ve, y Yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que has de hablar».
Noten la continuidad.
Moisés tenía que comparecer delante del rey de Egipto para anunciar la palabra de Dios y conducir al pueblo en aquel primer éxodo.
Ahora Jesús va camino a Jerusalén para cumplir el éxodo definitivo, y está preparando a los testigos que anunciarán ese éxodo después de su muerte, resurrección y ascensión.
El Dios que estuvo con la boca de Moisés ahora promete sostener, por su Espíritu, la boca de los discípulos de Cristo.
De manera que este mejor éxodo tampoco produce héroes autosuficientes. Produce testigos dependientes, hombres y mujeres que saben que no tienen en sí mismos toda la valentía que necesitarán, pero que también saben que Cristo no los envía solos.

CONCLUSION:

¿Recuerdan cómo comenzó Jesús?
«Cuídense de la hipocresía».
Después: «No teman a los hombres; teman a Dios».
Luego: «Confiésenme delante de los hombres».
Y finalmente: «Cuando llegue la hora de hacerlo, el Espíritu Santo estará con ustedes».
De manera que Jesús no está enseñándonos a fabricar dentro de nosotros una personalidad más valiente. Nos está enseñando a vivir delante de Dios: a descansar en el cuidado del Padre, a confesar al Hijo y a depender del Espíritu.
Y eso nos deja una pregunta muy sencilla: ¿delante de quién estamos viviendo?
Si usted ha estado sosteniendo una apariencia mientras esconde pecado, deje de proteger la apariencia.
Si por temor al hombre ha estado callando lo que sabe que debe confesar acerca de Cristo, recuerde a quién pertenece.
Los hombres pueden rechazarnos, pueden cerrarnos puertas, pueden burlarse de nosotros; pero no tienen la última palabra.
Nuestro Padre no nos olvida. El Hijo reconocerá a los suyos. Y el Espíritu estará con nosotros cuando llegue la hora de hablar.
Y si usted todavía no pertenece a Cristo, entonces tiene que escuchar este pasaje de otra manera.
Jesús llama «mis amigos» a aquellos a quienes dirige estas promesas. Si usted permanece fuera de Cristo, no puede apropiarse todavía del consuelo de los versículos 6 y 7 ni de esta promesa del Espíritu como si estuviera reconciliado con Dios.
Pero sí debe escuchar la advertencia: hay un Dios delante de quien su vida será finalmente juzgada. Y al mismo tiempo debe escuchar el evangelio que atraviesa todo este pasaje.
El Cristo que pronuncia esta advertencia es el mismo Cristo que va camino a Jerusalén para dar su vida por pecadores, el mismo que intercederá por Pedro cuando caiga, el mismo que resucitará, ascenderá y derramará su Espíritu sobre su iglesia.
De manera que si hasta hoy usted ha vivido temiendo a los hombres más que a Dios, escondiéndose, resistiendo su Palabra o negándose a venir a Cristo, no endurezca hoy su corazón.
Venga a Él.
Pablo fue blasfemo y perseguidor y alcanzó misericordia. Pedro negó al Señor y fue restaurado.
Todavía hay perdón para el pecador que viene a Cristo.
Lo que no hay es seguridad alguna en seguir resistiendo al Espíritu que hoy, por medio de esta Palabra, le señala al Hijo.
Y nosotros, hermanos, pidamos al Señor que nos haga una iglesia que viva delante de Él, que tema más a Dios que a los hombres y que no se avergüence de confesar a su Hijo.
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