Libres para vivir - Lucas 12:13–21
Un Mejor Éxodo • Sermon • Submitted • Presented
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· 4 viewsHoy veremos cómo Jesús, para hacernos libres para vivir, desmiente nuestra falsa seguridad, desenmascara una vida dedicada a nosotros mismos y nos dirige a la verdadera riqueza, para que nos guardemos de toda avaricia y seamos ricos para con Dios.
Notes
Transcript
Introducción
Introducción
Hermanos, no sé si a ti pasa que terminas el día haciendo cuentas: que la cuota, el mercado, las deudas, el estudio de los hijos.
Tienes trabajo, gracias a Dios, pero todavía no sabes si el próximo año te van a renovar el contrato.
Y te acuestas pensando: «¿Y si me quedo sin trabajo? ¿Y si alguien en la casa se enferma? ¿Y si lo que tenemos no alcanza?».
Y haciendo cuentas dices frases que todos hemos dicho alguna vez:
«Cuando termine de pagar esto, por fin voy a respirar».
«Cuando consiga un trabajo estable, ahí sí me organizo».
«Cuando me pensione, una finquita y a descansar».
Cada uno tiene su propia versión: «Cuando tenga esto, ahí sí…».
Y hasta aquí no estamos hablando necesariamente de pecado.
Pagar una deuda trae alivio.
Tener un trabajo estable ayuda muchísimo a una familia.
Ahorrar para una emergencia o para la vejez puede ser una manera responsable de prepararnos para el futuro.
Todas son necesidades reales
Pero consideren lo rápido que puede deslizarse nuestro corazón.
Empezamos diciendo: «Quiero pagar esta deuda», y terminamos pensando: «Cuando ya no deba nada, entonces sí voy a estar seguro»
Una cosa es ahorrar con prudencia. Otra es empezar a creer que, si logro reunir suficiente, podré poner mi vida a salvo.
Y ahí una necesidad legítima empieza a cargar con un peso que no puede soportar. Ya no estamos simplemente administrando el dinero que Dios nos ha dado, comenzamos a esperar de él una seguridad que ningún bien puede prometernos.
Seguramente más de uno llegó esta mañana con alguna de esas cuentas en la cabeza. Por eso necesitamos oír este texto. Porque la pregunta que Jesús nos pone delante no es cuánto tenemos ni cuánto nos falta. Es esta: ¿dónde estamos buscando la seguridad para vivir?
La vez pasada vimos que en Cristo somos libres para confesarlo sin vivir gobernados por el temor a los hombres. Hoy, en el mismo discurso, el Señor quiere hacernos libres para vivir.
Y lo va a hacer de dos maneras:
Primero, con una exhortación va a desmontar la seguridad que ponemos en lo que tenemos.
Después, con una parábola, nos va a mostrar como luce una vida edificada sobre esa seguridad.
Y al final quedará una pregunta que solo Él puede responder, porque el que nos habla en este texto es el mismo que va camino a Jerusalén a perderlo todo.
I. Jesús desmiente la falsa seguridad (vv. 13–15)
I. Jesús desmiente la falsa seguridad (vv. 13–15)
Recordemos que Jesus va de camino a Jerusalén, a cumplir su éxodo (9:31, 51) En el camino Jesús ha estado enseñando sobre la eternidad, y este hombre está pensando en una propiedad.
v. 13 «Maestro, dile a mi hermano que divida la herencia conmigo».
v. 13 «Maestro, dile a mi hermano que divida la herencia conmigo».
Uno lee eso y lo primero que piensa es: qué tipo tan inoportuno.
Pero imagínese que por un momento usted esta sentado allí. Jesús está hablando. Usted lo está oyendo. Y hay una conversación que tuvo esta semana y no logra sacársela de la cabeza. Hay una deuda que debe pagar mañana. Un negocio que no sale. Hay un familiar con el que está peleando por algo que usted considera suyo.
Usted esta allí - pero su mente esta en otro lado.
Hermanos, eso nos pasa durante el sermón.
Nos pasa mientras oramos.
Nos pasa mientras cantamos del cuidado de Dios.
Las cosas temporales pueden llegar a ocupar tanto espacio dentro de nuestra mente, que las eternas pasan a un segundo plano.
De manera que este hombre abre su boca para sacar lo que ha estado en su corazón mientras Jesus enseñaba.
Su petición no es tan extraña como nos parece. La ley de Moisés regulaba las herencias, y era normal acudir a un maestro de la ley para resolver una disputa de ese tipo (Nm 27:8–11; Dt 21:17). El problema no es que tenga una dificultad familiar.
El problema es la manera en la que se acerca.
No le dice: «Maestro, escucha este caso, quiero que ayudes a considerar que es lo verdaderamente justo - quiero aprender mas de tu sabiduria - que dice la ley».
El viene con una decisión tomada y le dice a Jesus que debe hacer - viene con una orden expresa para el Señor:
«dile a mi hermano».
Y hay una manera de acercarnos a Dios que hace exactamente esto. Llegamos con el asunto ya resuelto en nuestra cabeza y solo le pedimos al Señor que lo firme.
«Señor, dame ese trabajo».
«Haz que me paguen».
«Haz que se cierre ese negocio».
«Haz que me aprueben ese crédito».
Y es cierto que Dios nos dice en su Palabra que podemos llevar nuestras cargas delante de Él. Podemos pedir pan, podemos pedir trabajo, podemos pedir justicia, podemos pedir ayuda cuando no sabemos cómo vamos a resolver algo. El problema no está en llevar nuestras necesidades al Padre.
El problema comienza cuando dejamos de presentarle nuestras cargas y empezamos a presentarle nuestras conclusiones.
Cuando ya hemos decidido qué tiene que pasar, cuándo tiene que pasar y de qué manera tiene que pasar, y entonces nuestra oración deja de sonar como: «Señor, aquí está mi necesidad», y empieza a sonar más bien como: «Señor, esto es lo que tienes que hacer».
Y ahí el corazón se revela.
Porque una cosa es pedirle a Dios que provea; otra muy distinta es decirle cómo debe proveer.
Una cosa es pedir justicia; otra es asumir que nuestra lectura de la situación es necesariamente la justa.
Una cosa es pedir que se abra una puerta; otra es creer que, si esa puerta no se abre, entonces Dios no nos cuidó.
Así que quizá, junto con nuestras peticiones, necesitamos aprender a orar de esta manera:
«Señor, esto es lo que deseo. Esto es lo que creo necesitar. Pero examina también mi corazón. Muéstrame si estoy haciendo de esta respuesta una condición para estar en paz. Y si en tu sabiduría decides responder de otra manera, no permitas que mi confianza se vaya con aquello que no recibí».
Porque este hombre cree que ya sabe cuál es su problema.
Según él, el problema está en su hermano.
Jesús va a mostrarle que hay algo más profundo.
v. 14 — «¡Hombre! ¿Quién me ha puesto por juez o árbitro sobre ustedes?»
v. 14 — «¡Hombre! ¿Quién me ha puesto por juez o árbitro sobre ustedes?»
Jesús lo detiene. No porque la justicia no le importe, ni que una disputa por dinero o por una herencia sea algo indigno de atención. La misma ley de Dios regulaba estos asuntos y exigía que se resolvieran con justicia.
Y la pregunta que hace tiene un eco interesante del Éxodo. Cuando Moisés intentó intervenir entre dos hebreos, uno le respondió:
«¿Quién te ha puesto por juez sobre nosotros?» (Éx 2:14).
Lucas recuerda esa misma frase en Hechos 7 cuando habla de Moisés como el libertador que fue rechazado.
No es exactamente la misma escena, pero el eco encaja con lo que Lucas viene mostrando: Jesús va camino a Jerusalén para cumplir un nuevo éxodo, y aquí alguien quiere convertir al Libertador en árbitro de una herencia.
Y ahí aparece una ironía que volverá al final del sermón: este hombre quiere que Jesús le ayude a recibir una herencia, pero unos versículos más adelante Jesús hablará del reino que al Padre le ha placido dar a los suyos.
Por ahora basta notar esto: Jesús no se queda en la disputa.
v. 15a — «Y les dijo también» “Estén atentos y cuídense de toda forma de avaricia”».
v. 15a — «Y les dijo también» “Estén atentos y cuídense de toda forma de avaricia”».
Jesús levanta la mirada y ahora le habla a todos. Toma lo que acaba revelarse en el corazón de un solo hombre y lo convierte en advertencia para todos nosotros hasta el dia de hoy.
La idea entonces no es que juzguemos a este hombre, sino que nos cuidemos todos, todos somos susceptibles a este mal.
La avaricia muchas veces se camufla y por esto debemos vigilar.
Nadie se levanta diciendo «quiero ser avaro».
Pero se disfraza de previsión, de responsabilidad, de estar tranquilos y vivir en paz, de tener lo que merecemos.
Por eso Jesús dice «de toda forma de avaricia». No tiene una sola cara:
Está la del que tiene mucho y siempre necesita un poco más.
Está la cara del tacaño.
Está la del hombre que tiene poco y vive convencido de que su vida va a empezar el día que le llegue lo que le deben o lo que merece —
Pueda que usted esté esperando algo que de verdad le corresponde. El Señor no le está diciendo que no le corresponda. Le está diciendo que no empeñe su vida en esto mientras espera.
¿Y qué es la avaricia, entonces?
La palabra que usa Lucas describe el deseo desordenado de tener más, que crece hasta gobernar nuestro contentamiento, nuestras decisiones, nuestras relaciones y al final nuestra confianza.
Por eso la ley de Dios no se conformó con decir «no robarás». También dijo «no codiciarás».
Este mandamiento requiere segun nuestro catecismo: «pleno contentamiento con nuestra propia condición, con una recta y caritativa disposición de espíritu hacia nuestro prójimo y todo lo que es suyo», y prohíbe «todo descontento con nuestro propio estado, el envidiar o dolerse del bien de nuestro prójimo, y todos los movimientos y afectos desordenados hacia cualquier cosa que sea suya» (Catecismo Menor 80–81).
Hermanos, la avaricia no comienza cuando finalmente le quito algo a alguien. Comienza mucho antes. Comienza cuando ya no puedo recibir con gratitud lo que Dios me ha dado, porque vivo ocupado con lo que todavía no tengo.
v. 15b — «Porque aun cuando alguien tenga abundancia, su vida no consiste en sus bienes».
v. 15b — «Porque aun cuando alguien tenga abundancia, su vida no consiste en sus bienes».
Este es el fundamento de su advertencia - Los bienes sirven a la vida, y demos gracias a Dios por ellos: con ellos comemos, vestimos a los hijos, pagamos la casa, atendemos una enfermedad, ayudamos a otros.
Pero hay una cosa que jamás podrán hacer: no pueden darnos la vida.
Y fíjense dónde pone Jesús el límite. No en la pobreza. Dice: «aun cuando alguien tenga abundancia».
Es decir: supongamos que usted lo consigue todo. Aun entonces, dice Jesús, su vida no consiste en eso. Usted puede tener más cosas; no puede tener más vida por tener más cosas.
Volvamos a la frase con la que empezamos : «cuando tenga esto, ahí sí». Hermanos, cuando empezamos a esperar de aquello que deseamos una seguridad que solo Dios puede dar, ya no estamos simplemente haciendo un plan: estamos creyendo una mentira acerca de quién depende nuestra vida.
Entonces, pregúntese esta mañana: ¿qué le está pidiendo usted a esa casa, a ese ascenso, a esa pensión, que solo Dios puede dar?
Esta Exhortación no es nueva
Esta Exhortación no es nueva
«Cuídate de no olvidar al Señor tu Dios… no sea que cuando hayas comido y te hayas saciado, y hayas construido buenas casas y habitado en ellas, y tu plata y tu oro se multipliquen… entonces tu corazón se enorgullezca, y te olvides del Señor tu Dios que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre… No sea que digas en tu corazón: "Mi poder y la fuerza de mi mano me han producido esta riqueza"» (Dt 8:11–14, 17).
En el desierto la tentación es pensar: «Dios no me está dando lo suficiente».
En la abundancia la tentación es pensar: «ya no necesito que Dios me sostenga».
Son dos caras del mismo corazón. Y usted lo sabe, hermano: oramos con más fervor el mes que no alcanza que el mes que sobra.
Miren ahora quién está pronunciando esta advertencia.
No es un MAESTRO DE MORAL repitiendo Deuteronomio. Lucas ya nos mostró a este mismo Jesús en el desierto: cuarenta días sin comer, con hambre, y cuando Satanás le pidió que convirtiera las piedras en pan, respondió con este mismo capítulo: «No solo de pan vivirá el hombre» (4:4).
Donde Israel desconfió, el Hijo confió.
Donde nosotros recibimos los dones de Dios y terminamos haciendo de ellos nuestra seguridad, Jesús, aun en medio del hambre, descansó en la palabra y el cuidado de su Padre.
Está la diferencia entre este sermón y un buen consejo financiero. El evangelio no nos dice simplemente: «sea menos avaro, aprenda a contentarse».
Nos muestra al Hijo fiel, que confió en el Padre allí donde Israel falló y donde usted y yo seguimos fallando.
Jesús pasó por ese desierto por nosotros, como el segundo Adán y el verdadero Israel; venció donde nosotros no vencimos. Y desde ese desierto Lucas lo lleva camino a Jerusalén, donde cumplirá el éxodo para el cual vino. Por eso puede decirnos con autoridad lo que ningún moralista podría decirnos.
Lo que usted tiene no puede darle la vida - El es el unico de quien depende nuestra vida.
¿Qué pasa cuando un hombre vive como si su vida consistiera en sus bienes? - Jesus nos cuenta la parábola para ilustrarlo…. «Y les contó una parábola, diciendo: "La tierra de cierto hombre rico había producido mucho"» (v. 16).
II. Dios desenmascara la vida vivida para sí misma (vv. 16–21)
II. Dios desenmascara la vida vivida para sí misma (vv. 16–21)
Fíjense a quién escoge. No a un ladrón. No a un estafador. Ni siquiera a alguien a quien le haya ido mal. Nos lleva a un hombre cuya tierra acaba de producir abundantemente.
Es precisamente el escenario que nos haría pensar: «a este hombre sí se le resolvió la vida».
(v. 16) «La tierra de cierto hombre rico había producido mucho».
(v. 16) «La tierra de cierto hombre rico había producido mucho».
¿Quién produjo? La tierra. No dice «este hombre trabajó mucho».
¿Detrás de la tierra quién está? El Catecismo de Heidelberg lo dice con precisión: los años fructíferos y los años de escasez, la lluvia y la sequía, la abundancia y la pobreza, todo nos viene de la mano paternal de Dios (pregunta 27).
La parábola inicia resaltando un don de la providencia de Dios. Sin embrago este hombre no lo reconoce nunca, ni le da gracias - Es el retrato de un hombre necio segun Pablo:
Romanos 1:21 "Pues aunque conocían a Dios, no lo honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido."
Un avaro no comienza robando o pagando mal a la gente que le sirve, comienza siendo ingrato.
El problema del avaro no está en el origen de su riqueza, sino en lo que hace con ella en su corazón.
vv. 17–19 - «Y él pensaba dentro de sí: "¿Qué haré, ya que no tengo dónde almacenar mis cosechas?"».
vv. 17–19 - «Y él pensaba dentro de sí: "¿Qué haré, ya que no tengo dónde almacenar mis cosechas?"».
Hablar con uno mismo no es pecado. El salmista también le habla a su alma: «Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios» (Sal 103:2).
Miren la diferencia: el salmista se predica a sí mismo los beneficios y al Dador. El asunto no es que este hombre hable solo; es qué se dice.
Y fíjense qué raro: «¿Qué haré?».
Es la pregunta de alguien preocupado. Pero no esta en medio de una crisis económica. La abundancia no le quitó el afan. Solo le cambió el motivo para afanarse.
«Esto haré: derribaré mis graneros y edificaré otros más grandes, y allí almacenaré todo mi grano y mis bienes».
Mis cosechas. Mis graneros. Mi grano. Mis bienes.
haré, derribaré, edificaré, almacenaré.
En toda su deliberación no aparece un vecino. No aparece un pobre. No aparece una sola palabra de gratitud a Dios. No aparece Dios. Un hombre solo, conversando con la única persona cuya opinión le importa.
Ahora, ¿qué decide hacer?
Construir graneros más grandes.
Y eso, hermanos, en sí mismo no es pecado.
José, advertido por Dios, organizó en Egipto el almacenamiento del grano, y gracias a esos graneros hubo pan para muchos en el tiempo del hambre (Gn 41:48–49, 57).
El Catecismo Mayor incluso llama deber al «cuidado providente para obtener, conservar, usar y disponer» de lo necesario para la vida (pregunta 141).
Entonces, no debemos sentirnos culpables por ahorrar, o por hacer provisión para la vejez o para nuestros hijos o para una emergencia. Jesús no está condenando estas cosas.
Que esta condenando? - Evalúen ustedes mismos:
«Y diré a mi alma: alma, tienes muchos bienes depositados para muchos años; descansa, come, bebe, diviértete».
Muchos años. Habla como si tuviera muchos años por delante, cuando nadie se los prometió, nadie se los vendió con la cosecha. Pero él ya los contó. Convirtió sus graneros en la garantía de su futuro y de su larga vida.
Descansa, come, bebe, diviértete. Ninguna de estas cosas esta mal. Eclesiastés 2:24 "No hay nada mejor para el hombre que comer y beber y decirse que su trabajo es bueno. Yo he visto que también esto es de la mano de Dios." - La diferencia esta en que el disfrute del sabio esta en todo lo que recibe de la mano de Dios - pero el otro no reconoce esto y lo convierte en un necio.
Hermanos, no hacen falta graneros para pensar así.
Basta con decir, como dijimos al comenzar: cuando tenga esto, ahí sí. Ese «ahí sí» tiene dentro las dos cosas que acabamos de oír: me asigno unos años que no son míos, y los organizo alrededor de mí.
Y respóndase esto delante de Dios, hermano: ¿cuándo fue la última vez que una bendición material lo llevó primero a dar gracias, o lo hizo pensar en otro?
Hasta aquí solo ha hablado un hombre, y ha hablado consigo mismo. Ahora entra la otra voz.
(v. 20) «Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclaman el alma; y ahora, ¿para quién será lo que has provisto?"».
(v. 20) «Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclaman el alma; y ahora, ¿para quién será lo que has provisto?"».
Él había dicho «derribaré mis graneros» - Ahora es Dios quien derriba algo.
Primero su orgullo: «¡Necio!». «El necio ha dicho en su corazón: "No hay Dios"» (Sal 14:1). El nunca dijo que Dios no existiera. Simplemente planeó como si su vida y su tiempo le pertenecieran. Se puede ser un ateo práctico con la Biblia debajo del brazo.
Segundo, sus planes: «muchos años dijo El». Dios dice: «esta noche». Él le dio órdenes a su alma —descansa, come, bebe; Pero su alma no le pertenece, por eso Dios la reclama. Su vida fue un préstamo, y el préstamo se venció.
Calculó la cosecha, el espacio, los graneros, los años de descanso. Dejó fuera de la cuenta al único que podía decirle cuántos años tenía.
Mas adelante, Lucas nos va a mostrar otra noche y otra alma.
El que está contando esta historia va camino a Jerusalén, y allá, colgado de una cruz, dirá: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (23:46).
Al necio le arrebatan el alma; el Hijo la entrega.
A este hombre se la reclaman porque nunca fue suya; Cristo la entrega porque vino a darla. El es el autor de la vida.
«¿Para quién será lo que has provisto?».
Él había preguntado «¿qué haré?»; Dios le responde con otra pregunta.
Tenía los graneros llenos y estaba vacío delante de Dios.
Tenía con qué vivir muchos años, y no tenía con qué presentarse esa noche.
Hermano, si a usted Dios le ha dado con holgura —y a algunos en esta congregación se lo ha dado—, la pregunta no es si puede disfrutarlo. Es esta: ¿para quién es? Mire su presupuesto y dígame dónde aparecen sus hermanos necesitados y dónde aparece la obra de Cristo. Con la abundancia sus responsabilidades no terminan: apenas empiezan.
RECUERDAN LA FRASE: lo que usted tiene no puede darle la vida.
Ahora sabemos por qué RAZON. Porque la vida nunca fue suya para empezar.
(v. 21) «Así es el que acumula tesoro para sí, y no es rico para con Dios».
(v. 21) «Así es el que acumula tesoro para sí, y no es rico para con Dios».
Con esa frase Jesús aplica la parábola, y nos pone delante dos direcciones: para sí y para con Dios. Acumular para uno mismo ya lo vimos, versículo por versículo.
Y miren el contraste con el que está contando la historia.
Este hombre dice: «no tengo dónde almacenar».
Lucas ya nos había dicho que Jesús dijo de sí mismo: «el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza» (9:58).
Al rico le falta lugar para lo que le sobra; al Hijo le falta lugar para sí mismo. Y va camino a Jerusalén sin granero y sin casa.
Pero entonces queda la otra mitad de la frase sin responder:
¿Qué es ser rico para con Dios?
¿Qué es ser rico para con Dios?
Jesús no deja la pregunta sin respuesta. Unos versículos después dice:
«No teman, rebaño pequeño, porque el Padre de ustedes ha decidido darles el reino. Vendan sus posesiones y den limosnas… Porque donde esté el tesoro de ustedes, allí también estará su corazón» (12:32–34).
Noten el orden:
Primero el Padre da
Después sus hijos pueden abrir la mano.
Jesús no dice: «den para que el Padre les dé el reino». El reino viene primero. La generosidad no compra nuestra seguridad; nace de haber recibido una seguridad que no podíamos comprar.
Eso es ser rico para con Dios: vivir de lo que Él nos da, y por eso ya no necesitar que todo termine en nosotros.
¿Y cómo recibimos esa riqueza?
Pablo lo dice así:
«Conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, por amor a ustedes se hizo pobre, para que por medio de Su pobreza ustedes llegaran a ser ricos» (2 Co 8:9).
Y aquí vuelve el hombre con el que comenzó todo.
Él vino buscando que Jesús le ayudara a recibir una herencia. Pero Jesús iba camino a Jerusalén para hacer algo infinitamente mayor: mediante su propia pobreza, su sufrimiento y su muerte, asegurar para los suyos el reino.
Por eso, la noche antes de morir, pudo decirles:
«Yo les otorgo un reino, como Mi Padre me lo otorgó a Mí» (Lc 22:29).
El hombre del versículo 13 estaba preocupado por recibir su parte de los bienes de su padre. El evangelio nos habla de hijos a quienes el Padre entrega su reino por medio del Hijo.
Y cuando usted sabe que esa es su herencia, comienza a relacionarse de otra manera con lo que tiene aquí.
Pablo, cuando quiso enseñar a los corintios a ayudar a hermanos necesitados, recordó el maná:
«El que recogió mucho, no tuvo demasiado; y el que recogió poco, no tuvo escasez» (2 Co 8:15; Éx 16:18).
Ese es un hermoso fruto del nuevo éxodo. Dios pone sus dones en nuestras manos, y ya no preguntamos solamente: «¿Cuánto puedo guardar?», sino también: «¿A quién puedo servir con lo que Dios me dio?».
Puede ser un mercado para una familia que este mes no alcanzó. Una medicina. Un recibo. Ayudar a un hermano que perdió el trabajo. Sostener la obra del evangelio.
El rico de la parábola recibió abundancia y solo pudo pensar dónde guardarla.
El creyente aprende a preguntar: «Señor, ¿para qué pusiste esto en mis manos?».
Pero quiero hablar también al hermano que esta mañana no tiene abundancia.
Quizá usted no está pensando dónde guardar lo que le sobra. Está pensando cómo pagar el arriendo, cómo comprar el mercado o cómo llegar a fin de mes.
Jesús sabe que necesita esas cosas. Él mismo dice: «El Padre de ustedes sabe que necesitan estas cosas» (12:30).
Preocuparse por una necesidad real no lo convierte automáticamente en avaro. Pero tampoco deje que la necesidad le diga: «Cuando finalmente tenga lo que me falta, entonces sí voy a tener vida».
Porque la vida tampoco está allí. Y Lucas nos permite terminar viendo esto con una claridad extraordinaria.
Dos hombres llegan al final.
El primero tiene abundancia. Ha hecho planes para muchos años. Esa noche Dios le dice: «Esta misma noche te reclaman el alma». Todo lo que guardó permanece aquí.
Más adelante aparece otro hombre. Está muriendo junto a Jesús. No tiene graneros, no tiene dinero, no tiene años por delante y no tiene ninguna obra con la cual negociar con Dios.
Solo dice: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino».
Y Jesús le responde: «Hoy estarás conmigo en el paraíso».
Ahí está, hermanos. Uno tenía bienes para muchos años y no llegó a la mañana siguiente. El otro no tenía nada en las manos y recibió vida eterna ese mismo día.
El Salmo 49 había dicho que ningún hombre puede pagar con sus riquezas el rescate de su alma. Pero también dice: «Dios redimirá mi alma del poder del Seol, pues Él me recibirá».
Eso es lo que ningún granero puede hacer.
Eso es lo que ningún ahorro puede garantizar.
Eso es lo que ninguna herencia terrenal puede comprar.
Dios lo da en Cristo.
Y por eso somos libres para vivir:
Libres para trabajar sin hacer del trabajo nuestra vida.
Para ahorrar sin convertir el ahorro en nuestro refugio.
Para disfrutar lo que Dios da sin aferrarnos a ello.
Y para abrir la mano cuando otro necesita de aquello que el Padre puso en la nuestra.
Hermanos, todos tendremos una última noche. Cuando llegue, nada de lo que hayamos acumulado podrá sostenernos.
Pero si estamos en Cristo, no llegaremos pobres. Llegaremos perteneciendo al Hijo a quien el Padre ha dado el reino.
