la adoracion
la adoración bíblica, que es?
Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. Porque él es nuestro Dios; nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano …
Salmo 95:6–7
En la Biblia, la adoración es la respuesta debida de las criaturas racionales ante la revelación que hace su Creador de sí mismo. Consiste en honrar y glorificar a Dios a base de ofrecerle de vuelta con gratitud todos los buenos dones, y todo el conocimiento de su grandeza y bondad que El les ha dado. Comprende la alabanza por lo que Él es, la acción de gracias por lo que ha hecho, el anhelo de que Él se glorifique más aún por medio de nuevos actos de misericordia, de juicio y de poder, y la confianza en Él en cuanto a nuestra preocupación por nuestro bienestar futuro y el de otros. Los arranques de maravillada admiración y celebración agradecida forman parte de ella: David danzó con apasionado celo “delante de Jehová” cuando hizo subir el arca a Jerusalén, y se sentó en humilde asombro “ante Jehová” cuando Él le prometió una dinastía, y es evidente que su adoración agradó a Dios en ambas ocasiones (2 Samuel 6:14–16; 7:18). Aprender de Dios también constituye adoración: la atención a sus palabras de instrucción lo honra; la falta de atención es un insulto. La adoración aceptable exige “limpieza de manos y pureza de corazón” (Salmo 24:4) y estar dispuestos a expresar nuestra entrega no sólo en palabras de adoración, sino también en obras de servicio.
La base de la adoración es la relación de pacto por medio de la cual Dios se ha identificado con aquéllos a quienes ha salvado y proclamado suyos. Esto era tan cierto en cuanto a la adoración del Antiguo Testamento, como lo es ahora de la adoración cristiana. El espíritu de adoración dentro del pacto, según el modelo que el Antiguo Testamento presenta de él, es una mezcla de asombro reverente y de gozo por el privilegio de podernos acercar al Creador omnipotente ccn una humildad radical y una sincera confesión de nuestro pecado, necedad y necesidad. Puesto que Dios es santo, y nosotros los humanos estamos llenos de faltas, así deberá ser siempre en este mundo. Así como la adoración va a ser central en la vida del cielo (Apocalipsis 4:8–11, 5:9–14; 7:9–17; 11:15–18; 15:2–4; 19:1–10), también debe ser central en la vida de la Iglesia sobre la tierra, y debería ser ya la actividad principal, tanto privada como corporativa, en la vida de todos los creyentes (Colosenses 3:17).
En la legislación mosaica, Dios le dio al pueblo del pacto todo un conjunto de pautas para la adoración. En él estaban incluidos todos los elementos de la adoración genuina, aunque algunos de ellos eran tipos que señalaban hacia Cristo en el futuro, y dejaron de tener validez cuando Él vino. En el libro de los Salmos aparecen himnos y oraciones para que Israel los use en su culto. Los cristianos los usan con todo derecho hoy en su adoración, haciendo los ajustes mentales necesarios cuando se refieren a rasgos típicos de la dispensación del Antiguo Testamento en el pacto con Dios: el rey terrenal de Israel, el reino, los enemigos, las batallas y las experiencias de prosperidad, empobrecimiento y disciplina divina, además de las cosas que eran típicas de las pautas judías de adoración.
Los rasgos principales de las pautas litúrgicas dadas por Dios a Israel son los siguientes:
(a) El día de reposo, el séptimo día después de seis días de trabajo: un día santo para el descanso, que se debía observar en memoria de la Creación (Génesis 2:3; Éxodo 20:8–11) y la redención (Deuteronomio 5:12–15). Dios insistía en que se celebrara el día de reposo (Éxodo 16:21–30; 20:8–9; 31:12–17; 34:21; 35:1–3; Levítico 19:3, 30; 23:3; cf. Isaías 58:13–14) y hacía del quebrantamiento del día de reposo un delito capital (Éxodo 31:14; Números 15:32–36).
(b) Tres fiestas nacionales al año (Éxodo 23:14–17; 34:23; Deuteronomio 16:16) en las cuales se reunía el pueblo en el santuario de Dios para ofrecer sacrificios en celebración de su generosidad; para buscar y reconocer la reconciliación y la amistad con Él, y para comer y beber juntos como expresión de gozo. La fiesta de la Pascua y de los Panes sin levadura, que se celebraba en el decimocuarto día del primer mes, conmemoraban el Éxodo (Éxodo 12; Levítico 23:5–8; Números 28:16–25; Deuteronomio 16:1–8); la fiesta de las Semanas, llamada también fiesta de la Cosecha y día de las Primicias, señalaba el final de la cosecha de los cereales, y se celebraba cincuenta días después del día de reposo con el que comenzaba la Pascua (Éxodo 23:16; 34:22; Levítico 23:15–22; Números 28:26–31; Deuteronomio 16:9–12), y la fiesta de los Tabernáculos, llamada también fiesta de Reunión, que tenía lugar desde el día decimoquinto hasta el vigésimo segundo del mes séptimo, que celebraba el final del año agrícola, además de recordarles la forma en que Dios guió a Israel por el desierto (Levítico 23:39–43; Números 29:12–38; Deuteronomio 16:13–15).
(c) El día de Expiación, celebrado el día décimo del mes séptimo, durante el cual el sumo sacerdote entraba con sangre en el santuario central del templo para expiar los pecados cometidos por Israel en el año anterior, y el macho cabrío expiatorio era llevado al desierto como señal de que aquellos pecados ya habían desaparecido (Levítico 16).
(d) El sistema ordinario de sacrificios, en el que había holocaustos diarios y mensuales (Números 28:1–15), además de diversos sacrificios personales, cuyas características comunes eran que todo cuanto se ofreciera debía ser sin defecto y que, cuando se ofrecía un animal, se debía derramar su sangre sobre el altar de los holocaustos para hacer expiación (Levítico 17:11).
Los ritos de purificación personal (Levítico 12–15; Números 19) y de consagración (por ejemplo, la consagración del primogénito, Éxodo 13:1–16) también formaban parte de las pautas señaladas por Dios.
Bajo el nuevo pacto, en el cual los tipos del Antiguo Testamento ceden su lugar a sus antitipos, el sacerdocio, el sacrificio y la intercesión de Cristo reemplazan a todo el sistema mosaico en cuanto a alejar el pecado (Hebreos 7–10); el bautismo (Mateo 28:19) y la Santa Cena (Mateo 26:26–29; 1 Corintios 11:23–26) reemplazan a la circuncisión (gálatas 2:3–5; 6:12–16) y a la Pascua (1 Corintios 5:7–8); el calendario de fiestas judío ya no nos obliga (Gálatas 4:10; Colosenses 2:16); las nociones sobre la impureza ceremonial y la purificación, impuestas por Dios para crear conciencia de que hay ciertas cosas que cortan nuestra relación con Dios, han dejado de tener aplicación (Marcos 7:19; 1 Timoteo 4:3–4); el día de reposo es renovado con una casuística de hacer el bien, más que de no hacer nada (Lucas 13:10–16; 14:1–6), y contado de otra forma, a base de uno más seis, en lugar de seis más uno. Parece evidente que los apóstoles les enseñaron a los cristianos a adorar en el primer día de la semana, el día de la resurrección de Jesús, “el día del Señor” (Hechos 20:7; Apocalipsis 1:10), tratándolo como el día de reposo cristiano. Estos cambios fueron trascendentales, pero las pautas de alabanza, acción de gracias, deseo, confianza, pureza y servicio, que constituyen la adoración genuina, permanecen inalteradas hasta nuestros días.
