Personaje de las Escrituras | Ananías, esposo de Safira

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Ananías fue un miembro de la Iglesia de Jesucristo que, junto con su esposa Safira, mintió a Dios y a los líderes de la Iglesia al momento de hacer un donativo bajo la Ley de Consagración. Como resultado, fue disciplinado por Dios severamente.

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Quién es Ananías, esposo de Safira

Ananías fue un miembro de la Iglesia de Jesucristo que, junto con su esposa Safira, mintió a Dios y a los líderes de la Iglesia al momento de hacer un donativo bajo la Ley de Consagración. Como resultado, fue disciplinado por Dios severamente.

Biografía de Ananías, esposo de Safira

En qué consiste la ley de consagración

Antes de introducirnos a la biografía de Ananías conviene repasar los conceptos principales del convenio que él y su esposa Safira quebrantaron. El término "ley de consagración" es una forma moderna de designar a la ley que los miembros de la Iglesia verdadera de Jesucristo vivían en los tiempos antiguos, al consagrar tanto su tiempo como sus bienes y todo lo que poseían al servicio de la obra salvadora de la Iglesia de Jesucristo. Tal como explica esta práctica el erudito evangélico Easton, en su Diccionario de la Biblia:
“De común acuerdo, los miembros de la primitiva comunidad cristiana consagraban sus propiedades a la labor de promover el evangelio y de ayudar a los pobres y necesitados. El producto de las posesiones que vendían era puesto a disposición de los apóstoles (Hechos 4:36, 37).” (M. G. Easton, “Easton Bible Dictionary").
La consagración comenzaba por un convenio hecho con Dios, de naturaleza sumamente sagrada, en el cual la persona se comprometía a donar sus bienes a la Iglesia del Señor de manera voluntaria. La persona podía decidir en todo momento qué es lo que deseaba consagrar, pero una vez comprometido debía cumplir fielmente ese compromiso, ya que se consideraba como un convenio ante el Señor. 

El inicuo plan de Ananías y Safira

El pasaje en que se menciona a Ananías informa del inicuo plan de Ananías y Safira al intentar lucrar con lo que era consagrado ante el Señor.
1 Pero un hombre llamado Ananías, con Safira, su esposa, vendió una propiedad 2 y se quedó con parte del precio, sabiéndolo también su esposa; y trayendo sólo una parte, la puso a los pies de los apóstoles. (Hechos 5:1-2)

La forma en que Ananías y Safira quebrantaron sus convenios

Por el contexto del pasaje estudiado, es fácil comprender que Ananías y Safira habían hecho previamente el convenio de consagrar una de sus propiedades a la causa del Señor. Sin embargo, al declarar el valor de la propiedad mintieron, con el fin de retener una parte a manera de ganancia. Este doble comportamiento era una violación de un convenio sagrado que implicaba santidad y honestidad totales. Al mentir a los apóstoles, que fungían como los representantes de Dios sobre la tierra, en realidad mintieron directamente a Dios. 
Entre los dones espirituales de los que disfrutaban los apóstoles se encuentra el llamado “don de discernimiento”, es decir, la capacidad espiritual para discernir la verdad del error. Guiado por revelación y por este don del Espíritu Santo, Pedro fue capaz de descubrir el engaño, por lo que decidió encarar a Ananías de manera directa:
3 Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué ha llenado Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo y te quedases con parte del precio de la heredad? 4 Reteniéndola, ¿no te quedaba a ti? Y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios. (Nuevo Testamento, Hechos 5:3–4 • NT, p. 1726)
De esta manera, Pedro puso a descubierto la oculta conspiración de la inicua pareja. En tanto que ellos estaban en completa libertad de retener toda la propiedad y disponer de ella como desearan, habían escogido engañar a los apóstoles presentándoles cifras falsas con la idea de lucrar con cosas consagradas. 

El castigo de Ananías y Safira

El castigo de Dios para este tipo de iniquidad fue inmediato y sumamente severo.
5 Entonces Ananías, al oír estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron. 6 Y levantándose los jóvenes, lo envolvieron, y sacándolo, lo sepultaron. (Nuevo Testamento, Hechos 5:5–6 • NT, p. 1726)
No sólo el castigo de Ananías tuvo este carácter ejemplar, sino también el de su esposa, que había conspirado junto con él.
7 Y pasado un espacio como de tres horas, sucedió que entró su esposa, sin saber lo que había acontecido. 8 Entonces Pedro le dijo: Dime: ¿vendisteis en tanto la heredad? Y ella dijo: Sí, en tanto. 9 Y Pedro le dijo: ¿Por qué os pusisteis de acuerdo para tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los pies de los que han sepultado a tu marido, y te sacarán a ti. 10 Y al instante ella cayó a los pies de él y expiró; y cuando entraron los jóvenes, la hallaron muerta; y la sacaron y la sepultaron junto a su marido. 11 Y vino un gran temor sobre toda la iglesia y sobre todos los que oyeron estas cosas. (Nuevo Testamento, Hechos 5:7–11 • NT, p. 1726)

Por qué fue tan duro el castigo de Ananías y Safira

Si bien muchos podemos sentirnos horrorizados por este crudo relato, debemos considerar el momento en el cual sucedió este evento. La Iglesia de Jesucristo era joven, acababa recién de organizarse. Los miembros eran pocos y las noticias se difundían rápidamente. La doctrina de la Iglesia no estaba plenamente establecida, sino que iba recibiéndose gradualmente, por medio de revelación y las prácticas de la Iglesia apenas se iban conformando. La admisión de una conducta gravemente incorrecta, tal como la blasfemia o la profanación de sagrados convenio o el lucro con bienes y cosas consagradas hubiera sido tomado por los miembros como dejadez y condescendencia y la corrupción resultante pronto habría llegado a ser la práctica común entre la Iglesia. Sin embargo, debemos comprender que el castigo aplicado no fue diseñado por la voluntad de Pedro, sino por la voluntad suprema y absoluta de Dios, de quien Pedro era sólo el mensajero y el representante.

El contraste entre Bernabé y Ananías

El pasaje se encuentra, además, en una posición estratégica en las Escrituras. Lucas, el evangelista, lo coloca a propósito allí para dar continuidad a la enseñanza de los principios de la ley de consagración, tal como se vivían entre los primeros miembros de la Iglesia Primitiva. La práctica de la ley de consagración es presentada por Lucas desde el capítulo dos del libro de Hechos:
44 Y todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas; 45 y vendían sus posesiones y sus bienes, y lo repartían a todos, según la necesidad de cada uno. (Nuevo Testamento, Hechos 2:44–45 • NT, p. 1721)
Y es enfatizada en el capítulo cuatro y en la presentación, aparentemente casual, pero importante, del personaje de Bernabé:
32 Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía que era suyo nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. 33 Y los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran poder, y había abundante gracia sobre todos ellos. 34 Así que no había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el producto de lo vendido 35 y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad. 36 Entonces José, a quien los apóstoles llamaban con el sobrenombre de Bernabé (que interpretado es, hijo de consolación), levita, natural de Chipre, 37 como tenía una heredad, la vendió, y trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles. (Nuevo Testamento, Hechos 4:32–37 • NT, p. 1725)
El propósito de Lucas al colocar estos pasajes apenas separados por pequeñas pausas es el de conformar un solo relato o descripción de los principios y propósitos generales de la ley de consagración, con los cuales los primeros cristianos lograron, aún a pequeña escala, el sueño de toda sociedad, pues “no había entre ellos ningún necesitado” a través de esta práctica, y se eliminaba plenamente el egoísmo al “tener todas las cosas en común”. La ley de consagración no sólo ayudaba, entonces a la mitigación de las necesidades materiales, sino también al crecimiento y a la conversión espiritual. El ejemplo de Bernabé, al final del capítulo cuatro, es presentado a continuación como un ejemplo de la práctica en forma positiva, seguido inmediatamente por el relato de Ananías y Safira, al principio del capítulo cinco, como un ejemplo de la práctica negativa. De esta manera, se resalta la naturaleza sagrada de la práctica y se realiza un contraste entre el ejemplo admirable y sublime de lealtad y desprendimiento de Bernabé y la deshonestidad, vileza y corrupción de Ananías y Safira.
Los santos de las épocas modernas pueden aprender una valiosa lección al considerar este contraste. Al final, lo que se consagra a Dios no es el bien que se le dedica, sino la integridad del corazón.
19 No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; 20 sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. 21 Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. (Nuevo Testamento, Mateo 6:19–21 • NT, p. 1514)
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